“Cuadernos de la Belleza”, tercera obra póstuma de Vicente Zito Lema
Ediciones Lamás Médula integra a la colección Noche Tótem, Cuadernos de la belleza, una nueva obra póstuma del poeta incansable Vicente Zito Lema. Una vez que cruzamos el umbral ilustrado por León Ferrari, los colores mutan su temple, la Belleza es la interlocutora alejada de todas las convenciones con las que se la marida. Como siempre, Vicente juega fuerte, y ahora no lo tenemos a mano para disputarle algún sentido, interrogarle un capricho rítmico, escucharle en su voz profunda la entonación que, como una clave, abre o ancla una vía de interpretación.
En el universo de Vicente Zito Lema hay elementos ineludibles, que se hacen parte de la obra y son presencias en el imaginario lector. “Las cosas son así… Este libro existe gracias a Regine Bergmeijer”. Así preludia el autor, nuevamente, desde la eternidad, lo que es una apuesta poético-filosófica que puede concebirse herramienta, arma, asilo, para hacer, combatir, guarecerse de la tempestad de los vientos que soplan.
La obra tiene como prólogo una carta de Regine titulada La Belleza nos pertenece. Las palabras que encontramos allí son sencillas y firmes, historizan y describen con brevísima precisión la obra inmensa y el amor que los unió. El trabajo inclaudicable por la palabra, desde el exilio en Amsterdam durante la última dictadura hasta la continuidad, luego de la ausencia física. Hay en la carta un deseo que merece ser compartido para que su concreción se inicie y no detenga: “Mi sueño es que todas las frases hermosas de Vicente se reproduzcan en las paredes de la Argentina. ¡Vaya tarea! ¡Están todas y todos invitados a defender la poesía”. Podemos considerarnos implicados.
“Hablemos Belleza, será una noche larga” es el primero de los nueve fragmentos que integran el poemario. Aquí “Todo se tiñe de luz, aun la boca de los muertos”. Sí, la Belleza con la que nos encontraremos es impiadosa, cercana a la dolencia, “duerme desnuda- sobre el lecho donde afila sus dientes- el ángel de la maldad”.
No, no nos reservó una fuga en do mayor, quizás por el contrario, suene más próximo a un réquiem: “Caminar con la Belleza por los patios del hospicio / buscando el fulgor de la estrella matutina / es una belleza esquiva que nombra cada / uno de mis asombros / Se asemeja a un oráculo… / Yo sueño con tocar en la penumbra su / delicada espalda”.
Sesenta poemas forman el gran monólogo noctámbulo que hace de punto de partida, cuando pasemos esta estación inicial quedaran en nuestras retinas los espectros que abonan el desvelo, las ausencias que el Sol vuelve sombras: “A veces tengo miedo de las voces / que me dictan lo que escribo”.
Continúa con “Las vísperas de los cielos - Cuaderno de Atenas”, y aquí Vicente se encuentra y desencuentra con sus maestros idílicos: Aristóteles, Platón, Sófocles, Apolo. El poeta accede a ellos, se enfrenta y los afrenta cuando no hay escapatoria en los recursos de su sino. La distancia con los genios no lo priva de la osadía a la que éste hombre se aventura, aun percibiendo que es incapaz de cosechar algo de lo que han obtenido sus griegos admirados: “Se dice que en la mirada / está el principio de la sabiduría / Yo puedo mirarte Belleza / hasta el final de mis días / y nada sabré que valga la pena… / que cambie mi destino… / La melancolía me corroe / como a los perros la luna llena…”.
Un extenso poema, quizás una de las virtudes más fuertes que Zito Lema supo cultivar, es “Post Scriptum - Abrazo a Sócrates”; fraterniza con el ídolo, el gran preso político, el que eligió la muerte antes que el exilio, el que corrompió los muros de una Atenas temerosa de la preñez entre la Belleza y la Verdad. “...abracé a Sócrates / con el amor de un lobo que aúlla”.
En las arenas de Erecteion reviven los fantasmas que circundaron el espíritu en otras orillas, las del río Amstel y las evocadas rioplatenses. “Allá muy allá están los cielos… / Duele verlos…”. Por si alguien aún no caza el sentido de este juego, se lo expone concretamente: “Mañana prenderé un fuego… / Se trata de contar las horas / de no olvidar”.
“Esas nubes púrpuras anochecidas - Cuaderno del tren a Gare du Nord” se compone de doce piezas en las que la desolación se hace ineludible, con mayor potencia de la que venía asomando.
Hay un viaje que terminará, estamos en la frontera de los días, en un vagón vacío, bajo nubes que mutan sus tintes en un despiadado surrealismo. Ahora el poeta juega con la fábula de su trágico arribo al mundo, su condenada contemplación. “algún lobo viejo/ tan fuera del bosque y de la nieve / Tan fuera de todo, como puedo estar yo / Se arrime a nuestro costado / hambriento / Inútil con sus pocos dientes / con el colmillo sin filo / Con su aullido a la luna blanca / que tampoco escucha…”
A partir de aquí hallamos un giro en la relación poeta/Belleza; el hombre ha envejecido, y se autoriza in crescendo a increparla, a cercarla en definiciones, a requerirle su compañía, porque hay cartas que ya están jugadas, quemadas sobre la mesa, y no hay vuelta atrás en los juegos que nos hacen la vida. “Me estoy comiendo, día a día. Como, cada vez más de mí. / Belleza, me miras con pena. No busco esa mirada. / Nada me desconsuela más…”.
En el cierre, titulado “Post scriptum - cántico en el final del viaje”, sentencia sin consuelo: “Poco conoces de las almas”. “Me veo en el espejo y veo un niño / un niño sombrío con cara de viejo… / Se parece a un astro quemado”. El yo poético está en otro estadío, se siente y se sabe recorriendo el curso bajo del río que es la existencia material, así es propio que se autorice a aconsejar a la misma entidad a la que se le reza. “La mañana que espera… - Cuadernos de Villa Elisa” reivindica el modo en el que se ha llegado a la hora de hacer las cuentas: “Yo dí lo que dí, con asombro… / Duró lo que puede durar, rebelde… / Escúchese un aullido… / No creas que por eso saldré / a llorar por las esquinas…”.
Zito Lema juega con el uso arbitrario del quiebre rítmico, encabalga versos y se aprovecha de la hipnosis que genera el fantasma de su voz.
“No hay resurrección / no hay milagro… / Debo sentarme a esperar / lo que haya que esperar / tener paciencia…”. En la sección nombrada “Hay delicias en los cuerpos sin olvido - Cuaderno de la casa del árbol” lo irreversible está al frente, y “nadie envejece sin ponerse hosco”. Pero aún, como ha sido en su militancia inagotable, “el animal solitario … invoca a la memoria para no perderla”. Ahora se ha sentado en la mesa la agonía, “nubes gruesas”. La contemplación sigue siendo el medio para dar encuentro con la fantasía, que es poesía, que es niñez, delirio que se acepta con coraje sacrificial: “el que puede hunde / su cuchillo en su alma / como el niño más niño del mundo”. Vicente Zito Lema juega con el uso arbitrario del quiebre rítmico, encabalga versos y se aprovecha de la hipnosis que genera el fantasma de su voz escondida con pícara ironía en las trincheras de sus versos. “Las almas existen y dejan de existir / si ya nadie cree en ellas/ no hay / un cuerpo dado…”. La Belleza en la acción: “Para mí ya no hay mañana, Belleza… / pero creo en el mañana de tu mañana / … / Tú haces, siempre te vi en un acto…”.
Llegando al final encontramos “Preludio a la mañana que espera - Cuaderno del Mar”, y en esta estación de playa la entidad Belleza se entrelaza con la mujer casi irreal que vino de los mares fríos, de ojos celestes como el abismo del cielo. La ternura, que no es a granel (por los tragos convidados nunca pudimos pretenderlo), es desoladora: “También la Belleza llegó de lejos… / Hablo de la Belleza que duerme a mi lado”. A las nubes, los colores, los compositores de música clásica, las aguas, se suma, fríamente, el hospital. “Me hablan como a los niños / todo tiene un diminutivo / y el nacimiento y la muerte poco se distinguen”. Aún ahí, reconociendo el principio de la eternidad el poeta trabaja para asir la Belleza: “Y de pronto, allí, Belleza… / la luz de tu mano / delicada / que entrelaza mi mano / Me arranca del abismo”.
El final de un libro se parece al de un recorrido de tren, es perceptible en el agotamiento, el ritmo decae, el tono desciende, suenan frenos que arden contra el acero. Así un libro cuando restan unas pocas páginas para concluir su primera lectura. Nadie es tan valiente de abortarlo y todos sabemos que nos iremos con una espina de bagre entre las uñas. Quizás, para seguir la indicación musical de Vicente en el último título, “Finale presto Ma non Troppo”, sea propicio compartir la experiencia cosechada en un aula de literatura al día inmediato de la presentación de Cuadernos de la belleza.
Como quien tira osobuco a los peces, hice lo mismo con el último libro de Vicente Zito Lema. Picó una piba llamada Guadalupe y me devolvió la carnada con un papelito pequeño en el que se lee “Enseñame tus cicatrices,/ tu dolor/ déjame entrar a tu corazón / y conocer aquello / que te convierte en quien sos”.
A sembrar las poesías en las paredes.