Ernesto Giménez Caballero: vanguardia, mito y la matriz trágica del fascismo español

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    Ernesto Giménez Caballero
    Ernesto Giménez Caballero

Ernesto Giménez Caballero: vanguardia, mito y la matriz trágica del fascismo español

03 Julio 2026

“… en Política no hay ni puede haber nunca más que tres partidos: aquel de los que consiguen conquistar algo y procurar conservarlo, o sea, los conservadores; el partido de los que aún no lo lograron y pretenden arrebatárselo a los que lo poseen, o sea, los revolucionarios. Y entremedio el centrismo de los que algo tienen pero no todo. Por eso desde que el mundo es mundo a revolucionarios y conservadores, a capitalistas y proletarios, a izquierdas y derechas hay que ofrecerles la conquista de algo superior a lo que poseen. Pero fuera de su propio país. No hablarles de plusvalía sino de botín. Y eso se ha llamado desde siempre y se seguirá llamando Imperio. Ricos y pobres puestos de acuerdo para arrebatar las riquezas de otras tierras fuera de la suya propia. Los pueblos entonces se embriagan de Poder y de Ilusión, hasta que pasan al cementerio de la Historia

         Ernesto Giménez Caballero

Ernesto Giménez Caballero es una figura clave para comprender el nacionalismo español del pasado siglo y, quizás por ese motivo, el análisis de su itinerario y aporte cultural ha sido desdeñado siendo incómodo para el propio franquismo. Dueño de una pluma filosa y sumamente atractiva, puso en tensión el clima de ideas de entreguerras para luego del triunfo del régimen de Franco constituirse en un observador crítico del curso del mundo occidental.

Nacido un año después del año trágico para España como 1898, este hombre encarnó la transición sin escalas desde la vanguardia artística más disruptiva hacia la gestación doctrinaria de lo que se entiende como fascismo español y, en realidad, repensaba el falangismo que había diseñado José Antonio Primo de Rivera. En tal sentido, Genio de España (1932), no fue un simple panfleto de época; fue el intento fundacional de dotar de un mito metafísico e imperial a la reacción nacionalista en vísperas de la Republica anticipando la previsible tragedia que desembocaría en la Guerra Civil. Antes de que se desatara (como tan lucidamente lo denominó Halperín Donghi) la “tormenta del mundo” el clima del mundo letrada en España coincidía con la armonía en nuestro país: simpatizantes de las izquierdas, liberales, conservadores y nacionalistas convivían y compartían espacios. Giménez Caballero proviene del mundo de la vanguardia hispánica, así como en nuestros lares se habían inmiscuido en la febril tarea de redefinir nuestra argentinidad los “martinfierristas” de Florida que años más tarde (y, sobre todo, peronismo mediante) no podrían estar juntos ni en un ascensor: casos como el de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ernesto Palacio y Raúl Scalabrini Ortiz darían cuenta de ello. En tiempos de la Republica, luego de haber transitado dos experiencias místicas: Marruecos por un lado y el surgimiento del movimiento fascista en Italia por otro, Gimenez Caballero comenzó a sacudir los restos de modernismo liberal enquistado en el traje de entreguerras mientras intercambiaba pareceres con Manuel Alberti, Salvador Dali y, su maestro, Ortega y Gasset.

Mirar a Giménez Caballero desde el siglo XXI, y en particular desde el prisma del pensamiento nacional y popular latinoamericano, exige desarmar las lecturas lineales del liberalismo cosmopolita. Lejos de ser un burócrata gris o un mero repetidor de consignas, Gecé (como le llamaban) comenzó su andadura intelectual como el gran dinamizador cultural de su tiempo. Fundador de La Gaceta Literaria en 1927, cobijó bajo su ala a la flor y nata de la Generación del 27, cruzando correspondencia y estéticas con el surrealismo y el ultraísmo. Su propio texto experimental, Yo, inspector de alcantarillas (1928), lo situaba a la vanguardia de la prosa de ruptura. Sin embargo, en la fisonomía del fascismo europeo latía una pulsión estética insoslayable: la voluntad de moldear la realidad política como si fuera una obra de arte, apelando a la movilización de masas a través del mito, el rito y la épica.

El viaje definitivo de Giménez Caballero hacia la mística totalitaria se consumó tras sus visitas a la Italia de Benito Mussolini. Fascinado por lo que consideraba una "resurrección vitalista" frente a la decadencia de la democracia burguesa, Gecé comprendió que el fascismo no podía ser un producto de importación mecánica. Para que prendiera en suelo español, debía hundir sus raíces en la propia historia y en la matriz teológica de su pueblo. De esa intuición nació Genio de España, publicado en un convulso 1932, cuando la Segunda República intentaba, con sus contradicciones a cuestas, modernizar las estructuras del Estado.

En Genio de España, Giménez Caballero ensaya un diagnóstico lírico y furioso sobre el ser nacional. A través de una prosa electrizante y barroca, el autor recupera la noción de una España universal, católica e imperial, truncada, según su perspectiva, por el advenimiento del racionalismo ilustrado, el liberalismo decimonónico y el materialismo marxista.

“Nieto del 98 (aquella generación que presenció la perdida de los últimos vestigios coloniales de la vieja España Imperial, NdA) heredero de la orientación recibida por mis padres y abuelos espirituale, yo desconocí hasta hace poco que existieran en el mundo países que no siendo la <<Europa moderna>> pudieran incitarla, no a despreciarlos, sino a comprenderlos fraternalmente.

“Nieto del 98, ultimo bastardo, ultimo hipócrita sin saberlo, y antes de esta vuelta al hogar como hijo prodigo, para mí no existían en el mundo más que las tres RRR. Esto es: lo rubio, lo reformista y lo revolucionario.

“Para mí no existía más madre conocida que esa inserta en el triángulo de París- Londres- Moscú.

“Si a mí me hubiesen dicho que esa madre triangular era una madrastra, me hubiese indignado”

Para Gecé, la salvación del país no pasaba por los debates parlamentarios ni por la asimilación del capitalismo anglosajón, sino por un retorno a las esencias de la Contrarreforma y los Austrias, pero vehiculizado a través de un Estado totalitario moderno. Es la consagración del "nacionalismo de esencias", un romanticismo reaccionario que buscaba encender la fe colectiva mediante el culto al héroe y el sacrificio. Y acá comprender el concepto de reaccionario es clave: Giménez Caballero busca ante esa nueva episteme hispánica reaccionar ante el orden que busca consolidarse tras el reparto de miserias del Tratado de Versalles y que diagramaría el orden mundial.

Este arsenal conceptual se convirtió de inmediato en la cantera ideológica de la que beberían los fundadores de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) y, posteriormente, la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera. Giménez Caballero redactó, de hecho, el primer carné de afiliación falangista y puso su pluma al servicio de la estetización de la política violenta que pavimentó el camino hacia el golpe de Estado de 1936.

No obstante, la tragedia del intelectual fascista suele ser su propia obsolescencia ante el pragmatismo del poder militar. Tras el triunfo de la rebelión armada y la consolidación del régimen de Francisco Franco, la figura desbordante y excéntrica de Gecé fue paulatinamente relegada. El franquismo triunfante prefirió el orden católico-conservador tradicional antes que los delirios vanguardistas y paganos del fascismo originario. Giménez Caballero terminó confinado a la docencia secundaria y a misiones diplomáticas secundarias en América Latina, específicamente como embajador en Paraguay, previamente visitó la Argentina de Perón (enamorándose de aquella experiencia justicialista), Bolivia y México. La idea de recuperar de reestablecer un sentido hispanoamericano estaba detrás.

Revisar hoy Genio de España y la trayectoria de Ernesto Giménez Caballero no implica un ejercicio de nostalgia estética, sino una advertencia de profunda actualidad. En tiempos donde las superestructuras culturales crujen y los discursos tecnocráticos vacían de sentido la política, los monstruos del biologicismo social, el elitismo espiritual y las salidas autoritarias suelen presentarse con ropajes novedosos, rebeldes y presuntamente "anti-sistema". La obra de Gimenez Caballero nos invita a revisitar la herencia hispánica para comprender que la actual Historia de Occidente (reafirmada luego de la llamada “querella de los historiadores” en Alemania) sigue estigmatizando y vaciando la esencia de los pueblos que dieron y dan forma a nuestras naciones.