La reencarnación cultural: una teoría sobre la continuidad creadora del pueblo argentino
La Argentina conoce desde siempre un fenómeno extraordinario que, hasta donde sabemos, nunca fue formulado como una categoría de análisis. Lo llamamos la “teoría de la reencarnación cultural". Que no designa un misterio ni una metáfora; sino que intenta describir el modo en que las grandes obras históricas, encarnadas en hombres y mujeres concretos, continúan viviendo en las generaciones que las suceden. En nuestro país, esa ley encuentra una de sus expresiones más nítidas en lo que podría denominarse la “herencia del potrero". Que no es otra cosa que la incidencia de un determinado clima cultural, de una data que baja; ese legado invisible mediante el cual una generación fecunda a la siguiente y, casi sin advertirlo, va modelando el ser nacional, la conciencia colectiva y la silueta histórica de la Argentina.
Las grandes personalidades no aparecen por generación espontánea. Son el fruto de una tradición, de una cultura, de una necesidad, tal vez, y de una obra previa que incide y prepara las condiciones para que emerjan. Los pueblos no producen gigantes todos los días, pero lo cierto es que la Argentina siempre tiene el suyo en literatura, deporte, ciencia, música, cine, filosofía, DDHH, técnica, religión, etc. ¿Qué hay en la matriz cultural argentina que permite que, generación tras generación y en disciplinas que no tienen aparentemente nada que ver entre sí, aparezcan individuos capaces de discutir la cima mundial?. Argentina se constituyó como una sociedad particularmente mestiza en términos culturales; la tradición criolla y latinoamericana, la originaria, las grandes inmigraciones, una temprana urbanización, una educación pública de enorme gravitación histórica, universidades masivas, clubes de barrio, bibliotecas populares, sindicatos, sociedades de fomento, teatros, conservatorios, potreros y una vida política extraordinariamente intensa.
Pero agreguemos algo menos mensurable. La cultura argentina posee una relación particular con la creación. Tiene irreverencia frente a la autoridad, cierta indisciplina creadora, una inclinación a discutir lo establecido y una enorme confianza —a veces insoportable, otras veces prodigiosa— en que uno puede hacer las cosas de otra manera. Acá nadie es más que nadie ni menos que nadie. El mismo rasgo que muchas veces dificulta nuestra organización colectiva puede convertirse en el individuo excepcional, en una formidable fuerza creadora. El potrero es quizá su metáfora perfecta; resolver sin manual, adaptarse a casi todos los medios, inventar frente al obstáculo, hacer de la carencia un recurso. Y existe finalmente la transmisión. Nadie comienza verdaderamente desde cero.
En última instancia, esta teoría de la reencarnación cultural no es sino una tentativa de describir un rasgo constitutivo del ser nacional argentino; esa capacidad, tan propia de nuestro pueblo, de convertir el legado en fuerza creadora y la memoria en una potencia capaz de engendrar nuevas grandezas, aun cuando las fuerzas antinacionales se empeñan, de manera sistemática, en vaciar nuestras instituciones, nuestras tradiciones y nuestras estructuras sociales para sustituir lo mejor del pueblo por élites cada vez más desvinculadas de la comunidad nacional y espiritual. Veamos.
Mariscal de Mariscales
Podríamos sostener hasta el último día que Néstor Kirchner sería inconcebible sin un Juan Domingo Perón. No porque el Flaco haya sido una réplica ni una prolongación mecánica del General, sino porque toda gran conducción nace sobre una obra anterior que le abre el camino. Kirchner, como miles, respiró el aire político que Perón había dejado en la historia argentina. Se formó dentro de un universo cultural, afectivo y doctrinario que, a pesar de casi dos décadas de proscripción, el peronismo había sembrado durante décadas; una determinada manera de entender la Nación, de mirar al pueblo, de concebir al Estado y de asumir la política como instrumento de transformación histórica. Néstor fue hijo de esa tradición y, al mismo tiempo, uno de sus renovadores más lúcidos desde la muerte del General. Lo cierto es que, sin Perón, la Argentina habría sido otra. Y en esa otra Argentina, desprovista de aquella matriz histórica, difícilmente habría existido el Néstor Kirchner que conocimos.
Esto es más una ley natural que una regla política. A primera vista puede parecer un planteo excesivamente complejo, a la vez que elemental, incluso contrafáctico. Sin embargo, no es más que el análisis retrospectivo de la concatenación de los hechos, pero dotándolos de sentido. Con el diario del lunes resulta posible advertir que la historia no se compone de acontecimientos aislados, sino de procesos que se fecundan unos a otros.
De lienzo blanco en mi corazón
Con Diego Armando Maradona y Lionel Messi ocurre exactamente lo mismo. Messi nació con un talento extraordinario, pero el talento, por sí solo, nunca explica una obra. Lo decisivo fue que, como millones de chicos argentinos, Lionel creció mirando a Maradona, soñando con ser Maradona, intentando hacer lo que hacía Maradona, conduciendo la pelota apilando ingleses bajo el relato mental de Victor Hugo Morale en el ‘86. “Genio del fútbol mundial”. Esa aspiración empujó su capacidad hasta límites que quizá nunca habría explorado de no haber existido ese horizonte de motivación, a la que luego le agregó una perseverancia inigualable. Aunque muy parecidas, el Diego no le transmitió su zurda ni su gambeta; le transmitió la convicción de que un argentino podría ser el mejor futbolista del planeta. Y allá fué Lionel.
Y hay algo profundamente argentino en el hecho de que, cuarenta años después, el destino nos haya vuelto a cruzar con Inglaterra en una instancia decisiva de un Mundial, esta vez en semifinales y con toda la carga histórica y épica de la ocasión. Como si la historia, de vez en cuando y acaso sorprendida de sus propias coincidencias, decidiera conversar consigo misma. En 1986 había sido en cuartos de final, apenas cuatro años después de la guerra de Malvinas, cuando Maradona escribió una de las páginas más profundas de nuestra memoria colectiva; un pueblo encontró en aquella victoria, con el gol más hermoso de la historia de los Mundiales y otro bien pirata —de una justicia poética infinita—, una forma simbólica de recuperar parte de la dignidad herida tras la derrota militar. En el medio volvimos a cruzarnos dos veces en Mundiales, en 1998 y en 2002: ya no estaba Maradona, todavía no había llegado Messi y, cosas de nuestra historia, si estaba Juan Sebastián Verón. Pero para que la historia volviera a adquirir aquella dimensión nacional que había tenido en el Azteca, hubo que esperar cuarenta años y la aparición del otro gran heredero del potrero argentino.
Lo del 15 de julio de 2026 trascendió largamente al fútbol. Fue un hecho político de alcance internacional. En el escenario de mayor visibilidad del planeta y de la tribuna al campo de juego, los jugadores de la Selección Argentina inscribieron un principio de soberanía y transformaron una victoria deportiva en un mensaje político dirigido al mundo, para afirmar ante quienes dudaban o no lo sabían, y entre propios y extraños, que la causa Malvinas sigue siendo un reclamo nacional irrenunciable para el pueblo argentino. El alcance de ese gesto todavía resulta imposible de medir, pero una de sus consecuencias ya puede advertirse; fortaleció la unidad nacional alrededor de una causa que, por encima de las diferencias políticas y sociales, continúa siendo patrimonio común de todos nosotros.
Y ocurrió. Messi y la Escaloneta recogieron aquella obra y la proyectaron sobre una nueva generación de argentinos. No repitieron a Maradona; continuaron la huella que él había abierto para la Argentina. Esa continuidad demuestra que las grandes obras no concluyen con quienes las realizan, sino que permanecen latentes en la memoria de un pueblo hasta que una nueva generación encuentra la manera de hacerlas vivir otra vez.
Argentina todavía no ha dado su último gran futbolista
Por eso sostenemos que Messi no es solamente un genio individual. Es también una creación cultural de la Argentina que Maradona ayudó a moldear. Y, al mismo tiempo, Messi ya está haciendo exactamente lo que hizo Diego con él. De hecho, muchos de esos pibes que pateaban la pelota en sus barrios queriendo ser Messi, ya ganaron un Mundial con él.
Pero existe una diferencia decisiva respecto de la época de Maradona. La obra de Diego se expandía a través de la televisión diferida, de los diarios, revistas y del relato oral de quienes lo habían visto jugar. La obra de Messi se multiplica, en tiempo real y de manera prácticamente infinita, a través de cada pantalla del planeta. Nunca antes un futbolista había podido inspirar a tantos niños, durante tanto tiempo y con tanta intensidad. Si Maradona fecundó el imaginario futbolístico de varias generaciones argentinas, Messi está sembrando, simultáneamente, el de una o dos generaciones globales, sin dejar de ocupar, para los chicos y chicas de Argentina, ese mismo lugar de inspiración que Diego ocupó para él. Por eso, la incidencia de su legado promete ser todavía más extensa.
En ese marco, y siguiendo los regates de este fenómeno, nos animamos a hacer una afirmación que para muchos puede sonar exagerada, pero que, para este autor, es una consecuencia lógica de esta teoría. Argentina todavía no ha dado su último gran futbolista. La obra de inspiración que está dejando Lionel Messi hace pensar que, dentro de una o dos décadas, este país volverá a parir a otro jugador destinado a ocupar la mesa de los más grandes de todos los tiempos. Y cuando eso ocurra no será casualidad, volveremos a comprobar que los grandes nombres no sólo transforman su época; también crean las condiciones y el cultivo para que aparezcan quienes los sucederán.
Si eso sucede, poco importará el orden del podio. Porque el dato verdaderamente extraordinario no será quién ocupa el primer, el segundo o el tercer lugar, sino que, una vez más, serán argentinos. Paciencia, ya lo verán. Quizá entonces comprendamos también la esterilidad de aquella discusión que durante años pretendió obligarnos a elegir entre Messi o Maradona, como si una grandeza necesitara disminuir a la otra para existir. Cosa típicamente de hombres inseguros. Esa falsa disyuntiva termina siendo funcional, aun involuntariamente, a una vieja matriz de pensamiento antinacional; fragmentar aquello que constituye una fortaleza propia, enfrentar nuestras mejores expresiones entre sí y convertir una extraordinaria continuidad cultural en una disputa de bandos, para que dé suma cero. Maradona o Messi es una pregunta equivocada. La verdadera respuesta es mucho más poderosa; Maradona y Messi. Los dos son nuestros.
Ya basta de caer en la trampa, ya conocemos sus consecuencias. Las hemos padecido durante décadas en democracia a través del dispositivo desmalvinizador, en cuya lógica terminaron cayendo incluso no pocos de los nuestros; mirar Malvinas únicamente a través del prisma minusvalidante de la derrota, hasta despojar aquella gesta de todo arrojo, heroísmo y potencia inspiradora. Así se terminó reduciendo a nuestros combatientes a la condición exclusiva de víctimas, cuando fueron protagonistas de una causa nacional y autores de innumerables actos de coraje. Y al quitarles esa dimensión, no sólo se mutiló la historia; se interrumpió la transmisión de su ejemplo a las generaciones que vinieron después. Entonces ocurre una paradoja brutal; un país que tiene historias verdaderas de arrojo, sacrificio y heroísmo termina buscando sus relatos de coraje afuera, en las películas, en las guerras y en los héroes de otros pueblos. Consumimos la épica que otros construyen sobre su propia historia mientras vaciamos de toda potencia inspiradora la nuestra. Aunque, por fortuna, el pueblo llano suele comprender estas cosas bastante mejor que las academias, cierta militancia y las instituciones.
Del fútbol a la política
Pero esta teoría también obliga a formular una pregunta incómoda por fuera del fútbol. Si los grandes hombres o mujeres son el resultado de una tradición capaz de inspirar a las generaciones que los suceden, ¿qué clase de dirigencia política puede nacer de una época caracterizada, precisamente, por la ausencia de figuras capaces de despertar esa inspiración?.
Desde luego, la política responde a una complejidad histórica infinitamente mayor que la del fútbol. Y el fútbol conserva aún una ventaja decisiva; todavía nace, en buena medida, del pueblo. En cambio, a la alta política, casi no le quedan pastores con olor a oveja. Todavía el potrero del fútbol resiste. Y justamente por eso hace años que intentan colonizarlo, disciplinarlo y convertirlo en otra mercancía global, despojándolo de esa extraordinaria capacidad de expresar el alma de una Nación.
Tal vez la historia esté preparando una respuesta distinta. Tal vez, cuando la ausencia de referencias políticas alcanza determinado umbral, sea el propio vacío el que comience a actuar como fuerza creadora. Quizá no sea un nombre propio el que inspire a la generación que viene, sino la conciencia de que ese nombre todavía no existe. Quizá la experiencia del abandono, de la frustración y del vacío estructural termine generando la necesidad de construir aquello que falta. No lo sabemos. Pero sí sabemos que la historia jamás tolera indefinidamente los vacíos. Tarde o temprano, los pueblos encuentran la forma de producir las conducciones que su tiempo reclama.
Religiosidad popular
Existe, además, un caso contemporáneo cuyo desarrollo histórico apenas comienza y cuyas consecuencias probablemente sólo puedan medirse dentro de varias décadas: Francisco.
Todavía es demasiado temprano para comprender la magnitud de su legado. Salvo los dotados de visión secular, los contemporáneos rara vez alcanzamos a dimensionar a quienes transforman su tiempo. Pero Francisco no nació en el vacío. Es hijo de una tradición profundamente argentina y latinoamericana; la religiosidad popular. Tardamos toda nuestra historia para producir un hombre de magnitud universal, salido del barrio de Flores. De esa manera tan singular que tienen nuestros pueblos de vivir la fe, no como una experiencia individual encerrada en los templos, sino como una expresión comunitaria que camina junto al trabajo, al barrio, a la familia, a la solidaridad y a la dignidad de los humildes. Su lenguaje, sus gestos y su concepción de la Iglesia serían incomprensibles sin ese humus cultural del que emergió.
Pero la muerte de Francisco no es su última estación. Es su primera vida. La vida de su legado, de la praxis, de la inspiración y de esa herencia cultural que comienza a independizarse del hombre para ingresar definitivamente en la historia, mucho más allá del inigualable rol institucional que desbordó. Si ha de seguir vivo, deberá hacerlo en las aulas, en los sindicatos, en los barrios, en las organizaciones libres del pueblo; allí por donde se recrea todo lo nacional y, claro está, en las nuevas generaciones que todavía creen que la política social puede ser una herramienta de liberación nacional y de dignificación humana.
Pero las grandes figuras históricas rara vez son comprendidas por las élites de su tiempo. Son los pueblos quienes, lentamente, las incorporan a su propia conciencia. También ocurrirá con Francisco. Porque su muerte no clausura su biografía; inaugura una fuerte tradición. Y si la Argentina aspira alguna vez a reconstruir una patria libre, justa y soberana, deberá internalizar a Francisco no como un Papa argentino, sino como uno de los grandes legados políticos, culturales y espirituales que este pueblo dejó para sí mismo y para convidar a América Latina.
La trama circular del ser nacional
Hay algo todavía más profundo en la Selección Argentina de fútbol que ayuda a comprender esta idea de la reencarnación cultural. Basta mirar a sus jugadores cuando termina un partido. Muchos provienen de hogares trabajadores, de clubes de barrio del interior provincial, de familias donde la pelota convivió desde temprano con el sacrificio, la madre, la abuela, el barrio y una religiosidad sencilla que nunca necesitó demasiadas explicaciones. Aparecen entonces los tatuajes de Cristo y de la Virgen, la señal de la cruz antes de entrar a la cancha, la mirada al cielo después del gol, el agradecimiento a Dios, el agua bendita, las promesas y los rituales. No es teología académica. Es religiosidad popular; esa forma profundamente argentina y latinoamericana de vivir la fe mezclada con la vida cotidiana, el deporte, la familia, el trabajo, la calle, el sufrimiento y la esperanza.
Y alrededor de esos jugadores aparecen otras capas de la misma cultura. Aparece el bombo del Tula, que mucho antes de convertirse en una postal de los mundiales había acompañado durante décadas la liturgia callejera del peronismo. Aparece también la conducción de la AFA en la figura del Chiqui Tapia, un hombre proveniente del ascenso y con raíces concretas en el mundo del trabajo organizado; ya que fue trabajador de la recolección y llegó a ser secretario de Organización del Sindicato de Camioneros, con códigos bastante diferentes de los que gobiernan las corporaciones del fútbol global. Y aparece, finalmente, el trapo de “Las Malvinas son argentinas” levantado por los propios jugadores, incorporando la causa soberana a la celebración deportiva sin necesidad de que ningún intelectual les explicara previamente su significado.
No sostenemos, naturalmente, que la Selección sea peronista ni que cada futbolista posea una conciencia política elaborada sobre estas cuestiones. Sería reducir el fenómeno a lo superficial. Sostenemos algo más interesante en el plano de lo histórico; todos ellos vienen de algún lado. Y cuando uno empieza a seguir los hilos, descubre que esos hilos se cruzan. El potrero con el barrio; el barrio con el trabajador; el trabajador con el sindicato; el bombo con la movilización popular; la Virgen con la madre y la abuela; la religiosidad popular con Francisco; Malvinas con la conciencia y el orgullo nacional; Maradona con Messi; Messi con los chicos que hoy vuelven a patear una pelota soñando con ser él.
Y entonces todo vuelve al punto de partida. Aquello que solemos contemplar como fenómenos separados —el fútbol, la fe, el peronismo, Malvinas, el barrio, la familia, la cultura popular— quizá sean manifestaciones diferentes de una misma sedimentación histórica. Ninguna determina mecánicamente a la otra, pero todas se rozan, se transmiten, se mezclan y vuelven a aparecer bajo formas nuevas. Eso es, precisamente, lo que intentamos describir con la reencarnación cultural. No la repetición del pasado, sino su misteriosa persistencia dentro de lo nuevo. Una generación cree estar comenzando desde cero y, sin saberlo, lleva consigo palabras, gestos, símbolos, memorias, creencias y lealtades que vienen caminando desde mucho antes de que ella naciera.
Quizá, después de todo, la teoría de la reencarnación cultural no hable de Maradona, de Messi, de Perón o de Francisco. Hable de Argentina. De ese misterio histórico que somos y por el cual, aun en los momentos de mayor drama y de mayor incertidumbre, cuando todo parece indicar que el proyecto antinacional ha logrado vaciar por completo nuestras tradiciones y hasta nuestra esperanza, el pueblo vuelve a crear. Vuelve a producir una obra, un hombre, una mujer, una idea o un gesto capaz de reabrir el curso de la historia.
Esa es, acaso, nuestra mayor riqueza nacional. No el trigo, ni la carne, ni el litio. Nuestra mayor riqueza es esa inagotable capacidad de fecundar generaciones en ese maravilloso crisol de razas que somos. Lamentablemente la política mira para otro lado. Pero mientras esa fuerza siga viva, mientras exista un potrero, un sindicato, un aula, una parroquia, un barrio, una procesión, una plaza, una olla popular, una familia alrededor del pan, o cualquier otro espacio donde un argentino pueda inspirar a otro argentino a ser un poco mejor que él mismo, o un clima donde una generación pueda transmitir a la siguiente la memoria, la inspiración y la voluntad de superarse colectivamente, la historia nacional y popular seguirá escribiéndose. Porque, al fin y al cabo, los grandes nombres pasan, lo que permanece es el pueblo que los hizo posibles. Y mientras ese pueblo conserve la voluntad de recrearse a sí mismo, la Argentina siempre encontrará la manera de volver a parirse. Allí radica toda nuestra esperanza.
Como nos enseñó Francisco; el tiempo es siempre superior al espacio.
"Podríamos sostener hasta el último día que Néstor Kirchner sería inconcebible sin un Juan Domingo Perón. No porque el Flaco haya sido una réplica ni una prolongación mecánica del General, sino porque toda gran conducción nace sobre una obra anterior que le abre el camino"