Manuel Savio, el hombre de las mil batallas

  • Imagen

Manuel Savio, el hombre de las mil batallas

09 Marzo 2026

Este 15 de marzo, al conmemorarse un nuevo natalicio del general Manuel Savio (1892-1948), rendimos homenaje a su memoria recuperando las múltiples batallas que este gran argentino libró a lo largo de su vida. Militar, ingeniero y estratega del desarrollo, Savio dedicó su esfuerzo a forjar las bases materiales de la independencia nacional, convencido de que sin industria pesada, sin acero, sin organización técnica propia y sin una alta capacidad de gestión no habría defensa posible ni verdadera soberanía política. En tiempos de confusión, se vuelve imprescindible recuperar la obra y la valentía de quienes supieron construir una Argentina grande. Recordarlo es también volver sobre esa convicción profunda que orientó su labor y que sigue interpelando los desafíos del presente.

La batalla por la formación técnica

La industrialización del país es imprescindible e impostergable como factor de equilibrio económico-social”.

Nota de elevación del Plan Siderúrgico Argentino al Congreso, 1946

Manuel Nicolás Aristóbulo Savio nació el 15 de marzo de 1892 en Buenos Aires. Ingresó muy joven al Colegio Militar de la Nación, donde se formó como oficial de artillería, y pronto orientó su vocación hacia los aspectos técnicos e industriales de la defensa. Convencido de que la soberanía política exigía autonomía material, profundizó estudios de ingeniería y se especializó en organización industrial, combinando la formación castrense con una sólida preparación técnica. Enviado a Tucumán, recibió una poderosa influencia de Alonso Baldrich, amigo personal y futuro colaborador en YPF de Enrique Mosconi, gran difusor del nacionalismo económico.

Durante la década de 1920 realizó viajes de estudio y adquisición de material de guerra a Europa, donde tomó contacto con los desarrollos siderúrgicos y con modelos de articulación entre Fuerzas Armadas e industria pesada. Esa experiencia resultó decisiva: Savio comprendió que la Argentina difícilmente podría sostener una defensa eficaz sin una base industrial propia, en especial en sectores estratégicos como el acero. A su regreso, comenzó a impulsar proyectos destinados a vincular producción, tecnología y defensa nacional.

En los años siguientes desempeñó funciones clave en el ámbito del Ejército vinculadas a arsenales, talleres y planificación técnica. Fue un activo promotor de la capacitación científica y de la profesionalización de los cuadros militares en áreas de ingeniería. Su visión no se limitaba al equipamiento bélico: concebía la industria pesada como motor del desarrollo económico general y como condición para la independencia nacional. Esa preocupación por la formación técnica de alto nivel dentro de las Fuerzas Armadas lo llevó a impulsar, en la década de 1920, la creación de una institución específica destinada a la enseñanza de la ingeniería con orientación militar. Fruto de ese esfuerzo y de su persistente labor organizativa, en 1930 se creó finalmente la Escuela Superior Técnica del Ejército, concebida para formar oficiales ingenieros capaces de articular conocimiento científico, producción industrial y defensa. Savio fue el director desde su fundación hasta 1935 y también profesor de la materia “Organización industrial”. Durante esos años, publicó su trabajo Movilización industrial (1933) y tradujo del francés los libros del capitán Dumez titulados “Curso de fabricaciones mecánicas”, “Organización general de las fábricas” y “Organización del trabajo”.

Con la experiencia en la Escuela Superior Técnica, estableció las bases más importantes de su proyecto estratégico: por un lado, clarificó los lineamientos de su plan; por el otro, contribuyó a la formación de recursos humanos altamente capacitados que más tarde se proyectarán hacia la política siderúrgica y el proceso de industrialización del país. La actual Facultad de Ingeniería del Ejército “General Manuel N. Savio”, que lleva su nombre en homenaje, es heredera directa de aquella institución. Cabe esperar que en su currícula continúe viva la vocación y el espíritu de su mentor original.

Hay que destacar que, en un país cultural y económicamente dependiente como era —y en buena medida sigue siendo— la Argentina, suele menospreciarse el papel de la formación técnica. Ya desde comienzos del siglo XX, Osvaldo Magnasco combatió esa tendencia. ¿Para qué formar ingenieros y tecnólogos si nuestra misión es ser el “granero del mundo”? ¿Para qué desarrollar capacidades técnicas propias si podemos adquirir tecnología más barata en el extranjero? Este tipo de razonamientos conduce, por un lado, a subestimar la formación técnica y, por el otro, a sobrevalorar la ciencia universalista. Como resultado de esas tendencias, un país semiperiférico como la Argentina ha logrado desarrollar competencias científicas relativamente aceptables, pero ha acumulado escasas capacidades tecnológicas. El verdadero desafío de una política del conocimiento soberana es lograr la incorporación de tecnología nacional en las cadenas productivas y frente a las necesidades sociales y ambientales.

La batalla por el abastecimiento defensivo

Necesitamos barcos, ferrocarriles, puertos y máquinas de trabajo, y no nos podemos detener a la espera de milagros. (...) Ello es ya un imperativo en nuestro progreso, porque es un mandato de la argentinidad, porque lo requiere nuestra soberanía dentro de un programa que no persigue ninguna autarquía deformada por exacerbado nacionalismo, sino porque aspira a contar con un mínimo de independencia”. Discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería con que se festejó el 3er aniversario de la creación de la DGFM, 1944.

En 1938, Savio elevó al Ministerio de Guerra el proyecto de creación de la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM), cuyos principios rectores eran la movilización industrial, la independencia respecto del extranjero, la fabricación de material de guerra, la exploración de yacimientos y explotación de minas, la constitución de sociedades mixtas entre el sector público y el privado, y la autarquía financiera. Como puede observarse, el proyecto implicaba mucho más que la mera provisión de material bélico: incluía objetivos de desarrollo económico y una concepción estratégica e ideológica claramente definida (ver “Conceptos que fundamentaron el proyecto de ley de fabricaciones militares”) . Finalmente, siguiendo el esquema propuesto por Savio, la DGFM fue creada en 1941 mediante la Ley 12.709.

Al frente de la dirección, Savio asumió la tarea de organizar y expandir un entramado productivo estatal orientado a garantizar el abastecimiento estratégico de las Fuerzas Armadas. Desde ese lugar, impulsó una política sistemática de modernización de arsenales y fábricas militares, promoviendo la incorporación de tecnología, la formación de cuadros técnicos y la racionalización de los procesos productivos. Su gestión se caracterizó por una fuerte impronta organizadora y por la convicción de que la defensa debía apoyarse en capacidades industriales propias. Bajo su conducción, Fabricaciones Militares dejó de ser un conjunto disperso de establecimientos para transformarse en un sistema articulado, con planificación centralizada y criterios técnicos comunes.

Al momento de su creación, la DGFM contaba con cinco establecimientos: Fábrica Militar de Equipos (ex Taller de Arsenal), Fábrica Militar de Comunicaciones (ex Laboratorio del Arma de Comunicaciones) ambas en San Martín, Bs. As., y las Fábricas Militares de Aviones, de Acero y Pólvora y de Explosivos, en la provincia de Córdoba. Durante la gestión de Savio, abrieron sus puertas las Fábricas de Armas Portátiles (Rosario), de Tolueno Sintético (Villa María), de Munición de Armas Portátiles (San Francisco), de Munición de Artillería (Río Tercero), de Munición de Artillería (Fray Luis Beltrán), de Vainas y Conductores Eléctricos (Avellaneda) y de Materiales Pirotécnicos (Pilar). Y se impulsaron las sociedades mixtas y las industrias del sector del acero, que describiremos más adelante.

En una década de intensa actividad, Savio promovió la creación y ampliación de plantas destinadas a la producción de armamentos, municiones, explosivos y materiales estratégicos, con el objetivo de sustituir importaciones y reducir la dependencia externa en un contexto internacional atravesado por la Segunda Guerra Mundial. La institución, definida por él como “núcleo de paz”, adquirió así un papel relevante no sólo en el ámbito militar, sino también en el desarrollo tecnológico del país. Asimismo, cabe destacar el carácter federal de esta industrialización militar, desplegada en cinco provincias argentinas: Buenos Aires, Córdoba, Jujuy, Santa Fe y Salta.

En línea con lo señalado anteriormente respecto de la formación técnica, cabe destacar que se promovió la vinculación entre la DGFM y el sistema científico-técnico, alentando la investigación aplicada y la capacitación especializada. Para Savio, la producción debía ir acompañada de conocimiento, y la industria estatal debía funcionar como una verdadera escuela práctica para ingenieros, técnicos y obreros calificados. De este modo, su gestión consolidó a Fabricaciones Militares como una herramienta estratégica del Estado argentino, capaz de articular defensa, industria y formación profesional en una perspectiva de largo plazo. En sus contribuciones al diseño del Primer Plan Quinquenal puede observarse con claridad estos aspectos.

La batalla por la industrialización

Es casi seguro que la elaboración de algunos de tales elementos esenciales se lleve a cabo «espontáneamente» dentro de algunos años; espontáneamente debe interpretarse aquí como «cuando le convenga a otros»; y bien, pretendemos liberarnos de esa tutoría que desarrolla en el país teorías económicas que encajan y responden a conveniencias determinadas, y queremos fijar nosotros mismos, en base a propias y fundadas razones, la oportunidad en que han de aparecer las actividades que completarán, progresiva y equilibradamente, nuestra estructura industrial”. Discurso pronunciado en el acto de inauguración del edificio de la sede central de la DGFM, 1946.

En sus conferencias “Política argentina del acero” (1942) y “Política de la producción metalúrgica argentina” (1942) puede apreciarse con claridad la concepción que Savio tenía acerca del papel de la industria en el desarrollo nacional. Para él, la industrialización —y en particular la siderurgia— constituía una condición estratégica para alcanzar la independencia económica, fortalecer la defensa y elevar el nivel material y técnico del país.

Desde esta perspectiva, la DGFM no fue concebida únicamente como un organismo destinado a proveer material de guerra. Su propósito era más amplio: actuar como un instrumento de promoción industrial capaz de impulsar la formación de proveedores especializados, fomentar la creación de sociedades mixtas entre el Estado y el sector privado, y estimular la incorporación de trabajo, conocimiento y capital local a los bienes producidos en el país. Es el marco bajo el cual se impulsaron las sociedades mixtas Industrias Químicas Nacionales (Salta), de Aceros Especiales (Río Tercero), ATANOR (San Nicolás y Río Tercero), del Cromo (Córdoba) y Siderúrgica (San Nicolás).

En la mirada industrialista de Savio, el Estado debía asumir un papel activo en la creación de las industrias básicas que el capital privado difícilmente desarrollaría por sí solo. Una vez establecidas esas bases, el entramado productivo podría expandirse mediante la participación de empresas nacionales, generando encadenamientos industriales, empleo calificado y capacidades tecnológicas propias. De este modo, la política del acero y el desarrollo metalúrgico aparecían como pilares de un proyecto más amplio de industrialización, orientado a superar la condición primario-exportadora de la economía argentina y a dotar al país de mayores márgenes de autonomía económica y estratégica.

Lejos de oponer el agro a la industria, Savio era consciente de la importante de nuestro sector agrario, al cual también es preciso dotarlo de más y mejor técnica. Como señaló en 1945, en su discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería de la DGFM:

Sería un serio error desarrollar planes de industrialización con el más mínimo menoscabo de la agricultura y la ganadería. Lejos de ello, debemos dedicarnos a ellas con creciente eficacia, intensificando los cultivos, evitando la inutilización de grandes extensiones afectadas por la erosión, combatiendo las plagas y mejorando las razas, haciendo cada vez mayor nuestra producción en esos sectores, que siempre tendrán un valor efectivo en la economía universal. Paralela y complementariamente, debemos desarrollar nuestra industria metalúrgica y manufacturera, comenzando por las de orden básico y primordial, y armonizándolas económica tanto en el plano interno como en el externo”.

La industria, el agro, el conocimiento, el capital, el trabajo, el Estado y las Fuerzas Armadas alineados detrás de una meta común: el desarrollo nacional. Para ello se precisa tener el control sobre los resortes de nuestra economía, sin lo cual quedamos expuestos al manejo externo y en función de otros intereses de nuestro proceso económico. Por eso, advertía Savio en Política de la producción metalúrgica argentina (1942):

La postguerra de este cataclismo económico-social [en referencia a la Segunda Guerra Mundial] plantea serios problemas que solamente podrán abordarse con sanas y robustas fuerzas morales y con adecuados medios materiales. Entre estos últimos se han de encontrar los que aseguren el trabajo para nuestros hombres y los que nos permitan defender, organizar y controlar, todo lo posible y por nosotros mismos, nuestra economía, en un grado que, sin significar de ninguna manera un aislamiento del concierto universal, concuerde más y bien con el ejercicio de la soberanía”.

Asimismo, fue preclara su concepción acerca de la necesidad del desarrollo de la química nacional como componente esencial del agro y la industria modernos. Estos no podían pensarse de manera aislada: requerían una base química capaz de producir insumos fundamentales —combustibles, explosivos, fertilizantes, ácidos y otros derivados— que permitieran sostener un proceso de desarrollo que no esté expuesto a los vaivenes internacionales. Con esa perspectiva, en 1935 encargó a uno de sus colaboradores un relevamiento sistemático de todos los productos químicos que se fabricaban en el país y de sus respectivos destinos productivos, con el propósito de identificar las carencias y dependencias existentes. El estudio buscaba establecer, con criterios técnicos, cuáles eran los eslabones faltantes de la estructura económica argentina y orientar así una política de desarrollo que integrara la química con las otras ramas estratégicas de la economía.

La batalla por la minería

Es un error el haber estructurado a priori nuestra economía posponiendo arbitrariamente a los metales con respecto a los cereales”. Política argentina del acero (1942)

En la concepción estratégica de Savio, el desarrollo de la minería ocupaba un lugar central. Fue crítico del patrón de especialización de la economía argentina, basado únicamente en la exportación de productos agropecuarios, que condujo al abandono de la actividad minera a pesar de que muy pocos países tienen dentro de su territorio un tramo cordillerano tan largo y continuo como el argentino (entre 3.500 y 4.000 kilómetros de extensión). Con lo cual, la provisión de minerales esenciales para la industria y la defensa, era dependiente exclusivamente de la importación, limitando la soberanía y encareciendo la provisión de un insumo básico.

Desde esta perspectiva, impulsó decididamente la exploración geológica, el relevamiento sistemático de yacimientos y la explotación de recursos minerales estratégicos. Bajo su impulso, la DGFM promovió campañas de prospección, la apertura de minas y la creación de establecimientos destinados a procesar esos recursos. Sin embargo, el objetivo no era consolidar una minería meramente extractiva, sino sentar las bases de un complejo metalúrgico y siderúrgico capaz de agregar valor a los minerales en el propio país. Para Savio, la simple extracción y exportación de minerales reproducía el mismo esquema dependiente que caracterizaba a la economía agroexportadora. Por ello, insistía en que la riqueza mineral de la Argentina sólo adquiriría verdadero valor si era incorporada a procesos industriales que permitieran transformarla dentro del territorio nacional. Como señaló en Política de la producción metalúrgica argentina (1942):

Puede decirse que hasta ahora hemos desechado sistemáticamente todos nuestros yacimientos de minerales (…). De tal manera, hemos visto tomar rumbo al extranjero a grandes cantidades de minerales en el mismo grado de concentración compatible con las tarifas de transporte; hemos anotado en nuestras estadísticas un valor que acrecentaba los ingresos ponderados en oro; pero sin dejar el efecto saludable que hubiese podido proporcionar el trabajo de su industrialización y, como saldo del balance, sólo debemos consignar un egreso de riqueza, una disminución del potencial (…) muy poco, pues, es lo que ha quedado como beneficio fuera de miserables jornales de extracción”.

La minería, en la mirada de Savio, debía integrarse a una cadena productiva más amplia que incluyera la transformación industrial, la generación de conocimientos técnicos y la formación de personal especializado. De este modo, los recursos del subsuelo no sólo aportarían divisas, sino que contribuirían a la creación de empleo calificado, al desarrollo tecnológico y al fortalecimiento de la autonomía económica nacional. En definitiva, su proyecto no apuntaba a exportar minerales, sino a transformarlos en acero, maquinaria y bienes industriales que permitieran consolidar una estructura productiva más compleja y soberana.

La batalla por el acero

La industria siderúrgica es fundamental, es primordial, la necesitamos como hemos necesitado nuestra libertad política; como hemos necesitado, en su oportunidad, nuestra independencia. Yo no creo forzar la analogía al comparar nuestra independencia en 1816, en lo político, con nuestra independencia en lo económico en 1945”. Discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería con que se festejó el 4to aniversario de la creación de la DGFM, 1945.

El papel de Savio en el Plan Siderúrgico Nacional fue decisivo, tanto en su formulación doctrinaria como en su concreción institucional. Desde la década de 1930 venía sosteniendo que sin producción propia de acero la Argentina no podría alcanzar una verdadera autonomía económica ni garantizar su defensa. El acero, afirmaba, era la columna vertebral de la industria moderna. De él dependía la infraestructura, el transporte, la maquinaria y la capacidad militar. Su planteo no era meramente técnico, sino estratégico: la siderurgia debía convertirse en política de Estado.

Desde la conducción de la DGFM, Savio elaboró estudios, informes y proyectos que sentaron las bases del plan. Impulsó relevamientos de recursos minerales —especialmente de hierro y carbón— y promovió la articulación entre el Estado, las Fuerzas Armadas y el sector privado. Su concepción combinaba iniciativa estatal, planificación central y participación empresarial, bajo la premisa de que el interés nacional debía orientar el desarrollo industrial. El resultado de esa labor fue la sanción, en 1947, de la Ley 12.987 del Plan Siderúrgico Nacional, que estableció los lineamientos para organizar integralmente el sector.

La norma, conocida como “Ley Savio”, dispuso la creación de una empresa estatal específica, la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA), destinada a instalar y operar altos hornos y plantas siderúrgicas capaces de producir acero a gran escala. Savio fue designado su primer presidente, lo que le permitió pasar de la etapa programática a la ejecutiva. Desde esa posición, impulsó la localización de la gran planta siderúrgica en San Nicolás, buscando integrar recursos, vías de transporte y mercados. Su proyecto no se reducía a montar una fábrica, sino a estructurar un complejo industrial que irradiara desarrollo hacia otros sectores productivos. La siderurgia debía dinamizar la metalurgia, la construcción, la industria naval y ferroviaria, generando encadenamientos que fortalecieran la economía nacional.

Por otro lado, la odisea de la puesta en funcionamiento en 1945 del primer centro minero-forestal siderúrgico del país, Altos Hornos Zapla, merece un artículo en sí mismo: la cesión de derechos de explotación del hierro de parte de sus descubridores, la construcción del cable carril a lo largo de 12 km, la dificultades para la obtención de motores de alta potencia para los soplantes, las plantaciones de millones de árboles para ser usados como carbón vegetal, etc. En 1951, después de la muerte de Savio, se puso en marcha el segundo alto horno, íntegramente construido con dirección técnica, ejecución y materiales nacionales. Y hacia 1952-1953 se completa con la construcción de cuatro altos hornos, con una capacidad diaria de 150 toneladas cada uno, dos hornos eléctricos y una planta de laminación (120.000 toneladas anuales de hierro). Todo ello impulsó la creación de complejos habitacionales para obreros y profesionales, equipados con instalaciones deportivas, sanitarias, educativas y culturales,

Aunque Savio falleció en 1948 y no llegó a ver culminada la obra, su papel fue fundacional. Definió la visión estratégica, promovió el marco legal, diseñó la arquitectura institucional y puso en marcha el proceso. SOMISA comenzó a funcionar recién en 1960 bajo la presidencia de Frondizi y Altos Hornos Zapla continuó creciendo durante décadas. El Plan Siderúrgico Nacional quedó así asociado a su nombre como una de las expresiones más claras de su concepción.

La batalla contra la burocratización

Hemos de depurarnos eliminando a aquellos que entre nosotros, o están cansados o no están capacitados moral o intelectualmente para compartir nuestros desvelos. Yo no insinúo un programa de delación de los inútiles o de los de poca voluntad; no, yo propicio una acción ejemplar de cada uno, que ponga en evidencia la inferioridad de los que no son capaces de reaccionar (...). Yo invoco el patriotismo de todo el personal superior para que en una acción conjunta y permanente, en la forma en que se considere más enérgica, se corrija toda tendencia hacia la burocracia”.

Discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería con que se festejó el 3er aniversario de la creación de la DGFM, 1944.

Uno de los mayores obstáculos que enfrentan los procesos de cambio es la burocratización, tanto en el ámbito del Estado como en el de las organizaciones políticas y sociales. La cristalización de rutinas administrativas, la pérdida de iniciativa y la tendencia a privilegiar la conservación de los procedimientos antes que la resolución efectiva de los problemas suelen debilitar cualquier proyecto transformador. Esta preocupación estuvo muy presente en la acción y en el pensamiento de Savio.

Al frente de la DGFM, Savio comprendía que el desarrollo industrial exigía una administración pública dinámica, capaz de tomar decisiones, asumir riesgos y sostener objetivos estratégicos de largo plazo. La construcción de nuevas capacidades productivas —la apertura de minas, la instalación de plantas, la formación de técnicos y la articulación con el sector privado— requería un estilo de conducción alejado del formalismo burocrático. Por ello insistía, al igual que Mosconi en YPF y Newbery en su defensa de la estatización del servicio eléctrico y de gas, en la necesidad de cultivar una ética del servicio público basada en la responsabilidad, la competencia técnica y el compromiso con el interés nacional.

Esta preocupación aparece con claridad en el discurso pronunciado en 1944, durante el almuerzo de camaradería por el tercer aniversario de Fabricaciones Militares (ver la cita textual al inicio de esta sección). Allí advertía sobre el peligro de que la organización se degradara en una estructura meramente administrativa y llamaba a sus cuadros a mantener un espíritu activo y exigente. Más que promover mecanismos de persecución interna, Savio apelaba a una forma de liderazgo ejemplar, en la que la conducta y el compromiso de cada integrante de la organización pusieran en evidencia la insuficiencia de quienes no estuvieran a la altura de la tarea.

Su crítica a la burocratización no se dirigía únicamente a los individuos, sino también a las formas organizativas que tienden a reproducir la inercia. En su visión, los organismos estatales vinculados al desarrollo debían funcionar con criterios de eficiencia, planificación y responsabilidad técnica, pero sin perder el impulso creador que caracteriza a los procesos de construcción institucional. La industria estatal, en particular, debía combinar disciplina administrativa con espíritu emprendedor, evitando transformarse en una estructura cerrada sobre sí misma.

De este modo, la lucha de Savio contra la burocratización formaba parte de su concepción más amplia del Estado como instrumento de transformación nacional. Para llevar adelante proyectos complejos —como la política siderúrgica, la expansión de la industria metalúrgica o el desarrollo de la minería o la química— no bastaban los recursos materiales: era necesario también forjar una cultura institucional basada en el esfuerzo, la capacidad técnica y el compromiso patriótico. Solo así las organizaciones públicas podían convertirse en verdaderas herramientas de desarrollo y no en simples aparatos administrativos.

Legado

No nos dejemos engañar; hagamos la propia experiencia”.

Discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería con que se festejó el 4to aniversario de la creación de la DGFM, 1945.

Tristemente, mucho de lo realizado por Manuel Savio cayó en el saco roto de la tragedia argentina. En su época de mayor esplendor, Fabricaciones Militares llegó a contar con 14 fábricas y alrededor de 17.000 empleados, muchos de ellos con un alto nivel de capacitación y preparación técnica. Tras los embates del neoliberalismo en la década de 1990, la empresa quedó al borde de la extinción: varias de sus fábricas fueron cerradas y otras privatizadas. A ello se sumaron episodios particularmente dolorosos, verdaderos signos de la degradación institucional del país, como las explosiones provocadas en la Fábrica Militar de Río Tercero en 1995, destinadas a encubrir faltantes derivados de la venta ilegal de armas a Perú y Ecuador.

Durante los gobiernos de Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández se produjo una recuperación parcial de la empresa. Incluso se inauguró la primera planta fabril en décadas: la Fábrica de Explosivos de San José de Jáchal. Sin embargo, lo cierto es que no se logró recuperar plenamente la capacidad industrial de los años de mayor desarrollo, y cada nuevo ciclo de políticas neoliberales volvió a profundizar el proceso de desguace.

Mientras tanto, las joyas del complejo siderúrgico nacional imaginado por Savio fueron privatizadas. Hoy queda funcionamiento solo una parte ínfima de lo que alguna vez fue Altos Hornos Zapla, uno de los pilares iniciales de la siderurgia argentina (ver documental “Zapla y los hijos del óxido”). Más grave aún fue la venta, en 1992, de SOMISA al grupo Techint. Diversas investigaciones sostienen que la empresa fue transferida a un valor muy inferior a su valuación real; algunos cálculos indican que se pagó aproximadamente el 10 % de su valor, mediante una combinación de efectivo, pagarés y títulos de deuda externa depreciados.

Con esta operación, el Estado perdió una herramienta central para incidir en el mercado interno del acero, ya que SOMISA había funcionado históricamente como actor dominante y regulador de hecho en ese sector estratégico. Al mismo tiempo, la incorporación de esa capacidad productiva permitió al grupo Techint consolidar su liderazgo en la siderurgia argentina y utilizar la base industrial y tecnológica de la ex SOMISA para expandir su presencia internacional. Con el tiempo, ese proceso desembocó en la conformación del holding siderúrgico Ternium, con operaciones en países como Brasil, México, Venezuela y Estados Unidos. Es decir, en vez de favorecer el desarrollo industrial en la Argentina, fomenta la siderurgia en otros países.

Mirar de frente esa situación es duro, pero no debe desanimarnos. Como señaló Savio en 1946, durante el discurso pronunciado en el almuerzo de camaradería con que se celebró el sexto aniversario de la DGFM: “Los grandes hechos, así como la grandeza de los pueblos, no fueron nunca consecuencia de milagros; fueron siempre obras de perseverancia, de moral, de seriedad, de estudio, de trabajo y también de sacrificios”. Su legado más importante —y el que conserva plena vigencia— es el ejemplo de una lucha incansable por la patria. Basta observar cómo batalló por la formación técnica, por el abastecimiento para la defensa, por la industrialización, por el desarrollo de la minería y la química, por la siderurgia y contra la burocratización del Estado. No resulta insensato pensar que su temprana muerte por infarto estuvo asociada al ritmo febril de una vida entregada a todos esos frentes de acción.

Pero, además de estos combates, debió librar uno quizá aún más difícil: el que se enfrenta a un obstáculo que, pese a ser invisible, suele resultar el más poderoso. Nos referimos a aquello que Arturo Jauretche denominó “zonceras”, Manuel Ortiz Pereyra llamó “aforismos sin sentido” y Raúl Scalabrini Ortiz identificó como “falsificaciones”. Se trata de las barreras mentales del neocolonialismo, el primer obstáculo a vencer en cualquier proceso de transformación. De esas barreras se deriva, a su vez, la desmoralización: la convicción de que, si algo parece imposible, es mejor ni siquiera intentarlo. Frente a esa actitud, Savio interpelaba a sus contemporáneos con una consigna simple pero profunda: “no nos dejemos engañar, hagamos la propia experiencia”.

En ese sentido su legado excede ampliamente el de un ingeniero militar, un administrador eficiente o un estratega del desarrollo. El alcance de su obra puede medirse también por su proyección histórica. Más allá de los avatares posteriores, su pensamiento dejó instalada la idea de que la soberanía no es una abstracción retórica, sino una construcción concreta que exige voluntad, coraje, patriotismo, planificación, formación y organización. En definitiva, su legado no se agota en las realizaciones materiales que promovió, sino también en la perspectiva estratégica que supo transmitir.

Fuentes y bibliografía

Existen múltiples estudios sobre la vida y la obra de Manuel Savio. El libro de Raúl Larra, Savio: el argentino que forjó el acero (Ánfora, 1980, 190 p.), constituye una buena introducción al tema. Se encuentra disponible también el de la hija del general, Alicia Savio, La Argentina que pudo ser (Dunken, 2011), el cual incluye la conferencia de 1942 titulada Política de la producción metalúrgica argentina. Para la redacción del artículo nos fue de utilidad el libro editado por la Dirección General de Fabricaciones Militares en 1948, titulado En memoria del General de División D. Manuel N. Savio (126 p.), donde constan fragmentos de sus discursos y escritos. Se encuentra disponible en la Biblioteca Pública de la UNLP. Además, es una excelente síntesis y valoración la que realiza el general (r) Guglialmelli en su artículo de 1979 contenido en la revista Estrategia n. 60. Por otra parte, recurrimos a la excelente edición homenaje publicada con motivo de los 80 años de su creación por Fabricaciones Militares Sociedad del Estado (2021, 136 p.). Por último, existe una edición de las obras completas de Savio, incluyendo sus conferencias y proyectos de ley, realizada por SOMISA en 1973.

En lo académico, hay una abundante bibliografía sobre Fabricaciones Militares y el Plan Siderúrgico. Puede leerse el artículo de Belini (2005) Política industrial e industria siderúrgica en tiempos de Perón, el artículo de Boto (2012) Altos Hornos Zapla y el Plan Siderúrgico Nacional (PSN) en el contexto de la Industrialización por Sustitución de Importaciones, la tesis de Cassini (2014) Militares y política en la industria de la defensa: el rol de las FFAA en el origen de la industria de armas argentina, el capítulo de Dante Flores (2021) Dirección General de Fabricaciones Militares: industria, defensa e impacto local, el artículo de Flores (2018) Las sanciones económicas de los Estados Unidos y el desarrollo del complejo militar-industrial argentino, durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, el artículo de López (1988) La industria militar argentina, el artículo de Ramos (2025) Geology in Fabricaciones Militares, el artículo de Smolarz (2023) Los militares y el desarrollo industrial y tecnológico en Argentina, el artículo de Vescina y Octtinger (2024) Una breve historia de la industria química y petroquímica en Argentina, y los trabajos de Rougier (2010) El fracaso del “Estado empresario”: la Dirección General de Fabricaciones Militares y el desarrollo de la metalurgia del cobre, (2012) Hacia una nueva política industrial: los proyectos de producción de metales no ferrosos en la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial, (2015) Empresarios de uniforme: la conformación de un complejo militar-industrial en la Argentina, entre otros.

Imagen