¿La oposición registra la pelea que le propone Milei?
Los números primero, porque para eso medimos. Desde la final del Mundial hasta hoy —16 días— relevamos 11 intervenciones públicas del Presidente: 7 incluyeron agresiones contra terceros y 4, insultos directos. Unas 20 expresiones agraviantes contra al menos 12 destinatarios: dos jefes de Estado, un juez de la corte suprema de Brasil, un gobernador, una expresidenta, periodistas con nombre y apellido, y colectivos enteros —estudiantes, docentes, investigadores, "los zurdos"—. Más de un agravio por día, sobre un patrón ya documentado: Chequeado contó 1.051 en los primeros 14 meses de gestión y FOPEA registró en 2025 el récord de ataques a la prensa desde 2008. Esto no es un temperamento. Es una agenda.
El insulto es método y opera en tres planos: fideliza el núcleo (el 82% de los votantes de LLA celebra las formas), organiza la conversación (cada agravio dispara un ciclo de indignación-respuesta-cobertura que ocupa todo el espacio disponible) y libra batalla cultural contra los validadores sociales —periodistas, académicos, jueces— que pueden contradecir el relato. La novedad de esta quincena es más grave: el agravio empezó a producir normativa. La secuencia San Pablo → "campaña antiargentina" → DNU que habilita expulsar extranjeros por "mensajes de odio" muestra el circuito completo: el insulto genera la crisis y la crisis justifica el decreto. Un exabrupto se disculpa; un método se legisla.
¿Y la oposición? Registró la pelea. La registró tanto que no registró otra cosa. Kicillof habló de "vergüenza ajena", Massa de las pymes y el empleo que dependen de Brasil, el PJ de agravios "inadmisibles", el radicalismo de inconstitucionalidad. Todo cierto — y todo adentro del encuadre que eligió Milei. En 16 días de escucha, ningún dirigente de primera línea nombró el desvío, ninguno disputó el marco, ninguno logró instalar un tema propio. La semana se habló de lo que el Presidente quiso que se hablara: de él. Indignarse también es amplificar.
Lo que quedaba fuera de plano no era menor: dólar en máximos con futuros a $1.647, una denuncia penal por el uso del avión presidencial, la CGT evaluando paro general, la confianza en el Gobierno en el mínimo histórico de la gestión y la mitad del país declarando que "no aguanta más". El hallazgo central de nuestro informe es una asimetría: el insulto ya no desvía el malestar —los indicadores de fondo siguieron cayendo en la semana de máxima agresividad verbal— pero sigue decidiendo de qué se habla. Lo primero es un problema de Milei. Lo segundo es un préstamo que le hace la oposición. Gratis.
Hace tres semanas este país validó masivamente el modelo inverso —equipo, resultados, no apropiación— y le puso 92% de imagen positiva a un entrenador que perdió una final. Ahí hay una pista que nadie recoge. La respuesta eficaz a un método que vive del conflicto no es el eco ni el silencio: es la agenda propia — hablar de lo que la gente padece, no de lo que el Presidente dice. Milei propone la pelea porque la pelea es su cancha. La pregunta del título tiene respuesta: sí, la oposición la registra; la registra de sobra. Lo que todavía no registra es el juego. Y mientras confunda responder con disputar, cada insulto seguirá comprando lo único que el oficialismo ya no puede comprar con resultados: la centralidad.