Del suceso inusitado a la zona de inmanencia: la nouvelle y la experiencia del lector en Briski

  • Imagen
    Norman Briski
LITERATURA Y TEATRO

Del suceso inusitado a la zona de inmanencia: la nouvelle y la experiencia del lector en Briski

31 Agosto 2025

La nouvelle, en su forma breve, anida reflexiones que se derraman en la narración y desembocan  en la  síntesis poética, allí radica su fundamental condición existencial. Norman Briski, en Nagasaki de memoria, condensa en fragmentos de intensidad esa condición del género: “Lloro por no poder conocer tantas cosas, abarcar el mundo, entenderlo mejor (...) Me conmueve lo extranjero, eso me pasa. El amor es extranjero.” La escritura alcanza su fuerza en la imagen y su potencia en la tensión dramática. A veces, lo hace por medio de  metáforas puras descomunales —o visiones, tal vez—: “Un Otelo judío que desconfía de sus calambres.”

¿Quiénes éramos antes de El extranjero, de Camus? No podremos saberlo. Pero Camus supo desentrañar, en lo habitual de la existencia, la descarnada voz del personaje que en su despojo nos muestra nuestra absurdidad.

Onetti, al terminar de leer El perseguidor, de Cortázar, rompió un espejo de un puñetazo. No fue anécdota, sino acontecimiento: lo que se lee se vuelve intensidad pura. Así se recibe una nouvelle: como una conmoción que desborda cualquier explicación.

Borges, en el prólogo a Las ratas, de José Bianco, recordaba que “es de los pocos libros argentinos que recuerdan que hay un lector: un hombre silencioso cuya atención conviene retener, cuyas previsiones hay que frustrar delicadamente (…) cuya complicidad es preciosa.” Esa complicidad es lo que Briski convoca. En la intimidad de su narración, el lector asume un correlato: habita los intersticios de lo desconocido, se deja atravesar por resonancias que no puede esquivar, se hunde en el pacto imprescindible de la lectura.

La nouvelle, como género, se sostiene en estas bifurcaciones: el suceso inusitado de Goethe, la inscripción del lector en la trama, el golpe vívido de la escena. Su potencia reside en la unidad del acontecimiento, en el despliegue de lo poético, donde cada palabra se vuelve necesaria y cada silencio adquiere espesor.

En Nagasaki de memoria, Briski alcanza esa zona de inmanencia en la que la narración ya no narra sino que se vuelve vivencia. De El extranjero a Briski, la nouvelle se ratifica como la forma que aprisiona lo inasible: esculpe lo efímero y lo devuelve al lector como experiencia vital.

El lector es guiado hacia un acontecimiento que lo remite a la belleza inesperada de la vivencia, aún cuando las formas espectrales de la poesía lo dejan en su forma omnisciente de testigo implicado, obligado a habitar el pliegue entre lo real y lo imaginario, allí donde la narración ya no narra sino que entra en su zona de inmanencia.

Desde El extranjero hasta Nagasaki de memoria, estos títulos deambularon por lo fundamental del género. La brevedad es su forma de apresar lo inasible, de impactar sobre el lector y, al mismo tiempo, de esculpir lo efímero hasta transformarlo en experiencia vital, donde la percepción se intensifica y el tiempo se hace vivencia.

Imagen
Tapa de Nagasaki en la memoria

Es notable, en Briski, el uso preciso de la palabra en el despliegue de lo literario: sus metáforas se construyen con el goce natural del lenguaje y con la excelencia formal. Su función narratológica crea un estado omnisciente en el lector, su dimensión ética que deberá reconstruir. Puesto que todo le es dado para que su propia voz se alce por sobre la experiencia del personaje.

En los diferentes niveles del relato, las formas constituyen el camino para descubrir su propia literatura: resulta incomprensible concebirla sin el trasfondo corporal que implica escribir y habitar una historia, con los caminos paralelos del narrador y del autor. Es quizá el riesgo de este género, pero la literatura es su juego.

Briski sabe muy bien cómo invitar al lector a su caverna: todo es Beckett al mismo tiempo que todo es Joyce, en un ritmo que recuerda a un ritornello, donde cada retorno se convierte en variación y la experiencia literaria se vive como un circuito de resonancias incesantes.

Pero las formas fueron el camino para descubrir su literatura: resulta incomprensible pensarla sin el trasfondo corporal que implica escribir y habitar una historia, los caminos paralelos del narrador y del autor. Quizá ahí es donde puede percibirse la influencia de Walsh en la construcción del relato; sin embargo, nada podría forzar al autor hacia una trama que le fuera ajena.

El personaje principal de Nagasaki de memoria es un periodista que viaja a Cuba para dar una conferencia sobre el aniversario de la bomba de Nagasaki. Allí, su presencia pierde fuerza emotiva y simbólica, subordinándose a formatos políticos que despojan de intensidad la experiencia del recuerdo.

A través de la intervención de sujetos colectivos —como una agrupación de taxistas— se subraya la tensión entre memoria oficial y memoria vivencial, poniendo de relieve cómo la conmemoración puede devenir un espacio de mediación entre lo público y lo íntimo, entre lo político y lo afectivo.

Nagasaki de memoria nos muestra que una nouvelle es todas y que es “esta obstinación de años y distancias que se llama poesía”, como decía Trejo. O quizá Briski, en el lugar menos esperado. Allí también está el lector detenido, confrontado con el silencio. Enfrentado a su existencia.