Fuentes Seguras: La conmoción en Asia y el quiebre interior en EEUU

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Fuentes Seguras: La conmoción en Asia y el quiebre interior en EEUU

30 Marzo 2026

Publicado originalmente en Radio Gráfica

ASIA. Los desequilibrios generados por la agresión de los Estados Unidos e Israel contra Irán, están impactando con intensidad en Asia. Como el eje informativo suele ser Occidente, está quedando oculta la gravísima situación por la que atraviesa esa región; sin embargo, la extensión del litigio, además de afectar el presente económico puede derivar en modificaciones geopolíticas de importancia. De hecho, se trata del continente más complicado por la interrupción de la circulación de navíos petroleros en el Estrecho de Ormuz.

Asia es el principal destino del combustible que atraviesa la delgada franja de agua: entre el 84 % y el 90 % del petróleo y cerca del 83 % del gas natural licuado tienen como destino países de la zona. Por eso las naciones están adoptando medidas para garantizar el suministro y contener el alza de precios. Como ya parece habitual tras cada movida bélica atlantista, la Federación de Rusia -espantajo propagandístico persistente- mejora su protagonismo

Varias naciones, en especial las gigantescas China e India, así como otras del Sudeste Asiático están recurriendo a Moscú para nuevas compras energéticas, sobre todo después de que los Estados Unidos levantase temporalmente sus sanciones al crudo ruso. Según las informaciones más recientes, la economía del país que orienta Vladimir Putin va logrando equilibrarse a pesar del esfuerzo que implica la contienda contra Kiev en la frontera euroasiática. El año pasado cerró con preocupaciones: meseta productiva e inflación. Ahora, las ventas de combustible insuflan vida.

Dos días atrás Putin efectuó un diagnóstico duro, cuyo trasfondo responsabiliza a los Estados Unidos por las dificultades globales. Advirtió que el conflicto en Oriente Medio tiene un impacto «cada vez más evidente en la situación económica y causa «un perjuicio notable a la cadena logística internacional, a la producción y a los eslabones de cooperación». «En el punto de mira resultaron sectores relacionados con la extracción y procesamiento de hidrocarburos, metales, fertilizantes y muchos otros artículos». Putin, quien ha tachado de «agresión» los ataques a Irán de los Estados Unidos e Israel, admitió que «por el momento es difícil predecir con exactitud las consecuencias del conflicto». «Me parece que aquellos implicados tampoco pueden pronosticar nada. Para nosotros eso es aún más complicado».

China es el principal socio comercial y la mayor potencia aliada de Irán, Hasta ahora ha condenado las acciones de los agresores asociados, y dentro de su estilo ha priorizado esfuerzos diplomáticos para atenuar las contradicciones en Asia occidental. El gobierno de la República Popular no solo ha instado a los protagonistas a resolver con diálogo las dificultades, sino que ha puesto especial empeño en lograr armonía relativa con los países del Golfo salpicados por el conflicto. La Cancillería, conducida por Wang Yi, está en continuo contacto con Irán, pero también viene intensificando las conversaciones con Omán, Arabia Saudí, Baréin, Kuwait, Catar, Pakistán entre otros interlocutores.

Los vínculos trascienden teléfonos y conexiones varias: directamente envió a su representante especial para Oriente Medio, Zhai Jun, a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait, Catar y Egipto. Estas acciones implican varias articulaciones: por un lado, sostener los lazos políticos y energéticos con los países de la región, y también recordarles que la República Islámica, en sus réplicas, no va más allá de las bases norteamericanas, pues evita conscientemente atacar lugares bajo control de los estados lugareños. Hasta ahora, aunque golpeó con drones sobre algunas decisivas plantas desalinizadoras, a sugerencia china levantó el pie de ese acelerador.

El bloqueo del Estrecho de Ormuz implica un impacto directo para el coloso asiático: cerca del 45 % del petróleo que importa pasa por esta vía. El área energética del Ministerio de Finanzas y los órganos de planificación económica ya intervinieron de modo extraordinario por primera vez desde 2013 para limitar el alza de precios y gestionar una adecuada provisión de energía con la Federación de Rusia. Todas las decisiones, internas y externas, están subordinadas a la mirada geopolítica de largo alcance; la nación liderada por Xi Jingping no quiere malquistarse con su trama de relaciones por un litigio que no ha iniciado ni alentado.

Pero hay más actores. Pakistán confirmó esta semana su anhelo de mediar en las conversaciones entre los Estados Unidos e Irán para promover una propuesta de paz. La nación pretende usufructuar sus alianzas con países del Golfo y su relación con la República Islámica para evitar un colapso regional. Sin olvidar su conflicto con Afganistán, Pakistán se involucra también con el amparo de su acuerdo de defensa mutua con Arabia Saudí. En tanto, Islamabad gestiona una posible visita del vicepresidente estadounidense, JD Vance, para conversaciones cara a cara con esas premisas.

Asimismo, el Sur de Asia padece el inicio de un colapso energético. Esta guerra ha obligado a la India a blindar su industria de refinamiento para asegurar no solo el consumo doméstico, sino su posición como exportador estratégico para 150 países. Pakistán, Nepal y Bangladésh ya impusieron racionamientos tras una baja del 95 % en las importaciones de crudo, problema que se hilvana con una crisis para los 21 millones de migrantes surasiáticos en el Golfo por la parálisis de las remesas, motor del 25 % del PBI de países como Nepal.

Japón, por su parte, se ha visto arrastrado a un delicado contrapeso tras el ataque de los Estados Unidos, su principal aliado militar, al tiempo que trata de hacer frente a los efectos en su economía. Tokio no ha realizado una valoración de los ataques, aunque ha deslizado hacia los medios afines que fue tomado por sorpresa y, después de tanto dialogo con el gobierno norteamericano, está preocupado por la desatención. Cuando el presidente Trump solicitó ayuda en la Casa Blanca a la líder japonesa, Sanae Takaichi, para garantizar la navegación en Ormuz, la primera ministra dijo que Japón solo se planteará desplegar buques tras un alto el fuego.

En sintonía, Corea del Sur prioriza las medidas para asegurar el suministro energético. La más importante es la liberación de 22,46 millones de barriles de crudo de sus reservas estratégicas (en coordinación con la Agencia Internacional de la Energía). Filipinas se convirtió en el primer país en decretar el estado de emergencia energética ante la crisis de suministro, ya que sus importaciones de crudo proceden casi por completo del Golfo Pérsico y el archipiélago apenas cuenta con reservas para unas siete semanas. Tanto Filipinas como Tailandia y Vietnam se han acercado a Rusia en busca de petróleo y gas. Vietnam y Rusia doblaron la apuesta y suscribieron un acuerdo de cooperación para construir la primera central nuclear en el mítico país que expulsó a los norteamericanos de su territorio, allá por 1975.

El lector observará que además de los estados que se insertan en la multipolaridad, aquellos que se venían alineando con Occidente están tomando distancia de las acciones guerreristas desplegadas por los estadounidenses pues los perjudican directa o indirectamente. Aunque suene extraño, las consultas y los cruces en los ambientes diplomáticos permiten inferir que la mayor parte de las naciones no sabe por qué se resolvió bombardear la República Islámica de Irán. Hace un par de años el conglomerado asiático empezó a mostrar más simpatía hacia la asociación de naciones emergentes; es probable que esa gestualidad esté incrementándose a la luz de los presentes acontecimientos.

ESTADOS UNIDOS. A partir de ahora, esta secuencia retoma lo que puede denominarse el problema estadounidense. Algún memorioso recordará que durante una entrevista con jóvenes que indagaban en el futuro global, quien escribe señaló que “la humanidad tendrá que decidir qué hacer con los Estados Unidos” pues, mientras se desarrollaban las nuevas asociaciones y modelos, ese país se estaba convirtiendo cada vez más en un lastre para todos. Semejante situación se posiciona en el presente con una intensidad potente pero además con una aceleración difícil de prever.

Mientras se elaboraban estas Fuentes surgió un texto magnífico y revelador preparado por la columnista del The New York Times, Lydia Polgreen. Allí se inserta el dedo en la llaga al apuntar, lisa y llanamente, “No es Trump. Es Estados Unidos”. A lo largo del texto, cuyos ejes se invita a transitar más abajo, se ahonda en las convicciones que han guiado a la potencia norteña hasta convertirla en un escollo para la mayor parte del planeta. Por ese se indica que estamos ante el final lógico de décadas de historia estadounidense: la adicción del país a la hechicería tecnológica para librar guerras a distancia, la creencia cegada de que podía dar forma a los acontecimientos en lugares lejanos por la fuerza, el constante debilitamiento de los límites constitucionales a la presidencia.

Mientras leemos juntos el material que insertamos a continuación, no debemos perder de vista una curiosidad relevante: el mismo fue publicado por un diario globalista y ligado a las finanzas. Hasta ahora, The New York Times fue el promotor de las acusaciones de populismo a diestra y siniestra, así como de la difusión del liberalismo como solución para los más variados enredos. Por tanto, a los aciertos que se perciben en este y otros artículos de los días recientes, es preciso acunarlos en la desconfianza hacia el medio emisor. Y preguntarse porqué, a qué se debe que, cuando un presidente norteamericano asume la lucha integral contra el modelo productivo y anti rentístico, estatalista y distribucionista que encarnan Irán, Rusia, China, el vozarrón parasitario lo condena y lo denuncia con certeza y justicia.

Este narrador desea hacerse entender: la nota en cuestión sería sugerida aun cuando fuera publicada en otro espacio periodístico, debido a su atinado perfil; pero, tras recorrer las más variadas redacciones, quien la destaca sabe que determinadas líneas editoriales no se transgreden y que todos los giros y transmutaciones poseen una explicación material. Aquí se afirma, entre otras cosas, que “La esperanza de Trump de un rápido colapso del régimen iraní siempre fue fantasiosa. La geografía se está vengando: el petróleo y el gas que alimentan gran parte de la economía mundial pasan por un estrecho que Irán controla de facto. Una invasión terrestre en su vasto y prohibitivo terreno podría superar con creces el atolladero de Vietnam”.

A ver.

No es Trump. Es Estados Unidos

Por Lydia Polgreen (The New York Times)

Como muchos otros estadounidenses, en estos tiempos sombríos he oscilado entre dos polos emocionales. En algunos momentos, me digo a mí misma que Donald Trump es una figura singularmente malévola que se ha apoderado de hilos del poder que ningún presidente anterior se había atrevido a tomar. El relato no detiene la violencia estatal en las calles ni las operaciones militares ilegales en el extranjero. Sin embargo, tiene su consuelo. Una vez que Trump desaparezca de escena —como exigen las leyes de la naturaleza, si no las de la política— podrá suceder algún tipo de restauración del proyecto democrático y constitucional estadounidense.

En los días más oscuros, me encuentro recurriendo a una historia más profunda: que Trump es el cumplimiento de lo que Estados Unidos siempre ha sido, una nación autosatisfecha, a la que sus mitos sobre la providencia y el excepcionalismo le dan licencia para hacer lo que quiera. Después de todo, Trump no surgió de la nada. Sus dos victorias se forjaron gracias a las decisiones tomadas por los estadounidenses y por los líderes que eligieron. Si no hubiera existido, la historia habría inventado a alguien como él. Esta explicación ofrece su propio alivio. Al menos es algo que una mente racional puede comprender.

Esta oscilación puede sentirse como un latigazo cervical. La derrota de Trump en 2020, las intervenciones de los tribunales para bloquear algunas de sus maniobras más descaradas y la perspectiva de un triunfo demócrata en las elecciones de mitad de mandato sostienen la teoría de la aberración. Pero otros acontecimientos —el triunfo de Trump en las urnas en 2024, la sumisión casi total del Partido Republicano a su voluntad y la concesión por parte de la Corte Suprema de una enorme inmunidad a Trump por actos potencialmente delictivos cometidos como presidente— sugieren lo contrario.

La guerra en Irán ha hecho añicos este binario. Es, sin duda, el producto de la imprudencia única de Trump, que se zambulle sin miramientos en un conflicto que sus predecesores habían hecho bien en evitar. Sin embargo, también es el final lógico de décadas de historia estadounidense: la adicción del país a la hechicería tecnológica para librar guerras a distancia, la creencia cegada de que podía dar forma a los acontecimientos en lugares lejanos por la fuerza, el constante debilitamiento de los límites constitucionales a la presidencia.

¿Trump es un fenómeno de la historia o su cumplimiento, es una aberración o una culminación? La respuesta, seguramente, es ambas cosas. Pero en el transcurso de su presidencia, Trump ha revelado un mal mucho más antiguo: la fe inquebrantable de Estados Unidos en su capacidad para moldear el mundo a su gusto, indiferente a lo que otros puedan querer y supremamente seguro de que su plan es el correcto. Más allá de Trump, es a esta mentalidad desfiguradora a la que debemos enfrentarnos los estadounidenses.

En diciembre de 1952, un erudito escocés llamado Denis Brogan publicó un ensayo notable titulado “La ilusión de la omnipotencia estadounidense”. Escrito cuando Estados Unidos emergía como la potencia preeminente del mundo, Brogan diagnosticó un rasgo peculiar de la mente estadounidense. Estados Unidos, alimentado por sus mitos e inquebrantablemente seguro de su visión del mundo, no podía ver la dificultad, y mucho menos la derrota, como una razón para cuestionar sus objetivos. El fracaso nunca se produjo por la fuerza o el poder de los rivales. Llegó, en cambio, a través de la torpeza y la traición.

“A muchos estadounidenses, me parece, les resulta inconcebible que una política estadounidense, anunciada y llevada a cabo por el gobierno estadounidense, actuando con el apoyo del pueblo estadounidense, no tenga éxito inmediato”, escribió Brogan. “Si no lo hace, esto, piensan, debe deberse a la estupidez o a la traición”. Observador admirativo pero astuto del país, Brogan captó algo esencial. Estados Unidos, en su propia imaginación, nunca podía fracasar; solo otros podían hacerle fracasar.

En su lucha contra el comunismo mundial durante la Guerra Fría, el país tuvo varias oportunidades de hacer gala de ese reflejo. Cuando los comunistas insurgentes de China triunfaron, escribió Brogan, se entendió ampliamente como resultado de la torpeza o la traición estadounidense. China, una civilización vasta y milenaria, era vista como algo que Estados Unidos debía ganar o perder. Ese fracaso contribuyó a dar lugar a la paranoia del macartismo. Corea, Vietnam y más desastres encubiertos fueron pólvora adicional para la recriminación, mucho después de que el senador se fuera. El fracaso solo podía venir de la traición interna, una idea que paradójicamente reforzaba la ilusión de omnipotencia.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, Estados Unidos tuvo la oportunidad de experimentar todo el peso de su poderío. Había derrotado al imperio del mal y se erigía en solitario como la nación más poderosa que el mundo había conocido jamás, con sus antiguos defectos plegados a una historia de éxito. La rápida y decisiva victoria de Estados Unidos en la guerra del Golfo ese año fue una muestra de la destreza militar de la superpotencia. Estados Unidos se convertiría en el policía del mundo, poniendo a sus soldados en la línea de fuego para proteger un orden basado en normas que dirigía.

(…)

Las guerras se prolongaron y derivaron en la muerte de miles de militares estadounidenses y de cientos de miles de afganos e iraquíes. Afganistán está hoy gobernado por el mismo movimiento que dio cobijo a Osama bin Laden, los talibanes. Irak es una nación extremadamente frágil y dividida. La guerra desestabilizó gravemente Medio Oriente y dio lugar a nuevos y temibles grupos terroristas como el Estado Islámico y desencadenó una violenta guerra civil en Siria.

La elección en 2008 de Barack Obama, un crítico de las guerras posteriores al 11-S, parecía ser un momento de ajuste de cuentas con las ilusiones estadounidenses. Pero Obama pronto se vio empantanado en los conflictos y, para colmo, por una crisis financiera mundial. A pesar de sus amagos de humildad estadounidense en el mundo, abrazó muchos de los poderes desmesurados que heredó para librar guerras de alta tecnología en lugares distantes con poca supervisión. Estados Unidos siguió actuando sin límites.

Subiendo a la escena nacional tras estas catástrofes, Trump recurrió a un viejo cuento estadounidense. Las élites de Estados Unidos habían traicionado al pueblo estadounidense, declaró. Toda la vida de Trump fue un ensayo general para este momento: siempre imponiendo su voluntad, zafándose de los apuros, sin rendir cuentas nunca, nacido en tercera base y creyendo que había bateado un triple. Era la encarnación de la ilusión estadounidense de la omnipotencia.

Trump derrumbó la distancia entre su voluntad personal y la voluntad estadounidense, declarando al aceptar la nominación republicana en 2016 que “solo yo puedo arreglarlo”. Al igual que Estados Unidos, Trump no puede fracasar; solo se le puede hacer fracasar. Todo es siempre culpa de los demás. Dotado de las herramientas de la presidencia imperial, considera claramente que Estados Unidos es idéntico a su persona. Desecha toda pretensión de orden constitucional. Sabrá en sus entrañas cuándo se ganan las guerras, ha dicho, y los únicos límites son su propio sentido de la moralidad.

En el Golfo Pérsico, esa ilusión se ha encontrado cara a cara con la realidad material. La esperanza de Trump de un rápido colapso del régimen iraní siempre fue fantasiosa. La geografía se está vengando: el petróleo y el gas que alimentan gran parte de la economía mundial pasan por un estrecho que Irán controla de facto. Una invasión terrestre en su vasto y prohibitivo terreno podría superar con creces el atolladero de Vietnam. El régimen iraní, despiadado tanto con sus vecinos como con su propio pueblo, parece inquebrantable ante los implacables asaltos de Israel y Estados Unidos. Parece atrincherado para una larga guerra.

Sin embargo, Trump parece incapaz de concebir una fuerza inmune al poder omnipotente de Estados Unidos. Y no puede imaginar que una guerra lejana pueda perjudicar a Estados Unidos, bendecido con una tierra pródiga y recursos naturales, separado del mundo atribulado por dos océanos. Pero la escalada de los precios de la gasolina, el aumento de las tasas de interés y la perspectiva de un colapso del mercado bursátil han acabado con cualquier delirio de un espléndido aislamiento de la economía mundial. Si esta guerra se alarga, los estadounidenses sufrirán mucho.

Ya ha habido mucho sufrimiento: más de 58.000 nombres están grabados en el granito negro del monumento conmemorativo de la guerra de Vietnam en Washington. Todavía no existe un memorial nacional para las llamadas guerras eternas, pero más de 7000 estadounidenses murieron sirviendo en ellas. En esas guerras, había al menos un barniz de idealismo estadounidense, por delgado y autoengañoso que pudiera haber sido. Trump ha arrastrado a Estados Unidos a una guerra completamente desvinculada de cualquier pretensión de virtud. Es un ejercicio desnudo de poder sin ningún manto de providencia o superioridad moral. En su descaro, es casi reconfortante.

El teólogo Reinhold Niebuhr, al mismo tiempo que Brogan, publicó un breve libro titulado La ironía en la historia americana. Este libro, uno de los favoritos de Obama, es una llamada a la humildad cristiana en los asuntos mundiales, dirigida a los estadounidenses que malinterpretan su virtud. “El hombre es una criatura irónica porque olvida que no es simplemente un creador sino también una criatura”, escribe Niebuhr.

Esa frase me hizo darme cuenta de la locura de mi propia oscilación: ambas visiones —Trump como aberración o Trump como cumplimiento del relato— tenían a Estados Unidos como protagonista de su propia historia, con el mundo como escenario. Necesitaba un marco más amplio, un compromiso honesto con la historia y la voluntad de admitir que Estados Unidos es, como cualquier otra nación, solo un lugar en el mundo.

Estados Unidos no sabe cómo existir en un mundo que no controla. Desde su creación, Estados Unidos se ha asegurado a sí misma de que era simplemente demasiado grande, demasiado lejana y demasiado ricamente dotada para sufrir consecuencias graves por sus acciones. Pero no habrá forma de escapar al cataclismo de Irán. A su paso, se presenta la oportunidad de reconocer nuestro lugar en un mundo interconectado y vernos a nosotros mismos con claridad. La forma de salir del ciclo del fracaso y la traición es despojarnos de nuestras ilusiones, de una vez por todas.