Poemas de aquellos que quieren ser otros: “Ranchada”, de Carlos Ricciardelli

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    Carlos Ricciardelli
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Poemas de aquellos que quieren ser otros: “Ranchada”, de Carlos Ricciardelli

30 Agosto 2026

Carlos Ricciardelli busca en Ranchada (Mora Barnacle, 2026), su primer libro de poemas, profundizar aquellos temas que lo obsesionan y ya están presentes en sus trabajos anteriores: “la violencia en todos sus aspectos, la opresión del hombre y el amor dentro del capitalismo”.

Nunca escribí para pocos o muchos; siempre escribí para mi dulce vicio que no castiga el código penal”, dice alguien que es referencia para su escritura: Juan Carlos Onetti.

No me interesa el arte o la literatura para pocos, para entendidos. Me interesa que cualquiera pueda acercarse y leer lo que estoy escribiendo. Son textos simples en un punto, más allá de las temáticas que son complejas”, declara en una entrevista publicada en este mismo medio, refiriéndose a lo que escribe.

Así que esa Ranchada en el título es una declaración de principios (dejemos la de guerra para otro momento) que uno, como lector, no puede dejar pasar por alto.

En este libro hay algo que invita a reunirse, pero lejos está del rancho que comían los colimbas a quienes le tocaba hacer el servicio militar. Tal vez, en su origen, está más cerca del lenguaje carcelario (y hay una razón para ello que por sí sólo ocupa el lugar de una nota, que no es está).

Los reúne algo, es obvio, pero no es el consumo por por naturaleza, acaso más como necesidad. Lejos está del lunfardo puro. (“Suelo mezclar las cosas y siempre me digo que debo ordenar”) Tampoco los une el disfrute del vino o de una birra para pasarla bien, es otra cosa, quizás sólo pasarla.

 

Hay un fueguito ahí, en la esquina,

que armamos con cajones de fruta y cartones

frotando vidrio con vidrio, metal.

Alcohol destilado y limón.

Afilamos los huesos a la intemperie del amor

 

Miren la mugre que dejaron acá. Esta es una plaza para los vecinos, para los niños, para los estudiantes. Esta plaza es para disfrutar, no para dejarla como la dejan ustedes”, le dice un patrullero municipal a dos o tres pibes que se habían juntado en Mar del Plata a ver como podían hacer que el tiempo pase cuando hace rato que ya no pasa: creo que nos vamos acercando.

Soy muy curioso, todo lo que es periferia y borde me despierta muchísima curiosidad y admiración. Todo lo que es la otredad mía es el mundo que me fascina, el que quiero descubrir, conocer”, afirma Ricciardelli, y en esa forma de mirar se encuentra esta ranchada: Aleph maldito de rufianes y pungas,/ enfermeras y crotos,/ maestras y cartoneros/.../ y los chicos sin nada/ se llenan de hambre.

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Tapa Ranchada

Hacen la calle juntos, duermen juntos, se protegen entre ellos de los peligros de vivir a la intemperie social, de otras ranchadas, de ‘la gorra’, como llaman a la policía, y, a veces, hasta de ellos mismos, cuando el consumo no los deja ’rescatarse’", asegura una investigación de La Nación y es, sin duda, a dónde la fascinación de Ricciardelli apunta: Busca en cada esquina,/ en cada semáforo./ Busca. / Y no encuentra nada./ Solo/ en la esquina,/ una certeza.// Certeza que buscará.

***

para encontrarse

y convencerse

que aún

todo está por pasar. 

 

La mirada de Ricciardelli es oscura y no nos dice “las cosas hay que hacerlas así”. Creo que ese es uno de los aciertos de este libro. Anota en su libreta. Anota sobre eso que está ahí, aunque no era lo que tenía en mente: Piensa:/Quisiera ser otro/ y esconde el frío del cuchillo en la ropa. /.../ Yo,/ perro de mil batallas,/ confié en el pacto, en la tregua/ y no hubo piedad. /

 

Y, sin embargo,

hay un tren que siempre parte

al llegar la noche y no sé adónde.

 

Un gran acierto es la división de este texto en dos apartados (Berretines, Las formas del dolor/ Vida) y en consecutivos poemas. Porque si bien uno puede leer la continuidad dentro de Ranchada, en el trabajo conceptual que lo atraviesa, un sólo texto o poema hubiese sido difícil, agobiante para su lectura. La forma en que es presentado permite la respiración, el tiempo de búsqueda para quien, tal vez, no quiera buscar.

Y en esta ranchada de la que somos partícipes por un rato, pasaporte que nos concede el ser sus lectores, hay espacio (siempre lo hay) para el amor. Dramático como Romeo y Julieta, pero la pasión, la pasión pasa por otro lado, que puede llegar hasta no ser amor: Va y viene,/ viene y va/ eléctrica,/ eclética,/ hermosamente joven…/ putea una y otra vez,/ grita,/ aúlla,/ vuelve a gritar/ y jura,/ jura que la va a matar/ .../

Besa como si su boca fuera un nido de vidrios roto.

La forma en que es presentado permite la respiración, el tiempo de búsqueda para quien, tal vez, no quiera buscar.

Qué es el amor cuando “Llueve en mi barrio,/ en Donbáss y/ en Palestina… Llueve en mi barrio/ que es decir llueve en el mundo”, qué forma tiene cuando lo que buscamos es, justamente, darle forma para que sea

 

Una noche interminable,

fugacidad,

y destellos.

Un viaje en auto,

la casita en el suburbio

y una mesa,

la memoria del cuerpo…

Lanús.

El pan compartido,
algún objeto cotidiano
que
deseo llamar
nuestro.

El sabor a pomelo en tu boca,

enero en una noche frente al río,

un domingo cualquiera,

la compañía de los hijos,

el café con leche

en el desayuno de hoy.

 

Hay un idioma tumbero en este decir, en este buscarse cuando “acá estoy, perdido en la noche”. Y le da su inteligencia a ese idioma que todos damos por “básico” o “rudimentario”. Es, justamente, eso lo que le da sustento, es la complejidad de lo sencillo lo que nos termina helando la piel. Venía de algún sueño lejano y sus ojos fueron barro/ y de sus ojos llegó una flor./ Sentí tierra, campo, olí pasto, lluvia./ Temblé./ “Sí, a todo” me dijo y entonces, / roto en mil pedazos,/ me largué a llorar.

Y es este momento del libro el que nos empuja a pensar que todos estamos en una “ranchada”, que volvemos a ella sin darnos cuenta, y que hay un nombre, como el de Eva (uno de los poemas), que no sólo resume la militancia sino las posibilidades de reunir en ella lo que entendemos por amor

 

Invoco tu nombre y me envuelvo

en recuerdos fraguados.

Quemamos inciensos después de una agotadora jornada.

 

Quemamos inciensos,

abrimos una botella de vino, espeso, generoso,

rubí

y agarramos un libro

¿Carver, Onetti, Berger?

Y lo abandonamos pronto, con urgencias desconocidas

o al menos olvidadas—

para hundirnos una y otra vez en nosotros

al ritmo de tu respiración

en busca del amor,

el misterio,

la sal del Pacífico.

 

Carlos A. Ricciardelli nació en la ciudad de Buenos Aires en 1973. Es docente y autor de varios libros de ficción, entre ellos: Piedras contra un vidrio (1998), Las recónditas ganas de quedarme aquí (2014), Fiebre (2020) y la antología de relatos prehistóricos El quinto elemento (2016). Rabia (2022), de la colección Tinieblas, y Capitaloceno (2025), ambos de Clara Beter ediciones.

Intento escribir poesía. En mi blog hay algunos intentos, no me siento seguro con la poesía. yo soy un tipo muy urbano y si bien mis historias a veces suceden en otros espacios, el tema de la ciudad está en mí todo el tiempo”, predice en la referida entrevista. Claramente, ese intento se convirtió en algo concreto. Y si bien ha logrado expresar su literatura de otra forma, esas tormentas que lo acosan siguen firmes, esperan que las saque a la luz en la forma correcta, o en la que él cree que lo es. Y vale la pena adentrarse en este primer encuentro directo con la poesía, me atrevo a decir Ricciardelli va por el camino correcto.

Verdaderamente es un escritor oculto (de los que hay en cantidades), como muchos lo adjetivan. Espero que estas líneas sirvan para que deje de serlo, por lo menos para quien las lea y sienta que Ranchada es un buen libro donde empezar a romper ese prejuicio o ese “momento” de respeto. Para quien las escribe, hacerlo “no es otra forma que construir una memoria colectiva”. Porque, como Ricciardelli mismo dice, “la memoria es del cuerpo”:

 

El barrio cambia de piel

al ritmo del litoral:

cumbia y chamamé

con acento guaraní

calman dolores

suavizan las noches

rabiosas del fin de semana.

Hay un fueguito ahí, en la esquina.