Mi amigo, el “transa”
El “transa” hace referencia a una persona que transacciones drogas ilegales, conectado a la oferta y la demanda, de un mercado ilegal. Sin una lupa moral, el “transa” es lo que hace.
Sin embargo, históricamente esta figura desde la perspectiva de personas vinculadas a la actividad delictiva, era catalogada como “arruinaguachos”, misma apreciación que se tenía del violador en el escenario carcelario.
¿Se puede ser amigo de un “arruinaguachos”? No lo sé, pero lo que si vengo observando es que el “transa” viene hace años lavando su imagen y he escuchado relatos que expresan la noción de “mi amigo, el transa” lo que me lleva a pensar que algo cambió.
Asimismo, el “transa” en un barrio del conurbano tiene una imagen, en un barrio del sur de la Capital Federal tiene otra y en un barrio del norte de la Ciudad tiene otra imagen. Posiblemente alguien ha escuchado la frase “mi amigo, el que vende”. Ni hablar si las ganancias obtenidas por el “transa” lo llevan a instalarse en un barrio privado de por ejemplo el norte de la Provincia de Buenos Aires, ahí directamente puede pasar a ser considerado “mi mejor amigo”.
Ahora bien, estos personajes son protagonistas en el escenario del mercado ilegal de drogas de la Argentina. Y tienen sus particularidades, en relación a que vende y cuánto vende.
Me interesa dejar en claro que la dimensión de la oferta en este mercado debe ser un ámbito de acción de la seguridad pública. Y que la dimensión de la demanda consideró que debe ser el ámbito de acción de la salud pública.
También es muy importante evitar categorizar a estos personajes como algo que no son, porque nos puede llevar a confundir la forma de abordarlo.
Un “transa” no es un narco, ni mucho menos un cartel.
Más que nada porque si estamos en presencia de un fenómeno que se expande horizontalmente en el territorio a partir de esta figura, no creo que sea certero hablar de “narcoterrorismo” como el discurso oficial viene sosteniendo, mismo porque el concepto de “narcoterrorismo” utilizado por el Presidente de Estados Unidos puede responder más a una estrategia de penetración territorial con otros objetivos, que nada tienen que ver con perseguir al narcotráfico.
La horizontalidad del mercado ilegal de drogas hace referencia al hecho de que los puntos de ventas en donde operan los “transas” se están expandiendo territorialmente. A diferencia de la verticalidad del fenómeno que hace referencia a organizaciones que en su punta más alta se vinculan con grandes comercializadores de distintas drogas, en esa dimensión si podemos ser precisos y hablar de crimen organizado, con toda su complejidad.
En relación a la horizontalidad no es solo lugares estáticos en un barrio, como puede ser un “bunker” o la casa misma del “transa”. Sino que estos personajes pueden tener una dinámica desterritorializada, en donde se mueven hacia puntos de consumo, como por ejemplo una fiesta, una jodita, un after, etc.
Por lo tanto, se puede empezar a iluminar sobre la forma y los modos con los que opera el “transa” según si está ubicado territorialmente en un lugar o en otro y también si se mueve hacia los espacio donde el consumo está presente.
Cualquiera que tenga diálogo con referentes y vecinos de sectores sociales en donde la vulneración de muchísimos derechos es parte del escenario social, podemos dar cuenta de cómo el “transa” opera en el barrio. Ubicado en una casa, en alguna manzana, podemos dar cuenta de que vende, cual es la forma en la que vende, cómo se relaciona con los demás vecinos y hasta como va ocupando tareas que deberían ser responsabilidad del Estado. Ejemplo de esto es lo que describen muchísimos curas villeros que patean distintos barrios.
Ahora bien, el ingreso a este mercado puede ser trabajando para el “transa” en alguna de las tareas que este necesite para sostener y/o ampliar su negocio. Por lo tanto, como un actor central de este mercado genera una suerte de distribución de los ingresos, ya sea teniendo a otros “transas” más pequeños que trabajan para él o generando otros puestos de trabajo.
Y ¿por qué trabajan para el transa? porque es una forma de obtener dinero si no se llega a fin de mes o de la quincena, porque es la forma de tener plata para pagarse un asado para la familia, celebrar un cumpleaños, armar una jodita con amigos, etc. Asimismo, el ingreso proveniente de este mercado genera otros consumos en otros rubros comerciales.
También es un mercado que puede proyectar un símil ascenso social, porque si al “transa” le va bien puede salir del barrio dejando a otra gente que trabaje para él y mudarse a una zona más residencial con otro poder adquisitivo. Ya sea en la capital federal o en zonas de barrios residenciales del conurbano.
Este mercado tracciona fuerte en contextos donde la desigualdad está muy presente, pero no solamente ahí. En barrios de la capital federal, se puede dar cuenta como se montan negocios en departamentos, como pantalla para comercializar distintas drogas. Y ahí la dinámica cambia, porque se pueden enviar deliverys y concretar ventas vía redes sociales.
Pero en el fondo es la misma lógica, participar del negocio para obtener recursos que permitan satisfacer determinadas metas y objetivos culturales y sociales. Ni hablar cuando el “transa” alcanza la casa con pileta en un barrio privado o se empieza a mover en un auto de marca alemana por ejemplo.
Entonces así es como esa figura que era considerada “arruinaguachos” va mutando, va limpiando su imagen y se convierte en “mi amigo, el transa”. En principio ponerle luz a estas cuestiones, poder pensarlas, no busca el estigma, ni la persecución. Pero permite encarar y dimensionar un mercado que va creciendo, por otro lado permite también pensar políticas públicas en materia de seguridad que sean más certeras, para no caer en los discursos vacíos de la “guerra contra el narcotráfico”.
Más que nada viendo como Brasil encaró estos combates con fuerzas especiales como el BOPE (recomiendo la película “Tropa de elite”) y el resultado está a la vista, no solo no lo resolvieron sino que se sigue complejizando y manteniendo la violencia como su característica más notoria.
Lo interesante para observar es que esta figura del “transa” es transversal a los distintos niveles socioeconómicos. Hay “transas” en las villas, en los barrios de clase media, media alta y en los barrios privados. A su vez, también podemos observar que existe una oferta de drogas que también tiene demandas distintas según la clase socioeconómica. Desde drogas más “cool” como el MDMA y drogas más “turbias” como la cocaína o el “tusi”.
Pero si nos remontamos a la década del ‘90 la cocaína era una droga predilecta de personas perteneciente a clases más pudientes, en la actualidad el consumo de cocaína está proliferando en personas de barrios de menor poder adquisitivo.
Algo para pensar alrededor de este actor central para la distribución y comercialización, es el volumen de dinero que suelen recaudar. Pensar mecanismos de control en relación a las inversiones que hacen para “blanquear” la plata, pueden ser herramientas más efectivas para incidir sobre un mercado que se está expandiendo.
Pensar y poder caracterizar la figura del “transa” nos puede aportar al conocimiento de un fenómeno que se expande y afecta a la sociedad, erosionando aún más los lazos comunitarios. A su vez también nos puede ayudar a dimensionar más los lazos de estos emprendedores de la ilegalidad, con grandes organizaciones narcocriminales que operan en el continente.
Y es fundamental también entender que estos personajes operan en una economía que en el segundo semestre del 2025 tuvo un 43,2% de informalidad laboral, osea que casi la mitad de la Población Económicamente Activa no solo no tiene derechos laborales sino que tampoco pueden tener un margen de mayor estabilidad como quienes sí tienen un trabajo registrado.
El “transa” se nutre de la informalidad, pero además están lavando su imagen de “arruinaguachos”.