Batalla cultural y sentido común: volver a Hernández Arregui

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Batalla cultural y sentido común: volver a Hernández Arregui

19 Enero 2026

En un contexto regional marcado por el avance de las derechas, la crisis de los proyectos progresistas o nacional-populares y la disputa permanente por el sentido común, la cultura vuelve a ocupar un lugar central de la política latinoamericana.

Lejos de ser un terreno neutral, se ha convertido en uno de los principales campos de batalla del poder. La llamada “batalla cultural” se ha instalado con fuerza en el discurso público, especialmente impulsado por sectores de la llamada “nueva derecha "que la utilizan para disputar valores, identidades y sentido comunes.

Sin embargo, lejos de ser una novedad, esta preocupación por la cultura como espacio estratégico del poder tiene una larga tradición en el pensamiento crítico y en el marxismo no dogmático. El italiano Antonio Gramsci (1891-1937) es, sin dudas, una de sus referencias centrales.

En el Río de la Plata, esa tradición encontró una traducción propia en figuras como Juan José Hernández Arregui (1913-1974), desde el Pensamiento Nacional.

Volver a estos autores, no implica un ejercicio erudito ni un refugio nostálgico, sino una necesidad política para comprender los desafíos actuales.

Cultura, poder y sentido común

Gramsci elaboró una concepción ampliada del poder que excede largamente la coerción estatal. Para el pensador italiano, la dominación se sostiene tanto por la fuerza como por el consenso, y ese consenso se construye en el terreno de la cultura, las ideas, de lo que una sociedad considera “natural”, “normal” o “de sentido común”.

La hegemonía, en este marco, no es solo control institucional, sino dirección intelectual y moral. La escuela, los medios, la religión y las prácticas cotidianas participan activamente en la reproducción del orden social. La política, entonces, no se juega únicamente en elecciones o en el parlamento, sino también, y de manera decisiva, en la disputa cultural.

No resulta casual que hoy sectores no provenientes del marxismo hablen abiertamente de “batalla cultural”.

Lo que si resulta problemático es que muchas veces ese concepto sea resignificado de manera vacía o reaccionaria, desligado de su raíz crítica y transformadora.

Tanto Gramsci como Hernández Arregui se inscriben, con matices y contextos distintos en una tradición marxista que problematiza la relación entre estructura y superestructura.

Lejos de una visión economicista, ambos comprenden que la dominación y la dependencia se sostiene también, y de manera decisiva, en el terreno cultural, en la producción de sentidos, valores y conciencias.

En los Cuadernos de la cárcel, Gramsci desarrolla una reflexión profunda sobre los intelectuales y la organización de la cultura como elementos centrales de la hegemonía.

En cierta manera, Arregui, en obras como Imperialismo y cultura o La formación de la conciencia nacional, analiza cómo la colonización cultural opera como soporte de los países centrales en América Latina, debilitando toda posibilidad de proyecto nacional-popular.

En América Latina, el argentino Juan José Hernández Arregui desarrolló una reflexión muy cercana con la de Gramsci, pero situada en una realidad atravesada y un contexto un poco diferente.

Para Hernández Arregui, el imperialismo no opera únicamente a través de mecanismos económicos o militares, sino y sobre todo, mediante la colonización cultural.

La importancia de modelos culturales, valores y narrativas históricas ajenas cumple una función política clave: desarticular la conciencia nacional y popular, legitimar la dependencia del continente y presentar como “atraso” todo intento de autonomía.

En ese sentido, la cultura no es un adorno, sino un dispositivo central de dominación.

La crítica desde la izquierda nacional al liberalismo cultural y a las élites intelectuales
“desnacionalizadas” dialoga de manera directa con la crítica gramsciana al sentido común dominante. Ambos coinciden en señalar que la neutralidad cultural es una ficción funcional al poder.

Cultura como disputa política

Uno de los aportes más vigente de Gramsci es su análisis del rol de los intelectuales. Toda clase social produce intelectuales que organizan, difunden y legitiman una determinada visión del mundo.

No se trata solo de académicos o escritores, sino de todos aquellos que cumplen una función de dirección cultural.

En Arregui retoma esta problemática desde la experiencia argentina e iberoamericana. Su crítica a la intelectualidad liberal apunta a mostrar cómo buena parte de esta ha operado históricamente como intermediaria cultural, reproduciendo categorías ajenas a la realidad

Frente a ello, reivindica la necesidad de una intelectualidad comprometida con los intereses del país y con la construcción de un proyecto nacional.

La disputa cultural, en este sentido, es inseparable de la disputa política.

Hoy, la hegemonía cultural adopta nuevas formas. La concentración mediática, las plataformas digitales, las redes sociales y la lógica del algoritmo reconfiguran los mecanismos de construcción del consenso.
Sin embargo, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién define el sentido común?,¿desde qué intereses?, ¿con qué proyecto de sociedad?

En la región, la ofensiva cultural de las derechas convive con otros sectores que muchas veces ha subestimado este terreno, confiando en que la gestión económica o las políticas públicas alcanzarían por si solas para sostener proyectos transformadores.

La experiencia reciente muestra que, sin una disputa cultural profunda, los avances políticos resultan frágiles y reversibles.

En este contexto, no resulta casual que figuras como Hernández Arregui vuelvan a ser recuperados, en la Universidad Nacional de Lanús se realizó el año pasado el Primer Encuentro de Pensamiento Nacional Iberoamericano con el nombre de este pensador.

Esto expresa una necesidad más amplia: repensar las herramientas teóricas para comprender un presente atravesado por nuevas formas de dependencia y retrocesos.

Repensar la cultura

Traigo a la mesa estos dos autores, que ofrecen claves complementarias para pensar la tan mencionada “batalla cultural” pero desde una perspectiva emancipatoria, pero hay muchos más. Desde una perspectiva emancipatoria, de izquierdas, nacional y popular la cultura.

Ambos entienden que la cultura es un terreno contradictorio, atravesado por tensiones, donde conviven elementos de dominación y potencialidades de resistencia.

Recuperar esta tradición implica asumir que no hay proyecto político posible sin una disputa por el sentido común, sin una intervención consciente en el plano cultural, sin una reflexión crítica sobre el rol de los intelectuales y los medios.

En tiempos en que la derecha se apropia del lenguaje para reforzar desigualdades y del otro lado hay cierta resignación, volver a leer autores como Gramsci o Hernández Arregui es también una forma de disputar el significado mismo de esa expresión. No es un volver al pasado. No es para copiar formulas del ayer, sino para pensar y repensar desde donde estamos, los desafíos políticos y culturales del presente.