Alberto Lettieri, in memoriam

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Alberto Lettieri, in memoriam

08 Julio 2026

Como un baldazo de agua fría, me enteraba de manera informal ayer por la mañana, de la inesperada partida a la inmortalidad del preciado colega Doctor Alberto Lettieri. Como le comentaba informalmente a una desconsolada ex estudiante de Lettieri: su perdida no sólo resulta repentina sino también irreparable teniendo en cuenta su calibre intelectual, su honestidad poco frecuente de darlo todo por la verdad histórica al precio de relegar su laudatoria carrera académica que lo podrían haber postulado en el podio de los salieris de Hilda Sabato, Halperín Donghi y la mar en coche socialdemócrata. En el actual contexto de repliegue del campo nacional ante la avanzada reaccionaria y obscena de libertarismo tecnofeudal, la partida de Lettieri nos somete a una profunda sensación de orfandad.

En tiempos donde los algoritmos y la inmediatez intentan desterrar la densidad del debate político, repasar la profusa obra de este doctor en Historia de la UBA e investigador del CONICET no es un mero ejercicio de nostalgia académica, sino un acto de soberanía intelectual urgente. Lettieri comprendió, como pocos, que la disputa por el pasado es la clave de bóveda de cualquier proyecto de emancipación futura. Que la misión de la Historia no puede descansar dentro de las cuatro paredes academicistas mientras la Patria está en peligro.

Romper los moldes del mitrismo: las voces sobre los mármoles

Frente a la frialdad de la historiografía liberal consagrada por los manuales escolares tradicionales, Lettieri operó con el bisturí de la sospecha. Su tesis fundamental en torno al período de la Organización Nacional posterior a Caseros (1852-1861) —plasmada en trabajos fundamentales como La construcción de la República de la Opinión— desarmó el mito de un consenso civilizatorio idílico.

Lettieri demostró que la prensa facciosa, los pasquines y las plazas porteñas de aquella década de secesión no eran meros espectadores de la rosca patricia. Eran el verdadero Parlamento. Una arena caliente y desordenada donde las facciones necesitaban tejer legitimidad a base de "armas, votos y voces", como bien supo compilar junto a Hilda Sábato en su ya clásico volumen de 2003.

Ese aporte metodológico corrió el eje de los héroes de mármol para devolvérselo a la acción política en su estado más puro y descarnado. Las elites, para Lettieri, nunca gobernaron solas ni en el vacío institucional: el control social requería una ingeniería constante de propaganda, fraude y domesticación de los sectores populares populares, mecanismos que desnudó magistralmente años después en su obra En pelota y a los gritos (2018). En este último trabajo, se puede visibilizar la necesidad imperiosa de divulgar la “buena” Historia. Lejos del denso aparato erudito y los corsés metodológicos, Lettieri recurre al rigor heurístico con una pasión por transmitir la verdad histórica: nuestra constante lucha por dos modelos de nación. En “En Pelota y a los gritos” destaca que el poder no se puede sostener solo por la fuerza, sino mediante la construcción de un sistema educativo y representaciones colectivas diseñadas para naturalizar lo que Jauretche supo denominar “colonización pedagógica”, accionar que adquiere notoria vigencia trasladado al plano de la actual tecnocracia.

El giro nacional y el combate en el Instituto Dorrego

Pero Alberto Lettieri no se quedó en la comodidad del claustro de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Sabiéndose continuador de una estirpe que conecta con las líneas revisionistas de Adolfo Saldías, José María Rosa y Arturo Jauretche, asumió con convicción militante la trinchera del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, ocupando su Dirección Académica entre 2012 y 2015.

Allí, junto a figuras fundamentales de nuestra cultura, Lettieri dio cuerpo a una historiografía explícitamente estructurada en clave nacional, federalista y popular. Su pluma se transformó en una herramienta de combate para explicar la historia argentina no como una sucesión de fechas fatídicas, sino como el choque permanente entre dos modelos de país:

  1. El proyecto de la entrega colonial, agroexportador, porteñocéntrico y dependiente de la banca financiera europea.

  2. El proyecto de la soberanía, sustentado en las masas federales del interior, el desarrollo de las industrias locales y el protagonismo popular.

En ensayos cruciales como La historia argentina en clave nacional, federalista y popular, Lettieri democratizó el documento histórico. Lo que transmitía en su otra trinchera, la universitaria, lo reproducía en el campo de la actual “republica de la opinión” con la misma pasión y precisión. Es que, como lo había estudiado y entrevisto en el proceso de la formación nacional en el siglo XIX, ponía en función su hipótesis considerando clave la disputa por el saber científico, cuestionando el paradigma. Llevó las discusiones sobre los empréstitos coloniales, el rol de los caudillos y el silenciamiento de las disidencias a las columnas de Tiempo Argentino, Miradas al Sur y a innumerables charlas en sindicatos y territorios de base.

Enseñar a enseñar: un fuego que no se apaga

Los que tuvimos la oportunidad de seguir de cerca la maduración de sus debates sabemos que su mayor orgullo no radicaba en los estantes de su biblioteca, sino en el trasvasamiento generacional de las aulas de Historia Social General. Como lo evocaron ayer desde las páginas de Clarín sus colegas de la Facultad de Ciencias Sociales:

Alberto era un hombre comprometido con la historia y el presente de Argentina: hacedor de grandes relatos para comprender lo que somos”

Hasta sus últimos días, Lettieri insistió en alertar sobre los peligros de una política desideologizada, advirtiendo con lucidez que el desencanto actual con las estructuras tradicionales abre la puerta a experimentos tecnocráticos e improvisaciones de corte neoliberal. Este humilde servidor tuvo breves intercambios, todos ellos fructíferos. La ultima intervención conjunta (y colectiva) fue aquel manifiesto que habíamos pensado junto a Luis Launay titulado “Historiadores revisionistas ante el Pacto Mayo Caseros”. Una manera de plantar posición, y distanciarnos de la postura efectuada por el CONICET. Alberto la leyó y suscribió nuestra posición haciéndose eco de nuestras palabras, aunque solamente me observó que le daba mucha relevancia a los “historiadores académicos sectarios” que firmaron “Milei ante la Historia argentina”. Tenía razón.

Frente a la intemperie cultural y el vaciamiento de la memoria colectiva, la herencia de Alberto Lettieri nos señala el camino: la historia no se padece, se escribe y se milita con las herramientas de la ciencia y la pasión del pueblo. Su voz, multiplicada en sus discípulos y en sus páginas, seguirá dando batalla en cada rincón de la Patria que insista en no pedir permiso.

Su tesis fundamental en torno al período de la Organización Nacional posterior a Caseros (1852-1861) —plasmada en trabajos fundamentales como La construcción de la República de la Opinión— desarmó el mito de un consenso civilizatorio idílico.