"De batallas y de amores": la historia bien contada

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SHOW MUSICAL

"De batallas y de amores": la historia bien contada

10 Mayo 2026

¿Qué valor tiene hoy una pregunta? No como recurso retórico, no como ornamento intelectual, sino como gesto político, casi como acto de resistencia. De batallas y de amores se instala precisamente en ese territorio: el de la pregunta como apertura, como fisura en el discurso cerrado, como invitación a pensar en un tiempo que parece exigir definiciones rápidas y posiciones inamovibles.

El gesto inicial ya es toda una toma de posición: el espectáculo no se para en la polarización ni en la lógica de la grieta. No juega a ese ping-pong de certezas donde todo rebota y nada se transforma. Propone otra dinámica, más cercana a un espacio donde las voces se entrelazan y se afectan mutuamente: amalgamarse, hacerse parte de lo que sucede en escena. Porque contar la historia de un país no es proyectar una película lejana, es reconocerse en un montaje donde también estamos editados. No la deja congelada en una vitrina del pasado; la trae al presente como una conversación inconclusa que insiste.

Entonces aparecen las preguntas, no como decoración intelectual sino como motor. ¿Qué preguntas nos estamos haciendo? ¿Cuáles evitamos porque incomodan? ¿Qué lugar tiene hoy el pensamiento crítico en un mundo que premia la velocidad antes que la profundidad, la literalidad antes que la alteridad?. La obra parte de ahí, de una intuición incómoda y necesaria: hoy, quizás, lo más heroico sea no cerrar el sentido, sino abrirlo. No entregar certezas en bandeja, sino invitar al otro a pensar, a sostener la incomodidad, a construir una mirada propia frente al relato histórico.

Hay algo más en juego: la imposibilidad de quedar afuera. La obra no permite la neutralidad cómoda. Empuja, con sutileza pero con firmeza, a tomar posición. No en el sentido de elegir un bando prefabricado, sino en el de asumir que mirar también es una forma de decidir. Que incluso el silencio es una respuesta. Y que, frente a lo que se despliega en escena, cada espectador queda implicado en esa trama.
Porque las batallas no son solo las de los manuales. Son también las propias. Las que se juegan en voz baja, las que nos fueron constituyendo. ¿Cómo fuimos hechos? ¿Qué relatos nos habitan? ¿Qué partes de esa historia seguimos repitiendo sin saberlo? La obra trabaja en ese cruce: lo colectivo y lo íntimo como dos corrientes que se entrelazan.

Uno de los puntos más interesantes es su forma: no es solo la actuación de Luisa Kuliok, para que eso cobre espesor, tiene que suceder al mismo tiempo la canción de Hernán Lucero y la melodía de Facundo Ramírez. Hay ahí un trabajo conjunto donde nada funciona por separado. La palabra necesita de la música y la música de la palabra. Es en ese cruce, en esa simultaneidad, donde la escena encuentra su verdadera fuerza. La curaduría del espectáculo es precisa y eficaz. 

En medio de tanta devaluación de la palabra, no como consigna vacía, sino como recuperación de sentido. Volver a quienes somos y fuimos para entendernos mejor.

Si vamos a volver sobre la idea de patria, entonces saber qué pensaban quienes la liberaron, con sus tensiones y contradicciones. Y si el discurso va a ser de odio, la respuesta acá es otra: más cultura, más arte, más complejidad.
La obra es “Un contagio de lo patriótico”, dice Luisa Kuliok en una nota. En medio de tanta devaluación de la palabra, no como consigna vacía, sino como recuperación de sentido. Volver a quienes somos y fuimos para entendernos mejor.

Desde la independencia, pasando por las guerras civiles hasta la democracia, la canción y la poesía se vuelven protagonistas. Y en ese recorrido, Ramírez, Kuliok y Lucero son, ante todo, mensajeros. Canalizan una palabra que busca llegar al espectador no solo como idea, sino como experiencia.
Las canciones que atraviesan el espectáculo pertenecen al tango y al folclore, a un repertorio que forma parte de lo que somos. No aparecen como recuerdo ni como guiño: funcionan como una forma directa de narrar. En esas letras hay modos de pensar, de sentir, de decir el país. Y al entrar en este entramado escénico, no repiten lo ya sabido: cambian de lugar, se resignifican y abren nuevas lecturas sobre aquello que creíamos conocer.

Los tres forman el tejido donde cada elemento parece decirle al espectador: esto también es tuyo.
No hay distancia cómoda. La obra no permite ese gesto de mirar la historia desde afuera. La acerca, la vuelve cuerpo, la vuelve pregunta personal. ¿Dónde estoy yo en todo esto? ¿Qué parte de esas batallas sigue siendo mía? ¿Qué de esos amores todavía me nombra? 

En tiempos donde el discurso muchas veces separa, clasifica, ordena en bandos, la propuesta es otra: integrarse. Hacerse parte. Entender que pensar la historia no es elegir un lado fijo, sino animarse a habitar su complejidad.

Son las batallas y son los amores. No como polos opuestos, sino como capas que se superponen hasta formar un relato. No hay una épica sin afecto ni un afecto que no haya sido atravesado por conflicto. Lo que la obra sugiere es justamente eso: que la historia no avanza solo a fuerza de gestas, sino también de vínculos, de decisiones íntimas, de gestos mínimos que terminan haciendo trama.

En De batallas y de amores, esa sumatoria no es prolija ni lineal. Las batallas cuentan lo que se disputó; los amores, lo que se sostuvo. Y en ese cruce aparece algo más complejo: una identidad que no se puede reducir a una sola versión de sí misma.

La obra trabaja sobre esa acumulación. No selecciona un único tono, no baja una lectura cerrada. Deja que convivan la épica y la fragilidad, la construcción colectiva y la experiencia personal. Porque, en definitiva, ¿qué es la historia de un país sino esa suma desordenada de enfrentamientos y afectos? ¿Qué queda cuando se apagan los discursos si no son las marcas que dejaron esas dos fuerzas?

Ahí es donde la propuesta cobra espesor. No se trata solo de recordar, sino de entender cómo esas batallas y esos amores siguen operando en nosotros. Qué heredamos, qué repetimos, qué transformamos. Como si cada escena fuera una pieza más de ese rompecabezas siempre incompleto que somos.
Y ahí, en esa incompletitud, saberse.