Teatro: "Toda persona vista de cerca es un monstruo"
Hay algo profundamente inquietante en mirar demasiado de cerca a una persona. A la distancia, los otros parecen reconocibles: una pareja, una mujer, un hombre, una madre, un marido, alguien que desea, alguien que ama. Construimos identidades relativamente estables para poder vivir y, sobre todo, para poder convivir. Pero ¿qué sucede cuando esa distancia desaparece? ¿Qué pasaría si, por una noche, pudiéramos iluminar aquello que habitualmente permanece escondido?
Todos tenemos luces y sombras y, por lo general, intentamos que, a simple vista, aquello que permanece en la oscuridad no se note. La obra "Toda persona vista de cerca es un monstruo" plantea exactamente lo contrario: desechar las luces para habitar aquello que Jung denomina “la sombra”, esa zona de la personalidad que contiene todo aquello que el yo consciente no reconoce, rechaza o prefiere mantener oculto. Y esa dimensión aparece puesta en escena todo el tiempo. Por eso el conflicto entre los personajes es constante y, al mismo tiempo, absurdo. Porque cuando las máscaras empiezan a caer, aquello que intentamos mantener oculto deja de ser una posibilidad y se convierte en presencia.
Toda persona vista de cerca es un monstruo parte de ahí. Dos parejas, cuatro personas. Cuatro subjetividades atravesadas por sus propias crisis y, en consecuencia, por las crisis de sus vínculos. Lo que comienza como una cena entre conocidos se transforma progresivamente en un dispositivo de exposición. Los otros funcionan como espejos: devuelven aquello que cada personaje intenta no mirar de sí mismo. Lo que aparentan, lo que son y, quizás más importante todavía, aquello que desean, comienza a entrar en conflicto.
La cena deja entonces de ser una simple reunión social. Se convierte en una suerte de experimento psicológico. ¿Cuánto podemos sostener la ficción de normalidad cuando alguien empieza a formular las preguntas que nadie quiere escuchar?
Aprendemos desde muy temprano qué se puede decir, qué se debe ocultar, qué deseo es legítimo y cuál merece ser reprimido. Aprendemos a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo aceptable y aquello que incomoda. En buena medida, la vida social consiste en esa negociación permanente entre aquello que somos y aquello que entendemos que podemos mostrar. Pero el problema aparece cuando esa contención deja de ser una elección y se convierte en mandato.
La obra parece instalarse precisamente en ese territorio: entre el deseo individual y las definiciones que recibimos antes incluso de poder cuestionarlas. ¿Quién establece cómo debe ser una pareja? ¿Qué significa ser una buena mujer? ¿Qué se espera de un hombre? ¿Qué lugar ocupa la maternidad en la identidad femenina? ¿Es posible no querer ser madre sin que ese deseo, o esa ausencia de deseo, sea leído como una falla?
Uno de los más persistentes es aquel que vincula de manera casi automática a la mujer con la maternidad. No se trata solamente de una expectativa explícita. El mandato puede ser mucho más sofisticado: aparece en la pregunta insistente, en la sospecha, en la idea de que “algún día va a querer”, en la asociación entre realización femenina y maternidad, en la dificultad cultural para aceptar que una mujer pueda construir una vida plena sin convertirse en madre. ¿Qué pasa cuando el deseo propio no coincide con el deseo que se supone que deberíamos tener?
La obligatoriedad de ciertos deseos es una de las cuestiones más perturbadoras que la obra pone en evidencia. Porque el mandato no siempre funciona diciéndonos directamente qué hacer. Muchas veces funciona enseñándonos qué deberíamos desear. Y cuando una persona no desea aquello que se supone que debería desear, aparece la culpa, la vergüenza, la sensación de anomalía y también el bloqueo. El sujeto comienza a preguntarse si el problema está en el mundo o en sí mismo.
Quizás allí habite uno de los monstruos de la obra. No en aquello que los personajes hacen, sino en aquello que se supone que no deberían desear.
Las dos parejas adquieren, en este sentido, una importancia fundamental. No son solamente dos parejas diferentes: son dos formas de mirar la vida, dos maneras de organizar el deseo, dos posibilidades frente a aquello que una sociedad considera correcto. Son parejas disparejas porque ponen en escena, precisamente, la tensión entre lo que “se debe” y lo que no se debe; entre lo correcto y lo incorrecto; entre aquello que puede ser nombrado y aquello que todavía genera incomodidad. Y es justamente esa exposición, llevada al extremo, la que termina siendo tremendamente cómica para el público. No porque los personajes estén haciendo algo absurdo, sino porque se ven reflejados en el realismo que propone la obra. Sabemos que estamos frente a una ficción, pero también sabemos que aquello que sucede podría estar pasando, en ese mismo instante, en cualquier departamento. Incluso en el propio.
El espejo nunca devuelve una imagen neutral. Cuando observamos al otro, también nos vemos. La conducta que juzgamos puede ser aquello que secretamente deseamos. Aquello que condenamos puede tocar una zona propia que mantenemos reprimida. Por eso el otro se vuelve amenazante: porque puede poner palabras allí donde nosotros todavía no podemos hacerlo.
La obra plantea desechar las luces para habitar aquello que Jung denomina “la sombra”, esa zona de la personalidad que contiene todo aquello que el yo consciente no reconoce, rechaza o prefiere mantener oculto.
La escritora lleva a sus personajes constantemente hacia el límite. Y ese límite parece ser, justamente, el lugar donde las máscaras comienzan a agrietarse.
La obra no da una solución. Ni tiene un final feliz, ni infeliz, debo reconocerlo. No alcanza con decir que debemos liberarnos de todos los mandatos y expresar absolutamente todo. Porque la exposición permanente tampoco es libertad. Vivir sin ningún límite, sin ninguna consideración por el otro, también puede convertirse en otra forma de violencia.
Ahí aparece una de las tensiones más interesantes: no podemos estar todo el tiempo conteniéndonos y oprimiéndonos, pero tampoco podemos estar todo el tiempo exponiéndonos. Necesitamos máscaras para vivir con otros. El problema comienza cuando olvidamos que son máscaras.
La cuestión, entonces, no sería destruir todas nuestras defensas, sino poder elegir cuáles queremos conservar. Poder distinguir entre una norma que nos organiza y una norma que nos oprime. Entre un límite que protege el vínculo y un límite que nos impide existir. Entre aquello que elegimos callar y aquello que hemos aprendido que debemos callar. La cena se convierte así en una especie de ritual de desobediencia.
Debajo de la conversación cotidiana, de las buenas maneras, de los roles y de las parejas aparentemente constituidas, aparecen personas en crisis consigo mismas. Personas que quizás llevan demasiado tiempo interpretando una versión de sí mismas que los demás pueden reconocer, pero en la que ellas ya no se reconocen.
Y allí la monstruosidad adquiere otra dimensión. ¿Qué pasaría si pudiéramos poner bajo una luz absoluta nuestras contradicciones? ¿Qué pasaría si aquello que escondemos porque creemos que nos vuelve monstruosos pudiera, por fin, ser observado sin la obligación inmediata de corregirlo?
Tal vez la respuesta sea incómoda: todos tenemos algo que no encaja. Que todos deseamos algo que alguna vez aprendimos a considerar incorrecto.
Toda persona vista de cerca es un monstruo parece invitarnos justamente a eso: a mirar de cerca. A soportar la incomodidad de descubrir que detrás de los roles hay personas contradictorias, deseantes, frágiles, egoístas, amorosas, violentas, reprimidas, libres y también profundamente condicionadas.
Quizás por eso la obra incomoda. Porque en algún momento dejamos de mirar a esos cuatro personajes y empezamos a reconocernos en ellos. En lo que hacemos con lo que aprendimos, con lo que heredamos, con aquello que alguna vez nos dijeron que estaba bien desear y aquello que no.
Hay mandatos que nos construyen mucho antes de que podamos cuestionarlos. Y quizás la verdadera posibilidad de libertad no esté en vivir sin ellos, sino en poder reconocerlos. Porque tal vez el verdadero monstruo no sea aquello que aparece cuando miramos demasiado de cerca a los otros. Tal vez sea descubrir cuánto de nuestra propia vida fue construido a partir de deseos que alguna vez creímos propios.
Y, sobre todo, preguntarnos, como plantea la obra en su subtexto: ¿qué parte de la vida que llevamos seguimos eligiendo y qué parte simplemente aprendimos a cumplir?
Ficha técnico artística
Dramaturgia: María Zubiri
Actúan: Sol Kohanoff, Emiliano Pandelo, Maximiliano Prioriello, María Zubiri
Actores reemplazo: Agustina De Los Santos
Diseño de vestuario: Compañía Los Pretendientes
Diseño de espacio: Mauro Anton
Redes Sociales: Compañía Los Pretendientes
Diseño de Iluminación: Marco Pastorini
Fotografía: Gabriel Bertini, Renata Marano
Diseño gráfico: Páris V. Mardones, Maximiliano Prioriello
Asistencia general: Romeo Prioriello
Asistencia técnica: Romeo Prioriello
Asistencia de dramaturgia: Mónica Salerno
Prensa: Carolina Alfonso
Dirección: Mauro Anton
La obra se presenta los domingos a las 19.30 h en el Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, CABA.