Los descalzos del imperio

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Los descalzos del imperio

09 Julio 2026

Por qué Bangladesh eligió la camiseta argentina para vengarse de Inglaterra

Cada cuatro años circula la misma fotografía: un techo de chapa entre Dhaka y Sylhet cubierto por una bandera celeste y blanca cosida a mano, tan grande que desde el aire parece una herida en el cielo. Pero debajo no vive ningún argentino, sino una familia bengalí que jamás pisó Buenos Aires y que seguramente no lo haga nunca, sin embargo, llora y festeja por una camiseta que no es la suya, se abraza por una nación que queda a más de 16.000 km de distancia. El periodismo occidental suele resolver el enigma con la cita: el caso curioso de Bangladesh, dejando traslucir cierta excitación hacia lo exótico. Pero cuando se cruzan los archivos coloniales, los testimonios de hinchas de setenta años y las cifras del comercio bilateral, lo que aparece no es curiosidad: es historia cruzadas y sensibilidades compartidas, sobre todo una forma de venganza contra el fantasma de un imperio.

La herencia colonial

El fútbol no llegó a Bengala de la mano de Maradona sino del Raj británico. Durante el siglo XIX, la administración colonial impuso sobre la región un paquete civilizatorio tradicional: ferrocarriles pensados para sacar materias primas hacia los puertos y no para conectar a la población; tribunales que codificaban el despojo de tierras bajo apariencia legal; escuelas que formaban una clase funcional al imperio; todo un estatuto legal de coloniaje al que se le sumó un objeto particular: una pelota de fútbol. 

Antes había llegado un despojo más profundo: el Acuerdo de Asentamiento Permanente de 1793 estableció impuestos fijos y crecientes sobre la tierra bengalí, empobreciendo a generaciones de campesinos y consolidando a una casta de terratenientes leales a Londres. La industria textil del país, que había sido una potencia manufacturera antes de la conquista, fue deliberadamente desmantelada con aranceles y prohibiciones para garantizar el mercado cautivo de las fábricas de Manchester: los tejedores bengalíes, según describieron observadores de la época, vieron sus talleres cerrados y sus manos, literalmente, quedar sin oficio. A Bangladesh le habían cortado las manos.

La factura humana de ese modelo extractivo fue devastadora: la hambruna de 1770 mató a un tercio de la población de Bengala tras años de exacción fiscal británica sin alivio, y la hambruna de 1943, ya en pleno siglo XX, provocó cerca de tres millones de muertes agravadas por decisiones de exportación de granos tomadas en Londres en plena Segunda Guerra Mundial. Es que el sofisticado y elegante imperio alguna vez tendrá que tener un juicio de la humanidad en su conjunto donde se condenen sus crímenes. En paralelo y en otro ámbito, se sumó una segregación cotidiana: clubes deportivos y espacios sociales reservados para británicos, de los que los bengalíes quedaban excluidos incluso en el propio juego que los había colonizado. Un racismo en forma de deporte.

En ese contexto nace la primera gran revancha simbólica, medio siglo antes de que Maradona pisara una cancha: en 1937 el club local Dacca Sporting Association derrotó a un equipo inglés que se encontraba de gira. No hubo cámaras ni redes sociales, pero quedó fijado en la memoria oral bengalí que jugadores descalzos habían vencido a los hombres del imperio en su propio juego. Es la piedra fundacional de todo lo que vendría: la prueba de que el vínculo entre fútbol y resistencia simbólica en Bengala no nació con un argentino, sino que esperaba, paciente, un símbolo capaz de encarnarla a escala masiva.

1986: el milagro de la pantalla a color

Ese símbolo llegó con la televisión. A mediados de los años ochenta, en un país deportivamente enamorado del críquet, se masificó el uso de televisores, y para muchísimos bangladesíes el Mundial de México 1986 fue, literalmente, su primer evento deportivo transmitido en color. Hasta entonces el ídolo continental había sido Pelé, escuchado más que visto, narrado por radio en voces que describían jugadas que el oyente debía imaginar, el astro brasilero era producto de la imaginación: una leyenda alegórica trazada entre sobras. Maradona, en cambio, fue la primera estrella que Bangladesh pudo ver en movimiento, en directo, rodeada de vecinos frente al único televisor del barrio. Pero a esto se le suma un nuevo elemento, un hincha de setenta y dos años lo resumió ante The Daily Star sin metáforas: para él, el paso de lealtad entre Pelé a Maradona no fue una cuestión de gusto futbolístico, sino una revancha simbólica, la de haber derrotado de nuevo a los ingleses, esta vez en una cancha. La televisión a color no solo permitió ver ese gol contra Inglaterra: permitió, por primera vez, convertir la humillación del imperio en una experiencia sensorial compartida por millones de personas al mismo tiempo. Aquel imperio que trataba a los habitantes de las colonias como si fueran animales, literalmente, gracias a la televisión quedaba rendido ante la Argentina una nación que también había sufrido la dominación británica bajo el formato semicolonial. En ese momento, en Bangladesh nació el maradonismo, y con él una lealtad que se transmitiría de padres a hijos con la fuerza de un apellido.

Banderas en cables y vidas en juego

La rivalidad futbolera bangladesí dejó hace tiempo de ser una metáfora inofensiva. En numerosas localidades, comunidades enteras compiten por coser la bandera más larga del país, un certamen extraoficial que moviliza semanas de trabajo comunitario y un orgullo de barrio que no le pide permiso a ninguna federación. Pero esa épica tiene un costado trágico que la prensa internacional rara vez mira de frente: un estudio documentó veintitrés muertes en 2022 por enfrentamientos entre hinchadas rivales durante el Mundial; en 2014 al menos tres personas murieron colgando banderas de cables eléctricos, y en 2018 un niño de doce años murió electrocutado al colocar una bandera en su casa. En 2026, un predicador conservador instó públicamente a reemplazar esas banderas por banderas islámicas, lo que obligó a un operativo policial: prueba de que el fenómeno no es una reliquia nostálgica, sino una tensión social viva que hoy roza los límites de la identidad religiosa y nacional del país. Este tipo de información hay que analizarla en contexto, y tomando como referencia las esquirlas que aún sobrevuelan de la vieja dominación británica.

Toda política es internacional

La última capa de esta historia pertenece a un hecho concreto pero que merece ser destacado. Fue Juan Domingo Perón quien, el 30 de octubre de 1973, habilitó la primera representación diplomática argentina en Bangladesh, embajada que abrió en Dhaka en enero de 1974 y que la última dictadura cerró apenas cuatro años después, dejándola clausurada durante casi medio siglo. El expediente para reabrirla se inició en abril de 2022, antes del Mundial de Qatar, por canales propios de la cancillería; lo que el título mundial agregó fue la visibilidad política para acelerar el trámite. El decreto 67/2023 formalizó la reapertura, con una inauguración protocolar el 27 de febrero de ese año en Dhaka, encabezada por el entonces canciller Santiago Cafiero, quien reconoció sin ambigüedades que fue el apoyo popular bangladesí durante Qatar 2022 el que impulsó la decisión, buscando además mejorar el comercio bilateral. 

Ese comercio no es un detalle menor: en 2022 alcanzó los 765 millones de dólares, con exportaciones argentinas por 742,9 millones frente a importaciones bangladesíes de apenas 22,1 millones, un superávit contundente a favor de la Argentina; en 2021 las exportaciones habían tocado un máximo histórico de 876 millones, con un superávit de 862 millones concentrado casi en su totalidad en soja, harina, maíz y trigo. Mientras Bangladesh enviaba al aire caravanas y banderas financiadas, en algún caso extremo, por hinchas que llegaron a vender tierra propia para pagarlas, Argentina enviaba al puerto de Chattogram toneladas de grano: la emoción viajaba en una dirección, la soja en la otra. En ese mismo proceso se discutieron exenciones de visado, cooperación agrícola y diplomática, y un memorando de entendimiento futbolístico entre ambas federaciones; también se mencionó, sin confirmación posterior, una eventual vinculación de Bangladesh con el Mercosur. Lo cual demuestra también la necesidad de establecer una mirada realista acerca de las relaciones internacionales.

La herencia

Queda la generación que no vivió nada de esto en primera persona. Un hincha de diecinueve años lo resumió sin metáforas: empezó a seguir a Argentina en 2014, vio a Messi llegar a una final del Mundial, y eso fue definitivo. En ese testimonio no hay memoria colonial ni Maradona: hay streaming y redes sociales, un ídolo consolidado recién en Qatar 2022. La pregunta que queda planteada no es una curiosidad exótica, sino un interrogante sobre cómo se hereda una lealtad cuando ya no queda memoria directa que la sostenga: ¿sigue siendo revancha postcolonial el fanatismo de un pibe de Dhaka que nunca escuchó hablar del Dacca Sporting Association de 1937, o es ya una identidad nueva que no necesita del imperio británico para justificarse, aunque haya nacido, hace casi un siglo, precisamente para desafiarlo? Quizás la respuesta debe estar en que los procesos de dominación colonial siempre dejan huellas en las subjetividades populares, hermanar sufrimientos ha sido una herramienta de cualquier proceso de cambio colectivo. En el reconocimiento a Bangladesh también se inscribe una afirmación a los pueblos del tercer mundo que heroicamente siguen resistiendo al imperialismo más allá de su ropaje.