La infancia y la marginalidad a través de las pantallas
¿Qué miran las cámaras, cuáles son los delitos que registran, quiénes son las víctimas que entran en su campo de visión, cuándo se activan las alertas?
Cómo será la moral y la sensibilidad de quienes se crían viendo a familias vivir en la calle, a niños que llegan a la adolescencia malabareando en las esquinas con las naranjas que logran zarpar en alguna verdulería. Es necesario que comprendamos que en la última década la desigualdad extrema y la privación de los derechos elementales que en nuestro país establece la Ley 26.061, se han convertido en una escenografía ineludible. A diferencia de lo que se observaba en el período neoliberal de fines del siglo XX, en la actualidad es la vía pública metropolitana el terreno en el que habitan los más excluidos.
En una trama compleja (incluye tanto historias personales como las consecuencias de los distintos modelos político-económicos, con sus retrocesos cada vez más agresivos), en la calle hacen su vida familias enteras, con todo lo que han podido resguardar de los distintos desalojos. Personas que transitan de manera solitaria, ubicados cerca de alguna estación de servicio, grupos de adultos enfermados por las sustancias y el alcohol.
Entonces a lo que me refiero es que muchas de aquellas miserias que acontecían puertas adentro ahora son performances a cielo abierto, interviniendo así tanto a protagonistas como a espectadores. Extrema humillación, creciente endurecimiento de los corazones que crecen viendo por la ventana del colectivo a un par de su edad que no sólo no irá a la escuela sino que tampoco tiene a quien lo lleve, porque está ahí, en su camino procurando el sustento mediante un trabajo que es mendigar. Esas postales no pueden haber llegado para quedarse; peor aún, no pueden ser postales.
Privación de la intimidad y privación del resguardo. Cuánto es el tiempo de espera para que una persona harta del desprecio de quienes tienen un poco más que él pase a tomar por la fuerza ese aparato con una manzanita que cabe una mano y vale varios salarios docentes. La inequidad es un impedimento de la paz, quieren exhibir su éxito sin despertar violencia. Desde el retorno del neoliberalismo en diciembre de 2015, progresivamente reaparecieron en las esquinas de la avenida principal grupos de chicos que hacen lo posible por recaudar algún billete que les permita acceder a algo de todo lo que ven pasar frente a sus ojos y de lo cual están privados.
En la puerta de la escuela veo a una nena crecer a la par de mi hija, día tras día, mes a mes, años acumulados entre los autos detenidos por el semáforo. Desde adentro de ellos recibe por costumbre el desprecio miserable que evocando la responsabilidad de su madre, casi siempre va por ahí el discurso, dispara al desamparo de esa piba con su munición de odio enmascarado en indignación. Pronto la nena de Mariano Acosta y Belgrano va a ser una piba. Los peligros crecerán junto con su cuerpo, también sin orden, sin aviso ni piedad. La vi desde las ventanas de la escuela deambular apresurada, con una mano cargando una muñeca-hija y la otra manito estirada, con la palma hacia arriba, sin perder la fé en que un vidrio descienda y otra mano, grande y limpia, ponga sobre la suya un papel de colores que sirva para tener comida. Si hubo miradas de compasión entre los rostros que ella vio, pronto van a caer en peligro de extinción.
El cuerpo adolescente es un blanco históricamente cargado de presunción de culpabilidad, principalmente cuando se trata de los cuerpos de la pobreza. Fácilmente despreciables, irremediablemente impúdicos, inmediatamente aborrecibles. La persona que deja de ser concebida dentro de la niñez entra en un circuito cerrado que le exige que dé cuenta positiva en la examinación de las normas y principios sociales que debe haber adquirido para la vida a la que se encamina. La suerte decide si ha contado con las oportunidades para ello o quedará en la inmensa fila de los desaprobados para la inclusión social.
Los ojos del excluido están también condenados a soportar los comentarios de muchos adultos incapaces de animarse a conquistar sus deseos. Esos son quienes más necesitan expresar su frustración mediante la liberación del dolor sordo que lo habita y constituye, de emociones ya extinguidas, que se les hacen anclas.
De grande ser Gladis, y andar en el carro con todos los hijos, bajo heladas, con el Sol curtiendo los cueritos que no están en una pileta, en la colonia, en la escuela, que no conocen vacaciones. El mayor problema que tiene que sortear es el encuentro con proteccionistas. Debe escapar de que le secuestren el caballo. Porque ése delito si es urgente…
¿Quién se anima a llevar la vida de ella? Quién puede hacer el ejercicio de ponerse en el lugar de esas hijas, de esos hijos que empujan junto con el animal de carga el carro en el que su madre junta lo que consigue al costado de las calles, lo que sobra, lo que a otros le es basura o, en el mejor de los casos, lo que la caridad le dé.
En Supisiche y Mitre hay un grupo numeroso de pibitos que hacen malabares, igual que en el semáforo del Viaducto. Como en varios casos, están descalzos, desabrigados, al cuidado del mayor del grupo, que siempre roza, a lo sumo, los trece años. A los once, doce años la vida ya suele haberles tatuado los estigmas que lo diferenciarán de los incluidos por el resto de sus días. Entre los autos y colectivos vuelan carcajadas y naranjazos, los semáforos se ponen en verde, las motos pasan rugiendo entre los autos.
A las pillerías le devuelven amonestaciones que nunca llegan a sus oídos porque se conversan entre los pasajeros o ni siquiera, nacen y mueren como una voz de la conciencia con permiso para desearles lo más indecible, lo que se reprime más en pro de retroalimentar la permanencia del sentimiento y no derribar máscaras morales que por alguna cuestión estética que perciba lo desagradable de esas explosiones de palabras.
Dos pibes escapan de la policía sobre una yegua por las calles de Bernal. Vienen de robar a cuchillo, a cuadras de sus casas. El episodio, que podría inscribirse en el siglo XIX, se registra en el nuevo milenio a través de una cámara que permite a todo el país participar, sin intervenir, de las aventuras matreras de la juventud del conurbano sur. Las pantallas difunden las caras adolescentes y un prontuario prematuro. La yegua y su potrillo ya están en un refugio.
Parece que es siempre mediante un vidrio cómo vemos a quienes reciben las consecuencias injustas de las corrosiones en el tejido social. Hay una frontera, sea digital o concreta, la relación se da mediada, desde la confortabilidad que se pudo alcanzar en el vehículo o dispositivo. Cuando es mediante la pantalla, los pichones de reo no son expuestos en alta definición, las tropelías son como relámpagos, caóticas e indecorosas. Cuando se ven detrás del vidrio del casco, del otro lado del aire acondicionado, la definición es tan vívida que resulta agresiva. Y la agresividad también es un privilegio de clase. Las maneras de sublimación de la violencia son de difícil acceso para esas infancias.
Lo que no debemos es esperar que la solución surja de un gobierno que abona el individualismo explícitamente; por el contrario, en su lógica, los sin techo podrían ser una manera de asignar valor a la vivienda. Mejor no atender ése asunto ahora, porque no es el que nos convoca, pero es de inmediata necesidad asumir que la postergación en la atención de las carencias y los reclamos populares deviene en una intervención regresiva para el pueblo trabajador. Los síntomas, los indicios, no se esconden y, pronto, lucen en las calles de las ciudades grandes como un rasgo de época. Sin dudas, es responsabilidad del peronismo, en su carácter humanista y cristiano, en el ideal de justicia social y protección de infancias desde donde debe nacer, en rebelión contra la miseria, la política concreta que revierta la situación e infunda un amor popular tan potente como el odio a la iniquidad.
Hace pocos días ocurrió la muerte de Uriel, un nene de doce años acribillado en un confuso enfrentamiento con la policía bonaerense en la localidad de Tres de febrero. Están en las redes digitales las pruebas de que ése chico estaba necesitando una ayuda que nunca llegó de parte de ningún organismo estatal ni de otro tipo. El caso, lamentablemente, es probable que sea uno más de los que caen en el olvido general y se hacen dolor ardiente en el corazón de sus familiares y amigos. Quizás después del suceso funesto alguien con capacidad de intervención haya percibido que todavía están la hermana y los amigos a la intemperie, pudiendo ser rescatados de matar y morir. Quizás muy iluso, elijo creer, en lugar de darle oídos al coro de loros que aprovecha cada desgracia que se cuela en la agenda mediática para proponer, en una sintonía siempre antipopular y racista, la baja en la edad de imputabilidad como un mantra de sheriff implacable.