"Huellas": arte y memoria en Tucumán a 50 años del Golpe
A medio siglo del golpe de Estado de 1976, la performance colectiva "Huellas", impulsada por la artista tucumana Qoqi Méndez, vuelve a reunir a artistas y activistas para sostener la memoria desde el arte. Con más de 300 participantes a lo largo de 17 años, el proyecto se ha convertido en una de las experiencias de arte colaborativo más persistentes del norte argentino, vinculando prácticas contemporáneas, derechos humanos y memoria histórica.
Tucumán: laboratorio del horror
En marzo de 2026 se cumplen cincuenta años del inicio de la última dictadura militar argentina. La fecha convoca a recordar el golpe del 24 de marzo de 1976, pero también obliga a mirar un poco más atrás y hacia un territorio específico: Tucumán, donde la maquinaria represiva comenzó a ensayarse antes de desplegarse en todo el país.
La historia reciente de Tucumán no comienza en 1976. Se remonta a la década del sesenta, cuando el cierre de once de los trece ingenios azucareros durante la dictadura de Juan Carlos Onganía devastó la economía provincial y provocó una crisis social sin precedentes.
Aquella decisión expulsó a miles de trabajadores de su tierra y generó una diáspora que redujo la población tucumana en cerca de un veinticinco por ciento.
Miles de familias migraron hacia Buenos Aires, Rosario, Mar del Plata y otras ciudades del país del primero y el segundo cordón del AMBA. Levantaron barrios populares, villas de emergencia y redes de supervivencia donde y como pudieron. Ese exilio interior transformó profundamente la vida cotidiana de generaciones enteras. Tucumán dejó de ser solamente una provincia azucarera. Se convirtió en una herida social abierta.
Ese dolor estalló en el Tucumanazo de 1970. Obreros y estudiantes tomaron las calles frente al hambre, el cierre del comedor universitario y una provincia que se desangraba socialmente. La protesta fue reprimida, pero dejó una marca profunda en la memoria colectiva: Tucumán era un territorio de lucha.
En ese escenario de conflictividad social se desplegaría pocos años después el primer ensayo sistemático del terrorismo de Estado.
En 1975, durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, el Operativo Independencia convirtió a la provincia en un laboratorio represivo. Bajo el pretexto de combatir a la guerrilla, las Fuerzas Armadas comenzaron a aplicar prácticas que luego se extenderían a todo el país: secuestros nocturnos, listas negras, centros clandestinos de detención, torturas, desapariciones, apropiación de bebés y persecución política.
Entre quienes comandaron esa estructura represiva estuvo el general Antonio Domingo Bussi, figura central del aparato militar en Tucumán. Bajo su mando funcionaron lugares que hoy forman parte de la memoria colectiva: la Escuelita de Famaillá, el Arsenal Miguel de Azcuénaga y el Pozo de Vargas.
Tucumán fue, en muchos sentidos, el ensayo general de una tragedia nacional.
Arte y memoria
Sin embargo, la historia argentina también es la historia de la resistencia.
Mientras los organismos de Derechos Humanos comenzaban a organizarse, entre ellos las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, distintas prácticas culturales fueron encontrando maneras de sostener la memoria cuando el miedo todavía ocupaba el espacio público.
En ese cruce entre arte y memoria nació, hace diecisiete años, "Huellas", performance colectiva.
Impulsado por la artista multi expresiva tucumana Qoqi Méndez, el proyecto se consolidó como un espacio de creación participativa donde la obra no se define por un objeto artístico sino por la experiencia compartida entre quienes participan.
Más de 300 artistas han formado parte de "Huellas" a lo largo de sus distintas ediciones.
Performers, poetas, fotógrafxs, músicxs, bailarines, teatristas, videoartistas y trabajadorxs del arte fueron dejando su gesto, su cuerpo y su mirada en cada una de las acciones.
Las intervenciones se desarrollaron en el espacio público, en salas culturales como la Casa de la Cultura Municipal de San Miguel de Tucumán, la Casa del Bicentenario, en formatos virtuales durante la pandemia y en territorios cercanos como Tafí Viejo y Las Talitas.
Cada edición fue un ejercicio de memoria encarnada. Las acciones de "Huellas" dialogaron además con los procesos judiciales por delitos de lesa humanidad que se desarrollaron en Tucumán. Las performances acompañaron simbólicamente las megacausas, señalando con la potencia del arte aquello que los expedientes judiciales no siempre alcanzan a narrar.
Las performances de "Huellas" acompañaron simbólicamente las megacausas, señalando con la potencia del arte aquello que los expedientes judiciales no siempre alcanzan a narrar.
Arte participativo y práctica social
La propuesta curatorial define a "Huellas" como una forma de arte participativo y práctica social.
En este tipo de experiencias la materia prima no son los objetos artísticos sino las relaciones entre las personas. El valor de la obra reside en la intensidad de la experiencia compartida y en su capacidad de generar pensamiento crítico y afectos complejos en torno a la memoria del golpe de 1976.
"Huellas" dialoga con tradiciones de arte colaborativo como los happenings, el arte comunitario de los años setenta y diversas experiencias de performance latinoamericana, actualizándolas en el contexto actual.
La edición 2026 se titula "Huellas 17: la Previa". La propuesta se concibe como un rito participativo de preparación para la marcha del 24 de marzo, resignificando la idea popular de “la previa” como un espacio festivo y político donde el encuentro se transforma en memoria activa.
Durante dos horas, la performance funcionará como un taller – marcha ritual que integra dispositivos artísticos, pedagógicos y comunitarios.
El público no será solamente espectador. Será participante. Testigo. Cómplice de un proceso colectivo de activación de la memoria.
Memoria, inclusión y Derechos Humanos
Con el paso de los años, "Huellas" fue incorporando nuevas dimensiones vinculadas a los derechos humanos: la defensa del ambiente, el reconocimiento de las culturas ancestrales del Abya Yala y la denuncia del genocidio indígena.
En 2026, además, el proyecto suma un nuevo desafío: ampliar la participación cultural de la comunidad sordomuda mediante intérpretes de lengua de señas y estrategias de accesibilidad.
La inclusión de la lengua de señas no aparece como un gesto simbólico menor, sino como una afirmación concreta del derecho a participar plenamente de la vida cultural.
En un contexto político en el que resurgen discursos negacionistas y se cuestionan políticas públicas vinculadas a la memoria, mientras el gobierno de Javier Milei avanza con medidas que afectan a programas sociales y a instituciones vinculadas a la discapacidad, estas iniciativas adquieren una importancia renovada.
La memoria y la inclusión forman parte de una misma lucha.
*Por decisión del autor el artículo contiene lenguaje inclusivo.