La balada de Freddy Lorenz

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La balada de Freddy Lorenz

22 Abril 2026

La marea comenzaba a subir. Ya era de noche. Se encontró con un cielo estrellado como los que había visto en mitad del océano, el mismo que ahora lo ahogaría”.

(Federico Lorenz, “La balada de Jimmy Cross”)

Voy a ser antipático, mal que me pese. Entiendo que seré políticamente incorrecto pero, como diría el Libertador “Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”. De todos modos, quisiera aclarar que esto no es contra Federico Lorenz, así como la vez anterior no fue contra Felipe Pigna, ni tampoco la idea era algo personal contra Gabriel Di Meglio. En ninguno de los casos cuestiono su erudición, pero sí vamos a problematizar desde lo discursivo, ya que es eso lo que está en disputa: una idea del mundo o, mejor dicho, (y ¡cuidado! puristas académicos) una idea de nación.

Para muestra, basta un botón (y los demás a la camisa)

Nosotros, los que hemos llevado a cabo la carrera de Historia nos hemos topado inicialmente con las lecturas de Carr o Bloch especulando sobre qué es la historia y cuál es el rol del historiador. ¡Cuántos mundos pasaron entre aquellos textos que no dejaban de ser idealistas (en el sentido que proyectaban un futuro político social) y los de ahora donde nadie sabe para qué hacer historia!, mucho menos los investigadores.

Actualmente, los investigadores se sumergen en subtemas, en cuestiones micro cuya búsqueda más que contribuir al conocimiento histórico termina siendo un aporte deslucido y desabrido. No se ocupan ni se preocupan por contribuir a una discusión, a una historia problema dirigida a nuestra comunidad, por el contrario, buscan profundizar trivialidades. Es como el capítulo de Los Simpsons, donde Lisa advierte a los niños expectantes por comprar en la juguetería que no compren la nueva muñeca Stacy Malibú ya que era la muñeca de siempre con un sombrero nuevo. Y Smithers grita: “¡Pero el sombrero es nuevo!”, reflejando la crítica de Lisa sobre la falta de innovación y el consumismo. Para el mundillo de los historiadores, todo vale para llevar a cabo el cursus honorum, con tal de obtener becas y financiamiento.

El lunes pasado presencié la defensa de tesis de Hernán Dobry por el doctorado de Historia en la Universidad Di Tella. Había decidido husmear porque me había llamado poderosamente la atención de la tesis: “Benjamín Rattenbach: un judío oculto en la cima del poder militar en la Argentina”.

Para quienes no sepan, Hernán Dobry es periodista, fue editor del canal de noticias financieras Bloomberg TV y jefe de redacción de la revista Inversor Global además de ser asiduo colaborador de medios públicos y extranjeros. Autor de numerosos libros cuyo eje de análisis gira en torno a la identidad judía destacándose “Los rabinos de Malvinas” (2012) y “Operación Israel: el rearme argentino durante la dictadura” (2011). Luego de tan solo ver su itinerario y sus trabajos sensacionalistas (sin contar que es socio de una organización de fuerte postura antinacional y elitista como el Club Político Argentino), el título de su trabajo era más digno para la tapa de la revista Noticias que para que fuera una tesis de doctorado.

El jurado que emitió previamente una evaluación para que Dobry hiciera su defensa fue lapidario. No eran cuatro de copas: uno de ellos es referente del estudio de “las derechas”, una es una especialista en la “cuestión Malvinas” y la tercera es una destacada especialista de la historia biográfica. Es que era más que evidente (sin leer inclusive el trabajo) que la tesis era descabellada: el doctorando especulaba con que el autor del famoso Informe había fraguado su identidad judía para poder llevar a cabo su carrera militar. Luego de la respuesta torpe y sin ánimos de asumir que su trabajo era pobre conceptualmente, se llamó a un cuarto intermedio para que el jurado evalúe el dictamen. Mientras Hernán Dobry sudaba y nosotros comíamos pochoclo cual si fuera un episodio de Masterchef, nos atragantamos cuando el dictamen fue “Aprobado”. Entonces, pensé para mis adentros, cuanta hipocresía existe donde el emporio academicista pondera trabajos desastrosos que harían retorcer tanto a Ranke como a Braudel. También pensaba en los numerosos rechazos que recibí por enviar colaboraciones a revistas temáticas que discutían en torno a la idea de nación que tiene el consenso académico. Luego, cuando nos niegan la posibilidad de discutir nos ningunean o nos tildan de sensacionalistas, militantes o de hacer un “uso político” de la historia. ¿Y Boston?

Quién financia a la Historia

Alguna vez el estudioso Esteban Perozzo (UNLa, Instituto Juan Manuel de Rosas de Remedios de Escalada) afirmó que la cuestión Malvinas es el ejemplo más claro en cuanto a qué lado del mostrador el historiador se coloca.

“Malvinas ´devela´, es decir, corre el velo, de aquello que está cubierto y esto es la relación semicolonial que la Argentina ha mantenido y mantiene con Inglaterra”

No hace mucho, publiqué a través de Contrafilo (Revista de Pensamiento Nacional de la UNLa) un artículo donde contrastaba las miradas de Lorenz y Rattenbach (el nieto de Benjamín) en torno a la “Cuestión Malvinas”. En principio me parecía poco ético ocultar en su relato aparentemente “inocente” “Postales desde Malvinas” haber recibido la financiación de una fundación británica para viajar a las Islas. Muchos investigadores aludirán a que remite a una institución en apariencia independiente al estado británico y que abogan por la rigurosidad científica. El verso de siempre que por algo Lorenz decidía omitir en su texto la procedencia de los fondos…

Existe en el ámbito académico una hipocresía intrínseca, donde realizar un trabajo que fuese estratégicamente importante para un proyecto de nación soberano se observa como poco profesional o, lisa y llanamente, tendencioso. Cuando, en realidad, si lo comparamos con el rol de los historiadores británicos mientras en ellos la historia suele ser una herramienta de continuidad estratégica en nuestra región resulta a menudo un campo de disputa donde incluso no se dirime, sino que se objeta la definición de una identidad nacional.

En cambio, los historiadores y cientistas sociales británicos suelen recurrir con frecuencia al financiamiento extranjero con la diferencia en que el sistema está diseñado para que fuera un complemento y no la base de subsistencia. Entonces: mientras nuestro sistema es dependiente al financiamiento de organizaciones y fundaciones extranjeras (principalmente estadounidenses y británicas) y pregonan la necesidad de una honestidad intelectual que no esté condicionado por las necesidades estatales, en los países dominantes sucede lógicamente lo contrario. La relación asimétrica no se da únicamente en la diplomacia sino también en el campo del saber.

¿Qué pasaría si Argentina tomara posesión de las islas?

Toda esta extensión nos sirve para abordar cómo actúa la desmalvinización de manera tan sutil pero igual de nociva como es el caso de nuestro “experto” en Malvinas, el historiador, docente y novelista Federico Lorenz.

El ex Director del Museo Malvinas fue entrevistado recientemente para el sitio Brújula Informativa por otro historiador reconocido en Historia Reciente, Esteban Campos. Allí, plantea ciertas demandas propias de los nacionales y el movimiento malvinero (como si fuera una originalidad suya): la percepción bicontinental, “pensar” nuestro país geopolíticamente como marítimo, corriendo el eje “porteñocéntrico”. No obstante, todos esos planteos surgen de una mera retórica donde se deslinda de cualquier posicionamiento soberano.

“Finalmente, hay toda una cuestión política a repensar: hay que despolarizar la cuestión Malvinas. Mientras siga siendo un tema que se usa para pegarle al adversario de turno, que funcione como “argentinómetro”, será muy difícil construir una política de Estado. La recuperación efectiva de la soberanía –que no es un hecho mágico, es un proceso largo– exige consensos básicos sobre el valor del mar, sobre la necesidad de estar presentes, sobre la memoria de los caídos que no puede ser instrumentalizada”.

Lo que termina dejando, entonces, es una mera retórica política de corte tecnocrático que esconde detrás aquel viejo dilema sarmientino de “Civilización/barbarie”: está dejando entrever que la Argentina no se encuentra madura para reclamar soberanía y no puede recurrir a un sentimiento patriotero que sería demodé o autoritario. Y, en estos tiempos, políticamente incorrecto.

Mientras, por otro lado, para nuestra Agencia, Juan Rattenbach afirmaba en torno a la misma pregunta sobre la factibilidad de recuperar las islas

“El diagnóstico fue que la dirigencia nacional está totalmente perdida en temas como Malvinas y la Antártida y, sin embargo, paradójicamente, algo está emergiendo. No hubo sólo una vigilia en Río Grande, si bien es la capital nacional y la más emblemática, sino que hubo en todo el país. Fue una movida federal y muy masiva”.

En dicha entrevista vislumbraba un sentimiento malvinizador que es no sólo omitido en la reflexión de Lorenz sino negado categóricamente considerándolo un elemento conflictivo. Paradójicamente, tendría que ser un estudio para los cientistas sociales: cómo, a pesar de contar con un aparato cultural predominante que objeta el reclamo soberano, el llamado “soft power” o “colonización pedagógica” perdura aún en el imaginario colectivo la “cuestión Malvinas” y, mal que le pese a Lorenz, más allá de lo que dejó la guerra.

¿Está mal llevar a cabo una postura de defensa soberana, que reivindique a nuestros héroes que lucharon por nuestras Islas? Parece ser que sí. No obstante, pareciera ser políticamente correcto plantear en una inocente novela como “La balada de Jimmy Cross” la cuestión de la identidad kelper por encima de sus progenitores británicos y su desenvolvimiento en tierras por derecho argentinas.

Esto decía para el sitio Infobae hace dos años

“ F. Pagano -Me pareció muy interesante la cuestión identitaria que se encarna en el personaje de Jimmy Cross, que no se identifica como argentino ni como inglés, sino como isleño. ¿Podrías hacer un repaso por los distintos gentilicios de los habitantes de Malvinas?

“F. Lorenz-Jimmy Cross efectivamente es un malvinense. Ellos se llaman a sí mismos falklanders, habitantes de las Falklands, que sería la traducción de malvinense. Y está también el gentilicio de kelper, que deriva de unas algas que crecen en Malvinas y que ha sido utilizado en una época de manera bastante peyorativa, pero para ellos hoy por hoy es sinónimo de identidad. Diría que es casi como el descamisado para el peronismo en los 40 y 50”.

La cita no es trivial, sino que es un eslabón más del aparato desmalvinizador que milita Lorenz desde siempre: llevar a cabo una novela donde el problema gire en torno a la identidad “kelper” significa (en criollo) abogar por la autodeterminación de los mismos.

Podríamos seguir “desplumando” el andamiaje discursivo de Lorenz que es un exponente de muchos otros tantos cientistas sociales que se amparan bajo un supuesto manto de rigurosidad académica, pero terminan siendo a intereses extranjeros. Para no extendernos más cierro volviendo a lo mismo que habíamos dicho en torno al Affair Di Meglio :

No podemos hacer una Historia vital y útil sin una relación a una construcción ontológica, identitaria. No estamos invocando un discurso único, pero sí un cauce de unión de las demandas que nos involucran como comunidad. La relatividad que enmarcan los historiadores terminan siendo funcionales a nuestros verdaderos adversarios que llevan a cabo sin ningún atisbo de prurito una política de la Historia tendenciosa y profundamente antinacional.