Aprender de nuevo a ser una nación
En 1901, miles de jóvenes provenientes de pueblos rurales, barrios portuarios y colonias de inmigrantes comenzaron a presentarse en cuarteles distribuidos por todo el territorio argentino. Muchos hablaban todavía los idiomas de sus padres: italiano, gallego, yiddish o alemán. Algunos apenas habían salido de sus localidades de origen. Durante meses convivieron, compartiendo disciplina, rutinas y una experiencia colectiva que los ponía en contacto con compatriotas cuya existencia hasta entonces les resultaba lejana.
Aquella experiencia fue una de las consecuencias más visibles de la ley de servicio militar obligatorio impulsada por el ministro de Guerra Pablo Ricchieri. Su objetivo inmediato era modernizar la defensa nacional. Pero su función social fue probablemente más profunda: en una Argentina atravesada por la inmigración masiva, el servicio militar se convirtió también en una institución de integración nacional.
Durante buena parte del siglo XX, otras instituciones cumplieron funciones similares de integración social: la escuela pública, el trabajo industrial, la vida sindical o el propio servicio militar. En esos espacios, individuos provenientes de trayectorias sociales diversas compartían normas, rutinas y experiencias cotidianas que contribuían a producir una cierta cultura común.
Un siglo después, el país enfrenta un desafío distinto, aunque no del todo ajeno a aquel.
La erosión del vínculo social
A fines del siglo XIV, el historiador árabe Ibn Jaldún utilizó el término asabiyyah para describir el vínculo de solidaridad que permite a una comunidad reconocerse como tal y actuar colectivamente. Cuando esa cohesión se debilita —observaba— las sociedades pierden gradualmente su capacidad de organizar la acción colectiva y proyectarse hacia el futuro.
Siglos más tarde, Émile Durkheim describiría un fenómeno comparable con el concepto de anomia. Cuando las instituciones que estructuran la vida colectiva pierden su capacidad de orientar a los individuos, la sociedad deja de ofrecer un horizonte compartido de normas y expectativas.
Algo de ese proceso parece estar ocurriendo hoy en muchas democracias contemporáneas, y la Argentina no constituye una excepción.
Las instituciones que durante décadas funcionaron como espacios de sociabilidad colectiva han perdido parte de su vitalidad. Los clubes de barrio —verdaderas escuelas informales de convivencia cívica— han visto reducir su centralidad. Los sindicatos ya no organizan la vida social de amplios sectores como lo hacían en el siglo XX. La Iglesia ha disminuido su influencia social. Incluso la educación pública y el sistema sanitario, que durante mucho tiempo funcionaron como ámbitos de encuentro entre sectores sociales diversos, han experimentado procesos de creciente segmentación.
Este debilitamiento del tejido asociativo no es un fenómeno menor. En La democracia en América, Alexis de Tocqueville observaba que la vitalidad de la democracia dependía en gran medida de la densidad de asociaciones civiles que estructuraban la vida cotidiana. Esas asociaciones enseñaban a los individuos a cooperar y actuar colectivamente.
Cuando ese entramado se debilita, advertía Tocqueville, la sociedad corre el riesgo de fragmentarse en individuos aislados frente al poder central.
Las transformaciones urbanas y tecnológicas de las últimas décadas han acentuado esta tendencia. La creciente segregación residencial produce ciudades donde distintos grupos sociales habitan circuitos relativamente cerrados. A ello se suma la revolución digital. Las redes sociales multiplican las interacciones, pero lo hacen dentro de entornos altamente segmentados donde los individuos se relacionan sobre todo con quienes comparten sus mismas afinidades culturales o ideológicas.
El resultado es una paradoja característica de nuestro tiempo: sociedades hiperconectadas pero cada vez menos capaces de reconocerse como comunidades políticas comunes.
Un territorio compartido, experiencias separadas
En un país de dimensiones continentales como la Argentina, esta fragmentación adquiere además una dimensión territorial.
Las realidades sociales y geográficas de las distintas regiones difieren profundamente. Las condiciones de vida en la Patagonia, en el Noroeste o en el Litoral responden a dinámicas económicas, climáticas y culturales que rara vez forman parte de la experiencia cotidiana de quienes habitan el área metropolitana de Buenos Aires.
En ausencia de instituciones que articulen esas diferencias, el territorio nacional corre el riesgo de convertirse en una mera abstracción administrativa.
Este proceso afecta especialmente a las generaciones más jóvenes. Durante gran parte del siglo XX, la transición hacia la vida adulta estaba estructurada por una serie de instituciones —educación pública, servicio militar, trabajo estable, participación sindical o política— que proporcionaban marcos relativamente claros de integración social.
La progresiva desaparición o debilitamiento de esos marcos produce una combinación de desorientación y retraimiento cívico. Cuando el horizonte colectivo se vuelve difuso, también lo hace la posibilidad de imaginar un proyecto común.
Frente a este proceso de fragmentación social creciente, el problema ya no es únicamente diagnosticar la crisis del vínculo cívico, sino imaginar las instituciones capaces de reconstruirlo. En distintos momentos de la historia, los Estados recurrieron a mecanismos de servicio común para producir experiencias compartidas de ciudadanía. En el contexto actual, la creación de un sistema de servicio ciudadano podría volver a cumplir una función semejante: reunir temporalmente a jóvenes de distintas regiones y trayectorias sociales en torno a tareas de interés público.
Experiencias comparadas
En los últimos años, varios países han comenzado a explorar formas de servicio ciudadano destinadas a recomponer experiencias colectivas de ciudadanía.
En Francia, el gobierno instauró en 2019 el Service National Universel (SNU), un programa dirigido a jóvenes que combina formación cívica, actividades colectivas y períodos de servicio en proyectos comunitarios o de interés público. Aunque su escala aún es limitada, la iniciativa responde a una preocupación explícita por reforzar la cohesión republicana en una sociedad marcada por crecientes fracturas territoriales y sociales.
En Alemania, la suspensión del servicio militar obligatorio en 2011 dio lugar a la creación del Bundesfreiwilligendienst, un sistema de voluntariado civil que permite a miles de jóvenes participar durante un período determinado en actividades sociales, ambientales o educativas. El programa busca canalizar el compromiso cívico y fortalecer el vínculo entre generaciones en una sociedad que también enfrenta desafíos de integración social.
Estos modelos responden a contextos distintos, pero comparten una intuición común: la ciudadanía no se construye únicamente a través de derechos formales o identidades abstractas. Necesita también experiencias concretas de cooperación y servicio público.
El servicio ciudadano como experiencia común
En este contexto, una posible respuesta para la Argentina podría consistir en la creación de un sistema de servicio ciudadano capaz de recrear, bajo formas contemporáneas, espacios de cooperación colectiva entre personas provenientes de distintas regiones y trayectorias sociales.
Su núcleo podría ser un servicio humanitario universal, orientado a la formación en tareas de socorrismo, asistencia en emergencias y gestión de catástrofes. En un territorio expuesto a inundaciones, incendios forestales, sequías o emergencias sanitarias, la existencia de una red amplia de ciudadanos capacitados para actuar en situaciones críticas constituiría además una inversión concreta en resiliencia social.
Alrededor de este núcleo podrían organizarse diversas modalidades optativas de servicio público: programas militares voluntarios, servicios sanitarios para profesionales de la salud, iniciativas de cooperación comunitaria o formas de participación en tareas de seguridad y protección civil. También podrían incorporarse programas destinados a fortalecer las instituciones culturales y administrativas del Estado —archivos, bibliotecas públicas, museos, institutos científicos o agencias estadísticas— donde los participantes colaboren en la preservación del patrimonio documental, la digitalización de fondos históricos o la ampliación del acceso público al conocimiento.
Más allá de su utilidad práctica, su función principal sería otra. Durante un período determinado, jóvenes provenientes de distintas trayectorias sociales compartirían experiencias concretas de cooperación y servicio público.
En una sociedad cada vez más segmentada, ese tipo de experiencias puede desempeñar un papel decisivo en la reconstrucción del vínculo cívico.
La lenta construcción del “nosotros”
Las sociedades modernas no se sostienen únicamente sobre leyes o instituciones formales. También dependen de experiencias compartidas que permitan a los individuos reconocerse como parte de una misma comunidad política.
En ausencia de esas experiencias, el espacio público tiende a fragmentarse en comunidades cada vez más pequeñas y aisladas entre sí.
Hace más de seis siglos, Ibn Jaldún observó que la fuerza de una sociedad depende en última instancia de la intensidad de su cohesión interna. Durkheim describió más tarde los riesgos de su disolución. Tocqueville, por su parte, recordó que la vida democrática necesita instituciones que enseñen a los ciudadanos a actuar juntos.
El desafío contemporáneo consiste, quizás, en volver a crear esas instituciones.
Porque una nación no es solamente un territorio ni un conjunto de leyes. Es, sobre todo, una experiencia compartida que cada generación debe volver a aprender.
Referencias
Durkheim, É. (1893). De la division du travail social. Félix Alcan. https://classiques.uqam.ca/classiques/Durkheim_emile/division_du_travail/division_travail.html
Durkheim, É. (1897). Le suicide: Étude de sociologie. Félix Alcan. https://classiques.uqam.ca/classiques/Durkheim_emile/suicide/suicide.html
Ibn Khaldun. (1967). The Muqaddimah: An Introduction to history (N. J. Dawood, Ed.; F. Rosenthal, Trad.). Princeton University Press. (Obra original publicada en 1377). https://archive.org/details/introductiontohi0000njda/page/n5/mode/2up
Tocqueville, A. de. (2000). Democracy in America (H. C. Mansfield & D. Winthrop, Eds. & Trans.). University of Chicago Press. (Obra original publicada en 1835–1840). https://archive.org/details/tocqueville-democracy-in-america-text.-mansfield.num_202207
Ministère de l'Éducation nationale et de la Jeunesse. (2019). Service National Universel. Gouvernement de la République française. https://www.snu.gouv.fr/
Bundesministerium für Familie, Senioren, Frauen und Jugend. (2011). Bundesfreiwilligendienst: Engagement für die Gesellschaft. https://www.bundesfreiwilligendienst.de/