Las Malvinas y Rodolfo Kusch
La cuestión Malvinas volvió a la consideración pública desde que la Selección Nacional ondeó una bandera con la leyenda “Las Malvinas son Argentinas” después del partido victorioso contra Inglaterra. Fue un acto explícito de insubordinación, producto de la astucia de algunos espectadores que entraron la bandera a escondidas y de la valentía de los jugadores que se expusieron a las sanciones de la FIFA. La bandera se convirtió así en un símbolo de resistencia que expresa lo que Kusch denominó “fagocitación”.
La bandera generó una situación imprevista. Enlazó de una forma que solo se da en estas pampas sureñas la alegría de la fiesta con la reivindicación de la resistencia. También levantó la moral de la ciudadanía, alicaída por el retroceso del debate político, la esclavización de la sociedad a través de las moras y la perspectiva oscura de un mundo que se está tornando demasiado hostil.
Después de que el Gobierno Nacional culpabilizara a la Selección por este hecho, tratando de impedirlo en la previa del partido, ahora intenta subirse al clima que generó esta situación imprevista. Lo hizo de la manera más burda: con anuncios que no representan ninguna novedad, propuestos por un Presidente que viajó más a Estados Unidos que a las provincias de su propio país, quien se hizo acompañar en un gabinete por un Ministro de Economía que en la misma semana expresó que en Estados Unidos no tienen las preocupaciones económicas que se tienen aquí, demostrando que poco importa en realidad lo que acontezca en Argentina.
Sus anuncios responden a su política exterior: un alineamiento inamovible con Estados Unidos, aliado de Gran Bretaña (aunque ahora, coyunturalmente, tengan alguna tensión diplomática). Analistas internacionales caracterizaron este posicionamiento como una “cruzada hiperoccidentalista”. En un mundo que se abre a un orden no hegemónico postoccidental, con diversos polos de potencias que permiten un juego más amplio, la Argentina está perdiendo una oportunidad clave para desarrollarse negociando soberanamente con diferentes países.
Pero la cuestión no es solamente qué política exterior adopta un gobierno, sino qué ocurre cuando un proyecto político pretende imponer en la Argentina una prolongación del mundo occidental, que históricamente le es exterior.
Sobre esto, Kusch tiene algo que decirnos. Por un lado, el “estar” es lo que encontró en el mundo andino y en los suburbios de la gran ciudad de Buenos Aires, en donde la estrategia de supervivencia es arraigarse en lo comunitario. Allí donde la naturaleza es indómita o el mundo urbano desgarrador, las desgracias de la vida se combaten de forma comunitaria. El otro modo de habitar el mundo es el “ser”, una manera que Kusch rastreó desde la Europa del siglo XV y que tiene en lo individual su rasgo característico. Por eso, para ellos, la sociedad es solo un conglomerado, una suma de particularidades. Y cuando las desgracias de la vida, como la enfermedad, el despido, la muerte, vienen a tocar la puerta, pretenden atravesarlas individualmente.
Este es el Kusch más conocido. Pero después de establecer diferencias tajantes, también pensó que el ser en Latinoamérica no perdura de la misma manera. Por esto habla de una “especie de ley universal”, a la que llamó “fagocitación”, según la cual todo lo puro está condenado a transformarse. Nada puede permanecer impoluto en Latinoamérica. Desde esta perspectiva pueden leerse también el fracaso de los proyectos centralistas del siglo XIX, la sumisión a Gran Bretaña en la Década Infame, las teorías desarrollistas elaboradas por técnicos yankees y el proyecto de incorporación al “primer mundo” de fines del siglo XX. La plena occidentalización de Argentina (y de Latinoamérica) es imposible. Nuestro continente tiene un sino destinal paradójico: Occidente intenta insistentemente en transformarnos pero son al final ellos los que terminan siendo transformados por Latinoamérica. Malvinas es el símbolo de una identidad que no permite la absorción plena al proyecto occidentalizador.
La fagocitación nos anuncia un porvenir auspicioso: la malvinización es inevitable (como reza el lema del patriota Juan Rattenbach) porque es imposible el cumplimiento de un programa occidentalizador. Choca irremediablemente con un sentir nacional. Puede que estar guardado dentro de un termo, escondido, para eludir controles de seguridad, pero no deja de estar presente.