Vindicación de la errata: a propósito de El tatuaje de la pólvora, de Lautaro Ortiz
I
Primero, una breve cronología.
En 1942, el inefable dúo Borges-Bioy Casares firma con el seudónimo Bustos Domecq la primera obra capital del policial en lengua española, Seis problemas para don Isidro Parodi. Simultáneamente, la dupla se permite una despiadada sátira contra la “tilinguería” de las clases medias y altas a las que, de un modo u otro, los propios autores pertenecían. En 1967 reinciden con las Crónicas de Bustos Domecq, más desopilantes aún. Plagadas de notas al pie de personajes tan apócrifos como el que aparece en el título, en el texto “El gremialista” hasta dan cabida a dos “del corrector de pruebas”. En una de ellas se sugiere el cambio de un treparémonos por un preparémonos; en otra, se aclara que la novela Quo vadis? de ningún modo pertenece a un tal Ramón Novarro, sino a Henryk Sienckiewicz.
En el ínterin, en 1953, Rodolfo Walsh, que solo más tarde se hará famoso por su seminal investigación Operación masacre, publica un libro de cuentos policiales, Variaciones en rojo, cuyo inopinado detective, Daniel Hernández, es un grisáceo corrector de pruebas de imprenta, tan avezado en detectar erratas tipográficas como lapsus en los quehaceres criminales. Walsh, dicho sea de paso, trabajaba entonces como traductor para la mítica Editorial Hachette, y allí mismo fundó una colección de policiales que dio cabida al género negro. Colección en diálogo y diatriba con El Séptimo Círculo, dirigida, cómo no, por Borges y Bioy, que solo dejaban filtrar el policial de enigma al estilo clásico británico. Y Walsh también fue corrector de pruebas…
En el 2005 se edita El último lector, de Ricardo Piglia. Y se introduce ¿por descuido o de manera adrede?, una errata de las gruesas. Piglia cita el poema The Last Reader de Oliver Wendell Holmes (clásico de las letras decimonónicas yanquis, pero jamás de los jamases traducido al español); poema que Piglia aduce conocer, sobre todo a través de la musicalización de Charles Ivens. Pero ese Ivens no existe; o mejor dicho, existe sin esa ene metiche. Charles Ives es casi el fundador de la música clásica norteamericana, y uno de los beneméritos de las primeras vanguardias del XX; tan valorado hoy como un Bela Bartók o un Igor Stravinsky. Piglia tuvo más de diez años de vida para corregir las múltiples reediciones; no lo hizo. Anagrama y Cátedra dejaron persistir la errata hasta el día de hoy. Quizás pronto tengamos un Mosart o un Veethoben.
II
Et voilà! En febrero de 2026 aparece en Buenos Aires la novela El tatuaje de la pólvora, ya premiada el año pasado entre los galardones Hebe Uhart, en una editorial –La Escena del Crimen– exclusivamente dedicada al policial, y como número 12 de una colección –Negro argentino– exclusivamente dedicada al noir.
El tatuaje de la pólvora responde cumplidamente con los rigores del género, desde el crimen inicial hasta el epilogal villainous monologue, que nos sorprende con un imprevisto roce con el pulp. En el intermedio, asesinatos, agentes policiales dúplices, falsos suicidios, falsas pistas, persecuciones. Y cenáculos oscuros que a través de generaciones viven asediando un secreto inconfesable. Su personaje central –un corrector de pruebas ascendido a una jefatura que jamás asumirá– se llama Jota Ártico y responde también a los arquetipos esperables. Es un cincuentón que gusta interrogar sus fracasos, solitario al que asedian los fantasmas de las tetas de exnovias, enfermo de cálculos renales, entregado a un humor intermedio entre la mera sorna y el cinismo puro. Vive en una ciudad casi perennemente grisácea (en solo dos momentos de la novela se deja ver el sol) conocida como Circa, sospechosamente parecida a Buenos Aires y otras metrópolis rioplatenses, incluida la no menos mítica Santa María de Juan Carlos Onetti. Trabaja para la Editorial Corsario, siempre al borde de la bancarrota, y también con inequívocos ecos de la hoy desaparecida Hachette. Walsh, tremendo pilar de Hachette en su período áureo, es una figura explícitamente recurrente en la novela, como lo es la errata Ivens/Ives de Piglia, como lo es el humor socarrón de Bustos Domecq. De ahí que El tatuaje de la pólvora sirva como recapitulación, homenaje, síntesis y reapertura de esa genealogía que trazamos en la perorata inicial. Y digámoslo de una buena y santa vez: El tatuaje de la pólvora es una gran novela, una magnífica novela, de ninguna manera indigna de tal genealogía.
Desde el epígrafe mismo –una cita de Lucio V. Mansilla, quien, junto a Sarmiento, constituye una de las grandes plumas de la prosa argentina del XIX–, toda la obra va transitando por un itinerario de idas y vueltas, laberintos y circularidades, hacia el interior de la literatura argentina, sin por eso exceptuar posibilidades de horizontes más amplios. Pero ese interior no está constituido necesariamente por hitos o huellas de respeto hacia celebridades de la Wikipedia.
El gran lector hedónico que es Lautaro Ortiz prefiere indagar en los arrabales del factum literario, no por esnobismo, no por modas académicas atadas a vaivenes como sexo y género, blanquitudes y negritudes, centralismos o federalismos. Las marginalidades de Ortiz tienen que ver con memorables personajes de libros olvidados, con oficios humildes como el de traductor de géneros “menores”, el de guionista de historietas, el de autor entrevisto en librerías de viejo… o con las etapas menos transitadas de autores celebérrimos.
Un ejemplo. Ortiz es una verdadera y generosa autoridad en lo que tiene que ver con los sustratos más protohistóricos del ya mentado Rodolfo Walsh; los mismos sustratos donde la academia ha tropezado, o incluso inventado datos inescrupulosamente a falta de un verdadero rigor, dejándonos ampulosos y vergonzantes fracasos.
Es por eso que nuestra novela, barroca y exigente, puede gustar a cualquier desprevenido lector amante de la peripecia en sí; pero parece mucho más pergeñada para el relector, y sobre todo, para el mediano sabedor de libros y aconteceres de estas pobres pampas del buen Dios. O al menos para el que desea hallar excusas perfectas para rellenar márgenes y páginas de cortesía con sus propias apostillas e indagaciones, si sabe hacer de El tatuaje de la pólvora un trampolín, una primera pista hacia la magna charada de nuestra literatura en sus aristas menos glamorosas o anecdóticas.
En El tatuaje de la pólvora hay mucho de los saberes de Ortiz sobre Walsh, pero también hay mucho más que Walsh. Tal personaje equis recuerda irremisiblemente a José Salas Subirat, el opaco, el “leopoldblumiano” primer traductor al castellano del Ulises de Joyce. Tal calle homenajea a Mariano Rosas, indio retratado por Mansilla casi, casi con la gramática de la perfección. Tal pueblo recuerda al irrecordado Edelmiro J. Farrell, eslabón imprescindible para la llegada de Perón al poder. Pero otra calle remite a un héroe medieval ibérico, o a una fecha que quizás no nos diga nada en un principio pero que seguramente volverá a ligarnos con las caras más ocultadas de la historia y de la literatura. Pero ojo. Ninguno de estos guiños, ninguna de estas señales sembradas aquí y allá perturban el continuum de la lectura, ni su disfrute. No agobian, no aburren, no empalagan.
III
La novela comienza rocambolescamente. Jota Ártico, corrector de erratas, sufre en sí mismo la gran errata de ser llevado, junto al cadáver de Carmen, la chica que hacía la limpieza de las oficinas de la editorial, a la mismísima morgue. Y por supuesto por error también, sin quererlo ni desearlo, contempla algo, precisamente un algo que le estaba vedado contemplar a cualquier pobre diablo de su laya.
De ahí en más la trama, o mejor aún las tramas, se irán hilvanando de modo ineludible a través de ese antifenómeno, de esa antiescritura nacida con la escritura misma, milenios antes de Cristo. Si Jota Ártico es la voz en off indiscutida, la cuestión de las erratas editoriales, y entre ellas, el Ivens/Ives de Piglia, serán la urdimbre, el paisaje mismo donde los personajes se recuesten y entretejan. Las erratas se convertirán en elementos clave de los crímenes que se cometan, pero como no estamos ante un policial pasatista o playero sino frente a un texto portador de un multívoco plus, la errata también deviene en símbolo, o, parafraseando a Baudelaire, en floresta de símbolos. Pero que felizmente no incurren en la tentación o el anacronismo de una alegoría.
Los propios personajes tratan de desentrañar una y otra vez esa simbología. Dice un tal Acuña, por ejemplo: “A veces creo que se escriben libros con errores porque estamos cansados del idioma y queremos otro. Pero como somos incapaces de inventar algo distinto elegimos el camino más corto: degradar lo que tenemos. Y entonces viene el corrector. ¿Sabés por qué nos necesitan? Porque todos tienen miedo de lo que hacen, dudan de lo que escriben y nos quieren para que les demos un poco de fe”. Y un poco más adelante: “Las erratas son pequeños fragmentos de miedo que estallan durante la escritura. Miedo a la inmensidad del lenguaje y su infinitud…”.
De modo que la errata puede ser la clave de la evolución de las lenguas, de la historia, de la literatura. Errata puede ser la vida misma, o esa cosa esponjosa y pretenciosa que llamamos civilización. Y si aceptamos la teoría de los teólogos gnósticos de los primeros siglos de la era cristiana, errata puede ser el cosmos mismo, fruto y yerro de un demiurgo también fallido. Y para el cual los hombres –y cada vez más ostensiblemente– demostramos ser mejores embarradores que correctores de pruebas.
Errata puede ser la vida misma.
IV
¿Quién es Lautaro Ortiz, responsable de este abigarrado microcosmos?
Lautaro Ortiz nació en La Plata por 1973; supo vivir en la Patagonia pero desde hace años reside en Buenos Aires. Colaboró en distintos medios periodísticos y actualmente es columnista de Página/12. Precisamente acaba de salir una antología de sus contratapas, bajo el título El Anfitrión, donde indaga en esos arrabales literarios de los que hablamos más arriba, y por supuesto en Walsh. Es autor de un par de libros de poesía y de varios guiones de historietas y novelas gráficas. Ha sido traducido al francés y a su vez tradujo la primera biografía inglesa de William Henry Hudson y dos de sus novelas. Exhumó entrevistas olvidadas de Francisco Urondo y textos primitivos de Rodolfo Walsh. Dirigió en su etapa final la ya mítica revista Fierro.
Hasta abril de 2024 fue investigador en la Biblioteca Nacional Argentina Mariano Moreno. Acababa de curar para ella la edición crítica en dos volúmenes de Don Pascual de Roberto Battaglia, una obra maestra imprescindible del cómic argentino de la segunda mitad del XX. Pero entonces arribaron las “fuerzas del cielo”, que gritan violentamente, analfabetizan, dialogan con perros muertos, anilinguan a emperadores decadentes y se creen reencarnaciones de gladiadores romanos. Es que la historia argentina no solo puede ser una errata insalvable; suele jugar con lo grotesco y lo kitsch. En pocas palabras: Ortiz fue parte del grupo de más de cien profesionales despedidos, quizás de entre los mejores de la institución. Paradójicamente, la edición de Don Pascual fue galardonada meses después con el premio Carlos Trillo al mejor rescate en el campo de la historieta. Las nuevas autoridades de la Biblioteca ocultaron el hecho de que se llevaban silenciosamente el trofeo de un “poeta depuesto”, según la célebre ironía de Leopoldo Marechal.
Lautaro Ortiz promete que El tatuaje de la pólvora será el primer eslabón de una trilogía. Ya tiene el primer o segundo borrador de la segunda de la serie, No te metas con los clásicos. ¡Jota Ártico returns!