El problema de Cristina no es judicial, es político

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    Axel y Cristina
PERONISMO EN DEBATE

El problema de Cristina no es judicial, es político

04 Mayo 2026

La interna política en la provincia de Buenos Aires —verdadera síntesis de las tensiones que atraviesan hoy al peronismo respecto a la proyección a nivel nacional para 2027— se ordena alrededor de un punto muy concreto e indisimulable; la resistencia de Cristina Fernández de Kirchner para reconocer que Axel Kicillof —o cualquier figura por fuera de ese esquema familiar y de los designios de su dedo— posee legitimidad propia para erigirse en interlocutor central para frenar y luego trascender el proyecto libertario de Javier Milei.

En ese punto se condensa el conflicto. Una extendida línea de carácter “esencialista” anclada en la lógica del linaje y el control, que tiende a circunscribir el derecho exclusivo de la conducción a la herencia simbólica de los Kirchner y nada más. Allí se explican y cobran coherencia todas las conductas de ataque del núcleo camporista para con el Gobernador de la PBA.

Atendiendo esta cuestión, el verdadero riesgo político para el ciclo kirchnerista —y para la propia vigencia política de Cristina— no proviene de la proscripción, la inhabilitación, las encuestas o incluso la prisión. Lejos de debilitarla, esas situaciones la instalan una y otra vez en el centro de la escena y refuerzan su concentrado capital político, como se advierte incluso en la forma en que su entorno inmediato y sus voceros procesan, utilizan y exponen ese conflicto en clave de imposición y división dentro del peronismo. Respecto a lo que verdaderamente está en juego, el riesgo real es otro; el éxito político de Kicillof. En esto se advierte una relación asimétrica, directamente proporcional y ya sin ambigüedades; cuanto más crece Axel, más se acota el margen de Cristina y La Cámpora.

Si Kicillof logra consolidarse como referencia nacional —con gestión, votos y proyección real—, y más aún si alcanza la Presidencia en 2027, el problema deja de ser cualquier otra cosa y pasa a ser exclusivamente político para la dirigencia del kirchnerismo puro y duro. En ese escenario, Cristina pierde su centralidad política y el relato forzado de la “década ganada” deja de ordenar de manera nostálgica el presente para dar lugar a una nueva construcción; el de las “nuevas canciones”. Allí, La Cámpora ve reducido poco a poco su peso en las listas, las bancas, las cajas y el territorio. Y esta virulencia que genera este proceso de disputa por el pasado, el presente y el futuro en la conducción, ocurre porque Cristina lo resiste y lo enfrenta; eso es muy distinto a favorecerlo, alentarlo y ser parte. Y hay un dato que cambia la ecuación; Axel no es Scioli ni es Alberto. Bien, toda esta tensión se entiende desde la exacerbada lógica del poder que concibe y emplea Cristina.

Dividir para seguir reinando

Ese potencial escenario de Kicillof conductor rompe el monopolio de la conducción histórica y deja al descubierto un divorcio estratégico que ya es una realidad en los hechos. Vale decir, ese punto cúlmine arroja un ganador y un perdedor; un quiebre definitivo. Lo cierto es que Axel se separó hace años del útero político que lo vio nacer, por eso es tratado como un desheredado, directamente como un enemigo al que no se lo perdona y hay que destruir.

Es que en una estructura política que se ordena por centralidad y verticalidad descendente, esa desafiliación original es terminal. Lo podemos reducir a un axioma: Si la conducción es única, y emerge otra conducción, entonces deja de ser única. Esto es lo que hay que mirar para entender la irracionalidad de esas conductas de Cristina; que no son nuevas, y que son coherentes con la defensa del interés de ese núcleo político, por sobre las necesidades del conjunto. La consecuencia de esa tarea de autopreservación forzada es un peronismo fragmentado y sin rumbo, sin autocrítica ni explicación de los errores, sin capacidad de corrección, con responsabilidades desplazadas hacia afuera y una creciente desorientación estratégica. Se impone la rosca cupular por sobre la política real, se pierde contacto con las necesidades vitales de las mayorías, se extingue el debate interno y se diluye la presencia en la calle. Bien, esa lógica, sostenida en el tiempo, sólo puede —como viene ocurriendo desde la derrota nacional de 2015— producir daño político dentro del propio campo nacional. Y acá estamos.

Si sabemos mirar, Cristina se vuelve más fuerte en un escenario de polarización cerrada —tal vez de “cuatro cuartos”— porque esa dinámica le permite reordenar el sistema alrededor de su referencia para reforzar la lógica de centralidad que la beneficia y la mantiene vigente. Pero esa misma lógica, al restringir la legitimidad a un núcleo cerrado, bloquea la emergencia de nuevos liderazgos y limita la capacidad del propio campo nacional para expandirse. En lugar de ampliar la base de representación, la reduce y la relega a segundo o tercer plano, mientras se inhibe a quien podría ensanchar el alcance político y territorial del peronismo. Por eso, una y otra vez, se impulsa desde el Cristinismo la fragmentación del peronismo como táctica de control interno; allí, en esa concepción, es prioritario dividir antes que compartir o ceder la conducción.

Los antecedentes del daño

Sostener y fortalecer la gestión de Alberto Fernández (2019/2023) no era un acto de disciplina menor, era la condición estratégica indispensable para llegar competitivos a una reelección y evitar el retroceso histórico que hoy padecemos. Es raro estar aclarando esto, pero en cualquier proyecto nacional, por más débil o contradictorio que sea, la estabilidad del gobierno en ejercicio es la plataforma desde la cual se construye continuidad política para plantear el cúmulo de batallas que restan por dar en términos sociales, económicos y políticos. Minar desde dentro a ese gobierno —debilitar su autoridad, exponer públicamente sus contradicciones, erosionar su legitimidad— sólo podía conducir a lo que finalmente ocurrió; entregar el rumbo del país a una fuerza cuyo proyecto de demolición no registra antecedentes en nuestra historia democrática.

Eso ya había ocurrido en 2015, cuando la candidatura de Daniel Scioli fue acompañada por señales ambiguas, desconfianza interna y un trato político que lo dejó expuesto y debilitado en plena disputa electoral. A ese clima se sumó el esmerilamiento con la promoción de Randazzo como alternativa interna y el ninguneo público sintetizado en aquellas pancartas que rezaban “el candidato es el proyecto”, que terminó debilitando al propio postulante ante la sociedad, en plena campaña. No fue un episodio aislado, sino un antecedente. La experiencia 2019–2023 profundizó esa lógica. La designación de Alberto Fernández —anunciada un sábado por la mañana a través de un video difundido en redes— respondió a una decisión unilateral de Cristina; efectiva para evitar la continuidad del ciclo amarillo, pero más defensiva que estratégica, que no integró ni ordenó al conjunto del peronismo detrás de una base de acuerdos sólida. El resultado fue un gobierno con debilidad de origen, sostenido en equilibrios internos antes que en un proyecto claro de poder. Desde el inicio operó un doble comando; el mando formal en la Casa Rosada y la gravitación política decisiva desde el Instituto Patria, donde Cristina practicaba oposición interna, fijando posición, marcando límites y condicionando el rumbo de la gestión. A ello se sumaron hechos concretos que erosionaron de manera decisiva la autoridad presidencial. Entre ellos, la carta pública tras la derrota en las PASO de 2021, donde Cristina explicitó que consideraba equivocado el rumbo del gobierno, donde reclamó cambios inmediatos en el gabinete y dejó en claro que había “advertido” previamente esos desvíos. Pocas cosas resultan más pobres en una conducción que se pretende fuerte que refugiarse, a posteriori, en el “yo se los dije” para reivindicarse, desmarcarse y ocultar una acción destructiva.

Parece que nos olvidamos rápido pero, acto seguido, se ordenó la renuncia coordinada de ministros y funcionarios camporistas para forzar un cambio de gabinete. El efecto fue un gobierno percibido como incapaz de ordenar su propio frente interno, con pérdida sostenida de credibilidad social.

Reducir ese proceso fallido —y la herencia de “la peor crisis económica de la historia” que habilitó el actual ciclo libertario— a la simplificación de que “el débil de Alberto no escuchaba a Cristina” es renunciar al análisis. Lo que allí se expuso fue una persistencia del método; la dificultad estructural para sostener y fortalecer a un liderazgo que no esté plenamente controlado. Y cuando ese control no es posible, aparece una decisión política de fondo; se prefiere romper antes que no tener la conducción plena. Es una afirmación contrafáctica, pero razonable; por múltiples razones políticas, económicas y de orientación, los gobiernos de Scioli o de Sergio Massa difícilmente hubieran derivado en escenarios comparables a los de Macri o Milei.

Lo más inquietante es que, en la actualidad, sin mediar una revisión seria de ese ciclo —sin una explicación pública proporcional al daño—, el mismo dispositivo vuelve a abrir el juego para recircular nombres y reposicionamientos: Pichetto y un desfile de posibles candidaturas propiciados por Cristina. Una dinámica que no parece asumir la dimensión del drama nacional. Porque, a esta altura, persistir en esa lógica no expresa vitalidad política; expresa, más bien, una preocupante falta de responsabilidad política frente a la crisis que atraviesan el pueblo y la Patria.

En síntesis, como vemos en esta última década perdida, quien no se alinea de manera sumisa al linaje de Cristina es rápidamente erosionado, vaciado o destruido. Y ahora es el turno del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

Cristina libre ¿Cristina libre?

Es evidente que esta consigna, convertida en el último tiempo en eje excluyente de la táctica que emana desde San José 1111, termina operando como un límite político para el propio objetivo que proclama. Al subordinar toda la estrategia a una lógica defensiva, de imposición y de alineamiento, se desatiende una evidencia básica; la vía más eficaz para modificar las condiciones que sostienen su infame e injusta situación judicial es construir una victoria política amplia que altere la correlación de fuerzas y el clima institucional. Nada que Cristina y su hijo no sepan. Los jueces de la SCJN actúan siempre así, sin abandonar nunca su estirpe oligárquica y su sesgo antinacional. Sin esa acumulación de poder real —territorial, electoral, político y social— cualquier apelación a su libertad queda en el plano testimonial. La paradoja es evidente; en nombre de la lealtad y la imposición, se debilita la única herramienta capaz de producir un cambio efectivo en la condición de Cristina.

Pero no hace falta suponer ingenuidad. Más bien se trata de una decisión política; tanto Parrilli, Máximo, Mayra Mendoza, Verbitsky y la propia Cristina comprenden perfectamente la dinámica y eligen actuar en consecuencia. Priorizar y anteponer la consigna cerrada —“Cristina libre” o militar el voto en blanco por considerar ilegítima toda fase de la vida pública con ella, o sólo ella presa— o promover alternativas que no contemplen o directamente descarten a Kicillof, aun sabiendo que eso dificulta construir la fuerza necesaria para incidir sobre su situación judicial, revela una apuesta por sostener la centralidad del núcleo antes que por maximizar la eficacia política del peronismo en términos electorales. Se trata de abrir el círculo para seguir recirculando, por eso Pichetto. De aquí no pasan los elementos a considerar en el análisis; se trata de continuidad, que de ningún modo está sujeta a la libertad de Cristina.

Veamos qué hay detrás de la subestimación

El dispositivo político que rodea a Cristina funciona mejor en clave de conflicto y excepcionalidad, más que en condiciones de normalidad política y amplitud. En el marco de una propuesta política donde la fractura social ha devenido en identidad política de los extremos y fidelización interna; la situación de proscripción y persecución judicial refuerza su centralidad, ordena la tropa, pone la consigna en la mano, elimina la discusión interna y desplaza cualquier debate estratégico hacia un eje moral binario de defensa o traición. En ese contexto, el liderazgo aparenta fortalecerse al volverse incuestionable, justo cuando en los hechos ya ha dejado de serlo. En cambio, en un escenario sin esa presión —con Cristina plenamente habilitada y su espacio obligado a disputar poder en términos estrictamente políticos— reaparecen las preguntas incómodas como el balance económico de su gestión (2011/2015), la herencia fallida del gobierno kirchnerista de los Fernández, los resultados electorales y las estrategias bajo su comando, el constante boicot a la renovación de liderazgos, el dedo, o porqué no fue ella como primera candidata, etc. Es decir, vuelve la política en su sentido más exigente. Y ahí, la centralidad ya no está garantizada por la excepcionalidad, sino que debe revalidarse en competencia. En ese plano, hoy por hoy, Kicillof saca evidentes ventajas.

A río revuelto, ganancia de pescadores. Dicho en términos más duros; la excepcionalidad la protege; la normalidad política la expone. Así, la proscripción de Cristina no sólo constituye un infame ataque judicial y político impulsado por sectores oligárquicos. En un plano más profundo, produce además un efecto de congelamiento del tiempo político del propio campo nacional y popular que Cristina bien sabe capitalizar, porque interrumpe el desarrollo de la experiencia política del peronismo y de amplias franjas del pueblo argentino, forzando una regresión al cierre del ciclo kirchnerista en 2015, con todas sus contradicciones aún sin resolver y con su sistema de representaciones todavía sin actualizar. En ese contexto, el peronismo se ve empujado a cerrar filas, pero sobre heridas abiertas. A la vez, se restringe la posibilidad de disputar el sentido común hacia adentro, ya que la agenda queda absorbida por un eje casi excluyente —“Cristina libre”— que, si bien es comprensible y legítimo en el plano defensivo, termina dividiendo y ocupando gran parte de la conversación política, desplazando otros debates necesarios y, al mismo tiempo, ralentizando y debilitando la posibilidad de que emerjan nuevas referencias y liderazgos capaces de proyectar al movimiento hacia el futuro.

La extorsión

Todos sabemos que el “Cristina libre” es, en gran medida y al interior del peronismo, la adecuación a la subordinación a su mando. Pero Kicillof ya se desafilió de esa obediencia hace rato, mucho antes de la infame condena, y eso, evidentemente, es imperdonable para la lógica del dedo y la custodia cerrada de la herencia K. La exigencia permanente de gestos de alineamiento, el vaciamiento en la legislatura bonaerense, las recriminaciones públicas y la construcción de un clima de sospecha buscan disciplinar a quien pretende ejercer un liderazgo con márgenes y autonomía propia. Lo de siempre; prefieren perder a no ser ellos los que conducen el proceso.

En lugar de avanzar en una discusión profunda sobre estrategias de unidad, de nuevos liderazgos, de reconstrucción del tejido organizativo, de recuperación de la calle política y de nuevos horizontes de sentido para las mayorías— Cristina— impone y nos lleva una y otra vez a un escenario de resistencia identitaria, a una lógica de repliegue y división. Así, se interrumpe la posibilidad de una síntesis superadora y de una maduración política que permita ensayar nuevas formas de representación popular, surgidas no de la negación del pasado reciente sino de su asimilación crítica pero superadora.

Lo que hay que aprender

El kirchnerismo fue, sin dudas, un gobierno nacional con avances concretos, pero se pensó a sí mismo como un proceso de liberación nacional ya consumado e irreversible. Esa sobreestimación de su alcance dejó un ciclo vulnerable y fácil de desmontar. Las consecuencias de esa autopercepción, sumado a la resistencia de asumir que los nuevos escenarios políticos, sociales y culturales, ya no reclaman la centralidad simbólica de la “Década ganada” ni el diseño estratégico en la conducción de Crisitina, están a la vista. La conducción de Cristina o, mejor dicho, Cristina, ha sido y es, decididamente mala conductora. Ciego el que no quiere ver.

No es casual, entonces, que la matriz construida durante el ciclo kirchnerista 2003/2015 haya podido desarticularse con tanta rapidez bajo el gobierno de Mauricio Macri. Eso revela que, más allá de los avances, sus bases estructurales no fueron consolidadas de modo irreversible en ninguno de sus términos, pese a lo que proclamaban la épica y las consignas del momento. La historia argentina es elocuente en este punto; cada vez que el campo nacional y sus conducciones más recientes evitaron ir al fondo de las relaciones de poder y se limitaron a administrar coyunturas y a adecuarse con algo de virtuosismo superficial en determinados esquemas políticos temporales, los problemas regresan con mayor intensidad. No se trata de nombres ni de etapas aisladas, sino de una constante; los límites y la dificultad para disputar y transformar las estructuras que sostienen la dependencia. Cuando esa decisión se posterga, sobreviene el retroceso agudo, la Patria se achica y el pueblo paga triple. En ese sentido, el presente no es una anomalía sino una consecuencia y una enseñanza. Milei no surge de la nada, sino de décadas de vacíos estructurales, de intentos inconclusos y de un poder antinacional que nunca fue plenamente desarmado. El drama social al que asistimos no se explica por la mera naturalización de la alternancia partidaria, sino por los límites que el propio campo nacional no logró superar. Mientras tanto, el proyecto antinacional —con coherencia, objetivos y continuidad— avanza y se expande, ocupando cada espacio que el campo popular deja vacante.

Ya en su ciclo de repliegue, el kirchnerismo tampoco logró traducir en hechos el jetoneo pequebú aquel del “quilombo” que prometió armar ante cualquier intento de tocarla a Cristina. La consigna existe: “Cristina libre”; el camino político para concretarla, evidentemente no resulta importante.

Para concluir

Cristina presa y proscripta no es, en última instancia, un hecho penal o político aislado, sino la consecuencia histórica de haber sobreestimado el alcance transformador de un ciclo que, como dijimos, no logró alterar de fondo las estructuras del poder antinacional. Si te jactas de haber eliminado a la víbora sin haberle pisado nunca la cabeza, la víbora vuelve y te pica. Este análisis no desconoce los logros históricos del ciclo kirchnerista; los reconoce, pero al mismo tiempo exige —con responsabilidad militante y honestidad intelectual— una revisión crítica de sus límites. La prolongación de una conducción que ya ha cumplido su ciclo, empieza a pesar sobre el propio tiempo político del movimiento nacional. Si aquella etapa relativamente virtuosa no logró debilitar las bases materiales del poder antinacional, no se advierte qué sentido estratégico tiene insistir en su perpetuación. La política también, en esos roles históricos, exige saber retirarse a tiempo para preservar lo alcanzado como punto de partida. En ese marco, la emergencia de nuevos liderazgos con base real y mérito concreto,—como el de Kicillof— no debería ser vivida como una amenaza, sino como una oportunidad para renovar la representación. Aunque la figura de Cristina sea grande, su conducta política es muy pequeña.

Pero es evidente que, a esta altura, el principal límite para el crecimiento de Kicillof no está afuera, sino en la disputa interna con Cristina que lo condiciona de manera permanente. Y eso deja en claro qué es lo que realmente está en juego; no es la proscripción ni el frente judicial, sino la emergencia de un liderazgo con base propia que altere el esquema de conducción vigente desde 2011 y el relato simbólico del ciclo político originado en 2003. Si Kicillof se consolida como referencia nacional, el problema deja de ser coyuntural y pasa a ser de estricto poder, ya que se termina el monopolio de la conducción de Cristina. Por eso la resistencia es tan intensa. No se trata de diferencias tácticas, sino de una decisión política; preservar el control antes que habilitar un recambio que, aunque necesario para el conjunto, implica resignar centralidad. Lastimosamente, Cristina no asumió ni una cuota de responsabilidad política ni un mínimo de generosidad histórica para corregir el rumbo de un daño que arrastra desde 2015. Si esa lógica persiste, el tiempo hará lo suyo sin contemplaciones y terminará erosionando su propio lugar en la historia.

Los plazos se acortan de manera vertiginosa, y no hablamos de calendarios electorales ni de cierres de listas. Hablamos de no cruzar un punto de no retorno en el que la Argentina quede definitivamente degradada a una condición de semicolonia, subordinada a intereses externos y a la lógica del sistema financiero global. Mientras el internismo consume energías y tiempo político, el escenario se define por fuera. En ese cuadro, y más allá de simpatías o diferencias, Axel Kicillof aparece hoy como la única referencia con base, gestión y proyección suficiente para ordenar una alternativa competitiva de cara a 2027, capaz de frenar la continuidad del experimento liberal más extremo y, eventualmente, superarlo con un programa de gobierno. Esperemos que no llegue de rodillas.

el verdadero riesgo político para el ciclo kirchnerista —y para la propia vigencia política de Cristina— no proviene de la proscripción, la inhabilitación, las encuestas o incluso la prisión