Las dos campanas: “el hecho burgués” y “el país maldito”
Muchos debates del pasado vuelven a tener vigencia en el presente, dadas las graves condiciones y situación en la que nuestro país se desalma.
En 13 de febrero de 1973, el viejo Canal 11 de la Capital Federal puso en el aire, a través del programa “Las dos campanas”, el debate entre dos de los máximos dirigentes sindicales de la época: José Ignacio Rucci, secretario general de la Central Obrera de la República Argentina (CGT), y Agustín Tosco, secretario general del gremio de Luz y Fuerza de Córdoba y secretario adjunto de la Regional cordobesa de la CGT.
Tenían dos visiones sobre el país, sobre el sindicalismo y sobre la situación política y social, que ambos dejarían plasmadas en su participación en aquel programa, como de hecho se esperaba.
Agustín Tosco venía precedido ante la opinión pública por la aureola de dirigente combativo, y José Rucci llevaba sobre sus espaldas el ser la expresión de ese “hecho maldito de un país burgués”, metáfora con la que John William Cooke definiera al peronismo, y que el historiador y pensador de la Izquierda Nacional de Córdoba, Roberto A. Ferrero, redefiniera como el “hecho burgués del país maldito”, metáfora que tiene fundamentos y explicaciones profundas y muy serias que nos conciernen.
Esas dos visiones de Rucci y Tosco, más allá de las apariencias y de la terminología utilizada, expresaban dentro del movimiento obrero argentino, no las diferencias que comúnmente se sostienen, sino el carácter contradictorio de los “dos países” en pugna, que vienen desde el fondo de nuestra historia. Ya lo decía Juan Bautista Alberdi: “No son dos partidos; son dos países”: “dos países, dos causas, dos intereses, dos deudas, dos créditos, dos tesoros, dos patriotismos, bajo los colores externos de un solo país”.
De allí también nuestra compleja realidad, a la que condicionan o determinan distintos factores contrapuestos, tanto en lo político como en lo económico, social, sindical, ideológico y cultural, que ilustran patéticamente nuestros conflictos de intereses y la confusión reinante, una de cuyas expresiones ha terminado siendo directamente incompatible con el bienestar y el desarrollo de la Argentina, en el marco de un país a mitad de camino de su realización y de una Nación inconclusa -América Latina- a la que pertenecemos históricamente.
En verdad el país que derrocó al peronismo y proscribió a Perón durante 18 años -plantea Roberto Ferrero- no era el país “burgués”, en el sentido en que lo había sido la burguesía europea industrialista y revolucionaria en su etapa ascendente, que eliminó a la aristocracia en Europa, creó el Estado Nacional, impulsó el capitalismo industrial y terminó con la Edad Media en aquel continente.
Por el contrario, en Nuestra América, y en nuestro país en particular, el conflicto descubría la realidad del “país maldito” oligárquico, que impedía desarrollarse a las fuerzas productivas del “país burgués” (el capital, el trabajo y la industria), como sigue sucediendo hoy.
Eso explica la alianza de clases o sectores que, contra ese “país maldito” y su sistema oligarquice asociado al extranjero, asumía el peronismo, integrado por la débil burguesía nacional y los demás sectores productivos, como así también y fuertemente por los propios trabajadores argentinos y el Ejército (sectores fundamentales en los que residía su gran fuerza), cuyo jefe era Perón.
El peronismo no encajaba por derecha ni por izquierda con el “país maldito” que lo detestaba y que todavía detesta a ese movimiento histórico anti sistema llamado peronismo. Por eso, cuando hablamos de “sistema”, debemos aclarar a cuál de los dos sistemas nos estamos refiriendo.
No hace mucho, acertadamente, un periodista del espectáculo declaraba que nada le había hecho más mal a la Argentina que el anti peronismo (Rodrigo Lusich). Sin duda, el país oligárquico -anti industrial, anti sindical, anti burgués y anti defensa nacional- odia al peronismo, en primer lugar, por su carácter argentino.
No es de extrañar por eso, que a la luz de aquel debate de 1973 en “Las dos campanas”, se pudiera apreciar la parcialidad manifiesta en la consideración hacia uno y otro participante y en las conclusiones finales de dos de los tres panelistas del programa a favor de Agustín Tosco. ¿A qué sistema y país representaban unos y otros?
El debate del “país maldito” y el “hecho burgués”
Lo que hoy llama la atención, al volver a escuchar la grabación del debate de 1973, es que los conductores del programa y periodistas invitados se dirigieran al secretario general de la Confederación General del Trabajo casi despectivamente solo por su apellido, y en cambio, al dirigirse a su contrincante en el debate, lo hicieran como “Señor Tosco”.
El fenómeno de las dos varas no es nuevo. El anti peronismo de clase media, tampoco. Como ya lo descubriera Saúl Taborda en sus reflexiones de 1918, se trataba en el fondo de la “doble moral”: “una para los amos, la otra para los oprimidos”.
Un hecho destacable: a lo largo del debate, José Ignacio Rucci nunca dejó de llamar “compañero” a Agustín Tosco, de cuyo coraje y entrega por la causa de los trabajadores cordobeses nadie dudaba, sobre todo por ser junto a Elpidio Torres y el negro Atilio López uno de los protagonistas del Cordobazo de 1969, un hito en la movilización obrera de nuestro país, soportando la cárcel -como Elpidio Torres y otros militantes del Cordobazo- por esa misma razón.
Y si los conductores y periodistas de “Las dos campanas” se propusieron neutralizar la figura de Rucci, dándole más importancia a la figura de Tosco (con quien al parecer los unían algunas coincidencias políticas e ideológicas), el resultado fue el contrario, pues si bien Tosco pudo desplegar los argumentos teóricos de la izquierda tradicional en la Argentina, por su parte, Rucci pudo demostrar cuán equivocado estaban Tosco y la “opinión pública” de clase media sobre el pensamiento, la conducta y la personalidad del dirigente más importante del movimiento obrero y del peronismo sindical en esos momentos críticos de la historia argentina.
Al contrario de lo que se conocía y de lo que pensaban de él Tosco y sus seguidores -que lo acusaban de no combativo, burócrata, apolítico o, en su defecto, peronista, vendido al sistema (al sistema opuesto al que defendía la clase media argentina de derecha e izquierda), y que lo acusaba incluso de ser traidor al movimiento obrero, Rucci tenía una trayectoria sindical coherente con los intereses mayoritarios del movimiento obrero argentino de aquella época.
Sucede que, siempre, la cultura oligárquica -su prensa, sus medios, y el argentino medio que se ve reflejado en ellos-, ha jugado un papel determinante en la formación de la opinión pública y la administración de la información y el sentido, más propicia a conceder crédito a las opiniones conservadoras o, en su defecto, a las posiciones de la izquierda tradicional -su aliada en 1930, 1945 y 1955- (representada en este debate por Tosco), y no a los movimientos nacionales y populares, como el yrigoyenismo o el peronismo, enfrentados a ese sistema oligárquico.
Ese sistema “no burgués”, anti industrialista, conservador y contrarrevolucionario, en 1955 expulsó del poder al peronismo –que Cook llamaba “el hecho maldito del país burgués”-, lo proscribió y lo persiguió durante dieciocho años. A ese movimiento expulsado, proscripto y perseguido por casi dos décadas representaba, dentro y fuera de ese debate, José Ignacio Rucci.
José Ignacio Rucci no era cualquier dirigente. Hasta en la persecución, el agravio gratuito y la diatriba, sin estridencias, era la síntesis de la historia de resistencia y entereza del movimiento obrero en tiempos difíciles. Y por eso Perón y el movimiento obrero lo reconocían como tal. Y por esa misma razón, los medios de comunicación del sistema oficial y su izquierda, lo desconocían y lo repudiaban: por peronista y opositor al “país maldito”.
Con todo, sigue llamando la atención el desconocimiento o no reconocimiento de la trayectoria de Rucci, a través de esa idea oficiosa que definía al máximo dirigente sindical peronista de esa época como un “gremialista profesionalizado, sin base propia y promovido desde arriba, exponente típico de la cuestionada “burocracia sindical”.
El 2 de julio de 1970, al normalizarse la CGT nacional, como consecuencia de la lucha de los dirigentes y trabajadores peronistas, en aquel Congreso de Unidad, con la participación de más de 400 delegados de todo el país, José Ignacio Rucci fue elegido secretario general de la Central Obrera argentina para incomodidad y desagrado por derecha y por izquierda de aquel “país maldito”, sistema que nunca nos dio la posibilidad siquiera de terminar de ser un “país burgués”, como lograron ser los países del mundo que lograron realizar su “revolución burguesa” (con todo lo que ello significa) y hoy son los grandes países desarrollados del mundo…, incluido China.