Gerardo Adrogué: “Escribo para reducir la angustia de no saber”

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    Gerardo Adrogué
    Foto: Catalina Bartolomé
ENTREVISTA

Gerardo Adrogué: “Escribo para reducir la angustia de no saber”

30 Agosto 2026

¿Qué significa fracasar en una época que solo tolera a los jóvenes, ricos y famosos? ¿Es la vejez, o el simple hecho de cumplir cuarenta años, una forma de empezar a "sobrar"? De esas preguntas incómodas nace la nueva novela de Gerardo Arrogué, Los que sobran (Editado por Paradiso).

Una ficción para procesar la angustia de lo que no comprende. Y para hacerlo, lleva a su protagonista, Juan Dopet, a una geografía extrema: el ascenso al cerro Aconcagua. La montaña funciona como un espejo doble. Por un lado, expone la fragilidad de un hombre enfrentado a sus propios límites físicos y afectivos. Por el otro, como un eco de la historia argentina: la travesía está situada en la poscrisis del 2001. Cada paso de la ascensión es motivo de interrogación acerca del sentido del éxito, del fracaso, la amistad, el amor verdadero y la muerte.

Gerardo Adrogué es escritor, sociólogo se dedica a la investigación social aplicada a las ciencias sociales. Entre sus obras se encuentran En lo que te has convertido (2020) y Nos quedamos sin invierno (2023).

Agencia Paco Urondo: ¿Cuál fue el disparador para empezar a escribir esta historia y travesía de Los que sobran?

Gerardo Adrogué: Te diría que escribo para comprender las cuestiones que me inquietan; o mejor, para reducir la angustia de no saber. Y el disparador que detonó Los que sobran es una de estas cuestiones: ¿Qué es el éxito? ¿Qué es el fracaso? Por supuesto que no pretendo dar respuestas definitivas, apenas aportar mi lectura del desafío que dejó Samuel Beckett cuando dijo: “todo de lo viejo, nunca más nada, siempre intentado, siempre fracasado, no importa, inténtalo de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor”. Y el problema es que de toda esta cadena de afirmaciones sólo se recuerdan las últimas dos, “fracasa de nuevo, fracasa mejor”, y ahí anida un malentendido que al menos pretendo exponer mediante una ficción literaria.

APU: ¿Por qué eligió la metáfora de la expedición de alta montaña para explorar la crisis de los 40 años del protagonista, Juan Dopet?

G.A.: Lamentablemente, en los tiempos toscos y asfixiantes que nos toca vivir, volverse viejo es una de las formas que existen de “fracasar” y, en consecuencia, de sobrar. Nadie se va a sorprender si digo que hoy en día el éxito quedó reducido a ser joven, rico y famoso. Sin embargo, todos vamos a envejecer, incluso los ricos y famosos. Para muchos seres humanos, la crisis de los cuarenta es un primer acercamiento a la vejez, un momento de la vida en el que inevitablemente hay cosas que ya no se pueden hacer y en el que se multiplican las situaciones donde se tiene la horrible sensación de sobrar, de estar de más.

Una buena excusa para reflexionar sobre el éxito y el fracaso en todos los órdenes de la vida, incluso cuando se asciende una montaña. De hecho, subir el Aconcagua, una experiencia que, además de envejecer, tuve la enorme fortuna de atravesar en mi vida, es un desafío donde pareciera que el éxito sólo se alcanza si se llega a la cumbre. Malentendido que encorseta el sentido del éxito en la montaña, lo mismo que cuando en la vida se lo reduce a ser joven, rico, famoso, a tener una familia o amigos perfectos. ¿Qué pasa si estas metas no se alcanzan, o se las alcanzan sólo en parte, o si simplemente no se las desea?

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Tapa Los que Sobran

APU: El trasfondo temporal de la novela es la poscrisis de 2001. ¿Por qué situar esta travesía en el momento de mayor desamparo socioeconómico del país? ¿Hay un paralelismo entre la falta de oxígeno en la altura y la asfixia social de la época?

G.A.: Sin duda. Pero también es una invocación a la esperanza, recordemos que la Argentina salió de aquella crisis y durante años vivió tiempos mejores, aunque después haya vuelto a caer en la desilusión más atroz. Nuestra historia reciente ejemplifica una simple verdad: nadie está condenado al éxito, tampoco al fracaso, sólo se trata de seguir viviendo, intentando, buscando, puede que las cosas salgan bien, aunque sea por un tiempo, creo que esta es una buena lectura de Beckett.

Situar la acción en el verano del 2002 es también una forma de dialogar con Nos quedamos sin inviernos, mi novela anterior. Allí, en un futuro cercano, Facundo Dopet recorre una Argentina devastada tras años de guerra civil. Facundo retorna en busca de su hermana Sofía, ambos son los hijos ya crecidos de Juan Dopet, el personaje principal de Los que sobran.

A Facundo le toca recorrer un país que fracasó en todos los sentidos posibles que puede fracasar un país y su paso por estas tierras deja sabor a derrota y desesperanza. La expresión los que sobran nace en esta primera novela y tiene un sentido colectivo, se refiere a la gran mayoría de los argentinos y argentinas. La ascensión de Juan lo lleva al plano individual explorando las múltiples esferas de la vida, recuperando quizás un horizonte de la esperanza.

APU: En los diálogos entre los personajes Satoshi y Mijaíl se debate si la tecnología nos liberará o si creará un mundo donde "la mayoría será dejada atrás". ¿Es "Los que sobran" una advertencia distópica sobre cómo las revoluciones tecnológicas terminan deshumanizando las relaciones y los lazos sociales?

G.A.: Admito que los diálogos entre Satoshi, el mítico creador de Bitcoin, y Mjaíl son una digresión, un gustito que me di en el marco de lo que veníamos diciendo recién. Bien decís: ¿Vamos hacia un mundo mejor donde los seres humanos se liberarán hasta de la necesidad de trabajar gracias a la IA y a la robótica o nos encaminamos hacia una nueva sociedad de castas donde las grandes corporaciones reemplazarán a los estados nacionales y organizarán la vida humana de la forma que más les plazca y convenga? Si las cosas salen mal, los que sobrarán serán entonces millones y millones de seres humanos. Y en este sentido, hay efectivamente una advertencia junto con una pretensión didáctica que espero que el lector sepa apreciar, o al menos disculpar. Sin embargo, también quisiera agregar que estoy profundamente convencido, y en esto sigo una reflexión de Dovstoiesky, que el destino de la revolución tecnológica, como tantos otros destinos, anida en el corazón del ser humano, donde se libra una lucha permanente entre el bien y el mal. Como el resultado de esta lucha no está predeterminado, todos los finales están abiertos, son posibles, incluso los que aún no logramos imaginar. Nadie ni nada está predestinado, tampoco las revoluciones tecnológicas. Siempre la misma simple verdad.

APU: El amigo del desierto, de Pablo d'Ors, narra el viaje de un hombre al desierto del Sahara para vaciar su mente. Juan Dopet hace lo contrario cuando sube al Aconcagua . ¿Su verdadero viaje empieza recién cuando la altura le quita ese orgullo y lo deja frente a sus propios límites?

G.A.: Me gusta la idea y la comparación, aunque no tuve presente la novela de Pablo d’Ors ni había imaginado a Juan Dopet como un tipo soberbio. Me fascina ver como los lectores completan los rasgos de los personajes. El lector sagaz siempre lo completa, lo mejora y celebro tu conclusión: el verdadero viaje de Juan comienza cuando el libro termina.

“Diría que apenas busca recrear ficcionalmente la experiencia de cómo la política circula en la vida cotidiana”.

APU: En tus ficciones previas, la violencia y el conflicto político marcan el destino de los personajes. ¿Considerás que tu literatura es una herramienta para entender la cultura y las crisis de la sociedad argentina?

G.A.: Existe una conexión entre estos primeros dos libros, conexión que llega a esta nueva novela. Pero quisiera señalar un matiz. En mi primer libro navegué entre la neblina del conflicto político argentino, por la grieta, el odio gorila, la intolerancia, los desencuentros, el periodismo de guerra, entre otros. Sin embargo, esta invitación a pensar no esconde la intención de develar lo que está oculto, de informar sobre lo que se desconoce.

Diría que apenas busca recrear ficcionalmente una experiencia humana concreta, casi sensorial, la experiencia de cómo la política circula en la vida cotidiana y cruza todo lo que hacemos, decimos y pensamos, aunque a veces no nos demos cuenta. Nos quedamos sin inviernos vuelve sobre estos temas, pero avanza allí donde los cuentos se quedaron y se enfrenta al abismo, más aún, cae dentro de él.

La propuesta es experimentar en carne propia el horror indecible de la guerra civil explícita, cruel y violenta. Como te decía Los que sobran recupera la idea de esperanza. ¿Son mis ficciones una herramienta para conocer, para entender la cultura y la crisis de la sociedad argentina? No lo sé, no lo pretendí. Es cierto que dediqué toda una vida a las ciencias sociales, a la sociología política, al análisis de la opinión pública y el comportamiento electoral en la Argentina. También es cierto que estoy convencido que la buena literatura explica más y mejor el corazón de los seres humanos que las ciencias sociales. Sin embargo, no pretendo explicar por qué las cosas son como son, por qué la Argentina es como es, tan solo reducir la angustia de no saber invitando a sentir y experimentar con mis personajes.