Los caminantes de la calle: cartografía de un thriller policial y drama migrante

  • Imagen
    Los caminantes de la calle

Los caminantes de la calle: cartografía de un thriller policial y drama migrante

14 Junio 2026

El jueves 2 de julio se estrena Los caminantes de la calle, tercera obra de Juan Martín Hsu. La película, inspirada en hechos reales y en el cine asiático, combina thriller policial y drama migrante para sumergirse en una trama de hora y media de disputas de poder dentro de la comunidad china de la Ciudad de Mendoza en el año 2010. Tras su premiere en el Tallinn Black Nights Film Festival, y su paso por Guadalajara y el BAFICI, la coproducción argento - peruana llegará a las salas de nuestro país a principios del mes que viene.

Dos facciones de la mafia china libran una guerra silenciosa por el control del crimen organizado en una comunidad marcada por el miedo y la distancia cultural. El restaurante de la familia Dageng se convierte en el epicentro de la lucha mientras la violencia irrumpe como mecanismo disciplinador. En ese entramado, a raíz de una denuncia anónima, la fiscal Diana Belenguer (Victoria Almeida) liderará una investigación inédita, para lo cual necesitará del oficial Li (Chien Min Lee) para traducir escuchas telefónicas en dialecto cantonés y funcionar como puente cultural en un territorio donde las palabras no siempre significan lo mismo para todos. Personas comunes avanzando entre dudas y barreras.

En paralelo, se exponen tensiones familiares de una de las organizaciones. Xu (Andrés Alberto Tan He) intenta liberar a una joven víctima de trata conocida como “La Pujianesa” (Yuchen Che), lo que lo convierte en blanco de sus pares y, sobre todo, de Kwan (Alex Kawen León Yee), su hermano mayor y jefe. Ese gesto, condenado de antemano, es la única fisura en un sistema de códigos inquebrantables. Como en todo noir, cada acto ético tiene un costo, por lo que termina siendo una excepción que confirma la regla: la violencia criminal y la violencia familiar son lo mismo, intensificando la dimensión trágica del relato.

Los caminantes de la calle prefiere avanzar a paso lento, construyendo con paciencia y evitando sensacionalismo. Es un ritmo pausado, sostenido por una tensión que se filtra en espacios cerrados, lo que permite a los personajes respirar y al espectador sumergirse en la narrativa. La apuesta por la atmósfera, antes que por la acción, es una decisión para hacer fermentar conflictos subterráneos y producir un efecto más inquietante. Ese tipo de escenas están, pero prefiere la violencia abrupta, seca y silenciosa, que moldea implícitamente la vida cotidiana. Su peso reside en lo que los personajes callan y en lo que se intuye.

Hsu nos sitúa en los márgenes sociales, lejos de la postal turística, para ahondar en un territorio invisible desde múltiples perspectivas y sin simplificaciones. No hay héroes ni villanos caricaturescos, hay partes de un rompecabezas y fracturas internas sobre la base de la imposibilidad de romper con la herencia. Los personajes secundarios, por caso, los comerciantes, no son víctimas pasivas sino estrategias de supervivencia. Lo mismo ocurre con el traductor, que sirve como puente precario entre dos mundos. Los diálogos en cantonés subrayan esa distancia insalvable entre la ley y la tradición obligada y compartida.

La fotografía, a cargo de Román Kasseroller, nos propone un mundo oculto a plena luz del día, con cierta estética que remite a, entre otras, Black rain, por poner un ejemplo. Cuidado y sobriedad en los encuadres, luz tenue, escenas nocturnas y silencios que son parte del paisaje: todo carga una historia no dicha en una atmósfera opresiva. La noche es una condición narrativa, como si la verdad estuviera condenada a permanecer oculta. En esa zona ambigua, al mismo tiempo humana, encuentra su identidad.
  
El director reconoce la influencia del cine tradicional de mafias, pero sobre todo del policial asiático, con títulos como Sparrow o Asuntos infernales. Incorpora elementos de la cultura e historias de migrantes y de la comunidad para enriquecer la esencia del conflicto y alejarse de algunos estereotipos, manteniendo la pertenencia y el desarraigo de fondo. Sin embargo, desplaza ese imaginario a un contexto local poco explorado. El interés de fondo son los cruces lingüísticos, con una particularidad: los funcionarios dependen de la palabra.  

Tras el estreno de su primer largometraje La salada, del corto Diamante mandarín, y de La luna representa mi corazón -que también llegó a Taiwán-, la filmografía de Hsu conforma un mosaico de experiencias con la inmigración como hilo conductor. “Tiene que ver con mi propia experiencia como inmigrante”, deslizó el director y agregó: “Nací en Argentina, pero mis padres son taiwaneses-chinos”. En ese sentido, el cantonés como dialecto principal del film y un elenco en el que predominan actores amateurs le otorga mayor verosimilitud. Es una invitación a reflexionar sobre la relación entre identidad y estructuras de poder.  

Con todo, algunos lugares comunes del género -como la fiscal y sus traumas o romances que no encajan- resultan menores para una película arriesgada que logra construir un submundo criminal con lógica local. Hsu prefiriera dejar los cabos sueltos antes que forzar un desenlace. No es de acción, pero la tiene; no es de denuncia, aunque está presente en cada momento. El abordaje de una temática de la que se conoce y habla poco, con voz propia e incómoda, amplía el espectro del cine argentino, lo cual le otorga mayor valor.

URL de Video remoto