Teatro: "Lenguajes del adiós", crónica de un duelo en tiempo presente

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CARTELERA TEATRAL

Teatro: "Lenguajes del adiós", crónica de un duelo en tiempo presente

05 Julio 2026

Las manos y la voz de una madre forman parte de la memoria más profunda de cualquier persona que haya construido con ella un vínculo de amor. Incluso cuando ese amor fue complejo, contradictorio o difícil de nombrar. Hay algo en esa primera vibración de la voz materna que se nos queda pegado en el cuerpo, como una marca de agua. La obra Lenguajes del adiós, escrita, dirigida e interpretada por Patricio Abadi encuentra justamente allí su centro neurálgico. Se para en ese territorio fronterizo donde la ficción dialoga con un dispositivo audiovisual performático —que recupera retazos reales de un pasado— para explorar algo que, por definición, escapa a las palabras: la transformación del vínculo entre una madre que se está despidiendo y un hijo que debe aprender a habitar esa ausencia incluso antes de que ocurra. Es la crónica de un duelo en tiempo presente.

Hay una pregunta, casi subterránea, que atraviesa toda la experiencia de la obra: ¿en qué momento exacto empezamos a comprender que aquello que durante años no supimos reconocer como amor se reconfigura frente a la muerte? Cuando el final deja de ser una abstracción y se vuelve un horizonte real, el tablero se patea. En la vida cotidiana solemos vincularnos también a través del malentendido, el reproche o la demanda insatisfecha. Para quienes realizan terapia hace mucho es sabido que toda demanda es demanda de amor. Pero cuando el cuerpo de una madre empieza a apagarse, el tiempo cambia de escala.

Resulta sugerente pensar este quiebre a la luz de lo que Oscar Wilde concebía sobre el arte y la belleza. Para el autor irlandés, el artista es el creador de cosas bellas y el arte encuentra su justificación en sí mismo, casi como un refugio contra la vulgaridad de la existencia. Sin embargo, en la propuesta de Abadi, esa premisa se subvierte: la búsqueda estética se desplaza hacia un territorio mucho más descarnado. El artista ya no esculpe una belleza idealizada para huir de la realidad o evadir la decadencia, sino que utiliza el dispositivo escénico y la belleza de los recuerdos —esos archivos y retazos de video— como la única herramienta capaz de tramitar la despedida. Es encontrar belleza en el despojo, capturando lo efímero del tiempo.

Ese ejercicio de desprendimiento estético nos devuelve a la lucidez de Viktor Frankl cuando escribía que "la muerte es solo un punto final del continuo decir adiós". El arte no salva de la finitud, pero se convierte en la única gramática capaz de acompañar ese goteo constante, ese ensayo diario de la pérdida. En la puesta de Abadi, la inminencia de la pérdida opera con esa misma fuerza sísmica. Ver morir a una madre es, para el hijo, el choque definitivo contra su propia mortalidad.

Mientras ella se está yendo, el personaje es empujado a revisar su biografía, a ver el reverso absurdo de las máscaras cotidianas y a deponer las armas del viejo conflicto filial. La finitud compartida limpia el ruido del pasado. El cuerpo enfermo impone una tregua donde el juicio se suspende para verla, quizás por primera vez, en su dimensión puramente humana.

¿En qué momento exacto empezamos a comprender que aquello que durante años no supimos reconocer como amor se reconfigura frente a la muerte?

Ese despojo, sin embargo, no ocurre en un espacio de retiro meditativo, sino en medio de un estallido vital, caótico, sangriento y sarcástico. La escena se vuelve (des)carnada: en este biodrama del duelo, donde un cuerpo es carcomido por dentro, no es para nada ilógico que Abadi elija recuperar su monólogo más famoso, "Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío". Lo que antes funcionaba como un gag ingenioso aquí adquiere otra importancia; el juego de palabras gastronómico se vuelve corpóreo.

Algunos psicoanalistas suelen explicar con mucha lucidez que la voz de los padres no es un sonido exterior que un día simplemente se extingue. Al contrario: es una estructura interna, una matriz, un modo de escucha que nos habita y desde el cual miramos el mundo. Por eso, el duelo real no tiene nada que ver con el olvido o la superación higiénica del dolor. Consiste, más bien, en la trabajosa y artesanal tarea de asimilar esa herencia simbólica para poder, eventualmente, separarse de ella y dar paso a lo nuevo.

Hay algo más que la obra deja flotando una vez que termina. No es una pieza cruel. La emoción aparece por decantación, porque Abadi no nos obliga a llorar: nos invita, antes que nada, a conocer a su madre. ¿Por qué es importante que la conozcamos? Quizá porque en esa mujer concreta, con sus contradicciones, sus silencios y su manera de amar, también aparecen las nuestras. Porque, a veces, aquello que durante años creemos injusto en nuestros padres es precisamente lo que termina marcándonos el camino. Solo cuando la posibilidad de perderlos deja de ser una hipótesis comprendemos que incluso aquello que nos dolió también forma parte de quienes somos. Y en ese gesto Patricio acorta la distancia con el espectador. 

Habitar el tiempo suspendido de una despedida es quizá, en definitiva, aprender a traducir una presencia que se desmaterializa en la pantalla y en el escenario. A través de ese juego de luces, archivos de video y cuerpos expuestos, Lenguajes del adiós esquiva el golpe bajo y prefiere sugerir una verdad mucho más luminosa y perenne: que el amor nunca desaparece del todo. Simplemente cambia de idioma. Y es en ese vacío material donde la ausencia nos enseña una gramática impensada: la de inventar, por fin, una voz propia capaz de albergar la complejidad del amor y de la finitud.

Lenguajes del Adiós de Patricio Abadi se presentará de jueves a domingos a las 18 horas, hasta el 9 de agosto inclusive en el Teatro Nacional Cervantes.