Sirat: crueldad injustificada como signo de época
Sirat: trance en el desierto es la cuarta película de Olivier Laxe, director franco-español, y una de las grandes candidatas para lo que resta de la temporada de premios. Coproducida por los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, no sólo ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, en el cual se estrenó, y cinco galardones del Cine Europeo, sino que está nominada a doce Goya y a dos Oscar -Mejor Película Internacional y Mejor Sonido-. Se ha convertido en éxito de forma inesperada tras volverse el centro de diversos debates.
Con guion del propio Laxe y del argentino Santiago Fillol, Sirat presenta a Luis (Sergi López) y a su hijo menor Esteban (Bruno Núñez), acompañados por su perra, que viajan a Marruecos en búsqueda de Mar, hija y hermana desaparecida hace cinco meses que frecuentaba el ambiente de la música electrónica. El punto de partida del film es una auténtica fiesta rave -en castellano, delirio- que la misma producción organizó. Ya desde el inicio deslumbra por su sonido, música y fotografía, a cargo de Laia Casanovas, Kangding Ray y Mauro Herce, respectivamente. Los eventos se desarrollan en el desierto sahariano.
Luis y Esteban reparten volantes sin suerte y debido a la irrupción del ejército marroquí por un anunciado estado de emergencia deciden ir a una fiesta mucho más al sur, cerca de la frontera con Mauritania. Hay un conflicto armado en ciernes, mientras el grupo formado avanza hacia el nuevo destino. Las posibles analogías con temas actuales quedan en un segundo plano a medida que conocemos a Bigui (Richard Bellamy), Jade (Jade Oukid), Josh (Joshua Liam Herderson), Stephy (Stefania Gadda) y Tonin (Josh January), actores sin experiencia previa. De hecho, fueron seleccionados mediante castings en raves y provienen de diferentes subculturas de dicho universo ochentoso y ritualizado.
Las referencias a Easy rider y, más concretamente, Mad Max son ineludibles, a medida que profundizan su viaje en una zona cada vez más militarizada, con faltante de combustible y en vehículos no siempre propicios. Se mueve con destreza entre los códigos de una road movie y un drama familiar, y, de a poco, esos dos extraños que se incorporan a ese colectivo de marginados terminan por protagonizar una película de aventura.
Sirat es una verdadera experiencia sensorial, que se distingue de la era actual de efectos digitales. La elección del escenario tampoco es arbitraria, se evidencia el esfuerzo de manejar en la arena. Si bien los diálogos son escasos y casi murmurados, y más allá de adoptar conforme avanza la trama un tono filosófico, su lenguaje principal es visual y sonoro, y el desierto se convierte no sólo en personaje sino que espera agazapado para intervenir. Esa materialidad palpable contrasta con la voluntad de abstracción que se irá adueñando de la narración, sustentada sobre bases endebles, y marcada desde el inicio: la placa inicial nos explica que “sirat” refiere a un puente que permite el paso del infierno al paraíso, por lo que invita a leer lo que ocurre en el sentido de un viaje o prueba espiritual.
Durante casi la totalidad de sus dos horas transcurre lo que uno podría imaginar, con mucho paisaje, charlas sin contenido y risas. Sin embargo, el giro es brusco e inesperado, fuera de algunas tragedias insinuadas que estallan con crueldad y sadismo, lo que transforma a Sirat en una obra muy distinta a la que venía construyendo y a la filmografía del director. Es cierto que no es casual el territorio en términos históricos -por la guerra de Marruecos contra el Frente Polisario, organización independentista saharaui, y la ruptura del alto al fuego en la región en 2020- y cinematográficos -por el interés de Laxe por el Magreb, donde transcurren Todos vosotros ya sois capitanes, su ópera primera, y Mimosas, la segunda-, pero la crudeza es injustificada para finalizar develando el horror bélico y sociopolítico.
Ese desenlace, compuesto de golpes bajos, efectismos y manipulaciones emocionales, no sólo descoloca al espectador sino que arriesga la dinámica afectiva de sus personajes, casi de modo caprichoso, a los que termina por hacer caer en lugares comunes. Sus cuerpos sufrientes nos transmiten, a lo largo de la narración, que quizás a través de la solidaridad consigan algo de refugio. No obstante, en un gesto conservador y atroz se opta por castigar a quienes “se alejan del camino”. El problema entonces es el mecanismo de decisión, que mantiene cautiva a la audiencia en una agonía vacía.
Uno puede entender cierta asociación, por metonimia, con lo ocurrido el 7 de octubre de 2023 en una fiesta similar cercana a la Franja de Gaza. Ese intento está logrado, si se quiere, y la percepción de defectos queda obstaculizada por el dominio cinematográfico de Laxe, lo que al mismo tiempo hace bajar la guardia al espectador. Sin embargo, ese acuerdo tácito por el cual el sufrimiento ha de integrarse a los códigos de la trama nunca se respeta. No es que se espera un final feliz o una fábula, sino que conduzca a alguna parte o tenga sentido. Para peor, las tragedias escalonadas la colocan al borde de la comedia.
La paradoja no es únicamente que la dirección esté por encima de la historia, sino que hayan elegido ese título, cuya interpretación es amplia. Se supone que al “sirat” sólo pueden cruzarlo los justos, pero eso contradice el giro del final. Es un viaje hacia ninguna parte que se termina de vaciar. Esquivar la saturación predecible actual ha colocado a Sirat en una encrucijada: el reconocimiento y la polémica. Por ejemplo, es la primera vez que en los Premios Oscar un equipo enteramente femenino es nominado por su labor sonora. El salto es aún más exponencial si se toma en cuenta que los films previos de Laxe nunca lograron circular más allá de festivales y círculos cinéfilos. Cabe preguntarse si el costo no fue alto.