Teatro: “Temer partir”, la intimidad como territorio incierto
Temer partir sucede durante una madrugada de verano porteño. El calor aplasta. El aire parece no circular. Matías y Lucía discuten por cuestiones de convivencia, por esas pequeñas fricciones domésticas que a simple vista parecen insignificantes: modos de habitar el espacio, cansancio acumulado, palabras dichas a destiempo. Pero la obra entiende algo fundamental sobre las parejas: nunca se pelea solamente por lo que se pelea. Debajo de cada discusión cotidiana suele haber otra cosa. Algo más antiguo. Más difícil de nombrar.
La noche entonces se vuelve un territorio suspendido. Ninguno de los dos logra dormir. Y en ese cuarto, que debería ser el lugar del descanso, empieza a desplegarse otra dimensión del vínculo. Quizás uno de los subtextos más acertados de la obra sea justamente ese: un vínculo nunca descansa del todo. Incluso cuando parece quieto, sigue produciendo sentido. Sigue construyéndose. Sigue transformando a quienes lo habitan.
El espacio íntimo se convierte en escenario existencial. Ahí aparecen las preguntas más incómodas: qué significa permanecer, cuánto soporta el amor, cuánto de nosotros depende de la mirada del otro.
Todo el tiempo circula un temor silencioso: ser dejado. Y la obra logra trabajar ese miedo sin convertirlo en melodrama ni en consigna psicológica. Más bien lo presenta como algo profundamente humano, casi estructural. Porque amar implica necesariamente convivir con la posibilidad de la pérdida. No hay amor sin vulnerabilidad. No hay entrega sin el riesgo de que el otro un día ya no esté.
En ese sentido, la obra también parece dialogar con algunas ideas que trabaja Luciano Lutereau acerca de los vínculos contemporáneos: amar no es encontrar una completud tranquila sino aceptar la incomodidad de depender emocionalmente de otro. Hay algo del amor que inevitablemente nos desordena porque nos enfrenta a nuestra propia fragilidad. El otro importa. Y justamente por eso puede herirnos, transformarnos, desestabilizarnos.
En ese punto, la obra parece tocar una experiencia muy primaria de la existencia. Cuando somos niños y dejamos de ver a nuestra madre, muchas veces sentimos que desapareció. Todavía no comprendemos del todo que el otro puede ausentarse momentáneamente sin dejar de existir. Para un niño, la ausencia física puede sentirse como abandono absoluto. Y quizás algo de ese miedo nunca termina de irse. Crecemos, aprendemos teorías sobre el amor, inventamos discursos modernos sobre la autonomía emocional, pero en algún rincón del cuerpo sigue viviendo ese temor infantil a que el otro desaparezca.
Lo interesante es que Temer partir no plantea ese miedo como algo que deba resolverse. No hay moraleja tranquilizadora. No hay una idea romántica del “amor verdadero” como garantía eterna. Lo que aparece es otra cosa mucho más compleja: el amor como elección constante frente a la incertidumbre. Porque justamente aquello que podría romper el vínculo es también lo que vuelve significativa la decisión de permanecer.
Y ahí aparece otra dimensión muy fuerte de la obra: la ausencia de posturas rígidas. Nadie tiene completamente razón. Nadie encarna la verdad absoluta sobre cómo amar. Los personajes circulan por la contradicción, por el cansancio, por la necesidad de ser vistos, comprendidos, reconocidos. Como en cualquier vínculo real. La obra no intenta resolver el conflicto desde la corrección moral, sino desde la exposición de una fragilidad compartida.
Lo que aparece es otra cosa mucho más compleja: el amor como elección constante frente a la incertidumbre. Porque justamente aquello que podría romper el vínculo es también lo que vuelve significativa la decisión de permanecer.
También trabaja algo muy profundo respecto a la identidad. El otro no es solamente compañía. El otro nos constituye. Nos devuelve una imagen de nosotros mismos. Nos confronta. Nos pone en situación de cuerpo y presencia. Una persona también existe en la medida en que es mirada. Y por eso el amor puede ser tan desestabilizador: porque quien amamos tiene la capacidad de decirnos algo sobre nosotros que tal vez no queremos escuchar.
¿Qué pasa cuando el otro señala nuestras grietas? ¿Qué pasa cuando en una discusión cotidiana aparece, de repente, una verdad que toca algo esencial de nuestra identidad? Muchas veces el conflicto amoroso no duele por el contenido explícito de la pelea, sino porque sentimos amenazada la imagen que construimos de nosotros mismos.
Sin embargo, la obra parece sugerir que el amor no se sostiene evitando esas zonas incómodas. La distancia no resuelve. El silencio tampoco. Retirarse emocionalmente puede ser más destructivo que discutir durante horas en medio de una madrugada sofocante. Lo que mantiene vivo al vínculo es la posibilidad de atravesar el conflicto sin dejar de reconocer al otro como alguien digno de ser escuchado. En tiempos donde todo parece empujar hacia la distracción permanente, la obra también pone en valor algo cada vez más difícil: la presencia. Estar con otro no solamente como proximidad física, sino como disponibilidad emocional. Escuchar. Sostener una conversación incómoda. Permanecer incluso cuando sería más sencillo retirarse afectivamente. Porque a veces amar no tiene tanto que ver con encontrar respuestas, sino con seguir estando.
Existe una idea hermosa que dice que el amor comienza cuando los libros de uno se mezclan con los del otro. La frase habla de la convivencia, pero también de algo más profundo: la transformación inevitable que produce un vínculo. Porque amar no consiste solamente en compartir espacio, sino en aceptar, tal vez, que la presencia de otro altere el orden propio.
Hay algo profundamente contemporáneo en eso. En una época donde muchas veces los vínculos parecen descartables, donde cualquier incomodidad se vive como señal de incompatibilidad definitiva, Temer partir propone detenerse en otra pregunta: ¿qué significa sostener? No desde el sacrificio vacío ni desde la idealización romántica, sino desde la voluntad de permanecer presentes incluso cuando aparecen las fisuras.
La madrugada avanza, el calor no cede y los personajes siguen hablando. Pero en realidad lo que la obra pone en escena no es solamente una conversación de pareja. Es el intento humano, siempre incompleto, de ser visto por otro sin desaparecer en el intento.
Funciones: martes a las 21 h en teatro NUN hasta el 26 de mayo inclusive.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Cecilia Meijide
Actúan: Nacho Ciatti, Paula Staffolani
Vestuario: Laura Staffolani
Escenografía: Santiago Badillo
Iluminación: Santiago Badillo
Fotografía: Andrea Vigano
Asistencia de escenografía: Lara Stilstein
Asistencia de dirección: Cintia Zaccolo
Prensa: Cecilia Gamboa
Producción ejecutiva: Cintia Zaccolo
Supervisión dramatúrgica: Nacho Ciatti
Gráfica: Barbi Delfino
Dirección: Cecilia Meijide