El rol histórico de Estados Unidos en la causa Malvinas
El inminente anuncio por cadena nacional que realizará nuestro Presidente con relación a la Cuestión Malvinas y las especulaciones en torno al eventual apoyo estadounidense a favor nuestro, obliga a recurrir a nuestra Historia además de aclarar algunas cuestiones de rigor que el periodismo suele pasar por alto: no puede confundirse la proyección que tienen las naciones en materia de defensa y política internacional con respecto a los eventuales gobiernos y su política coyuntural.
Para entender por qué hay que desconfiar del escorpión que nos está usando para cruzar el río, hay que comprender el nudo geopolítico que nos ata. Es imperioso desmitificar, entonces, el rol que ha jugado los Estados Unidos en este despojo territorial. Lejos de la neutralidad o de la hermandad americana, Washington ha sido el garante histórico y el socio estratégico de la prepotencia británica.
El poder blanco anglo-yanqui estuvo presente desde nuestros tiernos años de gestación como Patria. ¿Qué es el “poder blando”? Como lo especificó Juan Rattenbach: “se mantiene el objetivo de dominación, pero los medios empleados buscan una interpelación a la subjetividad de las personas para que cumplan con determinadas acciones sin la sensación opresiva que sí generan, por el contrario, los medios coercitivos del poder duro”.
Paradójicamente, la actuación clave que desempeñó Estados Unidos agrediendo nuestro pabellón nacional en Malvinas durante1831, que preparó el terreno para la usurpación británico es omitido o relativizado por la historiografía reciente. En ese sentido el aporte, de momento no superado, del gran historiador revisionista Mario Tesler en torno a Malvinas no se reduce a su extraordinaria tarea por reivindicar la acción patriótica del gaucho Antonio Rivero sino que también elaboró sendos trabajos que analizaban el rol agresor yanqui en Malvinas. El autor de “Malvinas: como EEUU provocó la usurpación inglesa” (Galerna, 1971) tuvo acceso a documentos claves, realizado a partir de una profunda labor heurística al ser colaborador del historiador académico Ernesto Fitte y, sobre todo, por la relación que tuviese con el inolvidable Diego Luis Molinari. De hecho, Tesler cita una carta de Molinari dirigida al ex embajador de Chile, Conrado Ríos Gallegos (1960) donde afirma de manera contundente:
“La Republica Argentina jamás debió proponer ni aceptar como árbitros en sus cuestiones internacionales, ni a Estados Unidos de América ni a Inglaterra. Tiene pendiente, con ellos, el pleito abierto a raíz de los atropellas brutales de 1831 y 1833. La tacha que les afecta es de insanable inhabilidad para ser jueces, cuando fueron para nosotros agentes de iniquidad”
La agresión de la USS Lexington y el prólogo del despojo (1831)
La agresión norteamericana contra nuestra soberanía no nació en 1982; comenzó mucho antes de la usurpación británica de 1833. Para el revisionismo, el hito fundacional del conflicto en el siglo XIX tiene el sello de la diplomacia de las cañoneras estadounidenses.
En diciembre de 1831, la corbeta norteamericana USS Lexington, al mando del capitán Silas Duncan, atacó y destruyó las instalaciones de la comandancia argentina en Puerto Soledad. El motivo aparente fue la legítima defensa que el gobernador Luis Vernet hacía de los recursos pesqueros y de la fauna marítima frente al saqueo de los buques balleneros estadounidenses. Sin embargo, el trasfondo real era quebrar la autoridad institucional de la joven nación rioplatense. Al desarmar las defensas argentinas y expulsar a sus autoridades, Estados Unidos le allanó el camino y le dejó la mesa servida a la corbeta británica HMS Clio, que concretaría la invasión y usurpación colonial en enero de 1833.
La Doctrina Monroe y la gran estafa hemisférica
El ataque de la USS Lexington desnudó la gigantesca hipocresía de la Doctrina Monroe ("América para los americanos"), proclamada apenas unos años antes, en 1823. Frente a la flagrante ocupación de una potencia europea en suelo sudamericano, los sucesivos gobiernos de Washington miraron para otro lado.
Para la Casa Blanca, las Malvinas entraron en una zona de exclusión de sus propias promesas continentales. Estados Unidos argumentó sistemáticamente que la disputa de soberanía era anterior a su doctrina o que se trataba de un asunto técnico entre el Reino Unido y las Provincias Unidas. En la práctica, el silencio y la inacción estadounidense operaron como un reconocimiento táctico y un respaldo geopolítico a los intereses coloniales del Imperio Británico en el Atlántico Sur.
A propósito de ello, el por entonces embajador Domingo Faustino Sarmiento, ante Estados Unidos, en un pedido de instrucciones al canciller Rufino de Elizalde, manifestaba:
“… Consecuencia de la insólita gestión hecha por un agente norteamericano de los “presumibles” derechos de Inglaterra a la posesión de las Islas Malvinas, fue que esta Nación que las había espontáneamente abandonado sesenta años antes, echó a un lado el principio, y segura ya de que Estados Unidos, comprometido con la doctrina de Baylies, no incluía a las islas adyacentes en los continentes americanos en la declaración Monroe, volviose sobre la doctrina de “no colonización” iniciada por Canning, y proclamada por Estados Unidos, y se apoderase de las Islas Malvinas, a título de anterior ocupación, y con complicidad aparente de esta ultima nación”.
1982: El TIAR enterrado y el triunfo del eje de la OTAN
El punto de inflexión definitivo ocurrió durante la Guerra de Malvinas en 1982. La última dictadura militar, en una muestra de ceguera geopolítica y subordinación ideológica a la Doctrina de la Seguridad Nacional, creyó erróneamente que los servicios prestados en Centroamérica le valdrían la neutralidad, o incluso el apoyo, de la administración de Ronald Reagan. Supusieron que se activaría el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que teóricamente obligaba a las naciones del continente a defender a cualquier país americano agredido por una potencia extracontinental.
La realidad histórica barrió con esas ilusiones colonizadas: tras el fracaso de la mediación del secretario de Estado Alexander Haig (que sólo buscaba ganar tiempo para el avance de la Fuerza de Tarea Británica), Estados Unidos se quitó la careta de mediador. Pero los yanquis no se detuvieron en “hacer tiempo” sino que le ofrecieron apoyo logístico y de inteligencia vital para que Gran Bretaña pueda operar de manera efectiva teniendo en cuenta la distancia existente que tenía Inglaterra con relación al Teatro de Operaciones.
Como muestra del poder blando efectuado por Estados Unidos, vuelvo a citar a Mario Tesler:
“Unos días antes de que las autoridades militares de nuestro país iniciaran las acciones de recuperación territorial (1982), el periodista Eduardo van der Kooy me convocó para que enviara de inmediato un artículo al diario Clarín. (…) Días después entregué en la redacción del citado matutino, un artículo señalando que EEUU había sido la nación que obligó la usurpación inglesa en 1833.
“En principio mi trabajo fue dejado de lado. Luego me propusieron algunas enmiendas atemperadoras que no acepté. Por último se publicó en la edición del 13 de mayo de 1982, cuando no tenía sentido continuar ocultando la verdad. Un día antes, 12 de mayo, el gobierno norteamericano ya era aliado manifiesto de Inglaterra”
“En los días iniciales del conflicto recibí un llamado telefónico de un ejecutivo de la revista Flash, con el propósito de enviar una periodista a mi domicilio para reportearme. Durante la entrevista señalé que los EEUU no serían aliados de la causa argentina y que se encontraban inhabilitados para ejercer mediación alguna.
“Durante treinta minutos, la periodista grabó mi fundamentación histórica y me solicitó algunos de mis libros. En la edición del 6 de abril me dedicaron dos páginas; obviando todo cuanto manifesté, reprodujeron algunos párrafos de una vieja entrevista aparecida en su antecesora, la revista Así, allá por 1967, sobre el gaucho Antonio Rivero…” (Tesler, M. Agresión militar de los EEUU a las Islas Malvinas y el Gaucho Antonio Rivero. Dunken, 2013)
En definitiva, para los Estados Unidos, los lazos de sangre de la alianza anglosajona y las prioridades de la OTAN en plena Guerra Fría aplastaron cualquier principio de solidaridad continental.
Los Acuerdos de Madrid y el Consenso de Washington (1989-1990)
La derrota militar de 1982 no concluyó con el cese del fuego, sino que inauguró una fase superior de colonización pedagógica y diplomática conocida como la desmalvinización. Es en este escenario de posguerra donde los hilos de Washington vuelven a tejer la trama de la subordinación argentina, operando como el mentor ideológico y económico de los Acuerdos de Madrid I y II (1989-1990).
Bajo el auge global del Consenso de Washington y las relaciones carnales del menemismo, la diplomacia argentina aceptó firmar las condiciones británicas de espaldas al Congreso de la Nación. La injerencia estadounidense en esta capitulación jurídica de la posguerra no necesitó de portaaviones; se ejecutó mediante la imposición de su matriz económica y su doctrina de seguridad hemisférica. Washington impuso el concepto de “paraguas de soberanía” como una trampa geopolítica donde aun nuestra diplomacia permanece. torpe y condicionada por los diversos gobiernos de turno con su respectivo sesgo ideológico. Esta zoncera diplomática obligó a la Argentina a "dejar de lado" la discusión del territorio usurpado para reanudar relaciones comerciales, congelando nuestro reclamo histórico mientras Gran Bretaña consolidaba su avance marítimo. Los nefastos acuerdos de Madrid posibilitaron el desarme y vaciamiento de nuestra defensa nacional además de garantizar un saqueo financiero que generaron las condiciones donde pueden denominarse al periodo menemista como una nueva “década infame” para nuestro país.
Descolonizar la mirada frente al gendarme global
El revisionismo histórico nos demuestra que el imperialismo no opera únicamente a través de las armas, sino también a través del control de la cultura y la falsificación de la historia. Presentar a los Estados Unidos como un actor neutral o un "amigo en el concierto de las naciones" es perpetuar una zoncera pedagógica que desarma nuestra conciencia nacional.
Desde el cañoneo de la Lexington en 1831 hasta el soporte militar estratégico brindado a Margaret Thatcher en 1982, el rol histórico de los Estados Unidos ha sido el de un socio indispensable para el enclave colonial británico en nuestras islas. Pensar la Argentina de forma bicontinental y marítima exige señalar con claridad a los responsables de nuestro cercenamiento territorial. Las Malvinas son, fueron y serán argentinas; y la lucha por recuperarlas pasa necesariamente por romper las anteojeras ideológicas que nos imponen los centros del poder global.