“Las buenas intenciones”, una película de Ana García Blaya

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“Las buenas intenciones”, una película de Ana García Blaya

02 Enero 2022

Por Inés Busquets

Y la vida, compañero
nunca es como uno piensa
las cartas que necesito
nunca vienen, nunca llegan
Y los sueños, compañero
  se van y nunca regresan.

(Canción: Las buenas intenciones; Banda: Sorry)


Las historias familiares no suelen funcionar a la perfección. El mito de buena madre o padre se va derribando para pensar un mundo de seres imperfectos y equívocos. La idea de que nadie nace con manual se fortalece ante la demanda de un sistema de consumo que exige familias tipo para mostrar en la vidriera de las redes sociales.
En ese sentido encuentro en Las buenas intenciones (2019) una mirada reconciliatoria con la vida de quienes somos o tuvimos madres y padres no convencionales.

La película desborda de sensibilidad y se profundiza en la elección del punto de vista para contarla. La mirada de la niña y el punto de vista desde la paternidad nos sitúa en el lugar preciso de la cicatriz. Esa marca que según donde nos paremos se transforma en aprendizaje o herida abierta.

Ana García Blaya elige un punto de partida: convertir ese camino de perplejidad en aventura, en amor, en música.

Las buenas intenciones es una ficción con intervenciones documentales, allí los destellos de memoria se deslizan entre la distancia y el tiempo. Esa conjunción que hace que a lo lejos veamos mejor.

Padres separados, familia disfuncional, dos nenas y un nene que comparten con su papá lo cotidiano de un universo bastante singular. El padre es músico, compositor y tiene una disquería con un amigo, allí pareciera no encontrase el orden necesario para una crianza sin embargo, la directora rescata hasta en los momentos más álgidos detalles amorosos.

La brillante interpretación de Amanda Minujin (Amanda) en la piel de la hija mayor del matrimonio y los primeros planos proporcionan un lenguaje único de gestos logrando transmitir la emoción más allá de las palabras. Por momentos solo funciona la música como lenguaje universal.

En el  vínculo padre e hija pareciera revelarse el misterio del amor y de la música que atraviesa toda la opera prima. Javier Drolas en el rol de padre acentúa la dualidad en el personaje, desorden y paz; inestabilidad y vocación; desorganización y generosidad. ¿Acaso no reúne las condiciones más importantes? ¿Qué se necesita para ofrecerles a los hijos una infancia feliz?

La belleza, la aceptación y la complicidad sobresaltan aun en escenas al límite, destacando el poder supremo del amor en todas las vicisitudes de la vida.

Un viaje inesperado propuesto por la madre para paliar la crisis económica de los 90 desata una cadena de incertidumbres, de desapego, de dolor, de ausencias y decisiones urgentes donde, aunque los hechos no siempre lo demuestren, subyace en todo momento la buena intención, la acción de mejorar, de dar lo mejor de sí mismos.

Las buenas intenciones reafirma la idea de que la felicidad se compone de pequeños momentos, Ana García Blaya magistralmente los reúne y los vuelca en una propuesta estética, en una obra de arte audiovisual.

En la película la realidad funciona como disparador, luego la simpleza familiar, las miles de referencias que componen cualquier vida cotidiana. Entonces la película también es empatía, identificación.

 Jazmín Stuart, en el rol de la madre, aporta el equilibrio necesario, la dosis de control, de tranquilidad, el límite justo entre la tolerancia y la mesura sin broncas, ni desbordes vehementes, como si en algún momento actuara la comprensión.

La película es autobiográfica, retrata la vida de la directora, hija del músico Javier García Blaya, integrante de la banda Sorry. Las canciones e inclusive el nombre de la película pertenecen a un material discográfico que puede encontrase en la web y que funciona como un intertexto complementario al que se vuelve muchas veces después de verla.

La ópera prima llega a las fibras más profundas, activa la nostalgia de la infancia y la época, con sus rasgos.

Las buenas intenciones me parece una película imprescindible porque si cada uno pudiera ver su historia personal como Amanda: sin juicios, condenas, ni culpables, el mundo sería un poquito mejor.