"Mosaicos", de Victoria O’Donnell: la soledad como un nuevo virus
Un nuevo virus recorre el globo. Es tan viejo como la vida humana, pero en esta postmodernidad acelerada e hiperconectada va tomando una dimensión inédita. No se contagia, prolifera por metástasis. Es inmaterial pero no sólo se percibe (¡y cómo!), también se sufre. Se llama soledad. Acaba de publicarse un libro: Mosaicos. Formas de la soledad en el siglo XXI (El gato y la caja), de Victoria O’Donnell, que presenta la envergadura de esta calamidad que atraviesa a millones de individuos —iba a escribir: a todos, pero me imagino que hay cientos de personas que no la sufren, todavía. ¡Bien por ellos!
Quiero decir, es un virus que está propagándose y creciendo al ritmo desenfrenado que circula la información por nuestras aplicaciones. No estamos encontrando el remedio para este mal. Multiplicamos los entretenimientos y las distracciones creyendo que de esa manera lograremos exorcizarlo, pero más bien ocurre lo contrario: cada vez que usamos esas apps que pueblan nuestro día colaboramos en su difusión. Somos funcionarios y empleados del smartphone. Resulta una victoria pírrica: al final de la jornada nos volvemos a encontrar abandonados en la misma soledad con la que habíamos arrancado el día. Un día tras otro.
Como pensador de la técnica que fui, debo confesar que el prólogo me sorprendió. En cada etapa de la historia de la humanidad, los diferentes tipos de soledad se relacionaron con la técnica que dominaba u organizaba ese momento. Nunca en toda esa historia, sin embargo, el ser humano corrió peligro por su soledad como le sucede ahora.
Victoria cuenta un par de veces que hace unos años la Organización Mundial de la Salud alertó sobre la amenaza global de este “virus” maléfico que no deja de proliferar. Se vive y se sufre como si fuera una cuestión individual, pero es masiva. Es una cuestión global, de Japón al conurbano bonaerense.
En cada etapa de la historia de la humanidad, los diferentes tipos de soledad se relacionaron con la técnica que dominaba u organizaba ese momento.
En el libro se narran diferentes formas de soledad, algunas integran el repertorio habitual en este tema, otras no. De hecho, cada capítulo tiene casi un estilo diferente de escritura, como si cada tipo de soledad requiriera una forma de narración distinta. La lectura es muy llevadera.
Tanto en el prólogo como en el texto de cierre del libro se plantea el problema que tiene el idioma español, ya que a diferencia del inglés, cuenta con una sola palabra para referirse a dos experiencias de soledad muy distintas: una voluntaria y productiva, un retiro a “una intimidad fértil” (solitude); la otra, no deseada, angustiosa, que te hace sentir aislado incluso en medio de otros (loneliness): “Una es un refugio, la otra, una carencia”.
Muchas veces, antes de leer un libro, me hago una idea de lo que el libro dirá. A veces acierto, esta vez no.
Partía de una idea equivocada. Creía que la soledad no era el auténtico problema cuando hablamos de los problemas de la soledad. Que la soledad es la pantalla con la que se cubre el auténtico problema que enfrenta el/la que está solo/a: el aburrimiento. El aburrimiento es lo que vuelve insoportable la soledad, eso que admiramos como “el nido donde se incuba el pensamiento” (Walter Benjamin), pero de lo que huimos con una cita detrás de otra, con una app detrás de una noticia, detrás de otra y de otra.
Incluso los eventos en los que se crea comunidad terminan, y hay que volver a casa y a la almohada. Construir comunidad requiere esfuerzo, trabajo, un grado importante de atención. No se genera sola ni alcanza con nombrarla.
El otro tema que esperaba encontrar y del cual hay una mención muy breve y al pasar es el porno. El porno ya no es un género literario o audiovisual, es un signo que produce un efecto. El efecto es una excitación. El signo puede ser un cuerpo desnudo, un acto sexual o un gol de tu equipo de fútbol —o del otro.
El compromiso es total.
No hablemos de los fármacos, legales e ilegales.