Malvinas, la guerra que la Argentina ganó
En su carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815, un año antes de la declaración de la Independencia en Tucumán y once de la independencia definitiva de España en Ayacucho, el Gral. Simón Bolívar escribía:
“Si echamos una ojeada, observaremos una lucha simultánea en la inmensa extensión de este hemisferio”, porque “la América es una máquina eléctrica que se conmueve toda ella, cuando recibe una impresión alguno de sus puntos”.
Un siglo y medio después, la Guerra de Malvinas confirmó esa certera afirmación, a vistas de la solidaridad de toda Nuestra América, desde Cuba y Nicaragua a Venezuela y Panamá, y desde el Perú y Bolivia al Brasil. En efecto, aquel 2 de abril de 1982 fue el verdadero espíritu de toda la Patria el que cobró vida al recuperar el ejercicio de la soberanía en una parte entrañable de nuestro territorio nacional y nos devolvió la memoria histórica de Patria Grande.
Además, la Guerra de Malvinas rompió el statu quo colonial (político, económico y cultural) instalado en 1976, y cuestionó de hecho -aun cuando los militares no lo pretendieran- no solo a la dictadura como régimen político, sino también nuestra propia condición de país semicolonial: formalmente independiente pero económica y culturalmente dependiente del imperio de turno, sin solución de continuidad en muchos casos entre gobiernos democráticos y dictatoriales y viceversa, salvo durante algunos periodos extraordinarios de dignidad y realización nacional.
Tal vez por eso, aquel abril de 1982 la Argentina congregó también la solidaridad y el apoyo de Fidel Castro, del gobierno sandinista de Nicaragua y del líder libio Muammar Khadaffi, enrolados en las antípodas ideológicas del régimen militar argentino.
Coincidimos con el comentario editorial del libro de Guillermo Horacio Lamuedra: “Malvinas. ¿Se pudo haber ganado?” (2007):
“La Guerra de Malvinas, más allá del interrogante del subtítulo del libro, desató el sentimiento unánime de unidad e identidad en Latinoamérica”.
En efecto, la Guerra de Malvinas demostró fehacientemente
“quiénes eran nuestros verdaderos enemigos y quiénes eran nuestros compañeros de ruta: los compatriotas de la Patria Grande, los hermanos de América Latina”.
Así también, la Guerra de Malvinas
“dejó al desnudo la política exterior imperialista de los EE.UU., socio principal del invasor inglés” y “desató el sentimiento unánime de unidad e identidad en Latinoamérica”.
Esas consecuencias sustantivas, coincidimos con Lamuedra, “constituyeron el triunfo irreversible de aquella guerra inconclusa”, aunque se olvide, se oculte o no se termine de entender así.
Aparte de hundir la mitad de la flota inglesa y de dejar al desnudo la política exterior imperialista de los EE.UU., socio principal del invasor inglés (con Doctrina Monroe y Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca incluidos), la Guerra de Malvinas demostró, como dice el editorial del libro de Lamuedra en línea con nuestra hipótesis, que
“en el fraccionamiento latinoamericano está la causa de su dependencia económica y cultural, despertando en los pueblos la voluntad de convivir y compartir un destino común, trocando las hipótesis de conflicto entre países hermanos por hipótesis de convergencia, retornando a las ideas iniciales de Bolívar”, de San Martín, de Artigas, de Monteagudo y de muchos otros americanos que sostuvieron dichas banderas desde antes de nuestra Independencia hasta hoy.
Recordemos esas ideas:
“Todo el Mundo Nuevo es una sola nación, ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión…Habrá una bandera, un ejército y una nación” (Simón Bolívar).
“Toda América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituye una sola nación” (José de San Martín).
“El interés de América es el mío” (José Artigas).
“Tiempo ha que no pertenezco a mí mismo, sino a la causa del continente americano… Yo soy del partido americano” (José San Martín).
"La independencia no debe conducir a separar del gran todo que debe ser la patria americana a ninguno de los pueblos" (José Artigas).
“Mi patria es América” (Bernardo de Monteagudo).
“Nosotros solo tenemos un remedio para todas estas desgracias… la reunión de toda América… con ello bastará para asegurarnos de invasiones y seducciones” (Juan Egaña).
“Todavía nos falta poner el fundamento del pacto social que debe formar de este Nuevo mundo una nación de repúblicas… La América unida, si el Cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones. Nuestra América, la de los dos océanos, podrá ser con el tiempo el emporio del universo, y acaso fijarse algún día en ella la capital de la Tierra” (Simón Bolívar).
En definitiva, la recuperación del ejercicio de nuestra soberanía en Malvinas, dado el enfrentamiento que significaba contra el viejo imperio británico, aliado de la vieja oligarquía nativa, socia bicentenaria del imperialismo anglosajón, fue una decisión militar por dispares razones que apuntó los cañones hacia los seculares enemigos externos del pueblo argentino, a pesar de que el día anterior apuntaban hacia adentro. Detrás de la maltratada Argentina, gobernada eventualmente por una siniestra dictadura oligárquica, se encolumnaban los pueblos desheredados y oprimidos de la tierra, hasta entonces llamados del Tercer Mundo.
Aunque tampoco Gran Bretaña estaba sola en 1982: detrás de ella, además de Estados Unidos y la OTAN (Europa toda), estaba Occidente, y asomaba la nariz el Nuevo Orden Mundial y el Consenso de Washington. Ese era el fondo de la cuestión: Gran Bretaña seguía siendo un país imperialista, aunque reinara una monarquía parlamentaria, por más civilizada que ella apareciese, y las Malvinas no dejaban de ser un enclave colonial en nuestro territorio, reinara o no una democracia en el continente.
Por aquellos días, los argentinos podíamos sentir en carne propia las “bondades” de la “civilización”. Lo sustantivo no cambiaba de status con relación a lo adjetivo, habría dicho Arturo Jauretche. Por eso, la “lectura matizada del conflicto” debía tener en cuenta necesariamente el carácter “imperialista” de la potencia usurpadora y el carácter oprimido y colonial del territorio usurpado, más allá del régimen político imperante.
Pues bien, la conmoción que suscitó y el apoyo popular que concitó, aparte del aprendizaje sobre nuestra historia que proveyó, convirtieron al 2 de abril en un hito histórico, comparable por sus protagonistas y algunas características históricas, al rechazo de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, y al rechazo del bloqueo anglo-francés o tercera invasión inglesa de noviembre de 1845 y enero y junio de 1846 en la Vuelta de Obligado, San Lorenzo y Punta Quebracho respectivamente durante la Guerra del Paraná contra los invasores europeos. Aunque nunca termináramos de ganar integralmente esa guerra inconclusa contra los enemigos de la Patria, no obstante haber ganado la batalla militar, como sucedió a nivel interno también en las dos batallas de Cepeda (1820 y 1859) e incluso en la batalla de Pavón (1861), que decidió nuestro destino librecambista y dependiente general.
Preguntas y respuestas pendientes
En cuanto a la pregunta que Guillermo Lamuedra nos hace en el título de su libro, en una conferencia pronunciada en la Escuela de Guerra Naval de EE.UU. en 1986, el jefe de la Flota del Atlántico y la NATO/OTAN durante la Guerra de Malvinas, comandante Harry Train, hacía estas categóricas consideraciones:
“Nuestras apreciaciones previeron la victoria argentina hasta las semanas finales de la lucha… Por dos veces la victoria pendió de un hilo… y los argentinos no supieron cortar el hilo”.
El mismo comandante norteamericano señalaba las causas y/o razones a las que se debió la indecisión, omisión o demora del comando argentino que, en definitiva, definió el resultado militar de la batalla:
“Entre la ocupación de las islas el 2 de abril y el hundimiento del Belgrano, el 2 de mayo, las autoridades argentinas actuaron en la convicción de que estaban envueltos en una crisis diplomática. Los británicos lo hicieron en la convicción de que estaban en guerra…”, lo que ponía en evidencia la fortaleza del nacionalismo de un país opresor y la inexplicable e inconveniente debilidad a nivel militar y civil del nacionalismo de un país oprimido.
Sin lugar a dudas,
“la indecisión basada en el preconcepto argentino de que era imposible derrotar a los británicos en un conflicto armado -producto de una larga colonización cultural y falta de memoria histórica- fue un elemento dominante en el resultado final”.
Como explica Guillermo Lamuedra en el prólogo de su libro,
si “Gran Bretaña aplicó de inmediato el concepto de “guerra total”, en cambio, y debido a la “colonización pedagógica” (trocada en desmalvinización derrotista antes y después del 14 de junio de 1982), “nuestros mandos militares en ningún momento creyeron en una victoria sobre el histórico enemigo y por eso no aprovecharon el lapso entre el 2 de abril y la llegada de los primeros submarinos británicos a la “zona de exclusión” para trasladar, por barco, artillería pesada de 155 mm y materiales para extender la pista de aviación de Puerto Argentino para que despeguen desde allí nuestros aviones de guerra A4 y Mirage, ahorrándose vitales kilómetros y autonomía de combustible”.
Dicho preconcepto de las autoridades militares y la desmalvinización quintacolumnista de las “fuerzas vivas” (dirigentes políticos, empresarios, periodistas, intelectuales, economistas, académicos, etc.) antes, durante y después de la guerra, fue determinante en la situación bélica y postbélica, como lo sigue siendo sin ninguna duda hasta el presente, producto de la falta de una profunda e íntegra conciencia nacional.
Tampoco se podía encarar una guerra de semejante magnitud con la política económica del enemigo adentro del propio gobierno, es decir sin vencer y aislar primero al enemigo que convivía en el propio territorio, máxime en las propias filas. La primera medida como ministro de economía de Roberto Alemann (diciembre de 1981 a junio de 1982) había sido la reducción del presupuesto de Defensa de la República Argentina
La colonización mental y la desmalvinización, a su vez, no fueron sino las batallas decisivas que perdimos en el marco de la guerra de 1982, que nos impidieron alzarnos con la victoria final y ser hoy un país soberano y no un país en camino a convertirnos en colonia de nuestros enemigos.
Es de suyo que, para revertir ese resultado, se requiere retomar el camino patriótico que recorrieron nuestros soldados en la gloriosa Operación Rosario… y ligar nuestro destino a esa Patria Grande que nos apoyó y de la que formamos parte desde nuestro origen común.
Aunque llegado a este punto, la grave situación requiere una nueva “Operación Rosario” en términos políticos, económicos, diplomáticos, culturales y pedagógicos, con el propósito de enfrentar al enemigo en todos los campos y recuperar lo nuestro, que hoy no son solo las Islas y sus recursos marítimos, sino toda la Argentina y America Latina, incluido el Caribe, de manera integral.
La Operación Rosario y la Guerra inconclusa
En esa guerra que el Imperio Británico perdió, y que demuestra nuestra verdadera idiosincrasia, ocupa un lugar muy especial la Operación Rosario: la operación de desembarco del 2 de abril de 1982 en nuestro propio territorio malvinense usurpado, que tuvo una sola baja argentina -la del Capitán de Fragata Pedro Edgardo Giachino- y ninguna baja del enemigo ni de la población civil que ocupaba nuestras Malvinas.
Dicha Operación demostró la capacidad y excelencia militar argentina, puesta luego a prueba al máximo con el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea Argentina y el hundimiento de gran parte de la flota enemiga, profesionalismo y heroísmo reconocido por los mismos enemigos.
La impecable Operación Rosario fue conducida y llevada a buen puerto (Puerto Argentino) por el comandante de Infantería de Marina Carlos Büsser, luego ascendido a Contralmirante y Almirante de la Armada Argentina, y autor en 1987 (con impecable criterio y visión política también) del libro “Malvinas, la Guerra Inconclusa”.
El nombre de Operación Rosario (en recordación a la invocación a la Virgen del Rosario en la Reconquista triunfante de Buenos Aires durante las invasiones inglesas de 1806) se debió a otro héroe de Malvinas, el Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín, Jefe del Regimiento de Infantería 25, que fue parte de esa gloriosa Operación, y que apenas unos años después pasara injustamente largos años en la cárcel por los levantamientos carapintadas que intentaron recuperar la dignidad de la gesta de Malvinas y de sus héroes, pisoteada tras la derrota militar por el inicio de una democracia desmalvinizada, remachada con los “Acuerdos de Madrid”.
“Los soldados -como bien aclara Gustavo M. Terzaga en un artículo reciente destinado a reivindicar esta Gesta- no fueron piezas de una manipulación, sino protagonistas de la causa que los convocaba”, y a la cual respondieron como héroes: “nuestros soldados no pelearon por Galtieri, pelearon por la Patria”.
No obstante, todo había comenzado muchos antes, en un pasado que tal vez nuestros generales y muchos notables civiles desconocían o habían olvidado, y que, en aquellas circunstancias, solo el pueblo argentino y latinoamericano atesoraba y sacó a relucir, porque forma parte de nuestras raíces, identidad e idiosincrasia.
Solo volviendo a esas raíces y a las enseñanzas que la Argentina ganó, estaremos en condiciones de recuperar el ejercicio de nuestra soberanía tanto en Malvinas como a lo largo y ancho del territorio argentino y latinoamericano, que, como ya lo planteaban y así lo demostraron nuestros Libertadores, es una causa común.
Poner en común nuestros intereses e ideales, como antes de nuestra Independencia política de España, resulta la madre de todas las batallas de esta guerra inconclusa que estuvimos muchas veces a punto de ganar.
Detrás de la maltratada Argentina, gobernada eventualmente por una siniestra dictadura oligárquica, se encolumnaban los pueblos desheredados y oprimidos de la tierra, hasta entonces llamados del Tercer Mundo.