Drogas, alucinaciones y medios de comunicación

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    Un libro sobre drogas
ENSAYO

Drogas, alucinaciones y medios de comunicación

05 Julio 2026

“Al afectar al cuerpo, ya sea mediante la tv o las drogas (inventadas u otras), alterás tu realidad”
D. Cronenberg

A esta altura uno de los pocos temas que parece tener futuro es el de las drogas, legales o ilegales (otros temas que se me ocurren son el fracaso global de los frentes progresistas y el auge de la violencia de derecha, tal vez estén relacionados). Lamentablemente, casi toda la bibliografía que se ocupa de ellas está dominada por prejuicios, en contra o a favor. Un grupo de investigadores del Conicet escribió hace unos años un libro que abre una vía muy interesante e imparcial para informarse y pensar la cuestión: Un libro sobre drogas (El Gato y la Caja, 2022).

Cada uno de los científicos del grupo escribió un capítulo. En todos los capítulos prima la claridad expositiva. Empiezan clasificando las drogas según las sustancias que las constituyen y los efectos que provocan, cuentan su historia y cómo se descubrieron o inventaron (muchas veces de manera accidental). Tratan de quitarle cualquier estigmatización a la palabra droga, y lo logran, haciendo que el concepto llegue a abarcar cosas tan lejanas como el café o el alcohol. Están en contra del prohibicionismo. Al mismo tiempo, desligan a la droga de la fatalidad que la persigue como su sombra: la adicción (copio dos videos del gran Damián Kuc que despliegan el tema desde esta misma perspectiva teórica: https://www.youtube.com/watch?v=U22iFVNPh5Q&t=1751s; https://www.youtube.com/watch?v=ZtlW8VAQOeM).

Drogas y adicción suelen ser temas que se tratan como si fueran complementarios, como si no hubiera droga que no genere algún tipo de adicción, sin entender que la adicción, el comportamiento adictivo, es una de las características propias del siglo pasado. El consumo masivo de drogas también lo es. Primero la conducta adictiva, luego la droga que la calma. No es que las drogas se hayan inventado en el siglo XX, pues hay drogas milenarias y estos científicos demuestran que de hecho hay drogas que incluso el organismo humano genera desde el nacimiento, y “que hacen que la información circule por el cerebro”, por ejemplo. Si las drogas externas “tienen efecto sobre nuestro cuerpo es porque existen sustancias parecidas en nosotros mismos, que son las encargadas de transmitir información”, agregan. Yo les creo. Y unos párrafos más adelante afirman: “A fines del siglo XIX ya se sabía que de alguna manera las neuronas generaban electricidad que se transmitía a través de la célula. La comunicación tenía que ser eléctrica”. Impecable.

Teniendo en cuenta que estos científicos consideran que para pensar las drogas se debe recurrir a los conceptos de la comunicación del siglo pasado (basta con constatar las palabras que utilizan), me resulta extraño que no consideren a los signos mediáticos como una forma de droga, tan potente o alucinógena como cualquier droga psicodélica. La pandemia puso en evidencia que la información en sí misma, más allá de lo que transmite (o más acá, mejor dicho), es viral y virósica, y que no tenemos remedio para ella —más bien sentimos una profunda necesidad de ella para soportar la carga diaria de existencia. ¿Sólo la represión y la abstinencia pueden ponerle un límite?

Consumimos como real lo que no son sino signos audiovisuales, que nos afectan emocionalmente y perturban nuestro vínculo cotidiano con la realidad afectiva.

Si bien es entendible la limitación disciplinaria que sufren estos biólogos, psicólogos y neurocientíficos de primer nivel, se vuelve urgente comprender los efectos alucinógenos que los signos mediáticos producen en nosotros, por lo menos si queremos atisbar cómo llegamos a donde estamos y qué hicimos para ser lo que somos.

No somos los primeros que pensamos algo así. Escritores de ciencia ficción como William Burroughs, William Gibson, John Carpenter o David Cronenberg, o ensayistas como Marshall McLuhan, “Bifo” Berardi o Mark Fisher, entre otros, ya lo hicieron. Cada uno a su manera, plantearon que los medios afectan nuestra percepción y nuestra psique, alteran nuestra conducta, nos generan ciertos deseos, ciertos miedos, ciertas expectativas, etc. Segregan realidad. Eso sí, debemos entender que las alucinaciones que producían los medios tradicionales desde los que ellos están reflexionando (televisión, video, videojuego, etc.) se intensificaron, y por ende cambiaron, en el nuevo estadio al que arribó la evolución mediática, dominado por la conexión totalitaria y el consumo compulsivo de signos audiovisuales, de Instragram a TikTok y más allá. No sería la primera vez que lo que vivimos como liberación es en realidad una nueva forma de sometimiento.

¿Qué es una alucinación? La alucinación es una vivencia que pone en tensión, borronea, las fronteras que separan (y relacionan) la realidad y la ficción o la fantasía. La alucinación confunde los límites del yo: ¿dónde termina el yo? ¿Qué es el yo? El yo se siente inseguro, vacila, mientras que lo que era la realidad (tan real) comienza a desvanecerse, a desmoronarse, y de pronto ya no sabemos dónde estamos ni quiénes somos, aunque sea por un instante. Es el instante en el que nos entregamos a la pantalla.
La dietilamida de ácido lisérgico (LSD), la ayahuasca, la mescalina o el éxtasis (MDMA) ayudan a los seres humanos a experimentar estados disociados y distorsiones perceptuales y afectivas, los medios de comunicación en general y el smartphone en particular, también. Consumimos como real lo que no son sino signos audiovisuales, que nos afectan emocionalmente y perturban nuestro vínculo cotidiano con la realidad afectiva. Lo hacemos amparados en la ignorancia de lo que nos está ocurriendo —o culpándonos a nosotros mismos por ello.

La realidad se va volviendo una alucinación desagradable, mientras los discursos mediáticos se naturalizan y se consumen con sentimientos controvertidos en los que la indiferencia social se entremezcla con la denuncia continua, la alegría con la envidia, el amor con la bronca, la frustración con el odio, la soledad con la desolación y el aburrimiento, un estado de ánimo fundamental para pensar cualquier futuro, se confunde con los miles de entretenimientos y apps que inventamos para exorcizarlo.

“¿En qué medida una enfermedad física puede ser inducida por una cinta codificada?” se interrogaba en los años sesenta Burroughs. No solo todavía no encontramos una respuesta, directamente dejamos de formularnos la pregunta, como si se tratara de dudas abstractas que no tienen relación con nuestra vida cotidiana.

Me atrevo a pensar al signo audiovisual como la erupción cutánea de un mensaje alucinógeno segregado por el multimedio hegemónico.
Cuidado que quizás allí donde buscamos la solución se puede encontrar nuestro desastre.