Memorias de un librero: Juan Carlos Ferrari y su paraíso de libros
En la populosa barriada de San Martín, provincia de Buenos Aires, hay un paraíso de libros. Esto es: un local de dieciocho metros de largo por cinco de ancho, revestido de estanterías y bateas, todas repletas de revistas, ediciones antiguas, colecciones inconseguibles, y ejemplares fuera de circulación. La palabra “liquidamos” está escrita en varios carteles de cartulina compitiendo con el cartel de las “ofertas” donde se apilan muchos más libros.
Se calcula que la librería «L&L» recibe un promedio de 300 clientes por día. Por ese motivo, muchas veces se forman largas filas en la vereda frente al local. Son libreros, curiosos, coleccionistas, investigadores, docentes y estudiantes habitantes de San Martín, pero también vecinos de barrios aledaños y hasta compradores de Rosario. Los precios y el material ofrecido bien lo valen. Hay libros y colecciones desde 500 pesos y, encima, está la ya famosa “bolsa”, una de las tantas ingeniosas creaciones de Juan Carlos Ferrari, el librero y dueño de este paraíso de papel, un personaje ineludible de la historia de las librerías argentinas, que supo tener entre sus amigos y clientes al dibujante Alberto Breccia y al historiador Osvaldo Bayer, entre otros.
“¡Ah, la oferta de la bolsa!”, dice y recuerda que la inventó para que la gente pueda comprar y leer libros. “Cuando publicamos esta oferta en las redes, explotó”, agrega y explica en qué consiste la mentada bolsa: “Por 1000 pesos te podés llevar todos los libros que entran en una bolsa que te entregamos en el local, en general entran unos doce o catorce. Entonces te llevas todos esos libros por 1000 pesos. La gente se va contenta. Decime ¿conocés alguna librería en donde la gente se vaya contenta después de comprar? No, claro que no. Se van contentos porque pueden leer. Porque los libros que disponemos para esta oferta son variados y, por supuesto, hay muchos clásicos”.
Pero el clásico es Juan Carlos, un librero con más de cincuenta años de experiencia tanto en librerías como en puestos de ferias y parques de uno y otro lado de la General Paz. “Si yo me pusiera a contar”, dice detrás del mostrador del local que funciona desde el año 1991 a media cuadra de la plaza principal.
Y cuenta: “Soy librero a los golpes, los golpes de la vida y del país. Es dura la vida del librero en este país. Pero antes de todo yo soy lector. Un lector empedernido. Arranqué este oficio de pibe leyendo horas y horas. Mi vieja me decía que yo iba a ser técnico, porque estudié una carrera industrial para técnico químico, pero yo le decía a mi madre: ´no, mamá, yo voy a tener una librería´. Y tuve unas cuantas. Costó. Porque primero empecé en el parque y en las ferias. Pero esperame un minuto que ahora sigo”.
Juan Carlos atiende a varios lectores con la ayuda de su hijo Leandro, quien se encarga además de publicitar los libros y las ofertas de la librería por las redes sociales.
“Perdoname, ¿qué te decía? Ah, sí, un día en el Parque Rivadavia yo tendría 17 años, le dije a mi viejo, el próximo domingo me traigo una manta y voy a vender libros. Mi viejo se espantó: ni se te ocurra agarrar mis libros. Después me preguntó: ¿vas a vender los tuyos? Y yo le expliqué que los libros están para leer y no para guardar, y que si me ponía a vender y a canjear iba a tener más libros para leer. En ese entonces vivíamos en un lugar muy chiquitito. Un dos ambientes. En el comedor dormían mis hermanas y yo en la pieza con mis viejos. Hasta que me mudé a la pieza que estaba en la terraza donde mi viejo tenía los libros. O sea, después dormía entre libros. Una pieza con techo de chapa y montones de libros y revistas. Ese sí era un paraíso”.
Según las grandes cadenas de librerías, la venta de libros a través de plataformas digitales crece constantemente. Algunas librerías aseguran que el 60 por ciento de las ventas se realiza por la web y el resto en forma presencial, y advierten, que esa brecha cada año crece aún más. Por tal motivo, “L&L” decidió hace unos años apostar a la venta web y las cosas no le van tan mal. Gran parte del éxito se debe a Leandro Ferrari, encargado de la difusión de las novedades de la librería.
“Las redes sociales”, dice, “cambiaron mucho la manera en que la gente se acerca a los libros usados. Antes, para encontrar un libro, muchas veces había que recorrer librerías, revolver mesas y estanterías y confiar un poco en el azar. Eso sigue existiendo y, de hecho, es parte de la experiencia más linda de una librería de usados como la nuestra, pero hoy las redes permiten acortar el tiempo de ese recorrido y descubrir libros desde su casa. Hay un cambio muy fuerte que involucra tanto al librero como al lector”.
La estrategia de Leandro no sólo es mostrar los libros a la venta, sino “también generar curiosidad, recomendar lecturas e intentar construir una comunidad alrededor de los libros. Las publicaciones cotidianas ayudan a que la gente descubra títulos que quizás no estaba buscando. Y esto es especialmente valioso en una librería de usados, donde el catálogo cambia día a día, porque cada visita puede convertirse en un descubrimiento. Si bien las redes funcionan como una vidriera, hay una experiencia en la búsqueda que es irreemplazable, porque quien entra directamente a la librería muchas veces se entrega más al azar. Viene buscando algo concreto, pero termina recorriendo las mesas, mirando libros y llevándose algo que no tenía pensado comprar. En ese sentido, el local conserva algo que las redes difícilmente puedan reemplazar: encontrarse con un libro. Las redes pueden despertar el interés y generar una visita y la búsqueda de algo más puntual mientras que la librería puede transformar esa visita en un descubrimiento inesperado”.
Pero, además del precio, creo que hay tres cuestiones importantes: encontrar ejemplares difíciles de conseguir, acceder a una oferta variada y confiar en quien está del otro lado. En una librería de usados pueden aparecer títulos agotados, ediciones que ya no se consiguen fácilmente o libros que no forman parte de las novedades comerciales. Hay lectores que buscan una obra muy específica y otros que siguen determinados autores, colecciones o temáticas. Para ellos, las redes amplían las posibilidades de encontrar lo que buscan sin depender exclusivamente de las librerías de su ciudad. También está la cuestión de la variedad. En nuestro caso, trabajamos con libros de géneros y temáticas muy diferentes, y eso permite que convivan lectores con intereses muy distintos. Cuando alguien compra a distancia necesita saber en qué estado está el libro, tener información clara sobre la edición y poder comunicarse con la librería. La atención personalizada es fundamental. Creo que las redes permiten acercar los libros a personas que de otra manera quizás nunca hubieran conocido nuestra librería. Y, al mismo tiempo, nos permiten conocer los intereses de lectores que están lejos y construir un vínculo que no se limita a una compra puntual”.
Juan Carlos nació en 1953 y a los 17 años ya vendía libros en el parque Rivadavia. Allí forjó su oficio gracias a los consejos de viejos libreros. Leyó y aprendió, por ejemplo, a reparar libros, a limpiarlos para luego ponerlos a la venta. “El Parque me abrió a otro tipo de autores. Ahí conocí a Cortázar, a Borges, y empecé a leer mucho más. Eso se debía al ambiente que había, a la charla con los libreros, porque el que tenía en ese momento un puesto en el Parque Rivadavia no era un vendedor de libros, sino un lector que vendía libros, o sea, había tipos muy cultos, y el público también era muy exigente, y así uno iba aprendiendo”.
En el Parque vivió y padeció las razzias policiales durante la dictadura. En ese entonces trabajaba también en ENTEL (la empresa nacional de telecomunicaciones) y alternaba ese trabajo con la venta de libros. Tuvo que dejar el trabajo y viajó a Mar del Plata. Después del Mundial del 78, regresó a la Capital y puso su primera librería en Villa Urquiza. “Estaba en la galería Triunvirato, en un localcito pequeñito, ¿Viste? En el fondo de toda la galería que igual laburaba, había una calesita para los chicos y esas cosas. Me la rebuscaba. Y estoy ahí hasta la hiperinflación del gobierno de Alfonsín, las cosas andaban mal. Tuve que cerrar y los libros que me quedaban los vendía arriba del colectivo… Perdoname, pero ahora sigo”.
Un señor se debate entre las revistas Patoruzito o algunos números de Frontera, dos mujeres eligen juntas novelas románticas de bolsillo, un joven revuelve una estantería con libros de autores argentinos y otro busca libros de Ciencia Ficción.
“Este oficio tiene momentos inolvidables”, dice retomando Juan Carlos la conversación, “por ejemplo, cuando conocí a Alberto Breccia. Fue en los 70 cuando yo trabajaba en el Parque, Alberto iba mucho al parque a buscar libros. Nos hicimos amigos. Nos tratábamos siempre de usted. Después de cerrar mi librería en Villa Urquiza conseguí un local muy chiquito acá en San Martín, en la galería Gisela. Y Alberto me pasaba a ver cuando él venía para esta zona para visitar a su hija Cristina. Siempre pasaba por la librería. Y un día charlando le pedí un autorretrato y lo dibujó en la pared del negocio. Pasó el tiempo y en el año 1990, yo paso a otro local más grande y Alberto me viene a felicitar por el emprendimiento, y le dije que estaba apenado porque perdí el autoretrato que me había hecho cuando dejé el local. Entonces Alberto me dijo, qué te gustaría y yo le pedí un Mort Cinder. Una semana después vino con un rollito de papel y me dio el dibujo que hoy uso de perfil de WhatsApp y me dice “este es el último Cinder que hago porque esta historieta no me trae buenos recuerdos”. Tiempos después supe que en la época que dibujaba de Mort Cinder estaba enferma su mujer”.
Juan Carlos atiende con paciencia a varios lectores que se llevan ofertas bolsas y colecciones de revistas que van desde álbumes mundiales, novelas policiales, ciencia ficción, thriller, novelitas adolescentes, libros infantiles, muchos libros sobre peronismo e historia, historieta y las infaltables revistas de crucigramas y sopa de letras.
“¿Cómo conocí a Bayer?, fue gracias a Bruno Napoli que es el curador de la obra. Como yo tenía unas cartas del anarquista tucumano Jesús López Gil, que vivió en San Martín, y que había tenido una conocida polémica con Sabato, donde Gil le da una lección de Historia al escritor. Bueno, le hago llegar las cartas y Bayer me invita a la casa y nos hicimos amigos, Me acuerdo que le regalé un diario El mundo original, de cuando había atrapado a Di Giovani, y no lo podía creer. Pero esperame que tengo que atender”.
Y Juan Carlos atiende, y le explica a una mujer que en su librería son tan importantes Corin Tellado o las novelitas del Oeste de Estefanía como Borges o Cortázar.
“Yo soy un librero popular”, le dice “Me gusta leer y que la gente lea. Mi librería no tiene nada que ver con esas librerías llamadas de autor o a la carta, donde nadie compra por ejemplo a Stephen King; acá sí, están libros de terror, de suspenso, de aventuras y de amor. De alguna manera las librerías de usados son como una trinchera con una doble función: nos formamos nosotros como libreros y la gente como lectores. Hoy por hoy es un lugar de batalla, sin duda”.
“L&L libros” se encuentra ubicada en Mitre 3966, San Martín, Provincia de Buenos Aires. Cuenta además con dos liquidaciones de libros mensuales, una corta (de 10 a 15) y otra larga de 10 a 18 horas. Estas liquidaciones se informan por las redes sociales a través del Instagram.