El poeta del otro lado: Pedro Juan Gutiérrez, cubano
“Si uno es escritor, está en la obligación de descender al infierno, enfrentar a los monstruos y después escribir y arrastrar a los lectores”, esta frase de Pedro Juan Gutiérrez fue un golpe certero sobre mi rostro.
Como le debe de pasar a muchos lectores, alrededor del sillón en el que leo se elevan distintas pilas de libros que voy a leer o releer en estos días fríos. La rotación es rápida. Para un hombre desocupado e inútil, solo queda leer.
En los últimos meses, sin embargo, había un libro que no iba a leer o no sabía si quería leer, como si en su imperturbabilidad me amenazara una fiera extraña, peligrosa y fascinante, que permanecía por las inmediaciones mientras sus pares iban y venían según mi capricho y mis necesidades.
Me lo había regalado mi amiga María Gómez: La línea oscura. Poesía escogida 1994-2018 (Nebli), de un poeta cubano que no conocía: Pedro Juan Gutiérrez. Menos mal que me atreví a abrirlo. O tal vez deba decir: ¡qué desgracia!
Y tendré que regresar a mi casa
donde la mierda apesta
y avanza asquerosamente.
Intentaré caminar
con la mayor pulcritud posible
sin pisar la mierda quiero decir
sin oler la mierda
sin mirar la mierda.
Será difícil.
Dudo que pueda lograr
ese instante
tan aséptico.
Tan higiénicamente correcto.
Caminar junto a la mierda
y no contaminarme.
Es decir,
el triunfo de la corrección política.
Y entonces
los hijos de puta dirán:
“Al fin lo tenemos cogido por el pescuezo
¡No lo suelten!
¡No lo dejen ir!
¡Aprieten más el lazo!
Al fin le podremos dar medallas y laureles.
John Snake domesticado.
Al fin lo podremos aplaudir y engatusar
Lo haremos ingresar en nuestra logia
la Orden del Gran Caballero Oportunista
para que Johnny
sea un señor feliz,
además de ciego
y sordomudo”.
Estremecedor, alegre, guarango, sexópata, tan auto-alabador que despierta sospechas, íntimo, descorazonado, con mucho tabaco, ron y sexo con negras que tienen en las axilas pelos salvajes —lo que le valió el mote de discriminador y racista—, pobres aquellos que hablan desde las ideologías de moda.
Como lo sabe el mismo Gutiérrez, estos poemas pueden recibir solo dos respuestas: la respuesta del que los odia, la respuesta del que los ama. Nunca la indiferencia, el peor destino para las palabras y sus melodías.
La guerra que estaba terminando me había salvado de mí mismo.
Ahora se abría otra puerta: ¿podré vivir sin el enemigo?
¿Podré ser uno más bajo el sol?
Yo dejaba el mundo de los hambrientos.
Entraba en el mundo de los feroces.
Y debía despedirme de los espléndidos peces plateados.
Pero algo logré salvar.
Tal vez hasta puedo rescatar del naufragio
a los espléndidos peces plateados.
Los haré saltar en mi corazón. Silenciosamente.
Sin aquel chapoteo de entonces. Aquella alegría
ruidosa en el Caribe azul y verde. Bajo el sol.
Cuando se entregaban y luchaban en la inmensidad del Golfo,
como si intentaran arrasar con los crepúsculos sangrantes.
Los espléndidos peces plateados se entregaban generosamente
en el momento mejor de su vida. Fuertes y hermosos.
Ignorantes y felices. Y decían: “Ámame, disfruta la locura
de vivir. En estas aguas sólo el amor”.
Y la brisa suave los mecía.
Logré rebasar los cuarenta sin suicidarme,
como hicieron algunos de mis mejores amigos.
No pudieron con la carga y volaron en pedazos.
Sobreviví.
Ahora es preferible disfrutar con levedad la nueva aventura.
Cuidar las dentelladas de los feroces.
Reconciliarnos. Pensar que es posible algo mejor
que sus dentelladas. Prolongar el largo viaje.
Tratar de encontrar al fin la esencia del largo viaje.
Obviar todo lo demás.
Tú eres un tipo visceral, me acaba de decir mi novia,
por teléfono desde el Mediterráneo.
El hombre lobo trasmuta.
El hombre lobo mutante.
Un tipo visceral,
que intentará mantener con vida,
y siempre a su lado,
a los espléndidos peces plateados.
Los protegeré. Oh, buen tipo visceral.
Los necesito tanto como ellos a mí.
Sé que los cuidaré.
Yo pertenezco, lamentablemente, al grupo del que los amó ya en la primera lectura, a la una de la mañana, semilúcido, tanto que terminé leyéndolos en voz alta para mis gatas, que me miraban desde su sillón con la paciencia que las caracteriza. Se había terminado el whisky.
Si bien soy un lector empedernido, siempre me consideré (aún me considero) un mal lector de poesía. No les creo nada a esos verseros infames. No mienten nunca, pero tampoco nunca dicen la verdad, salvo por rodeos.
La línea oscura, el nombre del libro, es a la vez el de uno de los poemas/relatos antologizados. Cuenta los escarceos antes y después de dar el salto. ¿El salto adónde? Al otro lado de la obediencia, del respeto, de los protocolos, de todos esos aparatos con los que se arma la sociedad para sofrenar nuestros deseos hedónicos, dolorosos y brillantes. La línea oscura se esnifa de madrugada, en soledad y abandono.
Pedro Juan Gutiérrez nació en Matanzas, Cuba, en 1950. Es reconocido internacionalmente como uno de los escritores más talentosos de la actual narrativa latinoamericana. Su Ciclo de Centro Habana ha sido publicado íntegramente por Anagrama, y ha aparecido en otros idiomas en más de veinte países: Trilogía sucia de La Habana (publicada también en títulos individuales: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí), El Rey de La Habana (que ha sido adaptada al cine por el prestigioso director Agustí Villaronga), Animal tropical (Premio Alfonso García-Ramos), El insaciable hombre araña y Carne de perro (Premio Narrativa Sur del Mundo). Vive en La Habana y se dedica exclusivamente a la literatura y a la pintura. Su obra más reciente es el libro de relatos Mecánica popular.
Estos poemas pueden recibir solo dos respuestas: la respuesta del que los odia y la del que los ama.
Una vez más y casi a mi pesar, me encontré arrastrado por las fuerzas de unos versos bastante prosaicos que cuentan una historia, o muchas historias, porque al poeta le está permitida la digresión interminable. Otra vuelta por el infierno que somos.
El whisky baja en la botella mientras leo y leo hasta el último verso, hasta la página final y el vacío que te queda cuando, a pesar de que no querés terminar, como todo, este libro inmenso también se termina.
Hace muchos años que no reseño un libro de poesía. ¿Qué decir de aquello que solo está escrito para ser leído, alter egos sin moraleja, con cientos de historias inconexas, sin orden, excesivas? Nada.
Salvo que este escritor terrible tiene también varias novelas que ya conseguí en el mercado persa de la virtualidad. Me esperan días de aventura por la Habana vieja, qué lindo y trágico.
Alguna vez estuve rodeado de todas las señoras en decadencia.
Yo vivía en el último piso del edificio
y tenía cuarenta años
y las señoras en decadencia me adoraban.
Yo subía y bajaba las escaleras para masajear
mi corazón atolondrado y ellas decían:
“¡Oh qué vigoroso! ¡Es un deportista!”
Ellas tuvieron su esplendor después de la guerra.
En los cincuenta eran amantes espléndidas.
Lujuriosas y satisfechas.
Mujeres hermosas y elegantes. Putas de lujo.
Viajaban a Miami, a México, a Puerto Rico.
Algunas
Iban de Christmas a New York.
Y ahora viven en la decrepitud,
con aquellos muebles destruidos, los vestidos sucios,
y pasando hambre.
A veces enseñan sus plumas descoloridas,
los largos guantes amarillentos,
los frascos vacíos de perfume,
los mechones del cabello que se cae.
O los perros. Algunas para no estar solas tienen perros
y duermen con ellos y siempre hay peste a mierda de perro
cuando abren las puertas a mi paso, para platicar un instante
y repetir: “Oh, qué fuerte es usted, cómo sube corriendo
hasta el octavo piso. Y qué hermosos sus hijos.
Son muy lindos sus hijos. Son muy educados.”
Y yo sabía de qué mundo esplendoroso venían ellas.
Fueron las amantes de lujo de los americanos.
Las putas caras.
Nunca tuvieron hijos para no maltratar sus cuerpos.
Para no perder la fiesta. Para no arriesgarse.
Y ahora cada una está encerrada en su piso.
Tienen temor de los negros. Este barrio fue invadido hace años
por negros y delincuentes y prostitutas baratas
que se alquilan a los turistas.
Y ellas tienen temor y dicen: “ah, este era un buen barrio.
En este edificio solo vivía gente fina”.
Tienen temor ahora, en la decadencia final. Solas, hambreadas,
sin bañarse. Con los huesos enfermos.
Pero son duras y no se quejan.
Sonríen y conversan pausadamente.
Tienen un largo entrenamiento de putas caras.
Deben sonreír y conversar alegremente. Y decir que sí.
Y volver a sonreír.
A veces van muy temprano a la iglesia y rezan.
Después las ayudo a subir por la escalera oscura y sucia.
Y me dicen: “Que Dios lo pague. Yo siempre rezo por usted
y por sus hijos”.
Y Dios las escucha. Yo sé que las escucha.
Me perdonan mi soberbia sin límites.
Me perdonan mi arrogancia y mis prisas.
Ellas saben que estoy dibujando un boceto errante
de mi vida. Que corro desesperadamente por las escaleras
y apenas las saludo y las escucho un minuto. Ellas saben que me provoca tristeza verlas destruidas
y huesudas pasando hambre. Las pobres viejas.
Las pobres putas viejas que caminan hasta la muerte
se deleitan conmigo.
Y con eso les basta.
Admiran al único varón vigoroso que pasa por sus puertas
muchas veces al día.
Y me perdonan que yo les tenga lástima.
Y rezan por mí.