Debates: el alarido de nuestra cultura en la memoria de los analfabetos

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    película Martín Fierro
ENSAYO

Debates: el alarido de nuestra cultura en la memoria de los analfabetos

31 Mayo 2026

El alarido de nuestra cultura popular es el canto de la pena extraordinaria. Nuestra identidad nace y se sostiene en la garganta de los humillados. El Martín Fierro fue el libro que aprendieron de memoria los analfabetos, y lo hicieron cantando con guitarras "atorrantas". Aquel gaucho, arrojado a la frontera de la vida, tratado como bárbaro —o forastero cultural — en su propia tierra, perseguido y obligado a pelear contra el otro “invasor”, el indio, encontró en el canto desesperado su espejo trashumante.

Sarmiento envidiaba la capacidad del gaucho para cantar su pena extraordinaria; él hubiera querido ser poeta. La vez que más cerca estuvo de serlo fue cuando describió al gaucho cantor:

...anda de pago en pago, de tapera en galpón, cantando sus héroes de la pampa, perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios robaron sus hijos en un malón reciente... Mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propias hazañas. Desgraciadamente... También tiene que dar la cuenta de sendas puñaladas que ha distribuido, una o dos desgracias (¡muertes!) que tuvo y algún caballo o una muchacha que robó:

El cantar la pena extraordinaria es un río bravo que quienes le ponen fronteras, dueños y prefecturas no pueden detener. Sarmiento lo sabía porque, mientras él escribía sobre Facundo, el pueblo le cantaba “Don Juan Facundo Quiroga / General de mucho bando / Que tuvo tropas de líneas / Y muchos pueblos a su mando”.

La historia y la leyenda se pelean por denunciar que Sarmiento le puso precio a la cabeza de José Hernández. Aunque lo hizo antes de que escribiera el Martín Fierro, el precio no se fijó por su rol como poeta, sino por su participación en las montoneras jordanistas contra el centralismo porteño. De todas maneras, los movimientos de la historia siempre crean metáforas implacables: Sarmiento persigue al Hernández político y, al empujarlo al destierro, obliga a nacer al Hernández poeta de la pena extraordinaria.

Resuenan aquellos versos de Raúl González Tuñón “¿Comprenderás por qué el poeta y el soldado pueden ser una misma cosa?”. Otra metáfora implacable es que uno de los máximos payadores, referente del canto desesperado, haya sido un negro: Gabino Ezeiza, descendiente de esclavos, quien encontró en la payada un arma de redención: “Sin duda han imaginado / que yo vendría contento, / pero es eterno lamento / la base de mi canción”.

Gabino canta la pena extraordinaria de los primeros desaparecidos en esta tierra junto a los originarios: los negros. Existe una leyenda clave para comprender el lugar del cantar en nuestra cultura: Santos Vega, el payador más célebre de los pagos del Tuyú. Nadie había podido derrotarlo en el contrapunto, hasta que se enfrentó a un forastero, Juan Sin Ropa. Lo llamaban así porque no vestía de gaucho. Luego de una noche de contienda, Vega es vencido por el forastero, al que el pueblo reconoció como el diablo; una metáfora del progreso y el avance de la colonización cultural. Sin embargo, la leyenda prosigue y asegura que cada atardecer rural el canto de Santos Vega regresa espectralmente. Es decir, el canto de la pena extraordinaria jamás es vencido, ni aun vencido.

Sarmiento persigue al Hernández político y, al empujarlo al destierro, obliga a nacer al Hernández poeta.

¿Acaso esa no es la identidad de la cultura popular? Pienso en el clavel sobre el piano de Pugliese cuando era detenido por comunista mientras su orquesta seguía tocando; en Hugo del Carril, entonando la marcha peronista en prisión tras el golpe del 55; o en Aimé Painé, la artista mapuche que denunció con su canto la cultura masacrada de su pueblo.

Manuel Mujica Lainez recuerda que el primer poema escrito en Buenos Aires fue un canto de amargura: “los ciento treinta y dos versos del poema en el cual refiere los afanes y desengaños que sufrieron los venidos con don Pedro de Mendoza. Describe a la ciudad como una hembra traidora que mata a sus maridos”. “Manucho” se refiere a la elegía escrita por Luis de Miranda. A propósito de ese sino de amargura porteña, debemos evocar lo que Juan de Dios Filiberto confesaba: “La milonga porteña es del dolor, del obrero que trabaja todo el día y que, de noche, le limpia la cara roñosa a las penas, cantándole a la novia todas las angustias de ese perro flaco que se llama destino”.

Dentro de esta antología de pena extraordinaria, debemos sumar al Cancionero de las Invasiones Inglesas, en el que los habitantes de la Buenos Aires de 1806 denuncian la cobardía del virrey: “Al primer cañonazo de los valientes, huyó Sobremonte con sus parientes”. Luego del atroz fusilamiento de Dorrego, el pueblo decidió cantar esta calamidad: “¡Cielito, cielo que sí, / que sí, cielito adorado! / ¿Quién vio que a un hombre de bien / lo fusilen en un prado?” (Cielito del fusilamiento de Dorrego, 1828).

Para seguir con el canto desesperado que denuncia el horror, no podemos dejar de mencionar la «resbalosa o refalosa federal» que, según una versión histórica escrita y difundida por los unitarios, los rosistas adoptaron para darle un sentido macabro: hacer del acto de resbalar con la propia sangre, tras el degüello, una danza y canto: “Refalosa, Refalosa / no te vas a refalar / porque viene la Mazorca / y te puede degollar”.

Con el mismo horror recordamos el degüello del Chacho Peñaloza, sucedido en Olta, donde exhibieron su cabeza en la plaza mayor. El padre de la escuela argentina, Domingo Faustino Sarmiento, hizo una humana reflexión sobre este suceso: «Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses». Por supuesto, el pueblo federal lo hizo canto: “¡Ay, Chacho, pobre mi Chacho, / tierra de los riojanos, / que te cortaron la vida / a traición y a desmano”».

Ese mismo horror encuentra su voz en la modernidad. Y aquí aparece Charly García, quien más de un siglo después compone Alicia en el país, denunciando a los asesinos de su tiempo —que, en definitiva, son los mismos de siempre—: “Un río de cabezas aplastadas / por el mismo pie, /juegan cricket / bajo la luna».

El poeta santafesino Diego Holzer afirmaba que todo lo que cantaba, antes lo había llorado. Yo tengo la sensación de que, en nuestro país, antes de hacer historia, primero hay que cantarla desesperadamente.