Teatro: "Putamadre", encontrar la felicidad en lo tremendo
En una sociedad que busca castigar antes que comprender, el punitivismo aparece como una respuesta frente a todo aquello que causa molestia, desborda las normas o no encuentra un lugar dentro de lo establecido. La idea de que quien transgrede debe pagar suele clausurar otras preguntas: qué hay detrás de esa historia, qué responsabilidades tiene la sociedad y qué posibilidades existen más allá del castigo. En ese escenario, ¿qué es la libertad? Foucault pensó el panóptico como una estructura de vigilancia capaz de disciplinar incluso cuando nadie está mirando. Pero la vigilancia no necesita siempre una torre. También aprendemos a distinguir entre quienes merecen pertenecer y quienes quedan afuera, entre las vidas que se consideran aceptables y aquellas que parecen no tener lugar.
En Putamadre, Santiago está privado de su libertad. No lo vemos físicamente en el escenario, sino a través de videos grabados en el establecimiento penitenciario donde está detenido. Caro, su madre, está ahí en escena entre una escenografía por demás poética. Hecha con las manos de algunos de los presos que participan de los Talleres De La Unidad 48. Esas cajas soldadas que pueden apilarse, esos cubos que desde adentro iluminan nos recuerda que también quienes están privados de su libertad son personas. Santiago aparece en un video y cuenta su parte de la historia. La distancia entre ambos no es una decisión estética que podamos separar de sus vidas: es una condición concreta que la obra lleva a escena. Sin embargo, en ese espacio atravesado por el encierro, madre e hijo construyen un mundo propio.
Basada en la primera novela de autoficción de Carolina Fernández, publicada por Editorial Sudestada, la obra se mete en una zona en la que las ideas convencionales empiezan a perder consistencia. ¿Qué se hace cuando la maternidad “sale mal" a los ojos de una sociedad? La pregunta no es inocente. Supone que existe una manera correcta de ser madre, un resultado esperado, una medida con la que se puede evaluar una vida. Pero ¿qué ocurre cuando un hijo es alcanzado por el horror demasiado pronto? ¿Qué herramientas tiene una madre para sostenerlo cuando el mundo que debería contenerla también la expulsa?
Lo convencional se aleja cada vez más mientras transcurre la obra. No porque las reglas dejen de existir, sino porque dejan de alcanzar para explicar lo que sucede entre Caro y Santiago. Una sociedad que mide la maternidad según sus resultados, que clasifica a las personas según su capacidad de adaptación y que confunde el encierro con la respuesta a todo aquello que no sabe resolver. Frente a eso, Caro y Santiago construyen algo que no necesita demostrar que encajan.
La cárcel, entonces, no queda solamente del otro lado de una pantalla. Entra en escena con Santiago, con su imagen y con la distancia que lo separa de su madre. La cámara permite el encuentro con nosotros, al punto de que, por momentos, perdemos de vista que existe ese encierro. Pasan los minutos y lo que vemos son dos personas. Lo que descoloca, y ahí está la magia del teatro, es que podemos verlo y escucharlo, compartir ese espacio teatral con él. Sin embargo, hay algo que nos devuelve de golpe a la realidad: en esa privación de la libertad, Santiago no puede vernos. Ahí es donde se nos cae la ficha. La obra tiene algo de declamación, y quizás ese sea su propósito: dejarnos preguntas.
Por otro lado, el teatro no elimina la distancia. Hace algo distinto: construye un lugar en el que ambos pueden encontrarse.
Entonces, aparece una pregunta que excede la historia familiar: ¿qué significa estar afuera? El sistema penitenciario suele presentarse como la respuesta para quienes transgreden las normas, pero ¿qué sucede cuando el encierro no repara el daño, cuando las condiciones de detención profundizan la violencia y cuando la exclusión continúa operando más allá de los muros?
El informe que el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) publicó en noviembre de 2025, a partir de las observaciones del Comité contra la Tortura de Naciones Unidas, advierte sobre el aumento de las denuncias de tortura y las condiciones de detención inhumanas y crueles en Argentina. La discusión no puede agotarse en las condiciones materiales de las cárceles. También obliga a preguntarnos qué entiende una sociedad por justicia y qué hace con las personas que no consigue integrar. Si el encierro se convierte en la respuesta para aquello que no entran dentro de los standar, ¿qué lugar queda para pensar las condiciones que preceden a la exclusión y las posibilidades de construir otra vida?
Lo amable de estar dentro y no estar fuera. La contradicción nos confronta porque no se trata de decir que la cárcel es mejor que la libertad, sino de preguntarnos qué clase de libertad existe cuando el afuera tampoco ofrece un lugar posible. Hay personas que quedan atrapadas en las instituciones y otras que, aun sin estar encerradas, viven bajo el peso de las expectativas sociales. No son experiencias equivalentes, pero la obra permite mirar las estructuras que deciden quién pertenece y quién queda al margen.
En medio de todo eso está el vínculo entre una madre y su hijo. Un vínculo que no tiene la obligación de ser ejemplar, que no necesita ofrecernos una respuesta sobre cómo se debe amar ni convertirse en una historia de superación. Hay dolores que no se reparan. Hay experiencias que no encuentran una explicación capaz de devolver las cosas a su lugar. Y, sin embargo, la vida continúa. ¿Cómo se vive cuando algo/ alguien se rompe una y otra vez? ¿Cómo se acompaña a alguien sin que el sufrimiento termine ocupando todo?
Anthony de Mello propone hacerle a alguien una pregunta que pone en crisis cierta idea del amor: «¿Usted quisiera que yo lo amara a costa de mi felicidad?». La pregunta tiene una fuerza particular cuando pensamos en la maternidad, tantas veces asociada a la entrega absoluta, al sacrificio y a la renuncia. ¿Es necesario perder la propia felicidad para demostrar que amamos? ¿Cuándo el cuidado se convierte en una forma de dejar de vivir la propia vida?
Santiago, en esa no renuncia de su madre, busca. Busca lo ausente. Para él, esa ausencia puede traducirse en un padre, en la plata o quizá en ambas cosas, si es que una está ligada a la otra. Pero la ausencia del padre no es una responsabilidad de Carolina. La responsabilidad por esa ausencia recae exclusivamente en quien no está. Y, mientras tanto, Santiago busca aquello que falta. Y lo busca en lugares poco finitos, poco inocuos, perpetuantes. Lo busca porque atravesar el miedo, el propio, suele ser más complejo. ¿Quién quiere verse en la disyuntiva de tener frente a sí aquello que lo destruye y elegir no tomarlo?
No hay una respuesta sencilla. Tampoco parece haberla en Putamadre. Carolina y Santiago inventan un mundo dentro y fuera del escenario, dentro y fuera de la cárcel, dentro y fuera de las estructuras que pretenden definirlos. Hacer teatro juntos es un acto de insistencia en el vínculo. No borra lo que pasó ni modifica las condiciones de su historia, pero transforma esa experiencia en algo que pueden compartir con otros. Y el amor no es otra cosa que multiplicidad.
Hay personas a las que lo que más les gusta es el mundo. Y este suele ser, a veces, complejo y errante. Pienso en esa idea mientras intento entender cómo puede aparecer la alegría en una historia atravesada por el encierro, el dolor y aquello que quizá no tenga reparación. Tal vez hayamos aprendido a pensar la felicidad como una recompensa: primero resolver los problemas, superar las dificultades, acomodar la vida; después, cuando todo esté en su lugar, ser felices. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si no hubiera que esperar a que desaparezcan los problemas para ser feliz?
¿Habrá que cambiar nuestra concepción de la felicidad? La reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura, Anne Carson, permite pensar esa posibilidad: encontrar la alegría en lo difícil. No porque el sufrimiento tenga algo de deseable ni porque todo dolor esconda una enseñanza, sino porque la felicidad no tiene por qué quedar postergada hasta que la vida deje de doler.
Carolina y Santiago pudieron encontrar la felicidad en lo tremendo. Y el teatro abre esa dimensión de lo posible. No convierte la historia en algo menos turbulento, sino que permite que de ella surja la creación. El escenario se vuelve un territorio compartido, una forma de encuentro que no cancela la distancia ni resuelve lo irreparable. La felicidad no aparece porque el sufrimiento haya terminado, sino porque, incluso allí donde tantas cosas parecen perdidas, todavía puede existir un vínculo capaz de producir algo bueno y nuevo.
Putamadre se presenta en DUMONT 4040 los viernes a las 21.30 horas
Santos Dumont 4040 Chacarita - CABA
Web: http://instagram.com/dumont4040
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Teresa Donato, Caro Fernández
Actúan: Caro Fernández, Santiago Laborde
Vestuario: Atelier Pucheta Paz
Escenografía: Julia Freid
Iluminación: Federico Martini, Jaime Muschieti
Diseño de vestuario: Julieta Harca
Realización escenográfica: Oscar Chavez Arias, Talleres De La Unidad 48, Walter Escalante Zalazar, Daniela Espinoza, Pablo Gaston Amra
Realización de vestuario: Julieta Harca
Montaje de Video: Mariano Saban
Sonido directo: Adriano Mantova
Diseño de Iluminación: Daniel Ortega
Fotografía: Sebastián Freire
Diseño gráfico: Repo Bandini
Asesoramiento Corporal: Margarita Molfino
Asistencia de Producción: Inés Zimmermann
Asistencia técnica: César De Lucca
Asistencia de dirección: Camila Marino Alfonsín
Asistencia de Dirección en Video: Fermín Kalesnik Vissio
Prensa: Marisol Cambre
Community Manager: Paulina Serra
Producción general: Caro Fernández, Claudio Plano
Dirección Audiovisual: Gonzalo Zapico
Coaching actoral: Lola Berthet
Dirección: Felicitas Kamien
Duración: 70 minutos Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos