“Ukiyo”, de Martín Sancia Kawamichi: la historia de un amor condenado
“Toda literatura es literatura del yo”, dice Martín Sancia Kawamichi, un escritor prolífero que sorprende por su capacidad de escritura rápida y concisa. ¿Cómo fue el proceso creativo de Ukiyo? “La hice en tres semanas, era para una persona muy querida que se estaba muriendo y tenía que llegar a leerla. Así y todo la terminé y no le gustó”.
¿Y hay algo de eso en la historia? “todo”.
Cuando hablé con Martín yo ya había terminado de leer la novela. Mis preguntas no fueron a modo de entrevista sino a modo de curiosidad.
Ahora mi desafío era encontrar en esta historia de amor condenado al autor. Un vicio innecesario que por supuesto la novela no pide, pero significó un dato de color que me permitió entender que es una historia sobre el tiempo, el amor y la muerte.
Ukiyo, editado por También el caracol es una novela de 350 páginas que se lee de un tirón, no porque sea un relato liviano sino porque al momento de tener que dejar de leer queda el vacío de querer volver a agarrar el libro.
Ukiyo es el relato de Kukiko, una joven de veinte años, que se reencuentra con Kazuo, un artista del Teatro de burbujas del Bello Kazuo y la Bella Ike que veía en la infancia. A partir de ese momento Kazuo le pedirá a Kukiko las palabras prestadas para contar su historia y entre conversación y conversación, en la casa amarilla junto al árbol de nueces y el té, Kukiko volverá a sentir ese amor-fascinación que la remite a su niñez.
El libro está narrado en primera persona con el personaje, la voz de Kukiko es la combinación exacta entre inocencia, deseo y crueldad. Una niña que ya no se siente niña, un despertar que busca abrigo en la mirada tuerta de un hombre viejo, la reminiscencia quizá de un amor infantil agazapado, como escribe Miguel Sardegna en la contratapa. La insistencia adolescente y el deseo a flor de piel del que habla sin eufemismos y al que se arroja con sensación de urgencia.
Ukiyo es un libro sensorial, la atmósfera que crea el escritor alcanza para sentir el sabor amargo del té, el aroma de los abetos, los jazmines y las nueces. Pero también para ver la vejez, la piel rugosa, los surcos del tiempo. La perfecta imagen de la casa amarilla, del árbol de nuez, de la feria del pueblo y de las burbujas deshaciéndose en el paisaje. El rumor del río y el agua que emana con la misma fluidez de la historia, al ritmo de los encuentros.
En Ukiyo aparece el contraste mayor de la existencia, la vida de la mano de Kukiko y la muerte de la mano de Kazuo. Como si se lograra la unión entre una dualidad que para los occidentales es opuesta pero para la cultura japonesa es complemento. Y en estos encuentros un continuo natural con sus lazos y variantes entre el deseo y la indiferencia. Ella se acerca a la muerte y siente una atracción, él intenta alejarse mientras puede, de esta manera el relato se mueve en una danza impredecible.
Kukiko se acerca a la muerte y siente una atracción, Kazuo intenta alejarse mientras puede, de esta manera el relato se mueve en una danza impredecible.
En cuanto al género, Martín domina con maestría el arte de la novela japonesa, el virtuosismo del detalle, la contemplación, el uso de los silencios, el tono reflexivo e íntimo, el ritmo pausado, el paisaje.
El libro está compuesto en su mayoría por pequeñas escenas de diálogo, cada una constituye un clima donde espacio y tiempo se viven como secuencias únicas, con un imagen, un color, un movimiento, una luz y un encuadre determinado, como si se tratara de planos audiovisuales. Entre guiones, también aparecen intervenciones de monólogos internos o de la carta que empieza a trazar Kukiko para Ike.
Y hablando de cine me gustaría traer al semiólogo francés Christian Metz, cuya teoría se sintetiza en el axioma “No importa lo que se cuenta sino cómo se cuenta”. La novela de Martín en este punto tiene muchas singularidades a la hora de cómo se cuenta, por ejemplo, utiliza una página entera para una sola frase, “yo la entregué a la editorial en la versión original, pero al ver que era el momento en que el papel había aumentado mucho junté todo y la volví a entregar, el editor me respondió que esa fragmentación marcaba el ritmo de la novela, que había que dejarlo así”, me comentó el escritor al respecto. Una decisión acertada que genera un efecto de sentido que no podría imaginarse de otra forma.
Es un libro de más de trescientas páginas que sostiene una voz armónica y una prosa poética. “A partir de la primera página ya toma la voz el personaje y habla por sí solo” dice el escritor como si se tratara de una especie de magia o de posesión.
Y en esa cadencia poética que atraviesa todas las páginas de repente el lector se detiene ante la belleza para describir sentimientos y emociones.
Como cuando sintió placer y dijo: “Fue lo opuesto a un desmayo” “Cada una de nuestras caricias pretendía, en el fondo, dejar una cicatriz”.
O cuando querían presentarle a un joven y rechazó diciendo:
“Estoy enamorada de otro hombre, y eso para mí significa: “No estoy en tu mismo mundo. Podremos vernos, hablarnos, pero seremos solo espejismos”.
O la síntesis perfecta para definir el poder del lenguaje:
“Intentó quemarse vivo mirando el sol durante todo un día; intentó ahogarse repitiendo durante veinte horas seguidas la palabra mar”.
Ukiyo significa “mundo flotante”, tiene su origen en el período Edo (1603- 1868). Surge a partir del libro de cuentos Ukiyo Monogatari, de Asay Ryoi (1661) y alude a un modo de vivir el presente y de disfrutar los placeres efímeros.
También inauguró el movimiento literario Ukiyo-Zoshi y la estética visual Ukiyo-e cuyo referente es Katsushika Hokusai, autor de La gran Ola de Kanagawa y de las Treinta y seis vistas del Monte Fuji.
En contraste con la muerte que atravesó la escritura de la obra, Ukiyo se aferra a la vida.
Se propone hacer perdurar las burbujas o crear una carta infinita, se arroja a un acto de fe como quien fabrica un antídoto para ganarle al tiempo.
“A partir de ahora me tomaré en serio las burbujas. Me entregaré a ellas con devoción, como un verdadero artista se consagra a su arte”, escribe el personaje, yo escucho la voz del escritor hablando de las palabras.