Lo siniestro se volvió lunes

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    Sentido común

Lo siniestro se volvió lunes

03 Noviembre 2026

«En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.»
Carlos Jáuregui

Hay una escena que resume una época, y no la filmó un documentalista ni la escribió un sociólogo. La filmaron los propios protagonistas. Lunes a la noche, bosques de Palermo, avenida de los Ombúes. Un grupo de pibes en bicicleta, de esos que hacen stunt, las acrobacias sobre ruedas que se viralizan en TikTok, sale a buscar a las mujeres trans que trabajan en la zona. Primero las provocan, se van y vuelven en patota, con palos, ramas y conos de tránsito. Graban todo y lo suben con emojis de risa. Uno queda bautizado como "el matatrans" y lo cuenta orgulloso. Lo importante no es solo lo que hicieron, es que lo mostraron. Antes la violencia se escondía, buscaba la oscuridad, tenía vergüenza de sí misma. Esta no. Esta busca público, y lo busca porque sabe, o cree saber, que va a encontrarlo. Ahí está el cambio de época: en la convicción de que hay una tribuna esperando del otro lado de la pantalla. Freud llamaba siniestro a lo familiar que de golpe se vuelve monstruoso. No hay mejor definición para lo que pasó el lunes.

Hace un tiempo escribí que lo que antes nos hubiera parado en seco había pasado a ser martes. La frase quedó corta. El odio ya tiene la semana entera repartida. El lunes les tocó a las mujeres trans de Palermo. El miércoles, como todos los miércoles, les toca a los jubilados frente al Congreso, gas pimienta contra personas de ochenta años que piden remedios. Y entre un día y otro, sin cámaras ni videos virales, una fábrica que baja la persiana, un trabajador que se queda en la calle, una universidad que no sabe si llega a fin de año. Así la crueldad va armando su agenda, con días fijos, como una feria. Lo que impresiona no es que haya violencia, porque violencia hubo siempre. Lo que impresiona es la regularidad. La represión de los miércoles ya no es noticia, es un dato del clima, el cierre de una fábrica ya no abre los noticieros, y un país que se acostumbra a ver una jubilada gaseada cada semana ya está preparado para reírse de una trava apaleada un lunes. El acostumbramiento es la verdadera obra pública de este gobierno: no hizo rutas, hizo costumbre.

Conviene no simplificar. Milei no inventó el odio. Lo encontró, lo leyó mejor que nadie y lo convirtió en lenguaje de gobierno. Había un malestar real, una bronca acumulada, una generación de pibes que repartía en bici con tres aplicaciones abiertas y ningún derecho, que miraba la política como se mira a un vecino que no te saluda. Ese malestar existía antes de él. Lo que hizo Milei fue darle destinatario. Le dijo a cada enojado contra quién estar enojado: el zurdo, el empleado público, el docente, el jubilado que no aportó, la persona con discapacidad que cobra un curro, la diversidad que según él es una moda. Y cuando la palabra presidencial nombra enemigos todos los días, alguien termina tomándola al pie de la letra. Según rastreó la politóloga Gabriela Ivy, el ataque de Palermo se organizó desde cuentas libertarias. Puede ser o no ser orgánico, y eso es casi lo de menos. El odio de época no necesita organigrama. Funciona como una playlist: nadie te obliga a escucharla, pero suena en todos lados. Y lo más inquietante es la edad de los que la escuchan. Son pibes. Una derecha que no se forma en el cuartel ni en la parroquia sino en el algoritmo, que no tiene doctrina sino memes, y que confunde la crueldad con la rebeldía. Ese pibe que pega y se ríe también es un pibe que perdimos, y quizás sea el mismo pibe al que le cerraron la fábrica al padre y la universidad en la cara. La pregunta incómoda para nosotros es cuándo dejamos de hablarle.

Y hay otra pregunta incómoda, que no es para nosotros. Es para los que votan. En 2023 el voto a Milei podía leerse como un grito, como el voto de alguien desesperado que quería romper todo porque nada le funcionaba. Ese voto tenía algo de apuesta a ciegas. Hoy ya no hay ciegos. Los miércoles están filmados. Las pensiones cortadas tienen nombre y apellido. Los hospitales sin insumos, las universidades sin presupuesto, las fábricas cerradas, los trabajadores desocupados, las mujeres trans de Palermo: todo está a la vista. El voto dejó de ser un grito y se volvió una firma, y quien firma se hace cargo de lo que firma. No es lo mismo enojarse con la casta que avalar la cacería. No lo digo con desprecio, porque el peronismo nunca ganó despreciando a nadie: ganó yendo a buscar al que se había ido, sentándose en su mesa y discutiéndole de frente. Pero discutir de frente también es decirle la verdad, o por lo menos nuestra verdad. No hay voto neutral frente a un gobierno que convirtió la crueldad en programa. El que vota no apoya solo la baja de la inflación. Apoya el paquete completo. Y el paquete trae esta sociedad.

Por eso lo que viene no se resuelve solo con una elección, aunque la incluya. Lo que hay que construir es un freno. Un dique, en el sentido más literal: algo que contenga lo que viene bajando con fuerza. Y ese dique no es moral, es político. No se trata de escandalizarse en Twitter, que es la forma más cómoda de no hacer nada. Se trata de volver a producir un sentido común donde pegarle a una mujer trans no sea contenido, donde una jubilada gaseada nos dé vergüenza como país, donde la noticia sea la apertura de una fábrica y no su cierre, donde un pibe que entra a la universidad pública sea una costumbre y no una hazaña. Ese sentido común no es una utopía, porque ya existió. No fue un regalo, fue la pelea de miles y miles de argentinos y argentinas que pusieron el cuerpo cuando ponerlo costaba la vida, y que hoy vuelve a costarla. La Argentina ya demostró que puede ser otra cosa. La disputa es por cuál de las dos va a ser costumbre.

Hoy, mientras escribo esto, hay paro universitario. El miércoles, como siempre, la ronda de los jubilados. El sábado, la Marcha del Orgullo. No son agendas distintas, es la misma: la de los que no se resignan a que la crueldad sea el idioma del país. Lo siniestro se combate como se combate cualquier costumbre, con otra costumbre. Estar. Volver a estar. Hasta que ningún día de la semana vuelva a ser el día del odio.