Un Mapa de Esperanza para la Nación por Construir: A un año del fallecimiento del Papa Francisco

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Un Mapa de Esperanza para la Nación por Construir: A un año del fallecimiento del Papa Francisco

21 Abril 2026

“Yo soy argentino, educado por el pueblo argentino, 
con sus riquezas y sus contradicciones: heredé todo.”

(Papa Francisco, 2023)

 

A un año de su partida, esta afirmación de Francisco adquiere una profundidad singular. No es solo una referencia biográfica; es una toma de posición. Reconocerse hijo de un pueblo implica asumir su historia sin idealizaciones ni negaciones, amando sus luces y sus sombras como el único punto de partida posible para la transformación. En ese gesto se condensa una de las claves de su legado: no hay cambio verdadero sin pertenencia, sin arraigo y sin un amor concreto a la comunidad real.

La crisis social, económica y espiritual que atraviesa nuestro país y el mundo no puede ser leída como una tragedia inevitable frente a la cual solo cabe la resignación. Es más bien una hora de la verdad, un tiempo que sacude nuestras seguridades, pone en cuestión nuestras prioridades y deja al descubierto la solidez —o la fragilidad— de nuestro corazón.

En este horizonte, el legado de Francisco no ofrece respuestas prefabricadas, pero sí un modo de situarse frente a la realidad. Un camino que puede sintetizarse en tres movimientos fundamentales: ver, juzgar y actuar. Ver la realidad sin filtros, especialmente desde las periferias; juzgar a partir de un discernimiento ético y espiritual; y actuar con compromiso histórico para transformarla. No alcanza con denunciar, es necesario organizar la esperanza y construir desde la vida concreta de nuestros pueblos caminos de liberación.

Pero organizar la esperanza no puede ser sólo un eslogan; es una tarea exigente que comienza con una interpelación radical: ¿Creemos verdaderamente que este mundo puede cambiar?. Porque si en lo profundo, en lo más profundo de nuestro ser, no estamos convencidos de esa posibilidad ¿cómo sostener el esfuerzo de transformarlo? ¿Cómo atrevernos a soñar un futuro distinto?

Para Francisco la esperanza no es un complemento de la acción política o social, es su punto de partida: “La esperanza —afirmó— hace que uno entre en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz” . No se trata de un sentimiento ni de un optimismo ingenuo, se trata de una condición de posibilidad histórica. Sin ella toda transformación queda anulada antes de comenzar.

En este sentido, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es el modo en que miramos la realidad. Podemos tener diagnósticos certeros sobre la injusticia, la pobreza o la exclusión, pero cuando esos diagnósticos derivan en el desaliento, en la queja permanente o en la convicción de que “no hay salida”, terminan funcionando como aliados del mismo sistema que se critica.  En cambio, la esperanza nos enseña a mirar de otro modo, nos recuerda, sobre todo en tiempos de dolor y sufrimiento, que lo que vemos no es todo lo que hay.

Es urgente aprender a mirar y tomarse el tiempo para ver, no simplemente observar; sino dejarse afectar por la realidad. En la última encíclica en vida, “Dilexit Nos” ("Nos amó"), el Papa Francisco nos presentó la importancia de recuperar el corazón. En el presente el hombre tiende a perder su centro frente a la liquidez de los valores, la lógica liberal individualista y las injusticias del mundo. Volver al centro, volver al corazón plantea Francisco, es la puerta de entrada para dejarse interpelar, conmocionar por el otro y por su dolor. 

Algunas claves de este “tiempo para ver” permiten comprender mejor esta actitud:
●    Concentrarse en lo concreto: evitar las abstracciones que paralizan y mirar los rostros, las historias y las situaciones reales.
●    Ir a la periferia: mirar el mundo desde los márgenes para comprenderlo en su verdad más profunda.
●    Dejarse tocar por el dolor: abrirse al sufrimiento ajeno como camino de transformación personal y social.
●    Reconocer los bloqueos internos: el narcisismo, el desánimo y el pesimismo que cierran la posibilidad de futuro.

Mirar así implica un discernimiento y una conversión. Es dejar de ubicarse como espectador de lo que sucede y comenzar a implicarse en la historia.Y es precisamente desde esta mirada renovada que se vuelve posible recuperar una pregunta mayor: ¿hacia dónde queremos ir como pueblo?

En continuidad con su pensamiento como pastor en Argentina, Francisco insistió en una idea central:  la Nación no es un dato, es una tarea.“La Nación por construir” no remite a un ideal abstracto, sino a un proceso histórico concreto: el esfuerzo de llevar adelante un proyecto colectivo que incluya a todos.

Pensar un país mejor implica recuperar el rumbo y, con él, la utopía.El verdadero problema no es solo económico o político, es también cultural y espiritual: el desarraigo, el individualismo, la fragmentación y la exclusión han debilitado el sentido de pertenencia.

En la Argentina actual nos encontramos con sus autoridades centrales que promocionan el odio y violencia como forma de vida. Insultan, reprimen a sus jubilados, desatienden a sus enfermos, y proponen a la juventud valores competitivos e individualistas como forma de realización, donde parece que el conflicto es la única forma de relacionarse con el otro; donde pisarle la cabeza al afligido, al tirado en el suelo o al pobre es la opción correcta. En este escenario el corazón argentino se encuentra en juego, los valores de fraternidad, solidaridad y comunidad se ponen en jaque todos los días. Volver al corazón es volver a nuestras raíces que nos convirtieron en una Patria. Debemos recordar que solo con todo el hombre y con todos los hombres hay posibilidad de futuro para una Nación, donde la comunidad y sus miembros se puede realizar:  “Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud «si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros”  

Francisco nos invita a pasar de la queja a la construcción, del pesimismo a la esperanza organizada, de la fragmentación a la fraternidad. La Nación por construir no es una consigna del pasado ni un ideal lejano; es un desafío presente, es una llamada a responder.

 

Federico Perez Wrubel (@fedewrubel), Prof. en Filosofía y Mag.en Economía Social y Filosofía. María Laura Gomez (@maria_lau_gomez), Lic.en Resolución de Conflictos y Mediación, Prof en Filosofía y Ciencias Sagradas.