Crónica de un café con Fernando Noy

  • Imagen
    Fernando Noy
CRÓNICA

Crónica de un café con Fernando Noy

06 Abril 2025

Vidriera del Goumont, Congreso.

Un día anónimo de marzo, de esos en que el sol se pone tan de enero. El ciclo de cine de terror me deja fijada en una palabra: Nosferatu. Lo llamo Dios o expresionismo alemán (o la divinidad que sea) cuando siento una presencia a mi lado. Alguien también está fijando su mirada sobre una perspectiva vecina.

Lo observo varias veces, con discreción y sin ella, porque la ciudad bulle en bocinas y semáforos y todo es tan efímero que si la intuición fallaba, fallaba el segundo, que en este caso hubiera sido una fatalidad amable. Las libélulas huyen de los ojos de los mortales. Pero confío en su rostro de niño y su perfil de Nefertiti.

—¿Noy?

Sin mirarme, me responde:

—¿Qué hacés?

Sin mirarme. Quedándose allí, en un instante perpetuo.

Pensé, sin dudarlo, que cuando el rayo de Zeus cae, es probable que el mundo se detenga en un intersticio que poco se parece al abismo, pero que en su éxtasis tanto tiene de él.

Me presenté con mi nombre antiguo. Hablamos del Lobo Trafic, lo hablamos con las palabras y con el cuerpo.

En dos minutos reales llegó un amigo que venía de París a buscarme, con tantos años de distancia sin vernos. Y habíamos elegido el Goumont, la casa de las almas solitarias.

Hacía unos minutos había leído que la sala principal lleva el nombre de Favio. Eso me recordó que Leonardo ya no está, y esa ausencia se volvió presencia pura de amor. Mi cabeza estaba en el camino de Nosferatu, en los años remotos. Porque siempre el cine será un sueño abrazado a la locura.

Ni bien cayó el rayo de Zeus, decidimos ir a tomar un café porque la charla venía de otros tiempos y entorpecíamos la vereda que emanaba olor a pochoclos. Nos regaló unos caramelos de miel o algo así y nos propusimos mirar el mundo desde una vidriera, entre cafés y medialunas, esas que seguro le recordarían a Pizarnik, las más tostadas y las que no.

Empezó mi contemplación: su rostro aporcelanado y su mirada angelada me hicieron entrar en una película del magno Pier Paolo Pasolini.

El primer café del banquete de los hijos de Zeus fue performático: su cuerpo se acomodaba a la escena y a nosotros, que ya nos había leído el alma. Y nosotros a él, que venía de otra vida. De tanto esperarlo, estaba frente a mí y, en un abrupto gesto, le besé las manos en una apresurada señal de hermandad. No sé en qué camino del Olimpo nos perdimos. Si es que estuve.

Unos minutos después, tras varias bifurcaciones de la charla, me bautizó Sisí.

—¿Te das cuenta, Sisí? ¿Los ves? Tenemos los perros atados, no podemos separarnos de tantas veces que intentamos separarnos.

Su espectro de faraona estaba presente en lo más bello de su maldición poética.

Miro hacia abajo: tres dóbérmanes custodian nuestra charla. Están allí porque su espacio escénico me los ha ofrendado. Son los perros de Circe, encantados entre bombones y cucarachas.

Quietos los perros y amarradas nuestras seis manos, comienza a contarme sus reencarnaciones, aquellas que surgían junto al Sena. Toco sus venas enredadas y se me da por preguntarle por unos vestidos de novia que había encontrado arrojados en la calle. Me dice que, tras ese hallazgo, llamó a Batato.

Y me lo  imagino a Batato corriendo hacia él. Pero también la veo vestida de novia pasando por nuestra vidriera que era algún círculo del purgatorio.

Su espectro de faraona estaba presente en lo más bello de su maldición poética, en su decir, en su mirar que es su decir también. En las imágenes fulminantes que crea con sus giros vitales. Todo en él es entrega. Pero algo cambia cuando nombra a Pizarnik, nuestra enamorada del muro.

Su gesto performático se quiebra. Abraza el tiempo. Y recita como si ella estuviera enfrente, como si en el mismo banquete también estuviera La Ocampo al lado de Alejandra. Se vuelve erudito en la firmeza de sus convicciones.

Sus formas en la palabra cotidiana son exquisitas, todo es palabra furtiva y penetrante. Alborotan una coreografía alienante, perfecta en su forma.

Miramos el mundo sin el Di Tella y sin las rostricidades. Desafiamos piropos correspondidos porque el Olimpo del café era nuestro. Y pasaban otros espectros buscando ser habitados en el círculo de la divinidad. Pero el rayo era nuestro.

Cuando me acompaña al subte y me explica varias veces las combinaciones, me espera hasta que yo entre a ese otro círculo del mismo purgatorio. Me despide con una sentencia:

—La próxima vez que nos veamos será un paraíso.

Le digo que puede irse que no demore su tiempo por mí, pero me custodia. Huye despavorida mi orfandad, y las escaleras me alejan de su mirada. No me ve, pero las lágrimas caen y su rostro se nubla en un marco epxresionista

Una cuadra antes, entre los perros y el subte, me había dicho:

—Sisí, la hermandad es esto. Habernos encontrado ya desde tantas vidas compartidas.

Aunque haya sido ese ayer la primera vez que nos hayamos mirado.