Cartas desde el barro: Ramos, Terzaga y la fragua de la Izquierda Nacional
La necesidad de diálogo el hombre es un animal social me impulsa a escribirte estas líneas ahora y en este momento (son algo así como las 2 de la madrugada), bajo el acicate de la sublevación de ánimo que me ha producido la lectura de un libraco recién terminado: DE MITRE A ROCA, de Milcíades Peña..."
Alfredo Terzaga 1969
Hay libros que se leen y libros que se escuchan. Cartas Políticas (1948-1974), de Jorge Abelardo Ramos y Alfredo Terzaga, editado por Ediciones del Corredor Austral, pertenece a la segunda categoría. No es un tratado, no es una reseña ordenada por capítulos temáticos, no tiene la pulcritud de la teoría ya hecha. Es, directamente, el ruido de fondo de una época: el tecleo de las máquinas de escribir, las imprentas que se demoran, los exilios que se organizan en una semana, las cartas que cruzan el país de Córdoba a Buenos Aires y de ahí a Roma, a Lima, a Montevideo. Treinta años de la Argentina y de América Latina contados desde el lugar menos solemne posible: el de dos militantes que se escriben porque necesitan pensar en voz alta, porque no tienen otro lugar donde hacerlo.
Leer estas cartas hoy, en pleno 2026, con la motosierra liberal pasando por arriba de cualquier intento de pensamiento nacional, no es un ejercicio de arqueología. Es entrar a un taller que todavía tiene las herramientas calientes.
Un mapa coral, no una capilla
Lo primero que tira por la borda este epistolario es la fantasía de la Izquierda Nacional como secta iluminada, como dos tipos solos contra el mundo elaborando dogma en una buhardilla. Nada de eso. Lo que aparece es una red, un mapa coral de tensiones, alianzas, polémicas y resquemores donde cada figura se define en fricción con las otras.
Con Milcíades Peña la relación es de polémica dura, casi ortopédica. Peña representaba esa lectura más ortodoxa, más apegada a una grilla marxista clásica que, para Ramos y Terzaga, terminaba chocando contra la espesura real de la historia argentina. No es la pelea boba del purismo contra el revisionismo: es una discusión sobre qué clase de marxismo le sirve a un país semicolonial y cuál termina siendo, paradójicamente, otra forma de colonialismo intelectual.
Con Juan José Hernández Arregui el cruce es de otro signo: ahí lo que se discute es la cultura nacional, el lugar de los intelectuales, qué significa pensar “lo nacional” sin caer en el costumbrismo de cabotaje ni en el cosmopolitismo que mira para Europa esperando el veredicto. Hernández Arregui aporta una dimensión que en Ramos y Terzaga está siempre presente pero que con él se vuelve explícita: la disputa cultural como batalla política, sin medias tintas.
Y después está Jauretche. Ahí la cosa se pone interesante porque no hay coincidencia total ni hay ruptura: hay alianza táctica con fricciones de carne y hueso. Ramos lo reconoce como aliado en el campo nacional, lo defiende cuando lo atacan desde afuera y nota, con ironía, que esos ataques “feroces y groseros” terminan favoreciendo a Jauretche, diferenciándolo del nacionalismo de derecha. Pero al mismo tiempo no se guarda la lengua: habla de cierta “fruición” en el roce, de que a Jauretche “le gusta el dinero”, de que tal vez no era lo suficientemente revolucionario. Es la dinámica típica de cualquier espacio político real: se compañerea y se discute, a veces en el mismo párrafo. Nada de cofradía sin grietas. La Izquierda Nacional no nace en una asamblea armoniosa, nace en este barro de afectos, recelos y proyectos compartidos. Y las cartas dan cuenta un poco de esto.
El peronismo: el hueso más difícil de roer
Si hay un nudo que atraviesa toda la correspondencia, es el peronismo. Y ahí Ramos y Terzaga muestran una lucidez que en su momento los dejaba bastante solos.
Mientras gran parte de la izquierda argentina seguía mirando para Europa, repitiendo el librito y clasificando al peronismo como una variante criolla del fascismo, el mismo error de óptica que después repetirían con cada movimiento nacional-popular del continente, en estas cartas aparece otra lectura, más temprana y más arriesgada: el peronismo como movimiento nacional. No como un capricho de líder carismático ni como una desviación bonapartista que había que “superar” desde afuera, sino como la forma concreta que tomó en la Argentina la irrupción de la clase trabajadora en la escena política.
Pero el libro no permite el atajo de la épica sin contradicción. Ahí está la Carta 3, de 1951, escrita por Ramos desde Roma: cuenta cómo su libro América Latina: Un país, publicado en 1949, fue confiscado por una comisión parlamentaria “macartista” presidida nada menos que por un senador peronista, José Luis Visca. El “maldito libro”, como quedó apodado después en la propia correspondencia. Ramos termina exiliado, primero rumbo a Montevideo o Lima según las versiones —Galasso dice una cosa, Ribadero otra—, y vuelve a la Argentina protegido por Ignacio Cornejo en Córdoba.
Ahí está la paradoja en estado puro: el mismo movimiento que ellos caracterizaban como la expresión política de la Revolución Nacional desde 1945 tenía un aparato burocrático capaz de perseguir a sus propios aliados de izquierda. No es una nota al pie incómoda que se tapa. Es parte constitutiva del análisis. La Izquierda Nacional defiende estratégicamente al peronismo, y después del golpe del 55 y durante toda la Resistencia esa defensa se vuelve todavía más nítida, casi visceral, al mismo tiempo que denuncia sin asco la “indigencia ideológica” del movimiento y la “podredumbre burocrática” de sus mandos intermedios, esa incapacidad de las bases para moverse sin la conducción directa del líder. Apoyo estratégico y distancia crítica, en la misma persona, en la misma carta muchas veces. Eso es pensar en caliente, no hacer catecismo.
Cuba, el foco guerrillero y la pregunta por quién hace la revolución
Avanza la década del sesenta y el continente entero arde con la Revolución Cubana. Acá el epistolario da un salto de tono: ya no se trata solo de descifrar la Argentina, sino de tomar posición en el debate estratégico más caliente de la izquierda latinoamericana.
La Carta 66, de octubre de 1967, es una bisagra. Ramos está terminando de pulir un capítulo que se titula, sin vueltas, “Debray, la guerrilla y la mitología del castrismo”, que va a integrar su Historia de la Nación Latinoamericana. Y ahí mete el bisturí donde más duele: no contra la Revolución Cubana, cuya importancia histórica nadie discute, sino contra la traducción teórica que hace Régis Debray de esa experiencia.
Para Ramos y Terzaga, convertir la Sierra Maestra en receta universal es el peor de los mecanicismos: tomar una experiencia históricamente situadísima y querer estamparla, calco y copia, sobre realidades nacionales completamente distintas. El foco guerrillero como vanguardia aislada, autosuficiente, que “enciende” a las masas desde afuera, significa para los autores una fantasía de laboratorio que termina siendo, otra vez, un izquierdismo abstracto. La revolución no la hace un puñado de iluminados en la selva. La hacen la clase trabajadora y las grandes mayorías nacionales organizadas, o no la hace nadie. Es la misma matriz que aplican al peronismo: sin movimiento de masas no hay proceso transformador que se sostenga.
Roca, Rosas y la historia como campo de batalla
Hacia el final del libro, las cartas 69 a 71 escritas entre 1968 y 1969 abren otro frente, no menos filoso: la disputa por la figura de Julio Argentino Roca, motivada por la lectura de los trabajos de Milcíades Peña.
Acá Ramos y Terzaga hacen un ejercicio que todavía hoy cuesta encontrar: ni demonizar a Roca desde el progresismo de salón ni mitificarlo desde el nacionalismo de café. La Carta 69, “La vida privada de Roca”, entra incluso en lo íntimo —sus hijas, sus amoríos— no por chusmerío, sino para reconstruir el clima de época de la oligarquía gobernante, ponerle cuerpo a una clase social.
Y la operación de fondo es de manual: leer el roquismo desde el materialismo histórico, como la etapa en la que el Estado nacional se consolida y, a diferencia del centralismo mitrista, parte de la renta agraria empieza a circular hacia las provincias y no se queda toda en el puerto de Buenos Aires. Eso no significa absolver a la Generación del 80: el libro no esquiva sus límites estructurales, la subordinación al mercado mundial dominado por Gran Bretaña, el modelo agroexportador como techo de un proyecto que nunca completó la tarea nacional. Pero entender esos límites exige primero entender qué construyó esa generación, y eso es exactamente lo que el “izquierdismo vacío” que es la etiqueta que le ponen a Peña y a Luis Franco en la Carta 71, “De Mitre a Roca”no logra hacer. Mitre y Roca no son lo mismo, y confundirlos en el mismo paquete de “oligarcas malos” es, para Ramos y Terzaga, no entender nada de cómo se construyó este país.
La trinchera cotidiana: plata que no llega, imprentas que se atrasan y un tal Laclau
Todo esto, la polémica con Peña, la discusión sobre Cuba, la lectura de Roca, no se escribe en un escritorio con calefacción y sueldo fijo. Se escribe en el apuro. Las cartas están llenas de lo que cualquier militante reconoce al toque: la imprenta que no entrega, la revista que no sale en fecha, la plata que no alcanza para el próximo número, el favor que hay que pedirle a tal o tal para bancar la tirada.
Y está la cuestión de los seudónimos, que no es folclore: es supervivencia. Ramos firma como Lucía Tristán y bajo ese nombre sale Irigoyen y la Intransigencia, aunque una nota aclaratoria revela que el contenido en realidad lo había escrito Jorge Enea Spilimbergo, lo cual da una idea de cómo funcionaba ese taller colectivo— y también como Bordaberry, para el prólogo de Roca y su época en 1962. Terzaga, por su lado, es Manuel Cruz Tamayo su alter ego más recurrente, el que firma “Rosismo y mitrismo: la vuelta al redil” en 1971 y propone para Lucha Obrera el seudónimo Cordubensis, bien cordobés, bien de trinchera provinciana. Esquivar la censura, proteger al grupo, multiplicar las firmas para que un proyecto chiquito parezca una redacción entera. Esa es la cocina real del pensamiento nacional: no se financia con becas, se sostiene a pulmón, no son periodistas anfibióticos.
Y en esa cocina aparece, a mediados de los sesenta, un Ernesto Laclau todavía lejos de los seminarios europeos que lo harían famoso después. Acá es un joven dirigente del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, director del semanario Lucha Obrera, que se sube a un micro y se va de gira por Tucumán y Salta a fundar centros del PSIN, a sumar a viejos cuadros del laborismo. Ramos lo llama, sin vueltas, “nuestro director Laclau”: el tipo que coordina agendas, que redacta el editorial clave antes de las elecciones de marzo del 65, que le manda a Ramos los reportes sobre cómo viene la mano del peronismo en Córdoba. Y Córdoba, en estas cartas, no es un dato geográfico cualquiera: es la trinchera de Terzaga, la provincia que Ramos mira desde Buenos Aires como un sismógrafo, la misma que pocos años después va a estallar en el Cordobazo. El lector tiene la rara sensación de estar leyendo, sin que los protagonistas lo sepan todavía, el prólogo de algo que va a cambiar el país. La geografía es un elemento epistolar más y Córdoba es la trinchera de Terzaga.
Por qué esto importa ahora
Volver a este epistolario en 2026 no es nostalgia de archivo. Es otra cosa: es ir a buscar una caja de herramientas que en su momento se construyó a los ponchazos, con poca plata y mucha lectura, para entender un país semicolonial atravesado por la dependencia, el peronismo, la cuestión nacional y el lugar de las masas. Esas preguntas no se resolvieron. Están, de nuevo, sobre la mesa, con la diferencia de que hoy buena parte del repertorio intelectual dominante ni siquiera se hace esas preguntas: directamente las da por superadas, archivadas, viejas.
Ramos y Terzaga no tenían certezas blindadas. Tenían polémicas, dudas, plata que no llegaba y una intuición que no abandonaron nunca: que sin pensamiento nacional no hay proyecto nacional posible. Y que, sin proyecto nacional, a los pueblos de América Latina no les queda margen para nada que no sea administrar su propia subordinación. Esa intuición, hoy, sigue siendo la pregunta central. Y este libro, con todo su barro, su urgencia y sus seudónimos, sigue siendo una de las mejores cajas de herramientas para responderla.
En épocas de debates ausentes donde todos juegan al error del contrario, Ramos y Terzaga recargaron el fúsil de la escritora, inventaron y erraron, pero lo intentaron como nacionales.