Una forma de vida

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    La buena vida
    Ilustración: Gabriela Canteros
ENSAYO

Una forma de vida

17 Enero 2026

1.

Lo sepamos o no, nuestra vida no es un mero transcurrir involuntario de hechos que se suceden unos a otros sin ton ni son. Una sumatoria de casualidades.

Si nosotros no decidimos lo que hacemos, alguien lo decide por nosotros.

Hay que diferenciar el quiero del puedo. Hay que evitar decidir desde el quiero y hacerlo desde el puedo. A esto lo llamo realismo.

A esa vida caprichosa y amorfa atada al devenir de los hechos, la vida animal, los griegos la llamaron Zoé (Ζωή). La contraponían a otro concepto de vida, la bios, la vida formada, la vida propiamente humana en la que intervenimos para darle alguna forma o algún sentido a nuestra existencia.

La pensadora que nos recordó esta diferencia fundamental fue Hannah Arendt en La condición humana, y el que lo trabajó en profundidad fue Giorgio Agamben en el que considero su mejor libro: Homo Sacer.

Releyendo el libro de Johan Huizinga: El otoño de la Edad Media, me encuentro con que allí el gran historiador plantea que “aquella actitud que se considera habitualmente característica del Renacimiento, a saber, la aspiración a elevar la propia vida a una forma de arte”, ya provenía de la misma Edad Media. La diferencia, para él, estriba en que en aquella “época oscura” la dicotomía no se planteaba en términos de arte y vida, se planteaba como Dios y mundo. Una vida dedicada a Dios.

Como sea, lo cierto es que en el siglo pasado, desde por lo menos la irrupción de las vanguardias históricas (Kandinsky, Malevich, Duchamp, y antes Van Gogh, Gauguin, Cézanne, etc.), y junto con ellas la conformación de lo que se dio en llamar la sociedad de masas, esta preocupación por formar la vida se amplió y se extendió más allá de la élite cultural de un país, para terminar afectando, sino a todos, sí a muchos de los habitantes del planeta globalizado. Incluso, a veces, aunque estén quebrados.

Ahora bien, esta “bildung” existencial implica, antes que una racionalización, una estetización de la vida, la exigencia de pensar la propia vida como una obra de arte, y así también su disfrute y su placer.

Pensar en estos términos en esta época de precarización y de precariedad material y simbólica suena a consolación.

El sentido de toda obra de arte no surge de sí misma, surge del diálogo que logre entablar con el contexto social, psíquico, económico, afectivo, etc. del y en el que surge.

Nosotros, los “comunistas”, no debemos olvidar nunca la máxima marxista que sostiene que el ser humano siempre es él mismo en situación.

2.

Todos recibimos una herencia. La de algunos, son millones de pesos; la de otros, en cambio, tiene la consistencia del viento. Algunos “reciben” como herencia la pobreza infrahumana, una miseria de la que no se podrá salir nunca. Es una condena. Otros reciben una biblioteca.

Toda herencia es una condena.

Algunos son hijos de doctores, por lo que nacen en una casa que tiene o tuvo una ideología más o menos consciente, aunque luego al hijo no le guste y viva para refutarla o superarla en reconocimiento.

Otros no conocen lo que es y lo que produce un libro nunca en su vida.

Un hijo de clase media conoce el libro, su valor (sobredimensionado), aunque tal vez nunca disfrute del placer que provoca.

Para darle una forma a la vida, para que la vida propia tenga algún sentido aportado por uno (aunque sea nimio), es necesario elaborar la herencia para que deje de ser una carga y comience a ser un incentivo.

Es decir: en lugar de abjurar y combatir contra la herencia, habría que sumarla a la propia gesta.

El tema es que el resultado de esa suma no se puede conseguir en abstracto, son solo los hechos los que hablan. ¿Cómo asumimos o re-asumimos la herencia? ¿Cuánto de traición hay en ese “cómo”? ¿Podría asumirse de otra forma que no sea por la traición y el olvido (al que estamos destinados todos)?

Una obra perdura. Una vida se extingue.

Todos recibimos una herencia. La de algunos, son millones de pesos; la de otros, en cambio, tiene la consistencia del viento. Algunos “reciben” como herencia la pobreza infrahumana, una miseria de la que no se podrá salir nunca. Es una condena. Otros reciben una biblioteca.