"Hija biográfica", de Romina Paula: qué hace que una casa se convierta en hogar
En Hija biográfica (editorial Entropía), Romina Paula construye una novela sobre los vínculos que consigue hacer de una pregunta aparentemente sencilla: qué hace que alguien sea una madre, qué hace que una casa se convierta en hogar, un problema mucho más amplio: cómo se construye una identidad cuando la biología no alcanza para explicarla.
Leonor, la narradora, es una adolescente adoptada que vive con Leticia, su madre, en las sierras de Córdoba. Desde allí cuenta su vida cotidiana, pero también la vida anterior de esa mujer a la que conoce fundamentalmente a través de sus relatos. Leticia fue actriz, viajó, tuvo amores y atravesó distintas experiencias antes de convertirse en la madre que Leonor conoce. La hija recoge esas historias, las reproduce, las reorganiza y, al hacerlo, empieza también a escribir una biografía de su madre. Mientras cuenta a Leticia, Leonor se cuenta a sí misma.
De ahí que el título resulte particularmente preciso. Hija biográfica desplaza la idea de la biología como fundamento último de los vínculos y propone, en cambio, una familia construida a través de las historias que se heredan, se escuchan y se vuelven propias. La palabra “biográfica” adquiere así una resonancia afectiva: una madre también puede ser alguien cuya vida conocemos porque nos la han contado, alguien cuya historia forma parte de nuestra propia historia. La pregunta por el origen deja de ser exclusivamente genética para convertirse en una pregunta por los relatos que nos constituyen.
Uno de los mayores logros de la novela está en la voz de Leonor. Paula no intenta reproducir de manera superficial una supuesta “voz adolescente”, sino construir una conciencia que oscila entre la infancia y una lucidez todavía incipiente. Hay curiosidad, fascinación, ingenuidad, pero también una capacidad extraordinaria para observar las relaciones entre los adultos y detectar aquello que permanece sin decir. La oralidad, las asociaciones inesperadas y el flujo de pensamientos producen la sensación de estar siguiendo el movimiento de una mente que todavía está descubriendo cómo ordenar el mundo.
Pero Leonor no solamente narra: escucha. Y su escucha es quizás la verdadera operación literaria de la novela. Cuando reproduce las historias de Leticia, su voz empieza a contaminarse con la de su madre. Los tiempos se superponen y por momentos resulta difícil distinguir dónde termina una y comienza la otra. Leonor se convierte, de alguna manera, en la biógrafa de Leticia al mismo tiempo que descubre que toda biografía implica una forma de apropiación, de imaginación y de transformación. La madre existe también en la versión que la hija construye de ella.
En ese sentido, el libro se acerca a una de las preocupaciones constantes de la literatura de Romina Paula: la intimidad. Pero aquí esa intimidad aparece atravesada por una mirada menos desencantada que en sus novelas anteriores. Mientras buena parte de su narrativa estuvo marcada por personajes que intentaban escapar —de una casa, de una relación, de una historia—, en Hija biográfica aparece una adolescente que, más que huir, intenta permanecer.
También por eso la sierra cordobesa adquiere un papel fundamental. El paisaje no funciona simplemente como escenario, sino como una extensión de la intimidad de los personajes. La naturaleza, la casa, los animales, el río, los incendios y los cambios del cuerpo forman parte de un mismo universo donde lo doméstico y lo exterior se mezclan continuamente. La novela construye así un espacio predominantemente femenino, poblado por madres, hijas, amigas, hermanas, abuelas y exnovias, en el que las relaciones de cuidado parecen organizar una forma alternativa de comunidad.
La adopción podría haber llevado fácilmente a una novela centrada en el trauma, la carencia o la búsqueda dramática del origen. Paula elige otra cosa. Y allí reside buena parte de la singularidad del libro: Leonor no necesita haber tenido una infancia desgraciada para preguntarse quién es. Puede amar profundamente a su madre adoptiva y, al mismo tiempo, sentir curiosidad por la mujer que la dio a luz. Una cosa no cancela la otra. La identidad aparece como algo que se construye a partir de múltiples vínculos, relatos y pertenencias. La propia autora ha señalado que le interesaba defender la posibilidad de contar una vida sin tragedia ni espectacularidad.
Quizás por eso Hija biográfica sea, sobre todo, una novela sobre el amor cuando el amor deja de ser pensado como una cuestión de sangre. Su pregunta más persistente no es quién es la madre “verdadera”, sino qué convierte a una persona en madre y a un lugar en hogar. La respuesta que propone Paula no es conceptual ni solemne: aparece en los gestos, en las historias repetidas, en las escenas compartidas, en la memoria y en ese delicado proceso mediante el cual una vida ajena termina formando parte de la propia.
Romina Paula vuelve a trabajar aquí con aquello que mejor conoce: las voces, los vínculos y la intimidad. Pero encuentra una variación particularmente fértil al poner todo eso en boca de una adolescente. Leonor mira el mundo con una mezcla de extrañeza y confianza; todavía no tiene respuestas definitivas y, precisamente por eso, puede hacerse preguntas que los adultos han aprendido a dar por resueltas. Hija biográfica encuentra en esa mirada una forma de ternura que no es ingenuidad, sino una manera de pensar los vínculos sin reducirlos a categorías cerradas.
Al final, la biografía que Leonor escribe no es solamente la de Leticia. Es también el relato de cómo una hija se vuelve hija, de cómo una mujer se vuelve madre y de cómo una familia puede ser, antes que una coincidencia genética, una historia que decidimos contarnos y seguir contando.