Algo más sobre politización, cultura política y conciencia nacional
“Los Argentinos están muy politizados, pero tienen poca cultura política”
Juan D. Perón
Como todo Homus Políticus, el Gral. Perón sabía que nuestro destino estaba ligado y dependía en gran medida de la “Política”, como señalara en 1951 con el seudónimo de “Descartes” en el Diario Democracia. De allí que la Política le preocupara en todas sus manifestaciones.
Dado el contexto en el que el Gral. Perón emitió aquella frase, es muy posible que con “politizado”, Perón se refiriera a la efervescencia e intensidad que exhibía la política argentina de su tiempo, época en la que “peronismo” y “anti peronismo” se expresaban de manera intensa en la vida pública e incluso en la vida social y privada. Entendemos entonces que, con “politizados”, Perón se refería al “partidismo”, y con “cultura política” (dicho en sentido estricto) aludía a lo que consideramos hoy como “conciencia política” en sentido amplio.
Si nos guiamos por el contexto, el general Perón diferenciaba “politización” de “cultura política” en momentos en que todavía no existían las categorías de la politología vernácula o de la sociología nacional que dieran cuenta de un concepto que en realidad nacía a nivel subjetivo a partir del proceso que lo creaba en términos objetivos: el término “Conciencia Nacional” como categoría del pensamiento político, que el revisionismo histórico coadyuvaría a formar desde su aparición formal en 1930, resulta una adquisición contemporánea.
La misma denuncia en plena “década infame” la había realizado Saúl A. Taborda -ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918, verdadero cultor y precursor del pensamiento nacional del siglo XX-, cuando después de la breve dictadura del general Evaristo Uriburu, que había derrocado al Dr. Hipólito Yrigoyen tras un golpe de Estado, funcionaba una democracia representativa fraudulenta (“el fraude patriótico”), de la que participaban todos los partidos políticos de aquel momento: el Conservador; el Radical, ya entregado al régimen; el Socialista y sus variantes; el Demócrata Progresista, entre los más importantes; con la sola excepción del yrigoyenismo y la marginación del pueblo.
Taborda atribuía dicho fenómeno al “extraño apoliticismo que ha hecho camino en la inteligencia argentina y la aleja del vivo contacto con los graves problemas que atañen al destino de nuestra comunidad”, que informan y forman la “conciencia nacional”, de lo que resulta la estrecha relación con la cultura política. En ese caso, el concepto “apoliticismo” era identificado por Taborda con la falta de “cultura política” de la que hablará Perón en tiempos más cercanos a nosotros.
Como decíamos en “Saúl Taborda, la búsqueda de la verdad nacional” (2022), “apoliticismo es el que corresponde al desconocimiento de la cuestión nacional, manifestación que medra en los claustros universitarios de nuestra época, aunque revestido de distintas variantes “partidistas” (incluso en sus variantes progresistas). Su carencia no es sino una manifestación de la falta de conciencia nacional, y ésta, de la falta de conocimiento cabal de la historia, y por consecuencia, de la falta de conciencia y/o memoria histórica, fundamento y requisito a la vez de la conciencia política”.
En efecto, “Conciencia Nacional” es una categoría que el “pensamiento nacional latinoamericano” ha consagrado como tal, y en un lugar preponderante sino prioritario, como condición sine qua non para la creación y/o generación de una “Epistemología de la Periferia” -como reclamaba Fermín Chávez-, con sus categorías, hipótesis, modelos y teorías, en el marco y contexto de nuestra realidad de “País Semicolonial” y “Nación Inconclusa”, dos categorías importantes también, que el pensamiento nacional ha sumado y/o debería sumar a la consideración de una nueva epistemología o ciencia del pensar propio nacional latinoamericano.
La “conciencia nacional” da cuenta tanto de la “politización” como de la “cultura política” de los argentinos, no habiendo desde el punto de vista del “pensamiento nacional” una contradicción de fondo entre ambos términos y conceptos.
Tenía razón el general Perón al señalar que gran parte de la sociedad argentina -sobre todo la que se ubicaba en la vereda del frente del gobierno nacional y popular de esa época- carecía de una “cultura política” que le permitiera entender cabalmente lo que significaba un proceso de “Revolución Nacional” en la “Era del imperialismo” (otras dos categoría importantes y necesarias para entender la realidad argentina y latinoamericana), en la que primaba y prima el dominio a nivel político, económico, financiero y cultural de los “países dominantes” y desarrollados sobre los “países dominados” subdesarrollados, coloniales, semicoloniales y/o periféricos a esos centros de poder mundial.
El problema no es tanto, entonces, si estamos politizados o no, sino si esa politización es parte de la cultura política necesaria, conveniente y suficiente para entender “los graves problemas que atañen al destino de nuestra comunidad”, como reclamaba Taborda, y actuar en consecuencia. Por eso el pueblo, que había desarrollado su conciencia nacional y su sentido común (que fue siempre un patrimonio de la cultura política de nuestro pueblo antes de que su conciencia fuera bombardeada a través de los medios de comunicación entregados al monopolio de sus enemigos), podía entenderlo sin mayor necesidad de estudios o diplomas académicos.
Cabe preguntarse entonces, a partir de esta nueva situación, ¿qué está pasando con nuestra cultura y conciencia política, teniendo en cuenta que la cultura colonial ha terminado formando -o deformando más bien- la conciencia de los argentinos, produciendo una suerte de impotencia, indiferencia, neutralidad o “apoliticismo” o, en su defecto, supina ignorancia y/o falta de sentido común, en contra de nuestro país y de los intereses nacionales?
Política e historia, historia y cultura política
A propósito, es Saúl Taborda quien en “La crisis espiritual y el ideario argentino” (UNLitoral, 1934) señalaba con conocimiento de causa:
“Toda cultura procede de la vida”. Y la cultura política, con más razón.
Unos años después, en “Política Nacional y Revisionismo Histórico” (1959), dando continuidad y volumen al pensamiento nacional del siglo XX, Arturo Jauretche agregaba:
“La nación es una vida, es decir una continuidad, noción elemental, pero que, sin embargo, escapa generalmente al pensamiento académico del país, tal vez en la misma medida en que (dicho pensamiento académico) está desvinculado del propio país”.
No otra cosa quería decir Perón al diferenciar “politización” de “cultura política” y revelar una de nuestras carencias, que hoy se manifiestan de manera trágica y escandalosa en la falta de respuestas políticas y la impotencia del pueblo (del que somos y formamos parte) ante el grave retroceso objetivo y subjetivo de los argentinos.
Deberíamos comenzar por admitir con Taborda, para no seguir un camino de alienación, alejamiento y/o desconocimiento de los problemas nacionales, que la verdadera y genuina cultura (incluye por supuesto la cultura política)
“tiene sus hondas raíces en ese suelo común y comienza a ser tal desde que el espíritu, superando lo meramente animal, se decanta en principios ordenadores de las manifestaciones religiosas, artísticas, sociales, científicas, económicas y técnicas”, es decir, en principios con identidad nacional propia, si entendemos también con Taborda que una Nación es a la vez una “comunidad política”, integrada por un “conjunto de individuos” de un mismo “origen, lengua, carácter e historia”.
“No hay duda de que es por la historia -advertía Taborda- por la que alcanzan desarrollo en la cultura las disposiciones naturales, y que la nación (y la cultura política y/o conciencia nacional) necesita de la historia para tomar conciencia de su propia capacidad, para procurar formas y fin a las potencias de que se halla dotada”, pues, en definitiva,
“en la historia es donde con todo rigor la nación adquiere conciencia de sí misma; en la historia es donde los cognados (vinculados a ella) ascienden a la conciencia nacional”.
Precisamente, ahondaba Taborda,
“el hombre de ideas es ahora un ‘en dehors’ (despegado del propio suelo) porque carece del don de la comprensión histórica, que es el único título habilitante para ser hombre de su tiempo”.
En definitiva, coincidía Manuel Ortiz Pereyra,
“el desarrollo del saber acerca de la sociedad supone un aumento de la propia autoconciencia y representa un avance en su propia liberación”. Y “si no se piensa el mundo a partir de sí mismo -como sostenía a su vez el Prof. Enrique Lacolla- es imposible comenzar a aprehenderlo comprensivamente. La consecuencia de una visión excéntrica de las cosas es la alienación de la realidad”.
Recordemos, además, que Perón hablaba de comprender la política más que de conocer o saber de ella.
La Política y la parábola de la cultura
Si lo que decía el general Perón respecto a politización y cultura política sucedía en tiempos en los que todavía la política conservaba su prestigio como actividad pública, dicho juicio estaba referido a los integrantes de un país que se auto percibía como de apreciable cultura en general.
Ahora bien, ¿es lo mismo cultura en general que cultura política? ¿es lo mismo conocer que comprender? ¿Los argentinos estábamos muy politizados, pero éramos de poca cultura política? ¿La cultura política no forma parte de la cultura general? ¿Puede alguien tener cultura general y no tener cultura política o viceversa? ¿La cultura es universal; lo es la cultura política? ¿La Ciencia Política es o puede ser universal? ¿Qué es lo “universal”, cómo se pueden sustantivar una identidad y una cultura internacional o universal? ¿Cómo se objetiviza la “cultura universal” sino con dependencia intelectual o colonización mental? Comencemos por responder la pregunta más general con argumentos concretos, y con ello comencemos a dar respuesta a las demás.
“La aparición de nuevos pueblos en la historia anuncia la renovación misma de la filosofía europea” –respondía Juan José Hernández Arregui en “¿Que es el ser nacional?” (1963)-, renovación que anunciaba a su vez la actualización del pensamiento y la cultura en general. Aunque, de hecho, eso sucedía “desde aquí –desde nuestra América- no desde Europa”, ni tampoco desde esa otra América (anglosajona) que no es la nuestra.
Ciertamente, renovar la cultura y el pensamiento desde el mismo Viejo Mundo no comportaría ninguna novedad. Además, “es imposible que un pueblo –el latinoamericano en este caso- se conciba a sí mismo a través de otras culturas”. Apelar a otras naciones o “copiar sus filosofías”, comporta “ancianidad prematura”, reflexionaba el mismo autor.
Una filosofía –un sistema de pensamiento- es la culminación de un proceso histórico y cultural, es decir, responde a un lugar, una época y circunstancias determinadas. Fuera del espacio y del tiempo, la filosofía, las ideas, el pensamiento, son solo abstracciones o racionalizaciones (cuando no excusas o relato abstracto) y no expresión subjetiva de una realidad objetiva, que es o debería ser la condición científica para que cualquier tipo de pensamiento sea útil y enriquecedor para la vida concreta.
Si América Latina no ha dado más, o no sigue dando más pensadores eminentes, no es porque sea estéril, no tenga o no pueda tener grandes talentos o no tenga nada que decir al mundo, sino porque la colonización cultural y pedagógica –aparte de la supeditación y dependencia económica que nos ha retaceado los medios- nos ha privado de la suficiente autoestima y nos ha convencido trágicamente de que ese pensamiento necesario ya existe, y de que es el de los países europeos o el de los países ahora más avanzados económica y tecnológicamente. Así se especula que nuestra misión, tarea o destino no es pensar ni pensarnos, sino aprovechar lo que otros ya pensaron, piensan o pensarán por nosotros y de nosotros. Es el círculo vicioso de la colonización y dependencia pedagógica y cultural.
El error de las “capas intelectuales ajenadas a Europa” –afirmaba J. J. Hernández Arregui- es pensar nuestra realidad semicolonial “a través de sistemas de pensamiento germinados en otros ámbitos históricos”, o sea, “la traducción del espíritu europeo a América”, como pretendía equivocadamente el Maestro de América en su tesis de “civilización y barbarie” de 1845. Tal vez por ello se pretenda con tanta insistencia que aprendamos inglés o idiomas extranjeros, en lugar de aprender primero y bien los propios: el castellano, el portugués, así como los idiomas originales principales de nuestra cultura nacional bilingüe y mestiza: el guaraní, el quichua, el náhuatl, el quiche y el mapudungun, araucano o mapuche (lenguas todavía vivas de nuestro pasado más lejano), de acuerdo al desarrollo en el tiempo de la cultura indo-ibero-afro-americana y criolla, cuya síntesis nos identifica, nos personaliza y nos representa como latinoamericanos.
¿Por qué razón deberíamos pensar nuestra realidad a través de un pensamiento propio?
He aquí algunas razones:
Porque los sistemas de pensamiento de las “naciones avanzadas”, que ya han cumplido un ciclo histórico, pero que a la vez responden a una situación y a una condición opuesta a la nuestra en el ajedrez geopolítico mundial, “son inaplicables a una situación histórica divergente” como la nuestra, dada la contradicción insalvable entre países dominantes (avanzados, desarrollados, ricos, imperialistas, centrales) y países dominados (atrasados, pobres, periféricos, coloniales o semicoloniales).
Porque adoptar el sistema de pensamiento de los países avanzados, dominantes, hegemónicos o imperialistas a la realidad de los países atrasados, dominados o semicolonizados, con los mismos presupuestos y paradigmas de ese mismo sistema de pensamiento, “es carencia de sentido histórico”, o dicho de otra manera, resulta la negación de nuestra misma esencia y existencia. Tampoco se puede adoptar un sistema de pensamiento adoptado hace dos siglos sin ningún resultado favorable a la vista:
“La filosofía que interpele a Europa –o a los países hegemónicos de un orden mundial unilateral, injusto y arbitrario- debe ser latinoamericana”, propia de “la conciencia nacional de un pueblo”, del pueblo latinoamericano en su conjunto, que tiene su historia común y colectiva, sus genes mestizos (fruto de su herencia indígena, española, portuguesa, africana y de los europeos que emigraron a nuestro territorio en tiempos más cercanos) y, por tanto, una cultura nacional latinoamericana multifacética, pero al fin y al cabo genuinamente nuestra.
Porque no solo se trata de distintos o diferentes sistemas de pensamiento, sino de sistemas de pensamiento antagónicos, debido a las propias razones, condiciones y situaciones históricas. De hecho, una potencia europea usurpa nuestro territorio y otra pretende quedarse con todo.
Tampoco se puede transitar la existencia con ideas prestadas, ojos ajenos, oídos extraños, mentes enajenadas y todos los órganos y miembros trasplantados, porque como decía Hernández Arregui “el aporte del pensamiento europeo (o de origen extranjero) debe asentirse, pero amoldado al entorno singular de estos países que aspiran tanto a la independencia económica como cultural, ecuaciones interdependientes de un proceso histórico único”, en el marco de un status igualitario en el concierto de las naciones.
Si América Latina y el Caribe no han dado más grandes pensadores, amén de que desconoce a los que tiene y su enriquecedor pensamiento, se debe a la vigencia de un marco de colonialismo cultural asfixiante, que lleva a la negación de nosotros mismos y a la muerte virtual de todo pensamiento original, responsabilidad de propios y extraños a la vez. El pensamiento no es un órgano pasible de trasplante y si o sí compatible con el paciente.
Es un despropósito o una impostura improcedente pensar lo de acá con categorías de allá. No obstante, si bien el pensamiento “es la forma más excelsa y, a la vez, la más alusiva de la conciencia nacional de un pueblo”, América Latina carece hoy por hoy -debido principalmente a una letal “colonización pedagógica”- de una vívida conciencia nacional que, salvo excepciones, se encuentra dormida o adormecida, sobre todo en el ámbito de la educación, donde debería cultivarse, potenciarse y prodigarse en la formación de sus educandos y en la generación de conocimientos que vengan de la propia realidad de nuestros pueblos y de nuestra historia común con quinientos años de existencia.
Finalmente, los sistemas de pensamiento, aparte de responder mejor y más eficientemente a determinados momentos, lugares y circunstancias, también envejecen y se vuelven obsoletos: tienen una vida útil; y Europa, e incluso Estados Unidos que es más joven que Europa, han sido responsables de millones de muertos, y en tiempos de paz, como en la pandemia, no han sabido enfrentar sabia y lúcidamente el letal flagelo sanitario, por lo que no representan los mejores ejemplos ni los mejores socios para transitar “una cultura de paz”, que tampoco han respetado nunca ni respetan en el mundo ni en América Latina.
En última instancia, no se puede pensar la realidad ni pasar la vida o la existencia con un sistema de pensamiento ajeno, prestado o “universal”, porque además de no sernos útil para lo que lo queremos o necesitamos aquí y ahora, dicho sistema de pensamiento no puede ocultarnos eternamente nuestra propia verdad ni quitarnos nuestra voluntad, esencia e identidad nacional, so pena de no ser lo que debemos ser (como nos aconsejaba el general San Martín desde su exilio eterno), porque de no ser nosotros mismos como individuos, como sociedad, como país y como Continente-Nación, terminaremos siendo Nada…
¡Para eso, deberíamos comenzar por conocer y comprender nuestra propia historia!, pues como decía el filósofo, conócete a ti mismo y conocerás el universo; y para ello tal vez debamos volver sobre nuestros pasos y encontrarnos con las vertientes más importantes del pensamiento nacional que nos antecede con el fin de restituir nuestra conciencia política: de Manuel Ugarte y la Generación del 900; de Saúl Taborda y la Generación de 1918; del Revisionismo Histórico en todas sus variantes; de FORJA; de Perón y el Nacionalismo Popular; de la Izquierda Nacional; de las teologías latinoamericanas de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, aún con las contradicciones de todo pensamiento genuino y legítimo. Tal vez en ellas podamos encontrar las bases y claves de nuestra idiosincrasia, identidad histórica y “conciencia nacional” plena para restablecer nuestra vida histórica.