Las cosas que pasan cuando uno se va a dormir: adentrarse en los cuentos de Bigliardi tiene su precio
Lo que vuelve interesante a Alguien nos salvará (Homo Sapiens, 2026), de Pablo Bigliardi, no es que logra hacer literatura en el plano de lo onírico (que, de por sí, ya sería algo interesante), sino consigue que dicho plano se convierta en verdadera literatura.
¿Y cómo obtiene esto el escritor rosarino cuando parece trabajar con un material abierto a muchas lecturas? Para explicarlo, retrocedamos un poco y desandemos este ovillo. Decirlo parece sencillo, pero practicarlo tiene su complejidad.
Para empezar, decir que Bigliardi también es conocido como peluquero, y en su lugar de trabajo no hay sólo revistas para pasar el tiempo, sino que la peluquería se transforma en una rara biblioteca (la mayoría, libros actuales) donde se puede leer los ejemplares y hasta llevárselos (si es en préstamo, el resto de los clientes, agradecidos). No falto a la verdad con aportarlo. Muchos escritores de la zona acercan su material que él expone con gusto y reseña en las redes o en medios.
En forma paralela, su carrera como escritor comienza con una gran novela llamada Determinación, donde toma su propia experiencia en la ExESMA para darle vida a Diego Lamas, el personaje principal de esta historia, quien se ve obligado a entrar como aspirante naval perdiendo su libertad personal en una época donde el país está a punto de recuperarla. Según su autor, Lamas construye su vida “exitosa” en dicha novela de una manera que le hubiera gustado pasara con él en la real.
Lo cierto es que Determinación tiene su primera edición y reedición con el Ombú Bonsai, posteriormente tiene una con la editorial Último Recurso para llegar a la edición actual que pertenece a 7 vidas Ediciones y supera ya los 7000 ejemplares. Un best seller escondido en el litoral que el canon central imperante, por supuesto, ni registra.
“Después de semejante libro se hace muy difícil continuar, encontrar por dónde”, le dijo una vez un escritor de renombre de esta ciudad, no sin cierta certeza. Bigliardi encontró cómo. Tiene otro libro en esa línea donde utiliza su experiencia laboral para darle vida con su humor ácido, que es Al pie del sillón (Baldíos en la Lengua, 2019). Pero es (sin dudas) El Santo de Saco Viejo (Último Recurso, 2015), esa especie de policial negro, donde lo onírico empieza a ganar terreno en su escritura: Trayen Niyeo, el detective que toma el caso, lo resuelve a través de los sueños donde aparece (entre otras cosas) Miguel Llanenqueo, desaparecido, justo cuando la trama gira hacia la cosmogonía tehuelche.
En esta búsqueda, podemos ubicar al híbrido en REM, (Último Recurso, 2018), donde a los sueños le agrega ficción, pero “se nota mucho la costura; si lo editara de nuevo, seguro le metería mano. Es como que hay dos libros dentro de uno”, como nos confiesa el propio Bigliardi.
Así llegamos a Alguien nos salvará, donde nos encontramos (según su autor) con que “el sueño es completo, con muy pocos agregados de ficción, pero sí con una relación sintáctica que me ayuda muchísimo a hacer un buen laburo”.
Este libro nace gracias a lo que podríamos llamar un “diario de sueños”, un "cuadernito" donde lleva anotado lo qué le sucede en otro plano, algunos de los cuales se repiten en forma muy recurrente, vívida. Estas apostillas comienzan entre el 2003 al 2006, junta alrededor de 70 “relatos” que, luego (en clínica con Susana Ibáñez) comprendió que podía utilizarlos para realizar varios libros. Así aparece Alguien nos salvará, y el rosarino ya está trabajando en el que lo continuará.
Podría hacer un comentario desde lo onírico, pero es un terreno que me sería más endeble y ya bien recorridos por otros como la misma Ibáñez o la reconocidísima Beatriz Vignoli, quienes nos llevarán junto a Homero, el Dante, Borges y hasta Cortazar para rastrear el mundo de los sueños. Prefiero ser sincero y hacerlo desde el plano al cual me llevó su lectura, que está ligado a la ciencia ficción.
Porque unas de las cosas que llama mi atención es cómo Bigliardi vuelve legible esos sueños donde todo parece estar habilitado. No es la intención del narrador, de la primera persona que relata estas historias, que el lector sepa que se va sumergir en un sueño, sino que lo hace.
Por ejemplo, en uno de los cuentos, la persona que relata se encuentra en Florencia, Italia, las construcciones son inconfundibles; pero en paralelo, la vereda de enfrente parece ser Amenábar y España, de Rosario. Saavedra, su lugar de nacimiento, Caleta de los Loros y la casa ancestral en San Antonio Oeste, lugar que considera su verdadera cuna, son puntos recurrentes en sus relatos, pero no de manera que uno esperaría encontrarlos.
Esta forma de “soñar” la realidad, me hizo recordar mucho a J.G. Ballard, a ese lugar donde la locura y la violencia no son anecdóticas en la historia sino parte, formales y necesarias, dentro de ellas. Más “normales” de lo que aceptamos que sean, donde lo que sucede en el exterior termina influyendo en “nuestro interior” y en las cosas que nos son familiares.
Estos cuentos pueden leerse por separado, sin relación entre ellos, pero me gusta ver una continuidad, como que le suceden a la misma persona que va ocupando “distintos cuerpos” en ese plano. Además de que siempre cuenta con compañía en esos dobleces, otro ser que va a su lado que llama doble cuántico o, simplemente, Doble Q (nombre que no deja de remitir a mi mente a las épocas de El Gran Chaparral).
-¿Nos conocemos o no?
-Más de lo que vos creés. Estamos pegados.
Doble Q es eso que, a veces, “llega a ser uno”, “el nexo para el viaje a este mundo”. Eso por lo cual el narrador suele tener “la certeza de estar acompañado por otro que me ocupa”, el personaje quántico que le suele decir “Soy tu guía espiritual que vive pegado a vos. Si querés algo más claro: tu ángel de la guarda”… “Vine a mejorarnos”. ¿Qué quiere decir con ese mejorarnos?
Lo cierto es que su presencia hace de la aventura, terrible en sí, más satisfactoria: “Hay alguien pegado a mí que avala la conversación”. Es una conexión nacida aún antes de conocerse, produce certezas con personajes que no había visto en su vida (aunque la misma sólo se vuelva real en los sueños), “me conoce pero que jamás lo vi en la vigilia”.
En este plano, el personaje cuántico parece estar al tanto de todo y actúa para buscar siempre una salida, aunque momentáneamente parezca lo contrario (“Vos te quedás acá, dice mi Doble Q”).
Su presencia se torne un tanto invasiva (“Yo, en cambio, estuve a merced de mí mismo o del Doble Q que maneja mi cuerpo como una marioneta”, “Necesito concentrarme para que el Doble Q no me ocupe”) y no quede otra que pensar en una pronta solución (“Recorro el cuerpo mentalmente y soy solo yo el dueño de mis acciones... Y si está agazapado para llevarme a otro despelote, veré cómo resolverlo”).
Es el narrador quien suele pasar por las aventuras más insólitas y (¿por qué no?) crueles, donde lo impuro está habilitado (¿casi como en nuestro plano?) y nos mete en los mundos en que toca estar y piensa en cómo va a salir, donde es el lector quien decide si lo ficticio es lo que vive o lo que nuestro personaje sueña. Parece una película: “No hay una sola vereda ni calle asfaltada. El cemento es sólo para las casas”.
No dejo de ver (en las teorías surgidas en redes tras el mundial) otra forma de hacer literatura.
Hay un código villero entre los que hablan, nuestro narrador no reconoce las calles, pero se siente seguro. “La incertidumbre ronda alrededor del fogón entre miradas expectantes. Algo nos salvará”. La esperanza de siempre: hay una salida (aunque sea para él solo), está.
“Esta isla es un estado mental”, dice uno de los protagonistas de Ballard en uno de sus cuentos y siento que, más allá de lo onírico, son lecturas que se tocan.
En consonancia con una tradición de los pueblos originarios de la Patagonia, Pablo Bigliardi se adjudica dos lugares de origen: Saavedra, provincia de Buenos Aires, Argentina, el lugar donde nació en 1968, y San Antonio Oeste, provincia de Río Negro, de donde son oriundos sus ancestros. Vive en Rosario desde 1991.
Es autor de las novelas Determinación, El santo de saco viejo, del libro de cuentos REM y del libro de relatos Al pie del sillón. Su trabajo periodístico de crónicas y notas se pueden ver en medios locales y nacionales.
En Algo nos salvará, Bigliardi usa un lenguaje común, popular, en ciertas ocasiones hasta chabacano: “Su cara mantiene la inocencia de un dibujito de Disney”, “se ofusca en un acelere a presión de campaña”, “Se parece a José Mujica, el presidente de Uruguay, y su perorata tiene cierta jactancia en ese acento pueblerino que reconocemos los que hemos vivido en zonas rurales”, le termina dando un toque real al sueño que está relatando.
Tan así es que Silvina Tamous, Sándor Márai, Charles Aznavour, K entrando en la casa de El Castillo, el Cabo Savino, Laiseca con sus enanos, Roberto García (conocido por los más íntimos), hasta el Gobernador Obeid, “que no sería el mismo porque tiene el tercio del gordo Juan, mi amigo. Son uno solo, aunque Obeid tiene más presencia dentro de ese cuerpo”, terminan formando parte de sus cuentos.
Es cierto que hechos cotidianos de su vida se cuelan, diría que irónicamente, en estos relatos: “Prefiero estar ahí una hora antes de levantar las persianas para escribir en la computadora historias que voy recogiendo en la calle”, “Instalé una peluquería de campaña para los domingos”, “Hace mucho tiempo que no leo un libro por placer. Se me pasan los años leyendo libros que me traen los escritores”. Todo esto no es menor, es lo que tiene a mano el escritor para volver legible algo que, en principio, no lo es. Y debo decir que, para mí, Bigliardi lo logra con creces.
Llega a volver natural las desigualdades que nos oprimen. Vignoli habla de un realismo expandido, y creo que está en lo cierto, “Al abandonar la lógica causal del yo consciente, la narrativa se entrega a la lógica del deseo y del trauma. Podría decirse que la narración de los sueños propone una literatura del yo despojada de la máscara social, donde la identidad se fragmenta y se revela más auténtica precisamente porque es ingobernable”, asegura Ibáñez. Y ambas lecturas se vuelven a cruzar con la escritura de Ballard.
Como T.S. Eliot veía en todo lo que escribía al “viejo” Ezra Pound, no puedo dejar de trazar líneas con J.G. Por eso, podrá ser onírico, pero en sus momentos de violencia, no puedo dejar de ver eso que llaman ficción. O será que ya me perdí y esto es lo verdaderamente real.
Porque veo cómo terminó el mundial y las teorías que surgen tanto en cómo Argentina fue ayudada a llegar a la final, o que la perdió tras mostrar un trapo con la leyenda “La Malvinas son argentinas” siendo ella la causante de la derrota, multiplicándose en las redes, que no dejo de ver ellas otra forma de hacer literatura. O de poner el tema de la guerra sobre la alfombra cuando unos cuántos la creían debajo de ella.
Puede ser que ya me haya perdido, lo sé. En ese caso, no va a quedar otra cosa que dejarlo en vuestras manos. ¿Qué pensaba, acaso, que ve era todo programado, no había que trabajar? Leer tiene sus costos. Y si se anima a adentrarse a estas páginas (cosa que espero), éste es uno. Y, créame, lo pagará con ganas.