Los sospechosos de siempre: el que anda entre libros merece ser tratado como tal
Ingreso a la superlibrería —ex cine teatro— y suena la alarma. El guardia me pregunta si en mis bolsillos tengo las llaves; le indico que sí, y me invita a volver a pasar por el detector, que vuelve a sonar. Pienso que el asunto jamás había sido tan claro: el que anda entre libros siempre es un sospechoso. Merece ser tratado como tal.
Ya venimos hace tiempo soportando la burla de los que jamás abren un libro. Recuerdo haber protagonizado un momento incómodo entre dos conocidos (desconocidos) que, delante de mí, se ufanaban de que ellos nunca leían.
Pero esa es toda una declaración de sus propios precipicios; digamos que es parte de la "ideología del ripio" que está de moda, por lo que uno se acostumbra a codearse con turistas que intentan escalar la montaña de la ironía y rápidamente se dan de bruces con su propia estupidez.
El problema de estos tiempos es quedarse sin interlocutores, una especie de soledad a la que nadie le canta, esa sensación de que cada vez son menos las personas con las que da gusto conversar, porque la gente está cada vez más alejada de su propio silencio.
Alguien que ha renunciado a su silencio, sin duda, no tiene una palabra sana o, mejor dicho, no conoce su propia palabra. El silencio es el nido de la palabra; si pateamos el nido, rompemos la palabra.
El silencio es el nido de la palabra; si pateamos el nido, rompemos la palabra.
Pero cuando digo que son contadas las personas con las que da gusto conversar, no pretendo charlas con académicos, doctores o filósofos; sabemos bien que el "barro sublevado" siempre da hijas e hijos con una sabiduría de vida inigualable. Conozco veinteañeros universitarios que jamás se compraron un libro por motu proprio; pero lo peor del caso es que no les da vergüenza; todo lo contrario, parece que ya no están bien vistos los lectores. Los inquisidores, en estos tiempos, deberían sacar un seguro de desempleo: ya no tendrían libros que quemar.
Hay un problema grave en quien no lee: no tiene acceso a conocer los rostros que no existen, tampoco los paisajes que no caben en las postales o, lo que es peor, la otra voz que habita en él, aquella que se enciende en ese misterioso ritual de la lectura. Y, además, no sólo tienen problemas al ignorar su otra voz, también tienen conflicto con el escuchar, porque los libros, fundamentalmente, enseñan a escuchar.
Un libro, entre tantas cosas, es un artefacto de soledades. Si atendemos a su etimología, la palabra "libro" viene del latín liber, que significa "parte interior de la corteza de los árboles"; estamos dando cuenta de su memoria de vientos y pájaros, pero, sobre todo, de su esencia de raíz.
Que esto no parezca una queja: estoy convencido de que hay mucha gente que está dormida, que sólo necesita el llamado, ese algo que la haga despertar, esa llave que le abra una puerta diferente; y los libros son puertas.
Las bibliotecas son todo lo contrario a Google; ellas son como el mar que devuelve los restos de la nave. El que se acerca con sensibilidad a las bibliotecas podrá escuchar que los libros emanan voces y sonidos, atesoran lluvias, soles, romances y tragedias que vivieron hace tiempo otros que, sin saberlo, fueron el comienzo de nosotros.