La crueldad estaba ahí: una respuesta silenciosa en la narrativa de Marcelo Britos

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    Marcelo Britos
    Foto: Marcelo Britos
DEBATES

La crueldad estaba ahí: una respuesta silenciosa en la narrativa de Marcelo Britos

10 Mayo 2026

“¿Por qué permitimos que ocurriera? ¿Por qué una mayoría silenciosa e indiferente, miró impávida cómo se llevaban a sus vecinos, incluso a sus propios parientes? ¿Hasta dónde podemos seguir culpando por esa indiferencia al enorme aparato publicitario de la Junta que adormecía las conciencias?”, se preguntó Estela de Carlotto cuando se cumplieron 40 años de lo que conocíamos (en un principio) como Golpe Militar del 76.

Marcelo Britos, gran prosista rosarino, quedó fuertemente atravesado por ese momento al que dejó reflejado en una trilogía (La Rote Kapelle, Aurelia Rivera, 2019; El Aserradero, UNR Editora, 2022; y ¿cierra? ahora con esta novela, El casero, Aurelia Rivera, 2025) donde el golpe forma el marco contextual, unificador de la historia, vale decirlo.

Sin embargo, es la crudeza de un personaje que podría ser tildado de “simple”, de ese que uno, al enterarse, podría decir “si parecía una persona normal”, quien deja al lector con la cabeza gacha, intentando (al igual que en Rojo, película escrita y dirigida por Benjamin Naishtat en 2018) “lavarse las manos” de un accionar individual que cuenta con el aval de la violencia colectiva, la que no corrige y hasta parece permitir.

La Banalidad del mal, eso que Hanna Arendt supo describir tan bien y muchas veces citamos sin entender realmente de qué se trata. Britos, en esta trilogía pero especialmente en este último libro, construye una respuesta a esa pregunta inicial.

En la primera, La Rote Kapelle, es una persona quien recuerda su etapa de joven en el secundario (lleva la voz narradora) mientras el proceso le va pasando por el costado, eso que no entiende claramente en esa época, pero sospecha y comprende con el paso de los años. Sobretodo, lo que a la sociedad le corresponde.

En el segundo, El Aserradero, dos jóvenes intentan desenterrar una biblioteca en el terreno heredado donde el antiguo propietario habría colocado en alguna parte de ese lugar y ellos sueñan con que vuelva a la luz.

Es decir, el Golpe no es obviado, claramente. Sin embargo, no es el tema principal, no es algo que les está ocurriendo directamente a los personajes sino que ellos construyen recuerdos en esta trilogía que van ocupando esos espacios en blanco de la Memoria.

Al igual que en los otros dos, el Magister de Literatura escribe en El Casero de una forma tal que los diálogos son justos, diría que los necesarios, y es el narrador en tercera persona el que lleva el peso de la acción, a tal punto que casi la convierte en primera.

A diferencia de mucha narrativa contemporánea, la prosa de Marcelo Britos cuida la descripción; se demora en el grano fino de las imágenes, y su hábil manejo del estilo indirecto libre le permite insertar una voz autoral con naturalidad”, asegura Beatriz Vignoli con absoluta certeza.

Es que en este libro, el rosarino pone sobre el tapete aquel pensar que imita a quienes ocupan el poder y, por ello, se sienten habilitados para seguir esos lineamientos sin sentir que de dicha forma pueden incurrir en un error.

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el casero

Britos, en El Casero, despliega crueldad. Gaetano, el personaje que sostiene y nos lleva a través de la narrativa, es contratado para trabajar en los terrenos y la casa que  comprende una quinta alejada (o no tanto) del casco urbano.

En silencio, en un clima denso y recibiendo poco respeto en el trato hacia lo que él hace (limpiar, desmalezar, hacer compras), descubre que algo raro pasa en esa casa y lejos de chocar con ello, se identifica con sus patrones: “violencia, el accionar, los modos y la maldad de quienes frecuentan el lugar y le dan órdenes a él”, como Inés Busquets bien marca esa clandestinidad.

Eso sorprende al lector y, por supuesto, lo incomoda. La Dictadura habilita y saca lo peor del casero, que empieza a utilizar ese poder sobre situaciones cotidianas, inserta la aventura que recorre casi en un policial, aunque no termina de convertirse en uno. Muchos recuerdan en ello el accionar de Piglia, a quien Britos reconoce tener cierta simpatía, pero no puedo dejar de notar un no buscado acercamiento con Cicactrices, de Saer, donde la violencia parece colarse en eso que llamamos normal. Y, por supuesto, Kordon.

 "He conocido hombres y no héroes. No me interesan como tales. Y por eso mismo no siento la necesidad de meter héroes en mis obras". Esto lo podría haber dicho Britos, fue Bernardo, al que el primero rescata en su escribir.

Sin realizar una ubicación determinada en tiempo y espacio, uno sospecha que el narrador ubica el relato en los ochenta, sobre el final de este largo proceso. Con el diario del lunes, también podemos oler la cercanía de la guerra de Malvinas y me sorprende que la herramienta utilizada para reafirmar ese poder que Gaetano descubre en esa casa y replica en otro ámbito, sea una pala. Un elemento tan utilizado en su trabajo, pero también por quienes combatieron. Una herramienta usada más para cavar en forma de protección y para enterrar lo que ya no puede ser protegido.

Gaetano vuelve silencio el ruido que lo rodea, devenido en su caso particular en el rezo. Descubre que hay dos tipos de personas: los que piensan y los que actúan, Y el actúa, nada lo inculpa por ese accionar y hasta puede sacar a luz ciertos rasgos de violencia de género y homofóbicos que estaban “enterrados”, no se encuentra culpable.

Se vuelve a sentir, después de mucho tiempo, “todo un hombre”, ya que a un “patrón” no se le dice que no: “sentía una fuerza que nunca había tenido, se creía poderoso y magnánimo a la vez. Poder olvidar o no, lo convertía en alguien superior. Su silencio era su fuerte, era un arma”.

No hay sanción cuando es el poder que gobierna quien habilita. No es un loco que actúa siguiendo un pensamiento que podría tildarse de individual, hay un Estado que sigue dicho lineamiento, hace que lo individual y lo colectivo trabajen en espejo. Siguiendo la teoría de Britos en la cual “la batalla histórica siempre fue económica”, lleva al golpe militar a un nivel en el cual también lo convierte en cívico,

Britos intenta responder a través de la construcción de aquello que queda en blanco en nuestra Historia, realiza una respuesta a esa pregunta inicial de la fundadora de Abuelas. Por eso, en tiempos donde el discurso de la violencia vuelve a lograr espacio ocupando un lugar que parece no haber tenido el debate suficiente, haberse cerrado antes de tiempo, el rosarino intenta el camino contrario.

Y esta puede ser una de las tantas respuestas donde se busca otra obtención, más perdurable, más pensada, menos reaccionaria que un video con visos de armado y que responde a un sitio que no parece haber investigado la fuente, de una bandera que es reconocida por su accionar que provoca rechazos, izada en un lugar de importancia para nuestra Nación.

Como bien marca Busquets en su Informe de un día, Marcelo Britos expresa de una manera muy perspicaz el clima de una época. Ese clima que de forma enrarecida es puesto hoy en el tapete por nuestro Estado y no son pocos los que traen el debate, de nuevo, a discusión. De la forma más violenta posible y denostando al que piensa distinto.

Britos realiza un camino distinto. Toma a una persona “normal” y a través de ficcionar la crueldad de la cual es capaz este personaje, intenta responder a la pregunta de cómo podemos aceptar esto como sociedad.

Ha pasado un 24 de marzo distinto, este año. Ni hablar de un 2 de abril. Por eso, dentro de tanta vorágine progresista que se mete de cabeza en el debate, la calma y la respuesta (cruel, hay que decirlo) parece ir por un camino que yo recorrería.

Necesaria, por lo menos para mí, que me recupero de varios golpes (literal) y escribo sobre algo que veo y leo después de meses. Y se vuelve necesario compartir para que lo pensemos juntos, como respuesta. La suya, digo, que no es el único que la piensa, ni tampoco la única.