¿Qué es el aura?

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ENSAYO

¿Qué es el aura?

13 Septiembre 2026

"El sabor de la manzana está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; análogamente, diría yo, la poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro".
J.L.B.

Cualquiera que haya caminado por algún pasillo de las facultades de Ciencias Sociales o de Filosofía y Letras conoce a este pensador alemán cuyo suicidio puede postularse como el cierre de lo que otro suicidio, en este caso el de Sócrates, había abierto dos mil quinientos años antes: el reinado de la filosofía metafísica, que es toda una forma de pensar. Me refiero, obviamente, a Walter Benjamin.
Ese flâneur académico que deambula por los pasillos al que nos referíamos recién leyó (o por lo menos debe decir que leyó) La obra de arte en la época de su reproductibilidad mecánica.

Ya alcanza con este título para que el lector avispado levante rápidamente su objeción. El título correcto, dirá este objetor, es “su reproducibilidad técnica”, no mecánica, como escribiste vos.
Efectivamente, el título que le puso el mismo Benjamin es “seiner technischen reproduzierbarkeit”. Literalmente: “su reproducibilidad técnica”. Es la traducción al francés hecha por Pierre Klossowski la que pone “sa reproductibilité mécanique”. En esta pequeña diferencia ya se juegan significaciones profundas. Porque efectivamente Klossowski tiene razón y Benjamin estaba equivocado. Benjamin estaba hablando de una nueva forma de reproducción de la obra de arte, que no es técnica (pues ya en los antiguos griegos existía una técnica artesanal de reproducción, para no hablar de todos los inventos técnicos que hubo en el siglo XIX), es mecánica. En aquel momento histórico, arrancando el siglo XX, lo que dominaba la producción y la reproducción de todas las mercancías, incluidas las obras de arte, era la lógica de producción fordista. La técnica deviene mecánica.

De esa lógica mecánica de producción de subjetividades y mercancías se pasó a otra lógica, que Giedion denominó: automática. Luego de la automatización vino una nueva lógica dominante, que se llamó algorítmica.

Lo que constatamos en esta transformación en la lógica de producción y reproducción de mercancías y subjetividades es una mayor autonomía de la técnica, de los medios con respecto al dominio humano.
Esta diferencia fundamental en el título evidencia la desorientación de Benjamin, que se materializa además en las ambigüedades y equívocos que encierra este ensayo. Benjamin se estaba refiriendo a la reproducción mecánica de la obra de arte, y fue el traductor, en contra incluso del traducido (Benjamin, que vivía en París en ese momento, quedó disconforme con la traducción), el que descubrió lo “impensado en el pensamiento” del alemán, para usar una fórmula heideggeriana. Klossowski “tradujo” el concepto de Benjamin al significado que éste en realidad quería atribuirle, aunque fuera otro concepto.

Aura es un concepto que a comienzos del siglo XX utilizaron los teósofos, que en aquel momento influían y mucho en los intelectuales y en la sociedad.

Un equívoco semejante encontramos en otro de los conceptos centrales de ese ensayo tan controvertido, escrito en alemán y publicado en francés en 1936, me refiero al concepto de aura.
La legión de estudiantes universitarios que pasó por el ensayo de Benjamin nunca se olvidó de esta palabra, aura, que hoy los adolescentes y jóvenes rescatan del olvido.

Benjamin es bastante explícito en la significación de este concepto denso: el aura es “un peculiar entretejido de espacio y tiempo: aparición única de una distancia por próxima que pueda estar”. Otra traducción del mismo enunciado afirma que el aura es “la aparición de una lejana unicidad (por cercana que sea la aparición)”. Una tercera versión dice: “la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)”. Me gusta pensarlo como la instauración de una distancia, por más próximos que nos encontremos de aquello que nos provoca esa sensación, ese estado de ánimo que promete el aura.
Benjamin relacionaba esta experiencia con los rituales religiosos.

Para esta concepción, el aura era intransferible y acontecía cuando alguien se enfrentaba a una obra de arte antes de que estas fueran ganadas por el mercado.

Pasamos de un ritual religioso con un valor cultual a lo que Benjamin denominó “valor de exhibición”, tanto en el espacio del mercado como en el del museo. A lo largo de este siglo que nos separa de la fecha en que fue escrito el ensayo, este “valor” no dejó de incrementarse: las “redes” virtuales en las que está atrapada nuestra sociedad llevaron este valor de exhibición a un grado inimaginable hace cien años atrás, ¡qué digo!, hace un par de décadas atrás.

Lo cierto es que esta definición que da Benjamin del aura es muy pobre y formuláica (utiliza casi literalmente la misma definición cinco años antes, en 1931, en su ensayo “Pequeña historia de la fotografía”).

En realidad, el concepto de aura circulaba con profusión por los círculos por los que se movía Benjamin. De hecho, es un concepto que a comienzos del siglo XX utilizaron los teósofos, que en aquel momento influían y mucho en los intelectuales y en la sociedad —la competencia con la filosofía instituida y con la ciencia entablada por la teosofía todavía no se había dirimido a favor de aquellas.
Benjamin conocía esta literatura.

Es cierto que el tono de Benjamin es melancólico, y que la democratización de los medios (el cine, en aquel momento) había hecho que esta experiencia aurática se perdiera. Es lógico que Benjamin estuviera hundido en ese estado de ánimo, más allá de su propio carácter. Pero estaba equivocado. El aura no se perdió, se transformó, como sucede siempre con las palabras y las prácticas. Farmear aura.
Las palabras cambian su significado con el correr del tiempo, incluso algunas desaparecen.

El aura no se perdió, se transformó, como sucede siempre con las palabras y las prácticas.

Además, cuando Benjamin escribe la palabra aura en este ensayo ineludible, esta palabra era nada más que una palabra, no era lo que es hoy, que es el origen de muchas reflexiones e investigaciones.
Benjamim tampoco era lo que es hoy.
Pero ni en aquel momento ni ahora el aura es una propiedad del objeto, pues si lo fuera todos los que se enfrentasen a ese objeto u obra de arte tendrían que atravesar por esta experiencia aurática trascendental, y no es lo que ocurre.

El aura tampoco se relaciona con el contenido de una obra, digamos: con lo que pretende decir o mostrar.
Si el aura tiene un contenido, éste es el estado de ánimo que embarga al contemplador o usuario cuando se sumerge en la obra.

Repitámoslo: lo aurático no tiene que ver con lo que está representado en la obra, tiene que ver con lo que esa obra produce, con el placer o el asco, la simpatía o la tristeza que la imagen genera —entre otros estados anímicos —la excitación es por ahora el nuevo estado dominante, como la angustia lo era en la década de 1920.

El aura es una experiencia excepcional, extraña y que nos extraña a nosotros de nuestro propio mundo. No es algo, el aura, ni tampoco está en el objeto. El aura aparece o se experimenta en la relación de un contemplador/lector con la obra de arte. El aura es una forma de relación con la obra, con el otro, con lo otro, y esa relación puede mutar y de hecho muta al ritmo de la evolución mediática.
No hay peor recuerdo que el que recuerda hechos que no sucedieron.

La obra original, en el campo del arte, es un mito sobrevalorado, que para colmo inventó el mercado y mantienen sus voceros para seguir lucrando con el arte. Junto con el original se impone la unicidad de la obra de arte, a diferencia de lo que ocurre en la época de la reproducción mecánica, donde original y copia se vuelven cada vez más indistinguibles.

Ahora bien, si fuéramos coherentes con los planteos del mismísimo Benjamim deberíamos decir que hay aura en la experiencia cinematográfica. O mejor: que puede haber (o puede no haber) una experiencia aurática con una obra fílmica —o con un videíto de YouTube, una fotografía o la fotocopia a color comprada en la tienda de souvenirs del museo.

El aura no pertenece al objeto. Quizás tampoco pertenezca al sujeto, porque de hecho en la experiencia estética no hay sujeto ni objeto. El aura es una forma de relación, aunque de los planteos de Benjamin se desprende la idea de que en realidad el aura es una cosa que provoca una obra, por lo que el aura pertenece a la obra: “Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del aura no hay copia”. 
Es cierto, del aura no hay copia, lo que no quiere decir que en una “copia” no pueda haber aura. O mejor dicho: que se tenga una experiencia aurática a partir de la exposición a una obra, aunque sea una reproducción.

Como el aura es o se encuentra en la relación, la experiencia puede producirse o puede no producirse. De hecho, la voluntad no tiene poder para producir esa experiencia. Tampoco la razón. Que ocurra o no ocurra responde más al puedo que al quiero.

Es como el amor, que puede encontrarse (con suerte, después discutiremos si buena o mala), pero no debe buscarse.
Un misterio.