Almamula: la inquietante película argentina que recorre el mundo

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Almamula: la inquietante película argentina que recorre el mundo

23 Agosto 2023

Después de un extenso recorrido por festivales de Canadá, Alemania, Uruguay y Estados Unidos, la película Almamula, dirigida por el santiagueño Juan Sebastián Torales, se estrena este 24 de agosto en salas de todo el país. Es una obra incómoda que ofrece una experiencia cercana al terror primitivo y mitológico en las profundidades del monte.

En el imaginario colectivo de “lo santiagueño” el monte juega el papel del encantamiento y la pesadilla, su espesura cultiva y promueve el florecimiento de leyendas a su alrededor. En el monte habitan almas en pena, danzas, vicios y criaturas extrañas que nos llaman a su interior hasta que nos perdemos para siempre en sus entrañas. En las leyendas que conocemos, y que nos enseñaron en nuestras casas y en las escuelas, siempre se castiga a quienes se oponen a la rigidez de las convenciones morales. 

Se le dice coming of age al género cinematográfico que aborda, por ejemplo, la historia de una adolescente en el proceso de transición de su niñez hasta la madurez, en la instancia de descubrimientos sexuales con uno mismo y con el otro. Almamula se orienta en esa línea pero también utiliza como insumo la leyenda alrededor de este ser mitológico -que castiga y reprime ciertas conductas sexuales- para narrar la historia de un joven llamado Nino y elaborar un costumbrismo muy cercano al cine de Lucrecia Martel, con elementos de una narrativa fantástica y queer. 

Nino (Nicolás Díaz) recibe el maltrato frecuente de los otros chicos del barrio hasta que un día lo interceptan en un calle y lo golpean para luego dejarlo tirado en la caja de una camioneta. Su madre, interpretada por la actriz María Soldi, toma la decisión de trasladarlos a él y a su hermana a una casa en las afueras de la ciudad, en el monte. Ahí se encuentra su padre trabajando junto a un grupo de obreros. El paisaje funciona como complemento de la tensión que se respira en el ambiente. Uno como espectador puede sentir el calor, la humedad, el zumbido de los insectos, puede percibir el olor de algo que en el fondo se pudre, la sangre derramada, los ambientes cerrados, las habitaciones de las casas a media luz. Pocos directores tienen la capacidad para transmitir una atmósfera que prescinda de palabras. Torales lo logra considerablemente. 

El tono elegido es el correcto en el pulso veraniego, familiar y en la fortaleza de las actuaciones de todo el elenco. Lo sabemos, es raro escuchar nuestra tonada en una pantalla, estamos acostumbrados al cine de Buenos Aires. Aquí no hay extrañeza, hay naturalidad y fluidez. Los encuadres están bellamente compuestos, destaca la fotografía de Ezequiel Salinas y la dualidad de lo que estalla por dentro -en su reverberación violenta- y aparenta su calma indolente en la superficie -en la mansa vida de pueblo- se transmite en la puesta en escena de los personajes, que se reflejan de manera constante en las superficies de ventanales, espejos y ríos. 

Quienes vivimos en Santiago del Estero sabemos que durante el verano es prácticamente imposible habitar los espacios sin padecer el calor y que también es difícil sostener una conversación al aire libre a causa del zumbido de los coyuyos desde los árboles. Ese sonido afilado que penetra en nuestros oídos nos aturde de una manera atroz y es lo más palpable en la identificación con el entorno montuoso, o monstruoso. En Almamula los coyuyos son una parte fundamental en la construcción del horror. Como los violines punzantes en las escenas de suspenso hollywoodense, cuando los coyuyos aparecen sabemos que algo está por pasar. La película es efectiva en su idea de apelar a un sonido ambiente que aumenta gradualmente su intensidad para que identifiquemos el ascenso irreversible a lo tortuoso. 

No quiero caer en lugares comunes, pero sirve a los usos prácticos de esta reseña. Santiago del Estero no sólo es una provincia alimentada a base de tradiciones folclóricas, mitos y leyendas; también sostiene una manera muy particular -y propia del norte argentino- de concebir lo religioso. Eso se traduce en actitudes sociales que configuran los marcos de convivencia/conflictividad en lo cotidiano y tejen o destejen redes alrededor de la aplicación de políticas públicas. Creo que Almamula hace algo muy valiente para la producción artística provincial. Torales se anima a tocar temas neurálgicos en lo que respecta a nuestra constitución identitaria, religiosa y conservadora. 

Hay un eco a La Ciénaga que se asoma por ahí. En su película, Torales lo hace de una manera osada, con imágenes bellas, lúgubres, potentes y con las herramientas que proporciona el cine para decir lo que no puede decirse. El director encuentra una manera de que lo cultural y lo performático se sobrepongan a la moderación estática que promueven los oficinistas de la cultura. No hay una pose burda, no hay una mera masturbación estética -si se me permite el posible spoiler-. Almamula es una obra que tracciona capas de sentido en un diálogo con otras maneras de concebir el arte, que discute con nuestras tradiciones y provoca una incomodidad muy lejos de la superficialidad de las formas. 

La película fue ovacionada en su presentación en la 73° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín, luego de ser elegida entre más de cinco mil películas, y ya tiene garantizada una distribución por salas de Estados Unidos, algo que fue anunciado en su presentación local durante la noche del martes. Su paso previo por festivales, con premios incluidos, no ha hecho más que incentivar su difusión e interés. Una estrategia de exhibición que le permite a Almamula llegar a Santiago ornamentada por oros y laureles justamente merecidos. 

Es probable que a una porción de la audiencia le disguste Almamula, que no pueda concebir una manera de digerir su oscuridad. Eso la hace más apasionante. Es un cine que no pasa indiferente, que revuelve algo adentro, que decanta con el pasar de las horas en nuestro cuerpo y que abre múltiples discusiones a su alrededor. Un cine que, además, no hubiera sido posible sin el acompañamiento y financiamiento estatal. Algo que es importante remarcar, más aún en estos tiempos.

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