Tristán y los días por venir: acompañar y generar conversación
El próximo viernes 18 se estrena Tristán y los días por venir en el Cine Gaumont. El documental, codirigido y guionado por Martina Matzkin y Gabriela Uassouf, acompaña a Tristán Miranda durante siete años en su crecimiento y en su transición de género, con el objetivo de que ambos procesos sean ponderados en comunidad. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, Matzkin y Uassouf analizaron el proceso de realización en su conjunto y el estreno en el contexto nacional actual.
Las directoras conocieron al protagonista durante el casting para El nombre del hijo, cortometraje de ficción multipremiado. En ese entonces, Tristán tenía 14 años y destacó, entre otras razones, por el respaldo familiar. Allí entablaron un vínculo con Virginia Viera, su madre. El interés sobre las identidades travesti trans ya estaba presente en su filmografía desde Cuidadoras, su primer documental, por lo que decidieron focalizar en su llegada a la adultez en paralelo a sus pasos concretos en relación a su identidad de género. Tanto el film como Tristán fueron creciendo a la par, al punto que él mismo terminó proponiendo escenas, siempre acompañado por su mamá, sus amigos, su escuela y, en parte, el Estado.
El registro a lo largo de siete años, con imágenes que iban desde la vida cotidiana, pasando por cumpleaños, hasta hitos en su transición, fue lógicamente extenso, por lo que el recorte fue exhaustivo hasta alcanzar una duración de apenas más de una hora. La clave era seguir filmando, más allá de desafíos económicos, formales y hasta de salud nacional -por la pandemia-, para luego en el montaje priorizar el recorrido emocional. El trabajo conjunto y el apoyo de diversas instituciones y organizaciones sociales vinculadas -tanto las productoras cinematográficas como el colectivo trans- permitieron llegar hasta el final del proceso.
A su vez, Tristán y los días por venir tiene un gran trabajo desde lo técnico, no sólo por la cámara en mano sino por el cuidado de la intimidad y la espontaneidad. De esa manera, postula un componente humano en la observación documental, trascendiendo la agenda de la diversidad como parte de la identidad social y mostrando aspectos complejos y, sobre todo, multidimensionales. En esa línea, no tiene un punto de cierre, como toda transición, dado que la apuesta característica de la filmografía es generar conversación.
Por último, un aspecto insoslayable es el cambio de gobierno. El país en el que iniciaron el film era distinto: la gestión a cargo de Javier Milei, desde lo discursivo y lo material, vulnera derechos. Es un ataque concreto sobre las diversidades, al propio Tristán le dificultaron a nivel logístico sostener su terapia hormonal y, en ese sentido, afectaron a la película, por ser su protagonista. De un contexto más favorable, donde había acompañamiento institucional y legislativo, a uno más complejo, hasta llegar, según el propio documental, a un tercer momento que tiene que ver con “reconocer luchas pasadas y pensar estrategias a futuro”.
El documental plantea como idea central el aspecto positivo del crecimiento en el proceso de transición de género. No para negar los escenarios contrarios, que son mayoría, sino para resaltar la importancia de una comunidad y del rol estatal, más allá del entorno familiar y las amistades. Por otra parte, habilitar la violencia institucional genera situaciones traumáticas. ¿Es posible ser trans sin sufrir tanto? La pregunta funciona como punto de partida del documental y no tiene una respuesta única, mucho menos cerrada.
“No hay una forma correcta de transicionar”, nos dice el protagonista, que a lo largo del relato cambia notablemente. Tristán es un contrapunto generacional con las directoras, cuya adolescencia fue en un mundo muy distinto. Otra de las claves es el intento permanente de despejar su adultocentrismo. A su vez, afirman, el aprendizaje de la película continúa luego de su estreno. “Lo importante es la esperanza de que podemos hacer algo para mejorar las cosas”, sostienen. De allí el interés por la puesta en juego de varias miradas sobre el futuro.
En definitiva, para Tristán crecer fue aprender sobre la defensa de sus derechos para seguir adelante, confiando en su círculo de cercanía y más allá de la violencia estatal, y así será también en los días por venir. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, Matzkin y Uassouf analizaron el proceso de realización en su conjunto y el estreno en el contexto nacional actual.
Agencia Paco Urondo: ¿Cómo analizan el proceso de realización en su conjunto?
Matzkin y Uassouf: Fue un proceso de largo aliento, como todo documental. No empezó con un guion ni una estructura definida, sino con una intuición: había algo en el crecer de Tristán que valía la pena mirar. Después de El nombre del hijo, y apoyándonos en la relación que habíamos generado con él y su familia, empezamos a filmar escenas de la vida cotidiana con muy pocas premisas, cámara en mano y equipo mínimo para cuidar la intimidad y espontaneidad. En la casa de Tristán, en su escuela, en la plaza de su barrio en Moreno.
Sostener ese proceso durante siete años requirió un esfuerzo enorme, no sólo emocional sino también físico y financiero. Hubo un trabajo serio de todo el equipo para no claudicar, incluso ante el obstáculo que significó el diálogo truncado con el INCAA a partir del cambio de gobierno. Pasamos por tres etapas de montaje diferentes, se nos cruzó la pandemia, en fin, hubo que redoblar todo el tiempo. Lo que más nos marcó fue que al principio éramos nosotras las que proponíamos qué registrar. Con el tiempo y la confianza, Tristán se fue apropiando del proyecto. Eso dice mucho de cómo fue cambiando la relación, y la película.
APU: ¿Qué significa el estreno del documental en el contexto del país?
MyU: Empezamos a filmar en un contexto muy diferente al de hoy. El país en el que conocimos a Tristán tenía otro clima institucional. El gobierno actual, no sólo desde lo discursivo sino desde acciones concretas, ataca las diversidades: recorta y cierra programas de género, emite decretos que vulneran la ley de identidad para niñeces y adolescencias, y fomenta discursos de odio desde el propio Estado.
Eso afectó a la película de la manera en que afectó a Tristán. Pasamos de un momento donde el acompañamiento institucional era más favorable a uno donde todo se hizo más difícil. Pero vemos en Tristán un tercer momento: el de repensar las luchas pasadas y construir estrategias hacia adelante, y eso está en la película. Estrenar ahora tiene un peso particular. Creemos que hay una base de aceptación de la diversidad como parte de nuestra identidad social que llegó para quedarse, aunque el contexto político intente erosionarla. Mostrar a Tristán de manera compleja y multidimensional, no sólo como alguien que transiciona sino como alguien que crece, duda, elige, es nuestra forma de celebrar su existencia y la de cualquier persona con derecho a ser quien es.